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Relatos Ardientes

La señora que le hizo una propuesta indecente

Elena se miró en el espejo del baño sin apuro y sin compasión. Cuarenta y seis años. Su cuerpo ya no era el de sus veinte ni pretendía serlo: las caderas más amplias, los pechos algo caídos, la piel cediendo a la gravedad con más resignación que antes. Pero todavía había algo. Se veía bien. O al menos eso se repetía mientras se aplicaba el lápiz de labios color vino que combinaba con el traje gris.

Era abogada. Tenía un piso de ciento veinte metros cuadrados en Recoleta que ella misma había decorado, una carrera que le costó veinte años construir y una agenda llena de compromisos que nunca llenaban el silencio de las noches. Sus amigas la llamaban. Salía los fines de semana. Pero había una diferencia entre estar acompañada y no estar sola, y Elena conocía esa diferencia de memoria.

Lo vio un martes a mediados de abril, frente al café donde tomaba el primer cortado de la mañana. Estaba sentado en el borde de la plaza con un bloc de dibujo sobre las rodillas y una caja de carboncillos a los pies. Tendría veinticuatro o veinticinco años. Pelo rizado y sucio, ropa gastada, las manos permanentemente manchadas de negro. Flaco, casi demasiado, pero con algo en la postura que a Elena le resultó difícil ignorar.

Se quedó mirándolo más tiempo del que era razonable.

—¿Quiere que la dibuje? —preguntó él sin levantar la vista del bloc.

Ella dudó solo un segundo. Luego dijo que sí.

Se sentó frente a él y lo observó trabajar durante veinte minutos. El chico —Marcos, se llamaba Marcos— dibujaba con una concentración que rozaba la indiferencia. No la miraba como un hombre mira a una mujer. La estudiaba como un técnico estudia un problema. Y eso, curiosamente, la hizo sentir más expuesta que ninguna mirada de deseo.

El retrato no era del todo fiel, pero decía algo verdadero: tenía en el papel una versión suya que parecía más joven y también más sola. Elena sintió algo apretarse en la garganta.

Le pagó el doble de lo que pedía.

—Gracias —dijo él, guardando el billete sin mirarlo—. Soy Marcos.

—Elena —respondió, y cuando se dieron la mano, notó que la de él era fría y áspera.

***

No pudo sacárselo de la cabeza en los días siguientes. Volvió a la plaza con la excusa del café pero él no estaba. Una semana después lo encontró pintando acuarelas en la vereda de la calle Juncal, frente a una fachada de azulejos que reproducía con una paciencia monástica.

—¿Te acordás de mí? —preguntó ella, y la pregunta sonó más necesitada de lo que quería.

—La del retrato —dijo él, reconociéndola—. ¿Le gustó?

—Mucho —mintió Elena.

Estuvieron hablando casi una hora. Marcos le contó que había abandonado Bellas Artes a mitad de carrera porque era una pérdida de tiempo, que sobrevivía con lo de la calle y algún encargo puntual, que vivía en una pensión en Once con tres personas más en el mismo cuarto. Hablaba sin quejarse, con la indiferencia de quien ya asumió que las cosas son como son.

Elena lo escuchaba y notaba algo que prefería no nombrar del todo: una envidia sorda de su libertad, de su falta de agenda, y también, mezclado con eso, un deseo físico que llevaba meses sin sentir con tanta claridad.

—¿Comiste hoy? —preguntó de repente.

Marcos la miró con algo parecido a la desconfianza.

—Todavía no.

—Vivo a tres cuadras. Podemos comer algo, si querés.

La invitación flotó entre los dos, demasiado transparente para pretender inocencia. Marcos la evaluó un momento.

—Bueno —dijo.

***

El camino fue casi en silencio. Él observó el edificio, el ascensor con espejo, las dos cerraduras de la puerta. El piso lo tomó por sorpresa aunque lo disimulara bien: ciento veinte metros de orden cuidado, libros bien puestos, una cocina que olía a café reciente.

—Sentate —dijo Elena, señalando el sofá—. Preparo algo rápido.

Mientras calentaba la comida, se miraba en el reflejo de la vitrocerámica y se preguntaba qué estaba haciendo exactamente. No era la primera vez que pensaba en un hombre más joven, pero sí la primera que lo había traído a casa. La sensatez llevaba demasiado tiempo sentada en ese mismo sofá sin resolver nada.

Comieron. Él con hambre real, sin disimularlo. Ella bebía vino y lo miraba.

—¿Por qué me invitaste? —preguntó Marcos en algún punto, directo.

Elena dejó la copa sobre la mesa con más cuidado del necesario.

—Porque me parecés interesante —dijo.

—¿Solo eso?

Ella no respondió de inmediato. Se levantó, recogió los platos y cuando volvió del salón se detuvo detrás del sofá donde él estaba sentado. Dudó un momento. Después apoyó las manos sobre sus hombros y comenzó a masajear despacio.

Marcos se tensó bajo sus manos. Pero no se movió.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, su voz más baja que antes.

—Lo que debería haber hecho hace rato —respondió Elena, inclinándose hasta que sus labios casi rozaban su cuello.

Él olía a jabón barato y a algo más, algo directamente masculino y sin pretensiones, que la desarmó por completo. Deslizó las manos hacia adelante por su pecho.

Marcos se dio vuelta de golpe. Sus ojos se encontraron. Elena vio en los de él una mezcla difícil de descifrar: sorpresa, lujuria, algo más oscuro.

El beso no fue suave. Fue urgente y torpe al principio, cargado de lo que ninguno de los dos había dicho en voz alta. Marcos la tomó por la cintura con una fuerza que ella no esperaba y la atrajo hacia él. Elena sintió algo aflojarse en algún lugar del pecho.

La ropa desapareció sin estrategia. El cuerpo de Marcos era joven de una manera que dolía un poco mirarlo: piel casi sin marcas, músculos definidos sin esfuerzo, esa firmeza inconsciente de quien todavía no sabe lo que tiene. Ya estaba listo para ella, más que eso. La miraba de un modo que la hizo recordar cómo era sentirse deseada de verdad.

La llevó al dormitorio y Elena se dejó guiar. Por primera vez en mucho tiempo no estaba gestionando nada. Sus manos la recorrieron con una curiosidad que la excitó tanto como la torpeza de ciertos momentos. Cuando finalmente entró en ella, Elena cerró los ojos y se permitió no pensar en nada.

Llegó dos veces antes de que él terminara. Después permanecieron en la oscuridad, y Elena escuchaba la respiración de Marcos a su lado como si fuera una música que no recordaba haber oído.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó él.

Elena supo que esa era la pregunta. Podía dejarlo ir, volver a la vida de siempre, conservar esta noche como un paréntesis. O podía decir lo que llevaba pensando desde que lo había visto en la plaza.

—Quedate —dijo.

Marcos se incorporó sobre un codo.

—¿Qué querés decir con eso?

—Te ofrezco un trato —dijo Elena, y su voz no tembló—. Podés quedarte acá. Techo, comida, todo lo que necesités. A cambio de que sigamos haciendo esto. Cuando yo quiera.

El silencio que siguió fue largo.

—Soy un gigoló, básicamente —dijo él.

—Un gigoló sin clientes múltiples —corrigió Elena—. Solo yo. Sin ninguna otra obligación.

—¿Y si en algún momento no quiero seguir?

—Te vas. Sin drama ni reproches. El trato dura mientras los dos estemos de acuerdo.

Marcos no respondió esa noche. Se levantó antes que ella a la mañana siguiente. Cuando Elena salió al balcón envuelta en la bata, lo encontró fumando, mirando la ciudad despertar sobre los techos.

—Acepto —dijo él, sin volverse—. Pero sin fingir nada. No soy tu novio ni tu compañía. Esto es lo que es.

—Perfecto —dijo Elena—. Eso es exactamente lo que quiero.

***

Los primeros días fueron extraños, cargados de una tensión que ambos intentaban ignorar. Marcos se instaló en el cuarto de huéspedes con una mochila que contenía básicamente nada. De día dibujaba, a veces salía a caminar por el barrio, a veces no. Elena iba al trabajo y volvía con una anticipación que no había sentido en años.

La tercera noche lo encontró en el salón, con un cuaderno abierto sobre la mesita.

—Quiero que vengas al cuarto —dijo ella.

Marcos cerró el cuaderno sin decir nada y la siguió.

Sin preámbulos esa vez. Elena se desvistió con determinación y él la tomó desde atrás sin rodeos, sujetándola por las caderas con una fuerza que ella no había anticipado del todo. El impacto del cuerpo de Marcos contra el suyo le arrancó un sonido que no había hecho en mucho tiempo.

—¿Así? —preguntó él, sin detenerse.

—Más fuerte —dijo ella.

Y él obedeció. Aumentó el ritmo hasta que Elena no pudo controlar los sonidos que hacía, hasta que perdió el rastro de sus propios pensamientos y solo quedó la sensación, la presión, el calor de su cuerpo contra el suyo.

Cuando terminaron, Elena tardó varios minutos en recuperar la respiración.

—La próxima vez, pedís vos —dijo Marcos, levantándose.

Elena no respondió. Pero supo que tenía razón.

***

Las semanas siguientes establecieron una rutina. De día, cada uno en lo suyo. De noche, o a veces a media tarde, Elena decía su nombre con un tono particular y él entendía. A veces en el dormitorio, a veces en el sofá, una vez bajo el agua caliente de la ducha con él sujetándola contra los azulejos fríos mientras el vapor les nublaba la vista.

Fue en una de esas tardes cuando algo cambió.

Después de un encuentro largo que la dejó temblando, Marcos se quedó sentado en el borde de la cama y la miró de un modo distinto.

—Sabés lo que querés —dijo.

—¿Y eso es una observación o una queja? —respondió ella.

—Una observación. Pero hay algo que querés y no me pediste todavía.

—¿Cómo sabés?

—Porque noto cómo cambia tu respiración cuando estoy encima de vos. Hay algo que te excita más que lo que hacemos y lo contenés.

Elena sintió calor en la cara. No era exactamente vergüenza, pero se le parecía.

—Lo que querés —continuó Marcos, y su voz había bajado un tono— es que yo decida. Sin que tengas que pedirlo.

Ella no respondió. No hizo falta.

***

La noche siguiente, Marcos entró al dormitorio sin que Elena lo llamara. Ella estaba sentada en el borde de la cama, con lencería negra que se había puesto sin reconocer del todo por qué. Él la miró de arriba abajo, despacio, sin prisa.

—Arrodillate —dijo.

Algo en Elena se aflojó de golpe.

Obedeció.

Marcos se desabrochó el pantalón despacio, sin apartar los ojos de ella.

—Abrí la boca —ordenó.

Elena obedeció. Lo tomó en la boca y lo sintió crecer mientras él enredaba los dedos en su pelo, marcando el ritmo, guiándola con una firmeza que la excitó hasta los huesos. Se perdió en el acto, en el hecho concreto de no tener que decidir nada, de estar completamente en manos de otra persona.

—Así —decía él, sin alzar la voz—. Sin parar.

Las lágrimas le brotaron de los ojos por el esfuerzo, pero no quería que se detuviera. Quería más. Quería que siguiera exactamente así.

Después de varios minutos, Marcos la tomó del pelo y la separó. La hizo ponerse boca abajo sobre la cama con una orden seca y Elena obedeció sin dudar, con la cara enterrada en la almohada, escuchando cómo él buscaba algo en el cajón de la mesita.

Sintió el frío de un líquido en su espalda baja.

—Relajate —dijo Marcos, y no era una sugerencia.

Los dedos de él la prepararon con lentitud deliberada, sin apuro pero sin preguntar. Elena mordió la almohada, sintiendo cómo el dolor y el placer se mezclaban hasta volverse indistinguibles. Era territorio nuevo para ella, o al menos territorio al que nunca había llegado así, entregada de este modo.

—¿Querés que pare? —preguntó él, la única vez que preguntó.

—No —respondió Elena, y su propia voz la sorprendió.

Cuando Marcos entró en ella, el dolor fue intenso y real. Elena lo absorbió con los dientes apretados, sin huir, dejando que su cuerpo se adaptara al ritmo lento que él impuso al principio. La sensación era abrumadora, extraña, tan diferente a todo lo anterior que tardó varios minutos en entender que era también placer.

—¿Sentís eso? —preguntó él, moviéndose apenas.

—Sí —logró decir ella.

Marcos aumentó el ritmo gradualmente, con una precisión que Elena no esperaba de alguien su edad, como si supiera exactamente cuánto podía dar y cuándo. Ella se perdió en la sensación, en el peso de su cuerpo sobre el suyo, en esa mezcla de rendición y liberación que nunca había conocido hasta esta noche.

El orgasmo la tomó sin aviso, largo y profundo, que le recorrió el cuerpo entero y la dejó temblando contra las sábanas. Marcos terminó poco después con un sonido bajo y contenido, inmovilizándola con su peso unos instantes antes de separarse.

Elena no se movió durante varios minutos. Escuchaba su propio corazón.

—¿Dónde aprendiste eso? —preguntó finalmente, con la voz ronca.

—No se aprende —dijo él—. Se entiende.

***

A partir de esa noche, el trato siguió siendo el mismo en términos formales. Pero lo que ocurría entre ellos ya no era un intercambio simple.

Marcos la conocía de un modo en que nadie la había conocido. Sabía cuándo necesitaba dureza y cuándo necesitaba que se tomara su tiempo. Sabía que la excitaba ceder el control por completo, que la sumisión era para ella una forma de libertad y no de pérdida. La obligaba a arrodillarse en cualquier momento del día, a pedir las cosas con las palabras exactas, a agradecer. Y Elena descubrió que obedecía sin esfuerzo, con una naturalidad que la sorprendía.

—Sos lo último que necesitaba —le dijo Elena una noche, con algo parecido al humor.

—Probablemente —admitió Marcos—. Pero acá estamos.

Sonrió. Era la primera vez que Elena le veía esa sonrisa sin arrogancia ni timidez, solo real.

—Acá estamos —repitió ella.

Se durmió tarde esa noche, escuchando la ciudad afuera y el sonido de su propia respiración, que ya no le resultaba tan vacía como antes. Había encontrado algo que llevaba años buscando sin saber su nombre. No era amor, no era compañía. Era algo más difícil de nombrar y, por eso mismo, más suyo.

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Comentarios (5)

MaduroSur

Excelente relato, me tuvo enganchado desde el primer parrafo hasta el final

Lorena_Sur

Por favor una segunda parte! Quedé con ganas de mas

NachoCba91

Que arranque mas potente, esa descripción del chico del parque se me quedó grabada. Muy bueno

VeronicaLP

me gusto mucho, esta categoría siempre me sorprende con relatos tan buenos

fanaticoLector

tremendo!!!

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