La directora me llamó a su despacho al caer la noche
El despacho de la doctora Carmona estaba al fondo del pasillo, detrás de dos puertas de madera que siempre parecían diseñadas para que costara llegar. Eran las siete de la tarde y el edificio de investigación llevaba horas vacío. Yo, Diego, becario de segundo año con el expediente más limpio del departamento hasta esa semana, me detuve frente a su puerta y llamé dos veces.
—Entra y cierra —dijo su voz desde dentro.
Elena Carmona tenía cincuenta años y la autoridad de quien los lleva sin arrepentirse de ninguno. Su despacho era un cubo de madera oscura y estanterías llenas hasta el techo, con un ventanal que daba al patio interior del campus. Al entrar, la vi sentada tras un escritorio de roble que parecía tan antiguo como la institución. Llevaba un traje sastre burdeos, las gafas de montura gruesa que usaba cuando leía expedientes, y el pelo castaño recogido en un moño que le dejaba el cuello al descubierto. Se quitó las gafas despacio al verme.
—Sé lo que hiciste —dijo, dejando las gafas sobre el escritorio—. El log de acceso del servidor registra tu usuario, la hora y la carpeta exacta. No hay mucho que explicar.
—Fue un error de permisos —empecé—. No sabía que esa carpeta no era pública.
—Diego. —Su tono cortó el aire—. No me interrumpas.
Se levantó. Era alta sin tacones; con ellos, la diferencia entre los dos se invertía. Rodeó el escritorio con una calma que me puso más nervioso que cualquier grito. Se detuvo a menos de un metro de mí y me miró durante unos segundos sin decir nada.
—Podría reportarlo al comité de ética esta misma noche —dijo—. Perderías la beca. Puede que algo más. —Hizo una pausa—. Pero eso sería un desperdicio. Eres el mejor becario que he tenido en cinco años, y los dos lo sabemos.
Esperé.
—He decidido que vas a compensarme de otra forma. A partir de ahora serás mi asistente directo. En todo lo que yo necesite. —La última parte la dijo sin cambiar el tono, pero el significado era inequívoco.
Había algo en su mirada que me obligó a quedarme quieto: no era amenaza, era certeza. La doctora Carmona ya sabía lo que iba a pasar esa noche. Solo estaba esperando a que yo lo aceptara.
Se acercó otro paso. Pude oler su perfume: seco, con algo amaderado que no encajaba con los perfumes que yo conocía. Un olor de mujer que no necesita que nadie le confirme nada.
—Siéntate en mi sillón —ordenó, señalando su propia silla detrás del escritorio.
Me senté. Ella se quedó de pie al otro lado, apoyó las palmas en la madera y se inclinó hacia mí. La chaqueta del traje se abrió ligeramente, dejando ver la blusa de seda blanca debajo. Era fina. Lo suficiente para intuir el encaje negro del sujetador y la sombra oscura de los pezones erectos apretados contra la tela.
—Esta tarde tienes la oportunidad de demostrar que tu inteligencia va más allá del expediente —dijo—. Pero primero vas a aprender a escuchar sin abrir la boca.
El ordenador emitió un pitido.
Elena miró la pantalla y luego me miró a mí. La comisura de su boca se movió apenas.
—Es el comité de dirección. Reunión mensual. —Señaló el suelo bajo el escritorio—. Tú no te mueves de ahí.
No hubo discusión posible. O tal vez sí la hubo, y yo decidí no tenerla. Me deslicé del sillón y ocupé el hueco bajo el escritorio, entre las patas de madera y las piernas de Elena, que se sentó frente a la cámara con una naturalidad que me dejó sin palabras. Se ajustó el cuello de la blusa. Activó la videoconferencia.
—Buenas tardes, colegas —dijo, con una voz que no tenía nada que ver con la de los últimos diez minutos.
Desde mi posición, el mundo se reducía a las medias de nylon y a la piel pálida de sus muslos, al calor que desprendía su cuerpo a pocos centímetros de mi cara. Me hizo una señal con los dedos apuntando hacia abajo. Empecé.
Le subí la falda hasta la cintura de un tirón y encontré que no llevaba bragas. Solo el ligero, las medias, y el coño ya brillante de humedad, con los labios hinchados y entreabiertos como si llevara esperándome desde antes de que yo cruzara la puerta. El vello estaba recortado corto, oscuro, y el olor que me golpeó la cara era denso, ácido, absolutamente adulto. Le separé los muslos con las manos y hundí la lengua entre esos labios sin ceremonia, lamiéndola de abajo arriba, desde la entrada del coño hasta el clítoris, un solo trazo largo y plano que le arrancó una contracción muscular en toda la pierna.
—Los resultados del trimestre son... —hizo una pausa de medio segundo, indetectable para quien no supiera qué estaba pasando— satisfactorios. El equipo ha respondido bien a los nuevos protocolos.
Su clítoris era grueso, duro, ya asomando fuera del capuchón. Lo atrapé entre los labios y lo chupé, primero suave y después con toda la boca, mientras dos dedos se abrían paso hacia dentro de su coño empapado. Estaba caliente por dentro, apretada, y en cuanto empecé a curvar los dedos buscando ese punto rugoso del techo interior, sentí que se le escapaba el aire por la nariz allí arriba, delante de la cámara. Sus dedos se enredaron en mi pelo desde arriba, me guiaban sin palabras, con una presión que no pedía sino que exigía. Me empujaba la cara contra su coño, me obligaba a comérselo más hondo, mientras seguía hablando de porcentajes con la voz templada.
—La partida presupuestaria... —otra pausa, más larga, más tensa— se mantendrá intacta para el próximo semestre.
Aceleré. Los dedos entrando y saliendo del coño con un ruido húmedo que a mí me parecía atronador y que ella tapaba tosiendo educadamente hacia el micrófono. La lengua fija en el clítoris, dando círculos, luego lengüetazos rápidos, luego succión otra vez. Los muslos de Elena empezaron a temblar contra mis orejas. Le noté el coño cerrarse alrededor de los dedos, apretarme, y supe que estaba a segundos.
El espasmo llegó sin aviso. Sus muslos se apretaron con fuerza contra mis orejas, los músculos internos de su coño se contrajeron a oleadas alrededor de mis dedos, y un chorro caliente de humedad me bañó el mentón y el cuello mientras ella se corría en silencio. La respiración se le cortó un segundo. Luego, con una frialdad que me pareció sobrehumana, siguió hablando de plazos de publicación y revisiones de protocolo mientras yo, debajo, me tragaba lo que había caído en mi boca y seguía lamiéndola despacio para prolongarle el temblor.
La sesión terminó quince minutos después con un intercambio de saludos corteses y un clic seco.
Silencio.
—Sal de ahí —dijo.
Salí del hueco y me puse en pie. Tenía las rodillas tensas y la cara empapada, el mentón brillante de sus jugos, los labios hinchados de haberla comido durante media hora larga. Elena estaba recostada en el sillón con los ojos entornados y el pecho moviéndose más rápido de lo que su postura intentaba disimular, la falda todavía subida y el coño abierto y goteando sobre el cuero del sillón. Cuando me miró, había algo diferente en su expresión. Menos distancia. Más hambre.
Se levantó, caminó hacia mí, tomó mi cara entre sus manos y me besó sin previo aviso. Me metió la lengua entera en la boca, saboreándose a sí misma en mis labios, lamiéndome el mentón, chupándome la barbilla húmeda con una desvergüenza que me puso la polla dura como una piedra dentro del pantalón. No era un beso que pedía permiso: era uno que tomaba, que dejaba claro quién decidía cuándo empezaba y cuándo terminaba. Cuando se separó, tenía el pelo levemente revuelto y los labios entreabiertos, brillantes con su propia humedad.
—Ahora quiero más —dijo, y su mano bajó a mi bragueta, palpó el bulto y apretó—. Y tú también.
***
Elena abrió un armario lateral que yo nunca había visto abierto. De dentro sacó un frasco de aceite con aroma a sándalo y algo más: un consolador de silicona negra, grueso, con una base ancha, discreto pero sin ambigüedades. Me lo mostró sin gesticular nada. Solo me miró.
—Desnúdate —ordenó—. Todo.
Me quité la camisa, los pantalones, los calzoncillos. La polla me saltó hacia arriba, dura, la punta ya mojada del líquido preseminal. Elena la miró un segundo, con una media sonrisa, y no la tocó.
—Todavía no. Date la vuelta. Apóyate en el escritorio.
Lo que siguió fue una lección en control. Me incliné sobre el roble, los antebrazos apoyados, el culo hacia atrás, la polla colgando dura entre las piernas. Elena no tenía prisa. Se puso detrás de mí, oí el chasquido del frasco al abrirse, y luego sentí el aceite caliente cayendo entre mis nalgas, resbalando lento hasta el escroto. Empezó con sus dedos, lentos y metódicos, extendiendo el aceite con una concentración casi clínica. Un dedo dando vueltas sobre el ojete, presionando, sin entrar todavía. No había ternura en ello, sino precisión. Cada vez que yo intentaba decir algo, ella aumentaba la presión y el pensamiento se disolvía.
—Quieto —decía, y yo obedecía.
El primer dedo entró hasta el nudillo. Me arqueé contra el escritorio. Ella lo sacó, lo volvió a meter, empezó a follarme despacio con ese único dedo mientras con la otra mano me acariciaba el escroto, sin llegar a tocarme la polla, dejándomela abandonada y goteando sobre la madera. Después vino el segundo dedo. Los curvó dentro y encontró algo que me sacó un gemido corto y agudo que no reconocí como mío. Sonrió detrás de mí, lo noté sin necesidad de verla.
—Ahí lo tienes —murmuró.
Cuando introdujo el consolador, lo hizo despacio, marcando el ritmo ella. La punta empujando contra el anillo, entrando un centímetro, retrocediendo, entrando dos, dejándome adaptarme a la circunferencia gruesa de la silicona. La sentí abrirme, llenarme, tocar sitios que yo no sabía que existían. Me observaba. Y cuando vio que yo seguía sin hablar, empezó a follarme con él en serio, embestidas largas y rítmicas que hacían que mi polla se sacudiera contra el borde del escritorio con cada empuje.
Se inclinó sobre mí y dijo al oído, sin dejar de meterme el consolador hasta el fondo:
—Eso es. Así para tu directora. Te gusta que te folle, ¿verdad, becario?
—Sí —solté, con la voz rota.
—Sí, ¿qué?
—Sí, doctora. Me gusta que me folle.
Había algo en esas palabras que terminó de desarmarme. El peso de su cuerpo sobre el mío, sus tetas apretándose contra mi espalda a través de la blusa, su respiración agitada contra mi cuello, la sensación de estar completamente a su merced en ese despacho vacío con un consolador entrando y saliendo de mi culo me llevaron a un estado en el que el campus y todo lo que existía fuera de esa habitación dejaron de tener sentido. Solté un gemido largo que resonó en las paredes de madera y que me avergonzó tanto como me alivió. Ella siguió, más rápido, mientras al fin bajaba la otra mano y me cerraba el puño en torno a la polla, masturbándome al mismo ritmo con el que me follaba por atrás.
—Bien —murmuró—. Quiero oírte. Quiero que gimas para mí.
Gemí. Me tenía atrapado entre las dos manos, el consolador dentro y su puño estrujándome la verga hacia fuera, y sentí que estaba a segundos de correrme sobre el escritorio de roble más caro del campus. Ella lo notó y frenó de golpe. Sacó el consolador. Me soltó la polla. Me dejó ahí, jadeando, con el culo abierto y la verga latiendo en el vacío.
—No. Todavía no te corres. Todavía no.
Me obligó a girarme. Estaba de pie frente a mí, con la blusa entreabierta, los pechos casi fuera del sujetador de encaje, los pezones oscuros asomando por el borde de la copa, y el pelo completamente suelto por primera vez en la noche. La imagen contrastaba de manera brutal con la mujer que había activado la videoconferencia media hora antes.
—Levántate —dijo, y esta vez la voz tenía algo diferente. Menos mando. Más tensión. Más ansia.
Me enderecé. Elena se arrodilló delante de mí sin más aviso, me agarró la polla por la base y se la metió entera en la boca de una sola bajada, hasta que sentí el fondo de su garganta apretándome la punta. Cerró los ojos. Empezó a mamármela con una técnica que solo se aprende con años, la lengua rodeando el glande en cada subida, los labios apretados contra el tronco, la mano libre acariciándome los testículos hinchados. Escupió sobre la verga, la masturbó con la mano llena de saliva, se la volvió a tragar. Los sonidos húmedos que salían de su boca eran obscenos, sin pudor, y ella me miraba desde abajo con esos ojos de directora que ahora me pedían todo lo contrario a distancia profesional.
Estuve a punto de correrme en su boca. Debió notarlo, porque sacó la polla, se puso en pie y me empujó contra el sillón.
—Siéntate.
Me senté. Elena se subió la falda hasta la cintura, se colocó a horcajadas sobre mí, se agarró mi polla con una mano y la guió hasta la entrada de su coño empapado. Bajó despacio. La sentí abrirse alrededor de mí, cálida, apretada, la humedad resbalándome por el escroto. Cuando quedó sentada del todo, con mi verga enterrada hasta el fondo, echó la cabeza atrás y soltó un gemido gutural que le sacudió los pechos dentro del sujetador desabrochado.
—Joder —dijo—. Joder, qué bien la tienes.
Empezó a moverse. Subía y bajaba encima de mí, las manos apoyadas en mis hombros, las tetas rebotando delante de mi cara. Le desabroché del todo el sujetador, se lo dejé caer por los brazos y le atrapé un pezón entre los dientes. Ella gritó y aceleró. Le mordí el otro pecho, le chupé la piel del cuello, le dejé una marca roja que iba a tener que tapar con el cuello de la blusa al día siguiente.
—Ahora tú —jadeó, deteniéndose de golpe—. Fóllame tú.
Tardé un segundo en procesar la inversión. Elena Carmona, la directora del departamento, la mujer que había firmado mis cartas de recomendación, se levantó de mi regazo con la verga saliéndosele goteando del coño, se dio la vuelta, se apoyó con las palmas contra el escritorio de roble y arqueó la espalda ofreciéndomelo todo. La falda subida hasta la cintura, el culo blanco y firme al aire, el coño abierto y brillante entre los muslos, esperando.
Me coloqué detrás de ella y entré de una sola vez, hasta el fondo. El sonido que soltó no tenía nada de profesional. Fue un grito corto, ahogado contra el brazo, que resonó en el despacho vacío con una claridad que me encendió por completo.
Empecé a moverme. Fuerte. La agarré por las caderas y empujé, embestidas largas que hacían chocar sus nalgas contra mi pelvis con un chasquido húmedo cada vez. Ella empujaba hacia atrás para recibirme más hondo. El escritorio crujía. Los papeles se movían. Las estanterías de libros eran el único testigo. Afuera, el campus seguía en silencio; adentro, el sonido de nuestros cuerpos, del coño mojado tragándose mi polla una y otra vez, era lo único que importaba.
—Más fuerte —dijo entre dientes—. Fóllame más fuerte, Diego. Rómpeme.
La cogí del moño deshecho, le tiré del pelo hacia atrás y le arqueé el cuello. Aceleré. La embestí sin piedad, la polla entrando hasta las bolas en cada empuje, los muslos de ella temblando contra los míos. Con la otra mano le rodeé la cintura y bajé hasta encontrarle el clítoris hinchado, y empecé a frotárselo en círculos rápidos al ritmo de mis embestidas.
—No te detengas —dijo entre dientes—. No te detengas, no te detengas, me corro, me corro...
No me detuve. Elena llegó primero, con las manos aferradas al borde del escritorio y el cuerpo sacudiéndose en silencio. Sentí su coño cerrarse a espasmos alrededor de mi polla, apretándome, ordeñándome, empapándome con una nueva oleada de humedad caliente. Aguanté dos, tres embestidas más y no pude más. Le saqué la verga, la aparté hacia atrás, y me corrí en chorros gruesos sobre su culo y su espalda baja, marcándole la piel blanca con líneas de semen que le resbalaron lentas hasta el hueco de los riñones. Un calor que me vació por completo y me dejó temblando con las manos sobre sus caderas maduras.
Nos quedamos quietos un momento, respirando. Le pasé un dedo por la espalda, recogí una gota de semen y se la llevé a la boca por encima del hombro. Ella abrió los labios y me chupó el dedo entero, mirándome de reojo, sin decir nada.
***
Cuando me separé, Elena se enderezó con una calma imposible. Se limpió la espalda con un pañuelo del cajón. Se acomodó la falda. Se abrochó el sujetador, se recogió el pelo. Se abrochó los botones de la blusa. En menos de tres minutos volvía a ser la doctora Carmona.
Salvo por una cosa: cuando se puso las gafas y me miró, el frío habitual no estaba ahí. Había algo que se parecía mucho a la satisfacción y algo más pequeño todavía, casi imperceptible, que se parecía a la vulnerabilidad.
—Tu beca está asegurada —dijo, sentándose en el sillón—. Y tu acceso al servidor va a ser regularizado. No quiero que vuelvas a entrar por donde no debes.
—Entendido.
Se inclinó sobre el escritorio, tomó un bolígrafo y firmó un papel. Me lo tendió. Era la renovación de mi contrato de investigación, con fecha de ese día y la anotación «rendimiento sobresaliente» escrita a mano en el margen.
—Puedes irte, Diego.
Tomé el papel. Llegué a la puerta y me detuve.
—¿La semana que viene? —pregunté.
Elena levantó la vista del escritorio. Esa sonrisa apareció de nuevo: breve, afilada, completamente suya.
—Te llamaré yo —dijo, y volvió a sus documentos como si nada hubiera ocurrido.
Salí al pasillo vacío con el papel en la mano y el olor a su perfume y a su coño todavía en la ropa. Afuera, el campus seguía igual que siempre. Pero algo en la arquitectura de ese edificio había cambiado para mí para siempre. El despacho de la directora ya no era solo un lugar de trabajo. Era el lugar donde había aprendido lo que de verdad significaba estar bajo la supervisión directa de Elena Carmona.