Mi vecino me dio mucho más que un masaje en la espalda
El reloj de la cocina marcaba las tres y cuarenta. Desde el pasillo escuché la respiración de mi hermano Tomás: una inhalación larga, una pausa, una exhalación lenta. Predecible como un metrónomo.
Sedado del todo.
Conté hasta diez en el umbral de su cuarto. El ciclo se repitió, idéntico. Después de años cuidando a mi marido, sé distinguir cuándo un hombre finge dormir y cuándo las pastillas lo han apagado de verdad. Y aquella combinación de calmantes le garantizaba dos horas como mínimo. Dos horas en las que el mundo podía caerse a su alrededor sin que él se enterara.
Tomás tenía setenta años y un accidente de coche que lo había dejado postrado en aquel piso de Alicante, exiliado a la habitación pequeña «por su propia comodidad», según le había contado a nuestras sobrinas por teléfono. Mentira piadosa. Lo había instalado allí porque me convenía a mí.
No sentía lástima. Sentía otra cosa, algo que llevaba demasiados años dormido: oportunidad.
Crucé el salón descalza y me detuve ante el espejo del recibidor. A los sesenta y cinco, mi reflejo todavía me gustaba. Menuda, sí, pero con la figura cuidada de quien nunca se abandonó, el pelo blanco platino recogido en una coleta, los ojos color miel con esa chispa que mi marido hacía décadas que no veía. Me ajusté la blusa, me alisé la falda sobre las caderas y sonreí.
A mi edad ya sé que la vida no regala nada. Las ocasiones se fabrican.
Y Nando, mi vecino divorciado de enfrente, era una ocasión demasiado tentadora.
Saqué del armario la botella del aceite de oliva que Tomás reservaba para las ocasiones especiales. Qué ironía. Vertí un charco generoso en mitad del suelo y observé cómo el líquido dorado se extendía formando un lago traicionero que cualquier persona prudente esquivaría. Yo no tenía la menor intención de ser prudente.
Marqué su número, que ya me sabía de memoria.
—¿Nando? Soy Amparo —dejé que la voz se me volviera frágil—. Perdona que te moleste. He tenido un percance en la cocina y con Tomás dormido no sé cómo apañarme...
—Voy enseguida.
Le había dado una copia de la llave después del accidente de mi hermano, por si acaso. En menos de cinco minutos oí girar la cerradura. Me desabroché el segundo botón de la blusa y dejé el tercero pendiendo de un hilo, calculado para ceder al primer movimiento.
—¿Amparo? ¿Dónde estás?
—En la cocina. Cuidado al entrar, que se me ha derramado.
Apareció en el umbral y por un instante me quedé sin aire. A los cincuenta y ocho, Nando conservaba una presencia que me había llamado la atención el primer día. El pelo canoso bien peinado, unos ojos claros que ahora me miraban con preocupación auténtica.
—¿Estás bien? —preguntó, mirando el desastre.
—Sí, sí, una tontería —mentí—. Estaba preparándole la cena a Tomás y se me escapó la botella. Con los nervios de estos días...
Me agaché a recoger un trapo y dejé que el escote se abriera. El botón cedió, descubriendo el sujetador azul. Me incorporé fingiendo sobresalto.
—¡Ay, qué vergüenza! —murmuré, llevándome la mano al pecho sin ninguna prisa por taparme.
Sus ojos habían abandonado toda pretensión de cortesía. Lo abroché despacio, regalándole unos segundos más, y cuando alcé la vista lo vi tragar saliva con dificultad. Ya sé qué clase de hambre te he despertado.
—Deja, que yo me encargo —dijo, acercándose.
Limpiamos juntos, los cuerpos rozándose en esa danza doméstica que tiene algo de íntimo. Entonces ejecuté la parte más dulce del plan: pisé el borde resbaladizo y dejé que el pie se me deslizara.
—¡Oh!
Sus brazos me rodearon en un instante, apretándome contra su pecho. Sentí la firmeza del torso, el calor a través de la camisa, su aliento en mi oído. Y sentí otra cosa: algo duro presionándome contra el bajo vientre, un bulto inconfundible que se le marcaba en el pantalón y que no había manera de disimular.
—Te tengo —susurró.
Nos quedamos así mucho más tiempo del necesario. Sus manos firmes en mi cintura, su corazón latiéndome contra la mejilla, y esa polla despertándose entre nosotros como un aviso de todo lo que vendría.
—Me siento tan segura entre tus brazos —murmuré, y contoneé apenas las caderas, lo justo para restregarme un instante contra él y comprobar el tamaño de lo que se me estaba poniendo delante.
Una tos de Tomás en el cuarto contiguo nos separó como un latigazo. Nando retrocedió con las mejillas encendidas, la mano yendo automáticamente a taparse el bulto de la entrepierna, y fue a ver a mi hermano. Yo me quedé en la cocina, con los pezones erizados bajo el sujetador azul y las bragas húmedas de solo haberlo sentido empalmarse contra mí. La primera semilla estaba plantada. Solo tenía que ser paciente.
***
La ocasión que esperaba llegó tres noches después. Tomás había tenido un día malo, los dolores se le habían disparado y el médico, tras ajustarle la medicación, dejó una orden tajante.
—No debería quedarse sola con él esta noche. Si vuelve a tener una crisis, va a necesitar ayuda.
Perfecto. Esperé a que mi hermano se hundiera en el sueño profundo de los calmantes y llamé a Nando.
—El médico dice que Tomás ha empeorado y que no debería pasar la noche sola, por si acaso...
—Voy para allá. Dame cinco minutos.
Cinco minutos para preparar el escenario. Me solté la coleta y dejé que la melena platinada me cayera sobre los hombros. Cambié la blusa por un camisón de seda color coral que me llegaba a medio muslo, traslúcido lo justo para insinuar lo que cubría. No era obsceno. Tampoco era inocente. Debajo, ni bragas ni sujetador: quería que si algo pasaba no hubiera un solo obstáculo entre su polla y mi coño.
Lo recibí con cara de gratitud y un toque de vulnerabilidad. Había venido en pijama corto, recién salido de la cama, y al recorrerlo con la mirada se me secó la boca. Los brazos morenos asomando de la camiseta, el vello canoso del pecho, las piernas fuertes bajo el pantalón, y en la entrepierna un bulto de reposo que ya prometía.
Con casi sesenta años está mejor que muchos de cuarenta.
Le preparé el sofá con una manta y una almohada y lo mandé a descansar. Pero yo no pensaba descansar. Me retiré a mi cuarto y dejé que pasaran dos horas largas dando vueltas, con los muslos apretados y la mano metida entre las piernas, palpándome el coño empapado, imaginando el peso de su cuerpo sobre el mío, sus manos apretándome las tetas, esa polla que ya le había sentido en la cocina abriéndome de par en par. Tuve que morderme el labio para no correrme yo sola en la cama.
A las dos de la madrugada crucé el pasillo. La luz de la farola entraba dorada por la ventana del salón. Nando estaba despierto, mirando el techo con las manos tras la nuca.
—¿No puedes dormir? —preguntó, incorporándose.
—Estaba preocupada por ti —mentí, sentándome en el borde del sofá, el muslo casi rozando el suyo—. Estos días han sido durísimos.
La penumbra era mi aliada. Veía cómo sus ojos saltaban de mi cara a la curva que el camisón dibujaba bajo la seda, a los pezones marcándose descaradamente contra la tela.
—A veces me siento muy sola —susurré, dejando que la voz se me quebrara—. Cuarenta años de matrimonio y, cuando enfermó Tomás, me di cuenta de que hacía demasiado que nadie me hacía compañía de verdad. Que nadie me tocaba.
Mi mano encontró su brazo y esta vez no la retiré.
—Tú también te sentirás solo. Después del divorcio, digo.
—Más de lo que me gusta admitir.
—¿Y qué echas de menos?
—La intimidad. No solo lo otro... aunque eso también. Sentir que no estás solo en el mundo.
—Dime la verdad —le susurré al oído—. Cuando dices «lo otro» te refieres a follar, ¿no? A tener una mujer en la cama, a metérsela, a correrte dentro. Puedes decírmelo con esas palabras. Ya no somos críos, Nando.
Se le escapó un jadeo. Mis dedos trazaban círculos sobre la tela de su camiseta, cada vez más abajo, hasta rozarle el vientre.
—Sí —admitió, la voz ronca—. Eso también. Lo echo de menos como un animal.
—Es exactamente lo que siento yo —dije, acercándome—. ¿Por qué está mal que dos personas solas se hagan compañía?
—Estás casada, Amparo.
—Estoy casada con un hombre que hace meses que no me mira como mujer. Le dije que venía a Alicante a cuidar a mi hermano y me contestó que aprovechara para descansar. Como si fueran vacaciones. Hace casi un año que no me toca, Nando. Un año. Con lo que a mí me gusta el sexo.
Mi mano bajó del pecho a su vientre, y desde ahí, con los dedos abiertos, resbaló hasta cubrirle la entrepierna del pantalón. Ahí estaba: gruesa, caliente, endureciéndose bajo la tela con cada segundo. Se la apreté con la palma, sintiendo el latido.
—Joder... —gimió por lo bajo.
—Dime que tú no has pensado en mí —susurré, la boca rozándole el lóbulo de la oreja mientras le masajeaba la polla por encima del pijama—. Dime que el otro día, en la cocina, no sentiste lo mismo que yo. Porque yo te sentí, Nando. Te sentí durísimo contra mi tripa. Y no se me ha olvidado.
Su mano se cerró sobre la seda de mi cintura y me atrajo.
—He pensado en ti cada noche desde entonces —confesó, la voz áspera—. Me la casco pensando en ti, Amparo. Cada puta noche. Con la cara que se te puso cuando te agachaste a por el trapo. Con el sujetador azul.
—Buen chico —le ronroneé—. Pues esta noche no vas a tener que hacerlo solo. Esto es lo que necesitamos los dos. No tienes que prometerme nada. Solo déjame sentirme viva otra vez.
Su mano subió hasta mi mejilla con una ternura que me hizo temblar. Nos besamos. Suave al principio, exploratorio, y luego la corriente nos arrastró: sus dedos en mi pelo, mis brazos en su cuello, las bocas hambrientas, las lenguas entrelazándose. Yo seguía manoseándole la polla por encima del pijama, notando cómo crecía y se estiraba contra mi mano hasta empujar el elástico.
Y entonces la realidad lo golpeó como un cubo de agua fría. Se apartó de un salto.
—No, esto está mal. Estás casada, estoy en casa de tu hermano, él confía en mí. Tengo que irme.
—Nando, espera...
—Perdóname. Lo siento mucho.
La puerta se cerró con un clic suave. Me quedé sola en el sofá todavía tibio, con el sabor de sus labios en la boca, el olor de su polla empalmada en los dedos y una sonrisa de triunfo dibujándose despacio. Me metí la mano bajo el camisón, encontré el coño chorreando y me acaricié hasta correrme mordiendo el cojín, con el eco de su voz áspera todavía en el oído.
Pobre. Se siente culpable mientras mi marido anda a trescientos kilómetros viviendo su vida. Los hombres divorciados son gatos heridos: necesitan tiempo para creer que una caricia no va a dolerles.
Pero la forma en que me había besado no se fingía. La forma en que se le había puesto la polla bajo mi mano tampoco. Ya estaba en el bote. Solo necesitaba la próxima ocasión, una en la que su conciencia no pudiera arruinar el momento.
***
La encontré una semana después, un martes por la tarde. Tomás se había acomodado en su sillón con las noticias, los calmantes empezando a hacer efecto tras la comida. Yolanda, la asistenta, se había marchado a las once después de bombardearme con preguntas demasiado curiosas sobre «el señor Nando, que viene mucho por aquí».
Esa mujer ve demasiado.
—Nando —dije, recogiendo los platos—. ¿Tú sabes algo de masajes?
Levantó la vista del periódico, una ceja arqueada.
—Es que tengo la espalda hecha un nudo —me llevé la mano a la zona lumbar con una mueca genuina—. Entre cargar a Tomás y dormir mal... Mi marido antes me daba unos masajes que me aliviaban más que cualquier pastilla. Pero claro, aquí...
Dejé la frase colgando.
—No soy fisioterapeuta —dijo despacio—, pero puedo intentarlo.
—¿En serio? Solo si no es molestia.
—¿Dónde estarías más cómoda?
Ahí estaba la pregunta que esperaba.
—En mi cuarto hay más sitio, y la cama es mejor que el sofá —me sonrojé delicadamente—. Tomás está sedado, dormirá hasta la cena.
Como para confirmarlo, los ronquidos suaves de mi hermano empezaron a filtrarse por el pasillo. Nando me sostuvo la mirada un largo rato. Vi la batalla librándose en sus ojos claros.
—Está bien. Pero solo un masaje, nada más —murmuró, más para convencerse a sí mismo.
—Por supuesto —asentí, conteniendo la sonrisa.
Lo guié a la habitación de invitados, donde la luz dorada de la tarde se filtraba por las cortinas creando un ambiente íntimo. Saqué de la mesilla un frasco de aceite de almendras que había colocado allí esa mañana.
—Para que las manos se deslicen mejor —expliqué con inocencia.
—Quítate la blusa, para llegar bien a la espalda.
Le di la espalda y me desabroché los botones despacio, dejando que la prenda resbalara y descubriera el sujetador negro que había elegido a propósito esa mañana. Oí cómo se le alteraba la respiración.
—Quítate también la falda —dijo, la voz más ronca—. No vaya a mancharse de aceite.
—¿No será que te quieres aprovechar? —repliqué, girándome a medias.
—¿Y si fuera así? ¿Te molestaría?
—Ni un poco —respondí, sosteniéndole la mirada.
Me deslicé la falda por las caderas con una lentitud deliberada, empujándola hasta los tobillos y saliéndome de ella con un pequeño movimiento de pie. Me quedé de pie ante él en sujetador negro y unas braguitas a juego, muy pequeñas, que apenas cubrían nada. Vi cómo se le clavaban los ojos en la mancha oscura de humedad que ya me marcaba la entrepierna. Me tumbé boca abajo en la cama. El colchón se hundió cuando se sentó a mi lado y empezó a calentar el aceite entre las palmas. El sonido me envió una descarga directa al vientre.
Sus manos se posaron en mi piel, grandes y firmes, deslizándose desde la cintura hacia los hombros en movimientos largos. Tuve que morder la almohada para no gemir. Tenía más talento del que admitía: deshacía cada nudo de tensión y, de paso, encendía otra clase de tensión por completo distinta.
—¿Mucha presión? —preguntó.
—No, perfecto. Más fuerte si quieres.
Sus palmas me rozaban los costados, los bordes de los pechos aplastados contra la cama. Cuando llegaron a los tirantes del sujetador, lo sentí dudar.
—Los tirantes te estorban —murmuró.
—Tienes razón.
Me incorporé apenas y lo desabroché yo misma, dejando la espalda completamente expuesta. Sus manos volvieron, ahora sin obstáculos, más lentas, más íntimas, trazando líneas de fuego a lo largo de la columna. Bajaron hasta el nacimiento de las nalgas, subieron por los costados y, esta vez sin fingimiento, resbalaron por debajo hasta llegarme a las tetas aplastadas contra el colchón. Me pellizcó los pezones entre los dedos, con la delicadeza justa para hacerme jadear.
—Eres increíble con las manos —gemí bajito—. Aunque creo que la tensión me baja más abajo también.
Sus dedos se detuvieron en el elástico de las braguitas.
—Para que llegues bien —susurré— igual hay que bajarlas un poco.
—Haz lo que necesites —contestó, y enterré la cara en la almohada.
Sentí cómo deslizaba la tela por debajo de mis nalgas, el aire fresco sobre la piel desnuda, y luego cómo me las quitaba del todo tirando de ellas por los tobillos. Ya hemos pasado el punto de no retorno. Me quedé completamente en pelotas, boca abajo, con las piernas ligeramente separadas. Vertió más aceite y sus manos amasaron mis nalgas con un vaivén cada vez más obsceno, abriéndomelas, dejando expuesto todo lo que hay entre ellas. Un dedo resbaladizo bajó por el surco y rozó la entrada de mi coño, y desde ahí subió por la raja, deteniéndose un instante en el ojete antes de volver a bajar.
—Estás empapada, Amparo —murmuró con la voz espesa.
—Llevo días así por ti —gemí—. Sigue.
Sus dedos volvieron a bajar y esta vez uno entero se hundió en mi coño hasta los nudillos. Solté un grito ahogado contra la almohada. Empezó a moverlo dentro y fuera, despacio, en un vaivén húmedo que me hacía apretarme contra su mano. Cuando nuestros ojos se encontraron, vi el instante exacto en que su resistencia se quebró. Sus caricias dejaron de tener nada de medicinal.
Me giré sin molestarme en cubrirme los pechos. Quería que me viera, que me deseara tanto como yo a él. Las tetas al aire, los pezones tiesos como piedras, las piernas abiertas y el coño brillando de aceite y humedad propia.
—¿Te gusta lo que ves?
—Eres perfecta —murmuró, inclinándose—. Absolutamente perfecta.
Nos besamos con hambre. Sus manos me recorrieron con la veneración de un hombre que había estado demasiado tiempo privado de todo. Bajó por el cuello, atrapó un pezón entre los labios y tiró de él con los dientes hasta hacerme arquear la espalda. Chupó, mordió, pasó al otro, dejándomelos brillantes de saliva y palpitando de gusto.
—Hazme sentir viva otra vez —susurré contra sus labios—. Aquí, ahora.
—¿Y si Tomás...?
—Está sedado. Y aunque no lo estuviera, ahora mismo no me importa nada más que tú.
Sus últimas defensas cayeron como castillos de arena. Se desnudó con prisa: el torso fuerte cubierto de vello canoso, los hombros anchos, y cuando se bajó el bóxer la polla saltó libre y se le quedó apuntando al techo. Gruesa, larga, con las venas marcadas, el glande morado y una gota de líquido preseminal colgando de la punta. Se me hizo la boca agua solo de verla.
—Voy a hacerte el amor como llevo soñando desde que llegaste —dijo, acercándose.
—No —lo corté, mirándolo a los ojos—. No quiero que me hagas el amor. Quiero que me folles. Quiero que me metas esa polla hasta el fondo y me destroces el coño.
Se quedó quieto un segundo, sorprendido, y luego soltó una carcajada ronca.
—Joder, Amparo. Me encanta que digas exactamente lo que quieres.
Me arrodillé en la cama frente a él. Le agarré la polla con la mano —no me alcanzaban los dedos para rodearla del todo— y empecé a masturbársela despacio, sintiendo el peso y la vida palpitante bajo mis dedos. Acerqué la boca y le lamí el glande limpiándole la gota espesa, saboreando lo salado. Después abrí los labios y me la fui metiendo poco a poco. Primero la puntita, después media, después la tragué entera hasta que la sentí golpearme el paladar y el fondo de la garganta.
—Joder, joder... qué delicia de boca... —gimió, los dedos enredados en mi pelo blanco.
La chupé con ganas, subiendo y bajando, ayudándome con la mano en la base, haciendo ruido, mojándola entera de saliva. Le lamí toda la extensión de la vena de debajo, le besé los huevos, me los llevé a la boca uno por uno, y volví a subir a comerle el glande girando la lengua en círculos. Marcó un vaivén lento, cada vez más profundo, agarrándome de la nuca para que no me apartara, follándome la boca hasta que las lágrimas me llenaron los ojos y las babas me chorrearon por la barbilla hasta las tetas. De pronto se tensó y empezó a retirarse.
—¡Para, para, que me voy a correr en tu boca!
—Ni se te ocurra —dije, limpiándome los labios con el dorso de la mano y sonriendo—. Antes tienes que metérmela como Dios manda. Esa corrida es para dentro de mi coño.
Me recosté y separé las piernas sin un gramo de pudor, doblando las rodillas y abriéndome de par en par. A mi edad la timidez era un lujo que no podía permitirme, menos aún con un hombre que me deseaba con el hambre de un crío y la pericia de un adulto. Sus ojos claros se oscurecieron hasta el color del acero al contemplarme abierta y húmeda, con el coño hinchado, los labios brillantes y el clítoris fuera de su capuchón, pidiendo guerra.
—Llevo días esperando que me mires así —susurré.
Se arrodilló entre mis piernas y empezó a besarme el interior del muslo, ascendiendo despacio hacia el centro. Cuando su boca llegó a mi coño y su lengua se hundió entre los labios, di un respingo y le agarré la cabeza. Empezó a lamerme entera, de abajo a arriba, con la lengua plana. Después, con la punta, dibujó círculos alrededor del clítoris y lo atrapó entre los labios chupándomelo con hambre. Metió dos dedos y los curvó, buscando el punto exacto, y en cuanto lo encontró supe que no iba a poder aguantar mucho tiempo así.
Está muy bien, pero lo que mi cuerpo pide a gritos es otra cosa. Llevo años sin sentir un hombre dentro.
—Nando, espera —le puse una mano en el hombro y tiré de él hacia arriba—. Esto está bien, pero lo que necesito ahora es que me folles. Ya. No puedo más. Métemela.
Levantó la cabeza y se rio, con la barbilla brillando de mis jugos.
—Me encanta lo directa que eres —dijo, incorporándose—. ¿Sabes qué? Como tienes tan claro lo que quieres, toma tú el control. Quiero verte hacer exactamente lo que necesitas. Quiero verte cabalgarme.
La propuesta casi me deja sin respiración. Nos movimos con una sincronía perfecta en el espacio reducido de la cama: él se tumbó de espaldas, la polla erguida contra el vientre, y yo me alcé sobre las rodillas y me coloqué a horcajadas sobre él, una pierna a cada lado, sintiendo el calor de su glande rozándome las nalgas.
—Perfecta posición —murmuró, las manos en mis caderas—. Ahora haz conmigo lo que quieras.
Por primera vez en más de una década, era yo quien marcaba el ritmo. Lo agarré con la mano derecha —apenas conseguía abarcar su grosor— y lo guié entre mis pliegues empapados, restregándome el glande por el coño y por el clítoris hasta empaparlo todo. Después lo coloqué justo en mi entrada y fui descendiendo. Milímetro a milímetro. Sentí cómo me estiraba, cómo mi carne cedía a la fuerza para abrirle paso, con una lentitud que me arrancaba jadeos ahogados.
—Dios mío... qué grande eres... me abres entera... —gemí.
—Estás tan estrecha... me estás apretando la polla como un puño... —gruñó él desde abajo.
Cuando lo hube tragado entero, hasta la raíz, y sentí sus huevos golpearme el culo, solté un suspiro hondo que me brotó del pecho. Me quedé quieta un instante para acostumbrarme al llenazo, con la polla pulsándome dentro. Después me llevé las manos a los pechos, acariciando las puntas duras, pellizcándomelas, y empecé a moverme.
Ahora mando yo. Voy a cabalgar a este hombre hasta que los dos perdamos la cabeza. Durante demasiado tiempo he sido la esposa abnegada y la cuidadora. Aquí, en esta cama, controlo cada movimiento.
Subía y bajaba con una furia que llevaba años conteniendo, gozando como una cría. Empecé lento, disfrutando cada centímetro entrando y saliendo, y fui acelerando. La polla me entraba entera y salía brillante de mis jugos, y volvía a entrar hasta el fondo con un sonido húmedo, obsceno, que llenaba la habitación. Me apoyé en su pecho con las manos, me incliné hacia adelante y empecé a rebotar sobre él, las tetas moviéndose al ritmo, el culo golpeándole los muslos con un chasquido cada vez que bajaba.
—Mírame las tetas, cabrón —le jadeé—. Mírame cómo te la meto entera. Mírame la cara de zorra que se me está poniendo.
—Puta preciosa... eres una puta preciosa... —gruñó, con las manos clavándoseme en las caderas, intentando en vano sujetar la intensidad que yo había desatado. La piel le brillaba de sudor, el rostro enrojecido, la cabeza moviéndose sobre la almohada.
Me eché hacia atrás, apoyando las manos en sus rodillas, y cambié el ángulo. Ahora la polla me tocaba justo donde tenía que tocar. Le monté restregándome, moviendo las caderas en círculos y adelante y atrás, notando cómo se me hinchaba el clítoris contra la base de su verga cada vez que me hundía. Mis gemidos se volvieron gritos cortos, agudos, incapaces de aguantarse.
Lo sentí ponerse rígido como una columna de mármol caliente, la polla creciendo aún más dentro de mí. Esa fue la señal. Me dejé caer con todo mi peso, hundiéndolo hasta la base, y me apreté contra él frotando el clítoris furiosamente. El torbellino me arrasó sin piedad. Dejé de pensar, dejé de ser Amparo, me convertí en pura sensación, en un coño palpitante ordeñando la polla que tenía dentro.
—¡Sí, así, joder, así! ¡Fóllame, fóllame más fuerte! —grité.
—¡No pares, no pares nunca! ¡Me vas a hacer correrme, joder! —rugió él, empujándome con las caderas desde abajo, saliéndome a media polla y volviendo a hundírmela hasta el fondo con embestidas brutales.
—¡Me corro, Nando, me corro! ¡Córrete tú también, dentro, quiero sentirte dentro!
Lo sentí explotar. La polla se le convulsionó dentro de mí y noté cómo me llenaba a chorros calientes, uno tras otro, mientras yo seguía convulsionándome sobre él, apretándole con las paredes del coño para sacarle hasta la última gota. Sus gruñidos y mis alaridos se mezclaron en el aire. No me importó que se oyeran por todo el edificio, que los vecinos supieran exactamente lo que pasaba en ese cuarto. Era mi liberación después de décadas de silencio, y no pensaba desperdiciar ni un segundo de aquella gloria que me recorría como lava.
Cuando las olas se calmaron, caí desmadejada sobre su torso jadeante, las pieles resbaladizas pegadas, recuperando el aliento, con su polla todavía dentro y la corrida escurriéndoseme entre los muslos. Le lamí el sudor del cuello, le mordisqueé el lóbulo de la oreja.
—Aún no hemos terminado —le susurré.
Y no habíamos terminado. Durante el resto de la tarde Nando me llevó al límite una y otra vez en la cama de invitados, con una energía que jamás habría esperado de un hombre de su edad. Me puso a cuatro patas y me embistió por detrás agarrándome de las caderas, con las nalgas de él golpeándome el culo y las tetas mías bailándome debajo, hasta que volví a correrme apretando las sábanas con los dientes. Me tumbó boca arriba en el borde de la cama, con las piernas en alto sobre sus hombros, y me machacó el coño de pie, mirándome a los ojos, hasta vaciarse por segunda vez dentro de mí. Me hizo chupársela otra vez con la polla brillando de nuestros jugos mezclados, para que me probara a mí misma en él, y cuando volvió a estar dura me montó por detrás en cucharita, meneándomela despacio mientras me apretaba una teta con una mano y me frotaba el clítoris con la otra, hasta que me corrí llorando de gusto por tercera vez. Cada asalto fue mejor que el anterior. Perdí la cuenta de las veces que grité, de las veces que sentí su semen caliente dentro, de las veces que le pedí más.
Tumbada entre sus brazos, con el coño palpitando dolorido, las sábanas hechas un desastre y el olor a sexo pegado a la piel, sonreí para mis adentros con una satisfacción que no recordaba.
Así que esto era lo que me estaba perdiendo. Cuarenta años de matrimonio aburrido para descubrir a los sesenta y cinco que el sexo puede ser así. Pues que se vayan enterando en Sevilla: esto no se queda aquí. Cuando vuelva, voy a seguir disfrutando. Con quién, ya lo veré. Pero desde luego no pienso volver a conformarme con menos.





