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Relatos Ardientes

La profesora de baile me enseñó algo más esa noche

Me alojaron en uno de esos hoteles monstruosos que crecen como torres de cristal frente al mar, en una de esas localidades de la costa que en invierno se llenan de jubilados con pensión completa y excursiones subvencionadas. No fue elección mía. Era donde la empresa había reservado mi estancia para una convención de tres días, esas en las que un señor con micrófono te repite durante horas lo que ya sabías. La mitad del comedor lo ocupaba una legión de abuelos de mejillas coloradas que parecían pasárselo mucho mejor que yo.

El primer día, cuando las ponencias terminaron a las siete de la tarde, subí a la habitación a ducharme. Necesitaba quitarme de encima la sensación de haber perdido el día escuchando tonterías. Una vez fresco y con ropa cómoda, decidí bajar a la cafetería, picar algo ligero y volver a la cama a leer hasta que el sueño me venciera. No tenía otro plan.

Mi sorpresa fue descubrir que en la propia cafetería del hotel montaban, todas las tardes, una sesión de baile con clases incluidas para animar a los huéspedes mayores. Un acierto del hotel para entretener a su clientela. Y aquí tengo que confesar algo: me aficioné a los bailes de salón con apenas diez años. Mis padres fueron grandes aficionados, de los que llegaron a competir en certámenes organizados por clubes de toda la región. Hacía años que no practicaba, pero seguía gustándome ver bailar a la gente. Y entre los abuelos había alguno que, dentro de sus posibilidades, lo hacía bastante bien.

Me pedí un sándwich y una cerveza y me quedé en un taburete de la barra, disfrutando del espectáculo. La profesora que dirigía la sesión no paraba: corregía posturas, sacaba a bailar a los más tímidos, les enseñaba dos pasos para que perdieran la vergüenza y se lanzaran. Se le notaba el oficio. Tendría unos cuarenta y largos, el pelo recogido en un moño tirante y un cuerpo que el baile había mantenido firme donde otros se rinden. Me pedí una copa sin moverme del sitio.

Un rato después se acercó a la barra a pedir una botella de agua y, al verme, me preguntó si no me animaba.

—Soy demasiado joven para esto —le dije con una sonrisa—. No quiero llamar la atención.

—Te enseño un par de pasos y no desentonas. Te aseguro que te diviertes.

Decliné la oferta, pero los abuelos que estaban en la barra empezaron a insistir. Que allí nadie criticaba a nadie, que solo se trataba de pasar un rato, que no fuera soso. Con tanta presión, me bajé del taburete.

—Está bien —cedí—. Me pongo en sus manos.

Me cogió de la mano y me llevó al centro de la pista. Sonaba un pasodoble clásico. Me indicó dónde colocar las manos, cómo erguirme, que intentara seguirle el paso. Obedecí y me dejé llevar los primeros compases, fingiendo que aprendía. La verdad es que cumplía bien su trabajo, aunque demasiado a la antigua.

Enseguida se extrañó de lo suelto que la seguía.

—Tú sabes bailar —dijo, entrecerrando los ojos.

—¿Me deja intentar llevarla yo?

—Esa es la actitud —respondió, encantada, sin entender todavía.

En ningún momento había dicho que no supiera bailar. Todos lo habían dado por sentado. La acerqué un palmo más a mí, esperé el momento justo y arranqué el paso con la música. Con dos compases ya me miraba con otra cara. Aceleré, marqué los giros, y cuando se convenció de que sabía exactamente lo que hacía, se entregó del todo. Al terminar la pieza, la pista entera aplaudió.

A partir de ahí me convertí en la atracción de la tarde. Más de una señora me pidió una pieza, y yo accedí encantado, alternando con ellas y con la profesora. Reían, se sonrojaban, me agarraban del brazo al volver a sus sillas. Nunca me había sentido tan popular en una cafetería de hotel.

Como cierre de fiesta sonó un tango. Renata —ese era su nombre— me preguntó si me atrevía.

—Era la especialidad de mis padres —contesté—. Con eso concursaban.

Me tendió los brazos. La tomé por la cintura, ella se pegó a mi cuerpo y yo la apreté contra el mío. Lo bailamos como hay que bailarlo: lento, con la espalda recorrida por mis dedos, las piernas trenzándose, la mejilla a un suspiro de la mía. No era un baile para abuelos y los dos lo sabíamos. Cuando la música paró, se abrazó a mí entre los aplausos y nos retiramos a la barra a recuperar el aliento.

—¿Dónde aprendiste? —me preguntó, sin soltarme del todo.

Le conté lo de mis padres, los certámenes, las academias de mi infancia. Ella me devolvió su historia: que siempre le había gustado bailar, que pasó por varias escuelas, que terminó dando clases porque de algo hay que vivir. Me miró fijamente, con esa franqueza que solo dan los años.

—¿Te apetece acostarte con una vieja? —soltó, y me dejó sin palabras—. El tango me ha puesto, y no todo va a ser trabajo.

A pesar de la diferencia de edad, era evidente que el baile había conservado su cuerpo en muy buen estado. Ante mi titubeo, me deslizó en la mano un papel con el número de su habitación.

—A cualquier hora —dijo—. Serás bien recibido.

Y se marchó.

***

Me quedé un rato terminando la copa, dándole vueltas. Al final me convencí: aún no eran las once y, si me metía en la cama, empezaría a dar vueltas sin pegar ojo. Subí a mi cuarto, me di una ducha rápida y me puse unos vaqueros gastados y una camiseta ceñida. Por aquel entonces era un vicioso del gimnasio, obsesionado con marcar el abdomen hasta el punto de que se me notaba con la ropa puesta. Me calcé las zapatillas y salí hacia el ascensor.

Al pulsar el botón comprobé que se alojaba en el último piso, el treinta y ocho. Salí al rellano, busqué su puerta y llamé con los nudillos. Tardó poco en abrir, seguramente tras una última mirada al espejo. Se había soltado el moño y el pelo le caía largo sobre los hombros. Llevaba un body negro de esos que insinúan más que la propia desnudez. Se puso de puntillas para darme un beso en los labios.

—Gracias por venir —murmuró.

Yo había subido a acostarme con una mujer que me sacaba más de veinte años, y su invitación había sido tan directa que no pensaba andarme con rodeos. Le puse las manos en las nalgas y la pegué contra mí. Ella me metió la mano por dentro del vaquero, por detrás, apretándome como quien aprueba la jugada. La levanté un palmo del suelo buscando su entrepierna.

—Hazlo sin miramientos —me pidió al oído, con la voz ronca—. Sin delicadezas. Me gusta la mezcla de placer y dolor. Si me haces daño, mejor.

Aparté la tela del body y la encontré ya mojada. Le hundí dos dedos y tiré hacia arriba, presionándola por dentro. Se sacó la prenda por la cabeza y quedó desnuda delante de mí, sin un gramo de pudor. Tenía el cuerpo de quien ha bailado toda la vida, firme en las piernas, y los pechos que el tiempo había aflojado, con unos pezones largos que se cogió con las dos manos para retorcérselos ella misma.

Me quité la camiseta, sabiendo el efecto que iban a tener en ella mis abdominales. Me lo había dejado claro: quería sexo duro, y no pensaba defraudarla. Me senté en el borde de la cama y la tumbé boca abajo sobre mis rodillas. Una mano volvió a su sexo; con la otra empecé a azotarla. No unas palmaditas: cada golpe le dejaba la marca de mis dedos en la piel. Cuantos más le daba, más se humedecía, más se abría. Gemía contra el colchón, mordiendo la sábana, pidiendo más con la cadera.

Se revolvió como un animal y se corrió la primera vez antes de que yo me hubiera quitado los pantalones.

Se incorporó, me empujó contra el colchón y me bajó los vaqueros con torpeza ansiosa hasta atraparme con la boca. Se colocó de lado, ofreciéndome su sexo para que volviera a hundirle la mano mientras me chupaba. Cuanto más la tocaba, con más ganas trabajaba. Tuve que sujetarla por el pelo para frenarla cuando la cosa amenazó con terminar demasiado pronto.

La tumbé de espaldas y le abrí las piernas todo lo que su elasticidad permitía, que era mucho. Empecé despacio, con la mano cerrada, presionando hasta que cedió, y bastaron un par de giros de muñeca para que se corriera de nuevo, arqueando la espalda hasta levantar las caderas del colchón.

***

La coloqué a cuatro patas sobre una silla baja, con la espalda hundida. Me puse un preservativo, usé sus propios fluidos para abrirle el camino y la penetré por detrás de una sola embestida. Soltó apenas un quejido y enseguida me pidió que no parara, que se lo diera todo. Nunca había sido tan brusco con nadie, pero era exactamente lo que reclamaba, y cada vez que tensaba los músculos por dentro me llevaba al borde. Me agarré a sus caderas y embestí hasta que el sudor nos resbalaba a los dos.

No quise terminar así. La saqué, me tumbé y ella se acomodó a mi lado para terminar con la boca, dejándome los pechos al alcance de las manos. Los agarré, los apreté, y cada vez que le clavaba los dedos respondía con un gemido y me chupaba con más fuerza. No aguanté demasiado. Cuando me corrí, ella se quedó quieta, saboreando el momento, antes de tumbarse de nuevo a mi lado con la respiración entrecortada.

—Ven —dijo al rato—. Quiero enseñarte algo.

Me llevó a la terraza. La habitación era, en realidad, un apartamento entero en la azotea del edificio, parte del pago en especie que el hotel le daba por sus servicios. Una terraza rodeada de plantas, suelo de césped artificial, una tumbona, una mesa con cuatro sillas. Y, sobre todo, las vistas: la ciudad iluminada y el mar negro al fondo, como un decorado de cuento. Sacó dos cervezas de un pequeño frigorífico y nos sentamos a mirar el horizonte, desnudos, sin prisa.

Después entró y volvió con una pequeña colección de juguetes. Se sentó en la tumbona y me anunció que, mientras yo me recuperaba, ella iba a seguir sola, porque le encantaba hacerlo delante del hombre que iba a volver a poseerla. Se colocó unas pinzas en los pezones, una vibración entre las piernas, y se entregó a un placer que era casi dolor, con los ojos vidriosos y la mandíbula tensa. Verla correrse una y otra vez, sin descanso, me devolvió las ganas mucho antes de lo previsto.

Me senté a su lado y empecé a juguetear con las pinzas, tirando apenas, lo justo para arrancarle un grito cada vez. Me pidió que sustituyera el juguete con la mano y la llevé hasta lo más alto justo en el instante en que se las retiraba, ese segundo de placer puro en que la sangre vuelve a circular. Repitió la operación, gritó, se corrió, y se quedó temblando sobre el césped artificial, incapaz de controlar su propio cuerpo. Nunca había estado con una mujer capaz de tener orgasmos hasta caer extenuada.

Cuando recuperó algo de aliento, me hizo arrodillarme sobre la tumbona y se tendió bajo mis piernas. Me recorrió el abdomen con la lengua, marcó cada músculo, bajó hasta atraparme de nuevo con la boca y, con sus dedos, encontró el punto exacto que me dejó sin defensas. Una mano me trabajaba por delante, la lengua iba y venía, y por mucho que intenté retrasarlo, no aguanté ni cinco minutos. Me corrí sin poder evitarlo, con un escalofrío que me recorrió de la nuca a los talones.

***

Eran más de las dos de la madrugada cuando me despedí. Me esperaban tres días más de convención y a las siete sonaba el despertador. Renata me acompañó a la puerta envuelta en una bata, con esa sonrisa de quien acaba de conseguir justo lo que quería.

—Mañana hay tango otra vez —dijo, mientras yo esperaba el ascensor.

Bajé los treinta y ocho pisos pensando que, de las tres tardes que me quedaban, ninguna iba a terminar con la televisión y un libro. Me metí en la cama agotado, con el cuerpo dolorido y una sonrisa estúpida, y me dormí antes de apagar la luz. La convención seguiría siendo soporífera. Las tardes, ya no.

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Comentarios(7)

TrasnochadoBA

tremendo!! me quede sin palabras al final

LectoFan92

Se nota que sabés escribir, no es solo morbo hay algo genuino en la forma de contar. Me encanto.

SolitarioNoche22

Por favor continuá la historia, no puedo quedarme con esta intriga jajaja

DiegoPorras

Una duda sincera: esto es real o ficcion? Porque se siente muy vivido para ser inventado...

Pablo_cba

Me recordo a unas clases de salsa que tome hace unos años. Aunque la mia termino bastante distinto jaja. Muy buen relato.

Kike_74

Buenisimo, de lo mejor que leí ultimamente en este sitio

NocheBA_22

El tango ya de por si tiene ese voltaje... y este relato lo captura perfectamente. Felicitaciones!

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