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Relatos Ardientes

La confesión de Mariela tras su viaje a la capital

Mariela llegó a la capital con una maleta llena de blusas abrochadas hasta el cuello y un cuerpo que llevaba años pidiendo lo que nadie le daba. Tenía cuarenta y tres años, una figura que los hombres seguían con la mirada en el mercado del pueblo y un marido que hacía mucho que no la miraba a ella. Hernán vendía repuestos para tractores, dormía de espaldas y, las pocas veces que lo intentaba, se rendía a los dos minutos con una disculpa que ya nadie creía. Mariela había aprendido a tocarse en silencio, de madrugada, mordiéndose la mano para no despertarlo, hundiendo dos dedos en el coño mojado mientras imaginaba pollas que nunca había tenido, bocas que nunca la habían chupado, hombres que la doblaran contra la pared y le dijeran cosas sucias al oído.

La habían criado las monjas. Le habían enseñado que el deseo era una falta que se confesaba los sábados y se olvidaba el domingo. Pero su cuerpo nunca leyó ese catecismo. Por eso, cuando su amiga de la infancia la llamó para invitarla unos días a la ciudad, dijo que sí antes de pensarlo.

—Te va a venir bien salir de ese pueblo —le dijo Carmen por teléfono—. Acá la vida es otra cosa.

Carmen siempre había sido la atrevida de las dos. En el colegio se reía de las reglas mientras Mariela bajaba la cabeza. Habían pasado veinte años y, al abrirle la puerta del departamento, Mariela comprobó que su amiga seguía igual: el escote generoso, la risa fácil, esa manera de hablar como si nada estuviera prohibido.

—Mírate —dijo Carmen, abrazándola—. Sigues siendo la más bonita, y la más tapada. Acá vamos a arreglar eso.

Esa primera noche cenaron tarde, con vino, junto al ventanal que daba a las luces de la avenida. La conversación se fue soltando como el segundo botón de la blusa de Mariela. Carmen le contó de su separación, de los amantes que habían pasado por esa misma sala, sin culpa y sin nombres que recordara del todo.

—¿Y tú, Mari? ¿Hernán todavía te hace temblar?

Mariela bajó la vista al vaso.

—Hernán hace lo que puede.

—O sea, nada —Carmen se rió, pero había ternura en la risa—. Amiga, tienes el cuerpo de una mujer que merece que la adoren, que le coman el coño hasta hacerla gritar. No puedes pasarte la vida fingiendo que no pasa nada.

Mariela no contestó. Pero sintió, por primera vez en años, un calor que no venía del vino, un latido húmedo entre las piernas que la hizo cruzarlas fuerte contra la silla.

***

Damián entró en la historia al tercer día, sin avisar, como entran las cosas que cambian una vida. Era amigo de Carmen, o algo más que amigo, nunca quedó claro. Llegó a media tarde con una excusa floja y se quedó cuando Carmen, de pronto, recordó que tenía un trámite impostergable.

—Vuelvo en un rato —dijo desde la puerta, con una sonrisa que Mariela tardaría en perdonarle—. Atiende tú, Mari.

Se quedaron solos. Damián tendría unos treinta y ocho, hombros anchos, una calma que ponía nerviosa. Se sentó frente a ella, no a su lado, y la miró con una atención que Hernán nunca le había dedicado. No le miró las tetas como hacían los hombres del pueblo, de reojo y con vergüenza. La miró a los ojos, despacio, como si la estuviera leyendo.

—Carmen me habló de ti —dijo él—. No exageró.

—Carmen exagera todo.

—En esto no.

El silencio que siguió fue largo y espeso. Mariela se levantó con la excusa de servir agua. Cuando volvió, él se había puesto de pie y estaba demasiado cerca. Le quitó el vaso de la mano sin tocárselo y lo dejó en la mesa.

—Estoy casada —dijo ella, en un susurro que no convencía a nadie, ni a ella misma.

—Lo sé. Y estás temblando.

Era verdad. Le temblaban las rodillas, le temblaba la voz, le temblaban los pezones bajo la tela de la blusa, endurecidos como piedras. Damián le apartó un mechón de la cara y le rozó la mejilla con el pulgar. Fue apenas un roce, pero Mariela cerró los ojos como si la hubieran desnudado.

Esto está mal. Esto está mal y no quiero que pare.

La besó sin prisa, sosteniéndole la nuca, metiéndole la lengua hasta el fondo con una calma obscena, y ella se dejó caer en ese beso como quien se deja caer de espaldas confiando en que alguien la atrape. Cuando él bajó la boca por su cuello, Mariela soltó un gemido que la avergonzó y la encendió al mismo tiempo. Sintió la mano de Damián subir por su cintura y cerrarse sobre una teta por encima de la blusa, apretándosela con una autoridad que le arrancó otro jadeo.

—Llevo años así —confesó contra su oído, sin saber por qué se lo decía a un desconocido—. Años sintiéndome invisible. Años sin que nadie me toque como se toca a una mujer.

—Hoy no eres invisible. Hoy te voy a follar hasta que te olvides hasta de tu nombre.

La palabra cruda le pegó en el vientre como una bofetada dulce. Mariela nunca había escuchado esa palabra dicha a ella, hacia ella, y sin embargo se descubrió empujando la cadera contra el muslo de él, buscando la fricción, mojándose las bragas de una manera vergonzosa.

***

La llevó al sofá despacio, desabrochando cada botón de esa blusa recatada como si descubriera un secreto. Cuando la abrió, se quedó mirándola un momento entero, sin tocarla, y esa demora hizo más por Mariela que todo lo que Hernán había intentado en quince años. Le desabrochó el sujetador de un solo movimiento y las tetas grandes, pálidas, con los pezones oscuros y duros, quedaron libres bajo la luz baja de la sala.

—Mira lo que escondías bajo esas blusas —murmuró Damián, y bajó la boca a un pezón, chupándolo entero, mordiéndoselo apenas, jugando con la lengua alrededor mientras con la otra mano le amasaba la otra teta.

Mariela soltó un gemido largo y le hundió los dedos en el pelo, apretándole la cabeza contra su pecho. Le pareció increíble que algo tan simple, una boca en un pezón, pudiera hacerle latir el coño con esa violencia. Hernán jamás se había quedado ahí más de diez segundos. Damián estuvo minutos enteros, pasando de un pecho al otro, chupando, mordiendo, dejándolos brillantes de saliva, hasta que ella empezó a rogar por lo bajo, en un idioma que apenas reconocía.

—Por favor —dijo—. Por favor, más abajo.

Él sonrió contra su piel. Le bajó la falda y las bragas con las dos manos, de un tirón, y cuando le abrió las piernas Mariela sintió una vergüenza vieja, de colegio de monjas, que se le pasó de inmediato al ver cómo él la miraba. La miraba como se mira un plato caliente después de un ayuno largo.

—Estás empapada —dijo él, pasándole un dedo entero por la raja del coño, de abajo hacia arriba, deteniéndose apenas en el clítoris—. Empapada de verdad.

—Llevo años empapada y nadie se dio cuenta.

Damián se arrodilló entre sus piernas y hundió la boca en su coño sin más preámbulo. Le lamió los labios mojados, le chupó el clítoris como si fuera un caramelo, le metió la lengua adentro y la sacó, y volvió a subir, y bajó otra vez, sin apuro, sin torpeza, con la paciencia de un hombre que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Mariela arqueó la espalda contra el sofá y se tapó la boca con el dorso de la mano por costumbre, hasta que se acordó de que ahí no había un marido dormido al lado. Se destapó la boca y gimió fuerte, sin filtro, mientras la lengua de Damián le pintaba círculos sobre el clítoris y dos dedos le entraban y salían del coño con un ritmo obsceno, sonoro, húmedo.

—No pares —jadeó ella—. Dios, no pares. Nadie… nadie me hizo esto nunca.

Le clavó los talones en la espalda, le tiró del pelo, y cuando sintió que se venía se abrió más de piernas de una manera casi indecente, ofreciéndole todo el coño a esa boca desconocida. Se corrió contra la lengua de Damián con un temblor largo, con los muslos apretándole la cara, con un gemido ronco que le raspó la garganta. Y él no se apartó. Siguió lamiéndole despacio mientras ella bajaba, alargándole el orgasmo hasta el borde de lo insoportable.

Cuando finalmente levantó la cara, tenía la boca y el mentón brillantes. Se los limpió con el pulgar sin dejar de mirarla, y se llevó el pulgar a la boca.

—Sabes rico, casada.

Mariela se rió, aturdida, con las mejillas ardiendo. Nunca en su vida un hombre le había dicho algo así. Nunca en su vida un hombre le había puesto la boca ahí abajo con esa devoción. Estiró las manos y empezó a desabrocharle la camisa, urgente ahora, y cuando le bajó el pantalón y le sacó la polla dura, gruesa, palpitando contra la mano, se quedó mirándola con la boca entreabierta.

—Es enorme.

—¿Nunca la habías visto así?

—Nunca.

Se resbaló del sofá al suelo, arrodillándose entre las rodillas de él, y se la llevó a la boca sin pensarlo, sin esa pudor de esposa que Hernán le había impuesto. Le lamió la punta primero, saboreando la gota salada que asomaba, y después se la metió entera, tanto como pudo, ahogándose un poco, chupándola con hambre atrasada de veinte años. Damián le sostuvo el pelo con una mano y con la otra le empujó suave la nuca, y Mariela lo escuchó gemir por primera vez, un gruñido bajo que le hizo el coño una fiesta.

—Así, mi amor. Chupa así. Qué boca tienes.

Le chupó los huevos, se los lamió uno por uno, volvió a subir por el tronco con la lengua plana. La mamó como jamás había mamado a Hernán, con una hambre casi rabiosa, escupiendo, ensuciándose el mentón, mirándolo desde abajo con los ojos vidriosos. Cuando lo sintió temblar, cuando lo notó al borde, él le tiró suave del pelo para apartarla.

—Todavía no. Te quiero adentro.

La subió al sofá otra vez, la puso boca arriba y le abrió las piernas con las dos manos.

—Mírame —le pidió cuando finalmente se acomodó sobre ella y empezó a frotarle la punta de la polla contra el coño mojado, sin meterla todavía.

Lo miró. Y mientras la llenaba, lento al principio, centímetro a centímetro, dejándola sentir cada tramo de esa verga entrando donde Hernán apenas asomaba, Mariela mantuvo los ojos abiertos, fijos en los de Damián, descubriendo que el placer también era eso: que alguien la mirara mientras se la hundía hasta el fondo. Cuando la sintió tocarle algo profundo, muy adentro, un lugar que ella no sabía que existía, se le escapó un grito ahogado.

—Dios mío.

—¿Te gusta así?

—Más. Más fuerte. Por favor.

Él le hizo caso. Empezó a follarla en serio, con embestidas largas y hondas que la hacían saltar sobre el sofá, con el ruido húmedo de su coño chapoteando alrededor de esa polla, con las tetas rebotándole al ritmo. Le clavó las uñas en la espalda. Le rogó que no parara con palabras que jamás había dicho en voz alta.

—Fóllame —gimió—. Fóllame duro, fóllame como no me follan hace años, por favor.

—Eso es lo que necesitabas, ¿no, casada? Que alguien te partiera bien este coño.

—Sí, sí, sí…

La dio vuelta después, la puso de rodillas sobre el sofá con la cara contra el respaldo, le levantó el culo y volvió a metérsela por detrás, agarrándola de las caderas, follándola con una brutalidad medida que la hacía delirar. Le tiró del pelo, le dio una palmada en el culo que sonó como un látigo y le arrancó otro gemido. Mariela sintió la mano de él pasarle por delante, buscarle el clítoris con dos dedos y frotárselo mientras seguía embistiéndola desde atrás, y ahí ya no pudo más. Se corrió con un grito ronco que rebotó en las paredes ajenas de ese departamento, un orgasmo que le empezó en el coño y le subió por la columna y le explotó en la cabeza, y todavía estaba temblando cuando lo escuchó gruñir detrás suyo y sintió los chorros calientes de su corrida llenándola por dentro, corrida tras corrida, mientras él le clavaba los dedos en las caderas y le decía cosas obscenas al oído.

Cayó de bruces sobre el respaldo del sofá con las piernas abiertas y él encima, jadeando, todavía dentro de ella. Se quedó temblando largo rato después, con la boca de él en su hombro y una lágrima que no supo de dónde salía. Sintió el semen tibio bajarle por la cara interna del muslo y no le dio asco. Le dio orgullo.

—No llores —murmuró Damián.

—No es tristeza —dijo ella, y era cierto. Era otra cosa. Era rabia por todo el tiempo perdido.

***

Esa noche, sola en la cama de huéspedes, Mariela se miró en el espejo del ropero. Buscó en su cara la marca del pecado que las monjas le habían prometido, la mancha visible de la mujer adúltera. No la encontró. Encontró, en cambio, los ojos brillantes y la boca todavía hinchada de una mujer que acababa de recordar que estaba viva. Se abrió la bata y se miró las tetas, todavía con las marcas rojas de la boca de Damián, y los muslos, con el rastro seco del semen que no se había molestado en lavarse del todo.

Soy una infiel. Le mentí a Hernán. Y volvería a hacerlo ahora mismo.

El pensamiento la asustó más que el acto. No era la culpa lo que la desvelaba; era darse cuenta de que la culpa no llegaba. Había esperado el castigo del cielo y solo sentía un cosquilleo entre las piernas y unas ganas enormes de que amaneciera. Se metió la mano bajo la bata y se acarició el coño hinchado, todavía sensible, y se corrió otra vez en silencio pensando en la polla de Damián, en su lengua, en cómo la había llamado "casada" mientras se la clavaba.

Al día siguiente llamó a Hernán. Le dijo que Carmen estaba con una gripe fea, que se quedaría unos días más para cuidarla. Su marido, confiado como siempre, le dijo que se cuidara ella, que él se las arreglaba solo en el pueblo. Mariela colgó y se quedó mirando el teléfono, sorprendida de lo fácil que había sido mentir, de lo poco que le había pesado.

—¿Y? —preguntó Carmen desde la cocina, fingiendo que no sabía nada—. ¿Qué tal mi amigo?

—Carmen —dijo Mariela, y se le escapó una risa que no reconocía—. Qué hiciste.

—Nada que no estuvieras pidiendo a gritos, amiga.

***

Damián volvió. Volvió esa tarde, y la siguiente, y la otra. Cada vez Mariela se decía que sería la última, y cada vez la última se corría hacia adelante un día más. Aprendió cosas de su propio cuerpo que ningún libro, ninguna confesión, ningún marido le habían enseñado. Aprendió a pedir. Aprendió a mirar mientras la tocaban. Aprendió que podía gemir sin morderse la mano porque ahí nadie dormía al lado fingiendo no escuchar. Aprendió a montarlo de frente, a moverle las caderas mirándolo a los ojos, a tocarse el clítoris ella misma mientras él le apretaba las tetas desde abajo. Aprendió a que se la corrieran en la boca sin escupirla, a tragársela mientras él le sostenía la cara con las dos manos. Aprendió que su culo, que ella creía intocable, también podía ser tocado, lamido, penetrado despacio con un dedo mientras la lengua de Damián trabajaba abajo, y que eso también era placer, un placer sucio y nuevo que le hacía morder la almohada.

Una de esas tardes, tendida sobre él con la respiración entrecortada, el pelo pegado a la cara y el coño todavía latiéndole, Mariela dijo en voz baja lo que llevaba días pensando.

—Cuando vuelva al pueblo, esto se termina.

—¿Y vas a volver? —preguntó Damián, acariciándole la espalda desnuda y bajando la mano hasta apretarle una nalga.

Ella no contestó. Por la ventana entraba la última luz de la tarde y, abajo, la ciudad encendía sus letreros. En el pueblo, a esa hora, Hernán estaría cerrando la persiana del negocio, sin sospechar nada, esperando a una mujer que ya no era la que se había ido.

***

Mariela terminó volviendo, claro. Una se vuelve siempre, al final, a la vida que conoce. Retomó las blusas abrochadas, las cenas en silencio, la cama de espaldas. Hernán nunca notó nada; ni siquiera notó que ella había cambiado, lo cual, pensándolo bien, era la prueba más triste de todo. La primera noche que él intentó tocarla, torpe como siempre, terminando en dos minutos como siempre, Mariela apretó los ojos y pensó en Damián para poder acabar, mordiéndose el labio para que Hernán no notara que gemía por otro.

Pero algo no volvió a su lugar. Ahora, cuando se toca de madrugada con el marido durmiendo al lado, Mariela ya no imagina cosas vagas. Tiene un recuerdo concreto al que aferrarse: una sala con luces de avenida, una mirada que no se apartaba, una boca que se tomaba su tiempo, una polla gruesa hundiéndose en ella hasta el fondo, un semen tibio bajándole por el muslo. Se mete tres dedos en el coño, se aprieta el clítoris con la otra mano y se corre en silencio pensando en cómo Damián la llamaba "casada" mientras la follaba por detrás. Y a veces, muy de vez en cuando, mira el teléfono y piensa en un viaje más a la capital, en otra amiga enferma que cuidar, en otra mentira que apenas pesa.

Esto no lo confesó nunca. No en el confesionario, donde tantas veces se arrodilló por pecados mucho menores. No con Carmen, que igual lo sabía todo. No con nadie. Lo escribe ahora, por primera vez, porque hay verdades que una solo puede contarle a un extraño, en voz baja, sabiendo que del otro lado nadie la va a juzgar tanto como se juzgó ella misma aquella primera noche frente al espejo, buscando una mancha que jamás apareció.

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Comentarios(7)

Mateo_noc

buenisimo!!! me engancho desde el principio

SabrinaLMdp

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber el resto. tremendo final

LectorDiegoRo

me recordo a un viaje que hize hace unos años, esas cosas que uno se lleva guardadas para siempre jaja. muy bueno

Marcos_Coro

de los mejores de la categoria. sigue escribiendo asi

VivianaT

Me encanto como lo contaste, se siente autentico y sin forzar nada. Eso de volver de un viaje distinta y no poder contarselo a nadie es algo que toca el alma. Espero leer mas

JuanCruzLM

Curiosidad: lo contaste algun dia o todavia es tu secreto? jaja me dejo con la intriga

NocheExtraña

la ropa recatada jajaja eso siempre falla. muy bueno el relato!

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