La señora de la finca quería algo más que un guardés
Nadir había cruzado el mar tres años atrás y desde entonces sobrevivía como podía en las calles de Valencia. Tenía veinticuatro años, una sonrisa que se le escapaba incluso en los peores días y una deuda que crecía más rápido de lo que él podía trabajar. La gente que le había dado un techo al llegar era la misma que lo tenía atrapado: le pasaban la mercancía, le cobraban el alojamiento, le descontaban hasta el aire que respiraba. Vender camisetas falsas en el paseo marítimo no daba para salir de aquel pozo. Soñaba con encontrar otra cosa, cualquier cosa que no dependiera de ellos, pero no sabía ni por dónde empezar.
Una tarde le llegó tarde el aviso. Cuando quiso recoger la manta y echar a correr, la policía ya lo tenía rodeado. Le requisaron todo, lo que significaba más deuda, más cadenas. Lo metieron en un calabozo con otros cinco hombres y allí se quedó, encogido en un rincón, hasta que oyó su nombre.
—Vamos, que no tenemos toda la tarde —dijo el agente.
Lo llevaron a una sala pequeña con una mesa y dos sillas enfrentadas.
—Siéntate ahí y espera.
Nadir obedeció. Al poco entró una mujer, y a él se le olvidó por un instante el miedo. Tendría unos cuarenta y muchos, vestida con una elegancia que no encajaba en aquel sitio: traje claro, el pelo oscuro recogido a medias, una figura que el tiempo había respetado. Se movía como alguien acostumbrado a que la miraran.
—Buenos días, Nadir. Me llamo Elena, soy tu abogada.
—No, por favor —se apresuró él—. Prefiero la cárcel a deberle otro favor a esa gente. Nunca podría pagarlo.
—Tranquilo. A mí no me manda nadie. Pertenezco a una asociación que atiende a detenidos sin abogado. No te va a costar un euro. Esto es un trámite, en un rato estás en la calle. —Lo miró con una curiosidad que él no supo leer—. Cuéntame, ¿de dónde vienes?
Nadir le contó todo: la travesía en una barca que estuvo a punto de hundirse, la dirección que le habían dado en su país con la promesa de un trabajo, las camisetas caducadas, la pensión carísima, la deuda que no bajaba nunca. Elena lo escuchaba con la barbilla apoyada en la mano, pero no atendía solo a las palabras. Se fijaba en su boca, en sus manos grandes, en la línea de los hombros bajo la camiseta gastada. Mientras él hablaba, ella ya estaba en otra parte.
Este chico podría ser mío. Como quiera y cuando quiera. Con esa polla que se le adivina bajo el pantalón, me lo follaría aquí mismo encima de la mesa.
Tenía una finca en el interior, heredada, que llevaba meses sin pisar. El jardín salvaje, la piscina verde, la casa cerrándose sobre sí misma. Nadie iba por allí. Nadie preguntaría.
—Mira —dijo ella, recta de pronto—, has tenido suerte. Tengo una casa en el campo y necesito alguien que la cuide. Te doy alojamiento y mil euros al mes si te encargas del jardín, la piscina y el mantenimiento. ¿Qué me dices?
Nadir la miró como si no entendiera el idioma. Trabajo de verdad. Un techo que no le perteneciera a la mafia. Hasta podría mandar dinero a casa.
—Claro, señora. Yo me ocupo de todo. Yo muy agradecido.
—Pues arreglemos lo tuyo y te vienes conmigo. Hoy mismo te llevo.
—¿Y mi ropa, señora?
—De eso me encargo yo.
***
Elena despachó el papeleo con la soltura de quien lo ha hecho mil veces y lo guio hasta su coche. Antes de salir de la ciudad pararon en unos grandes almacenes. Le compró camisas, pantalones, un par de zapatos decentes, y también ropa de faena para el campo. Lo mandó al probador con todo el lote.
Y entonces hizo algo que no pensaba reconocer ni ante sí misma: se quedó junto a la cortina, fingiendo revisar una percha, espiando por la rendija.
Nadir se quitó la camiseta primero. La espalda ancha, el pecho marcado de cargar cajas y dormir mal. Después se bajó el pantalón. No llevaba nada debajo. Elena tuvo que apartarse de la cortina y morderse el dorso de la mano para no soltar el aliento de golpe. Entre las piernas del chico colgaba una polla morena, gruesa, larga incluso blanda, con un glande ancho y unos huevos generosos que se balanceaban al moverse. Aquel chico estaba dotado de una manera que no parecía justa, y eso que ni siquiera estaba excitado.
Madre mía. Y eso en reposo. Cuando se le ponga dura no me va a caber en la boca. Se me está mojando el coño solo de mirarlo.
Sintió que las bragas se le empapaban ahí mismo, en medio de la sección de caballero, y tuvo que apretar los muslos para calmar el latido entre las piernas. Recordó, sin poder evitarlo, lo que le había dicho su amiga Cristina años atrás, después de un viaje a Cuba, sobre las pollas descomunales que no volvería a probar jamás. Elena pensó que la vida acababa de ponerle delante exactamente eso, y con una sonrisa de niño que hacía todo más peligroso. Recogió la ropa, esperó a que él saliera con la sonrisa de siempre y, con el corazón acelerado como una cría, condujeron hacia la finca.
***
La casa estaba al final de un camino de tierra, rodeada de varias hectáreas de almendros y monte. Nadir abrió la boca al ver la extensión. Elena le mostró la piscina, le explicó cómo calentar el agua y mantenerla limpia, le enseñó la casita de aperos y la pequeña máquina para recoger la poda. Él asentía a todo, feliz como no recordaba haber estado desde hacía años.
—Muchas gracias, señora. Le prometo que estará todo a su gusto.
—No lo dudo. Déjame la piscina lista para el fin de semana. Te traeré comida. Ahora me tengo que ir; el viernes por la noche nos vemos.
Se despidió con un apretón demasiado largo en el brazo. De vuelta a la ciudad, Elena no pudo concentrarse en la carretera. La imagen del probador se le repetía en bucle, aquella polla colgando pesada, imaginándose ya cuánto pesaría dentro de su mano, dentro de su boca, dentro de su coño. Llegó a su garaje con la respiración alterada, las bragas hechas un asco, y entró directa a la ducha. Se arrancó la ropa, dejó que el agua le cayera por la espalda y apoyó una mano en los azulejos. La otra bajó sola, se abrió paso entre los pliegues empapados de su sexo y encontró el clítoris hinchado, palpitando. Se lo frotó en círculos, rápido, sin ternura, mientras se metía dos dedos en el coño e imaginaba que era la verga del chico la que la abría en canal. No tardó nada. Se corrió pensando en él, mordiéndose el labio para no gritar su nombre, y aun así lo gritó, con el chorro de agua ahogándole la voz.
—Nadir… joder, Nadir…
Salió temblando de la ducha y se acostó desnuda, con dos dedos todavía enterrados entre las piernas, planeando lo que le iba a hacer al chaval en cuanto lo tuviera cerca.
***
El jueves se le hizo eterno. Por la tarde quedó con Cristina en una terraza y le contó la historia entera: la cárcel, la finca, el probador. Su amiga la escuchó con los ojos cada vez más abiertos.
—Pero cuánto le viste, cabrona, no seas mala.
—Cristina, te juro por lo que quieras que le colgaba hasta media pierna, blando. Blando. Imagínatelo empalmado.
—Me estás poniendo mala.
—¿Te lo vas a tirar? —preguntó al final, divertida.
—En cuanto pueda —respondió Elena sin pestañear—. Le voy a chupar la polla hasta que se me olvide mi nombre.
—¿Y me dejarás probar?
—Si te portas bien, igual te lo presto. —Las dos se rieron como dos adolescentes.
Acabaron de tiendas. Elena se compró un bañador mínimo, tres triángulos de tela y unos cordones, de los que tapan justo el pezón y dejan medio culo al aire, pensado para una sola mirada. No quería parecer fácil; quería parecer inevitable. Esa noche se acostó pronto, repasando en la cabeza cada paso del plan, sabiendo de antemano que el plan se le iría de las manos en cuanto lo tuviera delante.
***
El viernes tenía tres vistas por la mañana, lo cual fue una bendición: el trabajo no le dejó pensar. Comió rápido, hizo la compra y condujo hasta la finca con el sol todavía alto.
Encontró a Nadir podando unas ramas, con el torso desnudo y la piel brillante de sudor. Cada músculo se le marcaba con el esfuerzo, y al acercarse ella notó el bulto que tensaba la tela ligera del pantalón, dibujándole la polla entera contra el muslo. Elena tragó saliva y se obligó a hablar con voz de jefa.
—Nadir, haz el favor de sacar las bolsas del coche y llévalas a la cocina.
—Enseguida, señora.
Él pasó a su lado y se le fueron los ojos a la camisa de seda, donde dos pezones firmes delataban que ella tampoco era de hielo. La verga se le hinchó bajo el pantalón, alargándose por el muslo sin poder disimularlo. Elena fingió no darse cuenta, pero se le secó la boca.
—¿Has calentado el agua, como te dije?
—Sí, señora. La tiene a veintisiete grados.
—Perfecto. Me cambio y bajo a la piscina.
Se puso el bañador en el dormitorio mientras él colocaba la compra. Cuando bajó a avisarle de que estaría fuera, Nadir se quedó paralizado en mitad de la cocina, con un cartón de leche a medio guardar en la nevera. La tela apenas le tapaba los pezones y le dejaba a la vista casi todo el culo, alto y prieto para sus años. El calor de aquella mujer madura, segura de cada centímetro de su cuerpo, llenó la habitación. La reacción de él fue inmediata y descarada: la polla se le puso dura del todo dentro del pantalón, empujando la tela hacia adelante como una vara.
—¿Eso es por mí? —preguntó ella, ladeando la cabeza y mirándole el bulto sin disimulo.
—Sí, señora. Perdón. Es que está usted… muy guapa.
—No pidas perdón por tenerla dura, hijo. Es un cumplido.
Elena sonrió, se dio la vuelta despacio para que él se llevara la imagen completa del culo bailando bajo los triángulos de tela, y desapareció hacia el jardín. Nadir se quedó solo, apretándose contra la encimera, sintiendo la polla latir contra la fría cerámica, deseando con todas sus fuerzas algo que aún no se atrevía a pedir.
***
Ella nadó un buen rato, agradeciendo el frescor, y luego se tumbó al sol. Pasada media hora, sin nadie cerca, se desató la parte de arriba y cerró los ojos. Los pechos se le derramaron a los lados, blancos donde el sol no llegaba, con los pezones oscuros y todavía duros de la excitación acumulada. El cansancio de la semana la venció y se quedó dormida sobre la hamaca.
Cuando Nadir volvió de la finca y la vio así, dormida y descubierta, se quedó clavado al borde del césped. Los pechos redondos subiendo y bajando con la respiración, la curva de la cintura, el triángulo diminuto entre las piernas dejando escapar por los lados un vello oscuro y bien recortado. No se atrevió a tocarla. Se apartó hacia la sombra de un árbol grande, se bajó el pantalón hasta las rodillas y se sacó la polla, gruesa y morena, ya goteando de la punta. Se la agarró con la mano derecha y empezó a machacársela mirando los pezones de la señora, imaginándose que se los chupaba, que se los mordía, que le enterraba la cara entre las tetas. Se corrió en tres tirones, apretando los dientes para no gemir, disparando una lechada espesa contra el tronco del árbol, chorro tras chorro, hasta quedar sin aire. Se limpió con hojas, vigilando que ella no despertara, y se marchó a la casa con el corazón en la garganta y la culpa pisándole los talones.
Elena se despertó con el fresco de la tarde. Entró en la casa cubriéndose con la toalla y, al pasar frente al baño de invitados, la puerta entornada la detuvo en seco. Nadir estaba bajo la ducha, de espaldas, con la cabeza gacha y una mano ocupada, moviéndose rítmica al frente. Se estaba pajeando otra vez, entregado a lo que había estado conteniendo toda la semana. No la vio.
A Elena se le borró de un plumazo todo el plan, toda la estrategia de no parecer fácil. Empujó la puerta sin decir nada, dejó caer la toalla al suelo y se quedó desnuda un instante viéndolo. La espalda ancha, el culo prieto tensándose con cada tirón, los huevos oscuros balanceándose entre las piernas. Se arrodilló en las baldosas mojadas, delante de él, y le apartó la mano con suavidad.
—Deja, hijo. Deja que eso lo haga yo.
Nadir abrió los ojos de golpe y soltó un gruñido ronco. No daba crédito. Miró hacia abajo y vio a la señora arrodillada, desnuda, con las tetas al aire y la polla de él a un palmo de la cara. La verga estaba enorme, roja, la vena principal marcada de lado a lado, el glande hinchado y morado. Elena la rodeó con la mano y ni siquiera pudo cerrar los dedos del todo. La miró de cerca, casi con reverencia, y le lamió la punta con la lengua plana, saboreando la gota espesa que asomaba.
—Joder, qué polla más bonita tienes —murmuró ella, más para sí misma—. Menudo regalo.
Y se la metió en la boca. Despacio al principio, abriendo mucho los labios para que le entrara el glande, empujándose ella misma hacia adelante para tragar más y más. Le cabía la mitad, luego un poco más, hasta que topaba con el fondo de la garganta y tenía que echarse atrás para respirar. Un hilo de saliva le colgó de la barbilla. Volvió a metérsela, esta vez con más ganas, chupándola con toda la boca, moviendo la cabeza arriba y abajo mientras la mano trabajaba lo que no le entraba y la otra le acariciaba los huevos, sopesándolos con la palma.
Nadir apoyó una mano temblorosa en la pared de azulejos y la otra, con cuidado, en la nuca de ella. No se atrevía a empujar. Elena marcaba el ritmo, exigente, sin prisa pero sin tregua, mientras el agua tibia caía sobre los dos, resbalando por las tetas de ella, mezclándose con la saliva en la verga de él.
—Así… señora —balbuceó él—. No pare, por favor. Me la va a chupar entera, joder…
—Toda entera, hijo —contestó ella soltándolo un instante, con los labios brillantes—. Y me vas a llenar la boca. Ni una gota se pierde. ¿Me oyes?
—Sí, señora. Sí…
Volvió al ataque. Le lamió la vena por debajo, de los huevos a la punta, luego bajó del todo y le chupó los testículos uno a uno, metiéndoselos en la boca con cuidado, mientras la mano le sacudía la polla arriba y abajo, deprisa. Nadir gemía sin poder callarse. Ella regresó al glande, se lo envolvió con los labios y se la tragó hasta el fondo, aguantando las arcadas, notando cómo la punta le tocaba la campanilla. Los ojos se le llenaron de lágrimas pero no se apartó.
Cuando notó que estaba al límite, cuando sintió que los huevos se le contraían y la verga se le hinchaba aún más, lo miró desde abajo sin soltarlo, con la polla clavada hasta la garganta, y eso bastó. Nadir se dejó ir con un jadeo largo, las rodillas a punto de fallarle. El primer chorro le llenó la boca, espeso y caliente; ella tragó sin dejar de mamar. El segundo se le escapó por la comisura. Los siguientes los recibió sobre la lengua, sacando la verga solo para que se le corriera encima de los labios, de la barbilla, de las tetas. Chorro tras chorro, hasta que él se quedó vacío y jadeante.
Elena se pasó dos dedos por el pecho, recogió una gota de semen y se la llevó a la boca. Se la chupó despacio, mirándolo a los ojos.
—Esto está mucho mejor —dijo ella, levantándose, con los pezones erectos y las mejillas encendidas—. Y solo es el principio. Espero que tengas más de estas ahí guardadas, hijo, porque te vas a pasar el fin de semana entero corriéndote dentro de mí.
—Todas las que usted quiera, señora.
***
Cenaron poco. Él, todavía aturdido, preparó un plato sencillo de su tierra, y comieron casi en silencio, cruzando miradas que decían más que cualquier conversación. Ella cenó desnuda, con las tetas apoyadas en la mesa, y a él la polla se le volvió a poner dura antes del segundo bocado. Al terminar, Elena dejó los cubiertos a un lado.
—Me ha gustado mucho lo de la ducha —dijo, chupándose un dedo—. Pero ahora me toca a mí. Me vas a comer el coño hasta que te pida clemencia.
—Será un placer, señora.
Ella caminó hasta el sillón orejero del salón, se sentó y subió cada pierna a un reposabrazos, abriéndose de piernas como una obscenidad viva. El coño le brillaba, hinchado, con los labios entreabiertos y el clítoris ya asomando entre el vello recortado. Nadir se arrodilló entre sus muslos y se quedó mirándola de cerca, con la boca seca.
—No te quedes mirándolo, hijo. Métele la lengua.
Él empezó por los tobillos, ascendiendo con la lengua por la cara interna de una pierna hasta casi rozarle el sexo, para bajar por la otra. Subió y bajó, una y otra vez, respirándole muy cerca sin tocarla, mientras ella se retorcía y le acercaba las caderas, impaciente.
—Por fin alguien que sabe tomarse su tiempo —murmuró ella—. Pero como no me la metas ya, te echo del sillón, cabrón.
Él se rio contra su piel y al fin la atendió donde lo necesitaba. Le pasó la lengua entera por la raja, de abajo arriba, recogiendo el flujo espeso que se le derramaba, y se detuvo en el clítoris. Se lo chupó despacio, con los labios envolviéndolo entero, mientras dos dedos se le colaban en el coño y empezaban a bombear hacia dentro y hacia fuera. Elena arqueó la espalda y soltó un aullido que se le escapó desde la tripa.
—Ay, hijo… así, así, sigue…
Nadir aprendía rápido. Cambió la lengua por movimientos rápidos y planos sobre el clítoris, luego por círculos, luego lo succionó otra vez. Metió un tercer dedo, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto rugoso que la hacía dar respingos. Cuando lo encontró, no lo soltó. Ella empezó a temblar de piernas, a apretar los muslos contra las orejas de él, a hundirle los dedos en el pelo.
—No pares, no pares, no pares, me corro, me corro, joder, me corro…
Se le vino encima un orgasmo largo, brutal, que la sacudió entera. Chorreó sobre la mano del chico, sobre su boca, sobre el asiento del sillón. Nadir siguió lamiéndola, sin soltarla, sacándole el placer hasta la última gota, hasta que ella tuvo que apartarle la cabeza con las dos manos porque ya no lo aguantaba.
—Madre mía… —jadeó, riéndose y temblando a la vez—. Nunca me había pasado esto. Nunca. Me has hecho eyacular, cabrón.
Nadir la miró desde abajo, con la barbilla brillante, y sonrió.
—Sabe usted muy bien, señora.
La levantó en brazos, todavía floja, y la llevó al dormitorio. Hizo amago de retirarse para dejarla descansar, pero ella lo agarró de la muñeca.
—¿A dónde crees que vas? Todavía no me has metido esa polla. Y no salgo de esta cama hasta que me la claves entera.
Él volvió sobre la cama con una sonrisa de lobo. Cogió un cojín del cabecero y se lo colocó bajo las caderas, un detalle que ella no conocía y que entendió enseguida: el coño le quedó levantado, ofrecido, en el ángulo exacto. Nadir se puso de rodillas entre sus piernas y se agarró la polla por la base. Estaba durísima otra vez, de un rojo oscuro, apuntando al techo. Se la pasó por la raja, arriba y abajo, empapándola de flujo, y la apoyó en la entrada del coño.
—Métemela ya, no seas malo.
Entró en ella muy despacio, milímetro a milímetro, dándole tiempo a acostumbrarse. Elena abrió mucho la boca sin que le saliera la voz, sintiéndose abrir, sintiéndose partir en dos. Nunca en su vida le había entrado nada de aquel calibre. La verga avanzaba y avanzaba, hinchándola por dentro, apretándole todas las paredes, hasta que él dio el último empujón y quedó pegado contra su pubis, hasta los huevos.
—Joder… ya está entera, señora.
—Ay, madre… me llegas hasta el cuello… no te muevas todavía, deja que me acostumbre…
Se quedó quieto, apoyándose en los antebrazos, mirándola muy cerca. Ella empezó a respirar hondo, a acomodar las caderas, a apretarle la verga con el coño para sentirla mejor. Al minuto le clavó los talones en el culo.
—Ahora sí —pidió ella—. Dame fuerte. No te contengas. Fóllame como si me hubieras pagado por follarme.
Y él no se contuvo. La sujetó de las caderas y empezó a moverse con ganas. Salía casi entero, hasta el glande, y volvía a entrar de un golpe seco que le sacudía las tetas y le arrancaba un gemido. Los cuerpos chapoteaban, la cama chirriaba, la habitación se llenó del ruido húmedo del polvo. Elena le arañaba la espalda, le mordía el cuello, le gritaba obscenidades al oído.
—Así, hijo, dámela toda, rómpeme el coño, más fuerte, más fuerte…
Nadir leía en sus gemidos cuándo apretar y cuándo aflojar. Le levantó las piernas sobre los hombros, se echó adelante y la folló doblada, con la polla entrándole en un ángulo nuevo que le rozaba justo donde debía. Elena se corrió otra vez, un orgasmo corto y agudo que la hizo gritar. Antes de que se recuperara, él la sacó de la cama.
—Ponte a cuatro patas, señora.
—Ay, Dios…
Le dio la vuelta y la puso a cuatro patas al borde del colchón. Se colocó detrás, le agarró el culo con las dos manos y separó las nalgas. Se escupió en la palma, se untó la polla y volvió a metérsela de un empujón brutal. Elena hundió la cara en la almohada para ahogar el aullido.
Nadir empezó a bombear duro, sujetándola por las caderas, tirándole del pelo con una mano, dándole alguna palmada en la nalga con la otra. La verga entraba y salía chorreando, brillante, marcando un ritmo que iba subiendo cada vez más. Elena, que llevaba demasiado tiempo siendo la que mandaba en todas partes, se dejó llevar por completo, agradecida de no tener que decidir nada. Solo tenía que ofrecer el culo y recibir.
—Sigue, sigue, sigue, no pares…
—Me voy a correr, señora…
—Dentro. Córrete dentro. Lléname el coño hasta arriba.
Él aceleró, apretó los dientes, y le clavó la polla hasta el fondo mientras se vaciaba entero dentro. Ella sintió los chorros calientes rebotándole contra el cuello del útero y se corrió otra vez, apretándole la verga con las paredes, ordeñándole hasta la última gota. Cuando Nadir salió, un hilo espeso de semen mezclado con flujo le resbaló por la cara interna del muslo.
Los orgasmos se le encadenaron uno tras otro, porque no pararon ahí. Se ducharon, comieron algo, y volvieron a la cama. Se la folló otra vez de lado, con una pierna de ella al aire. Y otra vez de pie, contra el marco de la puerta, con ella colgada en sus brazos. Y otra más con Elena encima, cabalgándolo despacio, bebiéndose ella misma la polla con el coño. Al amanecer estaba deshecha sobre las sábanas, con el pelo revuelto, las tetas marcadas por las manos de él y el interior de los muslos pringoso.
—Me has destrozado —murmuró contra la almohada, con una sonrisa torcida—. Me has follado como no me habían follado en la vida. Y no pienso despedirte por eso.
Nadir se dejó caer a su lado, la abrazó por la espalda, le pasó la polla todavía medio dura entre las nalgas y los dos se durmieron casi al instante, vencidos.
***
El fin de semana fue largo y caluroso, y no quedaron muchos rincones de la finca por estrenar. La follaron en la piscina, con ella colgada del bordillo mientras él le entraba desde atrás, sacudiéndole el culo bajo el agua. La follaron en la cocina, con las bragas apartadas y las tetas aplastadas contra el mármol frío. La follaron en la hamaca del jardín, al sol, con Elena a horcajadas encima de él, tomándole la polla entera y moviéndose despacio mientras las cigarras cantaban. Ella le enseñó a chuparle el culo, a metérselo por el ojete con un dedo mientras la comía por delante, a correrse en su cara. Él aprendió rápido.
El domingo, lo más tarde que pudo, Elena se vistió a regañadientes y buscó las llaves del coche. Le costaba andar. Tenía el coño en carne viva, los pezones doloridos, la mandíbula agarrotada de tantas mamadas. No se sentía tan bien desde hacía veinte años. Antes de subir al coche, se giró hacia él, que la despedía en la puerta con una polla medio dura marcándose bajo el pantalón corto.
—Mantén el agua caliente —le dijo, recuperando la voz de jefa, aunque los ojos la traicionaban—. Y esa polla también me la mantienes caliente para mí. El próximo fin de semana vendré con una amiga. Le he hablado mucho de ti, y de esto —le dio una palmada cariñosa al bulto—. Va a querer probar. Y tú vas a portarte muy bien con las dos, ¿verdad?
—Con las dos, señora. Todas las veces que haga falta.
Elena le sonrió, se puso las gafas de sol y arrancó. Nadir sonrió y la vio alejarse por el camino de tierra. Tres años después de cruzar el mar tenía por fin un techo propio, un sueldo y, al parecer, una agenda que se le estaba complicando de la mejor manera posible. Se quedó mirando la nube de polvo del coche y pensó que, por una vez, la suerte le debía algo y había decidido pagarle todo de golpe.





