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Relatos Ardientes

Una madura no debería desear a los novios de sus hijas

Todo empezó la tarde en que entré a casa antes de tiempo y la puerta de la habitación de mi hija Lucía estaba entreabierta. Debí girarme y bajar a la cocina. No lo hice. Me quedé en el pasillo, en penumbra, mirando cómo Diego la sujetaba de las caderas y la embestía contra el escritorio. Él tenía veintiséis años, era atlético y demasiado seguro de sí mismo para mi gusto. Pero sabía lo que hacía, eso no podía negarlo.

Me quedé hasta que ella se incorporó, se arrodilló frente a él y se lo metió en la boca. Vi la cara de Diego cuando se corrió, y vi a mi hija tragar con una satisfacción que me dejó un nudo en el estómago. Me encerré en el baño y me toqué como hacía años que no lo hacía, imaginando que era yo la que estaba en su lugar. Desde ese día empecé a mirar a Lucía de otra manera. Con cierta envidia, lo confieso.

Lo peor vino unos días después. Llegué a casa pensando que estaba sola y entré sin llamar al cuarto de mi otra hija, Daniela, solo para avisarle. Estaba desnuda, montando despacio a su novio Bruno, deslizándose centímetro a centímetro mientras él le susurraba cosas al oído y le acariciaba los pechos con una delicadeza que no le pegaba a su cara de niño grande. Pedí perdón y cerré la puerta con el corazón disparado. Qué distintas eran mis hijas a la hora de coger. Y qué bien sabían las dos lo que querían.

Hacía demasiado tiempo que yo no me sentía como cualquiera de ellas.

Me había conformado con algún polvo eventual, con conocidos y hasta con algún desconocido. Nada parecido a lo que veía en mi propia casa. No conseguía dejar de pensar en ello, ni de buscarme entre las piernas alternando el recuerdo de una pareja y de la otra.

***

El sábado siguiente, la oportunidad se sirvió sola. A Lucía la llamaron del trabajo por la baja de una compañera y tuvo que salir corriendo. Me avisó de que Diego venía a buscarla y que no le contestaba el teléfono. Mi cabeza, traidora, me recordó que Daniela estaba fuera todo el fin de semana. Iba a recibir a Diego completamente sola. Las ideas que se me pasaron por la mente no eran dignas de una madre. Pero la carne es la carne, y Lucía cambiaba de novio cada dos por tres.

Como una quinceañera, me arreglé como para una cita. Me duché, me perfumé el cuello y algo más abajo, y busqué en el armario una bata corta de las que uso por casa, fácil de abrir y suficiente para enseñar más de lo decoroso. No me puse nada debajo. Limpié la cocina entera mientras esperaba, con cuidado de no sudar, hasta que oí el motor de su coche en la puerta.

Cuando abrí, me dio el beso de siempre en la mejilla. Siempre pensé que lo hacía para ganarse a la suegra. Esta vez yo quería que me ganara de otra forma. Y por cómo se le fueron los ojos a mi escote, supe que no iba a costarme tanto.

—Lucía tuvo que irse al trabajo. No conseguí avisarte —le dije, apartándome para dejarlo pasar.

—No pasa nada —respondió, sin moverse del recibidor, mirándome.

Le ofrecí un café por cortesía y aceptó. Lo senté en las banquetas altas de la cocina y, al sentarme yo, dejé que la bata se me subiera como por accidente. Charlamos. Cada vez que venía a cuento, le ponía la mano en el hombro, en el brazo, una vez en el muslo. Él lo notaba. Y dejó que lo notara.

—Mira, Mariela —dijo de pronto, sin rodeos—. Hace tiempo que veo cómo me miras cuando vengo. Creo que te mueres por que te folle desde que nos viste a Lucía y a mí.

Me quedé cortada por lo directo que fue. Dudé un segundo si ofenderme. Pero no era el momento de hacerme la estrecha.

—Tienes razón —admití—. Desde aquel día no he dejado de pensarlo.

No dijo nada más. Metió la mano por dentro de mi escote y me apretó el pecho, y cuando notó cómo se me endurecía el pezón, lo pellizcó despacio, mirándome a los ojos. Yo puse las manos en la espalda, dándole vía libre. Me desabrochó la bata, me la echó hacia atrás y se quedó mirándome el cuerpo como quien evalúa lo que va a tomar.

Me retiró el pelo del cuello, me lo besó, me lo mordió, y con la otra mano me abrió los muslos y me metió dos dedos. Jugó dentro de mí sin prisa. Luego me los sacó y me los pasó por los labios, presionando, y yo los chupé mirándolo, lamiendo mi propio sabor con una desvergüenza que no me reconocía.

Se bajó de la banqueta y se abrió el pantalón. Se colocó entre mis piernas y me pasó la punta por el clítoris, una y otra vez, hasta que eché el cuerpo hacia atrás pidiéndoselo sin palabras. Me hizo esperar. Me rozaba la entrada y se detenía, obligándome a mover yo las caderas hacia él, a buscarlo. Hasta que me bajó de la banqueta, me dio la vuelta y me puso las manos sobre el mármol frío.

—Quieta —dijo.

El primer azote me levantó casi del suelo. No fue el único. Me siguió pegando hasta dejarme la piel ardiendo, y cuando por fin me sujetó de las caderas y entró de golpe, yo ya estaba al borde de todo. Me embistió sin miramientos, clavándome los dedos, y el orgasmo me sacudió entera, tan fuerte que tuvo que sostenerme de las axilas para que no me cayera.

No me dio tregua. Cuando creí que no podía más, llegó otra vez, y otra, hasta que sentí el calor de él derramándose dentro de mí y me corrí por última vez con un gemido que no reconocí como mío.

***

Me metí a la ducha, me senté en el suelo del plato y dejé que el agua caliente me cayera encima un buen rato. Cuando volví a la cocina con una bata limpia, Diego seguía allí, en la mesa, con una cerveza y el móvil, una sonrisa cínica en la cara.

—Tardabas mucho —dijo—. Yo quería al menos uno más. No me digas que ya tienes bastante.

Lo miré con cara de pocos amigos por la prepotencia. Y se la sostuve mientras me abría la bata y la dejaba caer al suelo, desnuda otra vez. Se levantó, me rodeó la cintura, y noté de inmediato cómo volvía a crecer contra mi vientre. Me agarró del pelo, me besó con brusquedad, sin pedir permiso, y yo solo pude abrir la boca y aceptarlo.

Me tumbó sobre la mesa, me separó las rodillas y hundió la cara entre mis piernas con una furia que me dejó sin aire. No dejó un centímetro sin recorrer con la lengua. Yo solo quería correrme, y lo hice entre gritos. Intenté apartarlo para recuperarme, pero insistió, y un segundo orgasmo me arrancó el control del cuerpo entero.

Cuando le tocó a él, me arrodillé y me la metí en la boca. La tenía durísima, gruesa. Empezó a follarme la garganta como un animal en celo, resoplando, hasta que se descargó sin avisar y yo tragué todo lo que pude. Me limpió la cara con mi propio pelo, con una sonrisa de triunfo, y me hizo lamerle la punta despacio hasta la última gota.

Cuando se fue, sentada en la cocina y dolorida, me quedaron claras dos cosas. Una, que me moría por repetir con Diego. La otra, que no lo quería para mi hija. No porque no supiera hacerla disfrutar, sino porque era demasiado joven para semejante animal.

***

Con Bruno, el novio de Daniela, fue otra historia. Llegué a casa días después y me lo encontré medio tumbado en el sofá del salón, con los ojos llorosos. Daniela estaba encerrada arriba. Habían discutido, me explicó, porque él quería sexo y ella no, y a él se le ocurrió llamarla egoísta. La típica pelea de enamorados que se arregla con un buen polvo.

Me senté a su lado y le pasé el brazo por encima del hombro para consolarlo. Se recostó sobre mi pecho. De vez en cuando lloraba un poco y se calmaba. Poco a poco, su mano fue resbalando hasta posarse en mi cadera, y de ahí más abajo. Le acariciaba el pelo sin saber si era un crío buscando el refugio de una madre o un caradura metiéndome mano con todo el descaro del mundo.

Intenté incorporarme para separarlo y conseguí lo contrario. Su mano voló a mi pecho, se coló dentro del escote, me buscó el pezón. Le pregunté qué pretendía y me pidió, por favor, que lo dejara así un rato, hasta calmarse. Lo dejé. Y cuando quise darme cuenta, estaba más caliente que él, con los tirones suaves que me daba en el pezón, con los dedos que ya subían por debajo de la falda.

Me fastidió pensar que Daniela estuviera con un chaval tan zafio, capaz de intentar tirarse a su futura suegra para vengarse de un enfado. Pero entonces me llevó la mano hasta su entrepierna, por encima del pantalón, y me extrañó tocar algo duro tan arriba, mucho más arriba de lo que la lógica mandaba. Recorrí aquel bulto hacia abajo y entendí. Era la polla. Una barbaridad de polla.

De pronto até cabos. Una verga de esas dimensiones podía lastimar a una chica de veinte años. Por eso Bruno la follaba tan despacio el día que los descubrí, por eso tantas palabras cariñosas, por eso quizá mi hija no quería repetir. A pesar de mi calentura, le tuve casi lástima a Daniela. Y a pesar de todo, la tentación de tener ese monstruo dentro de mí pudo más que cualquier escrúpulo.

Le bajé el pantalón y la saqué. Nunca había tenido en la mano algo así. La recorrí entera con la palma, sin terminar de creérmelo, y la respuesta fueron dos dedos suyos hundiéndose en mí. Ya no había vuelta atrás. Me quité las bragas y me senté encima de él, guiándola hacia la entrada, dejándome caer despacio, sin atreverme a clavármela de golpe por miedo a desgarrarme.

La presión era increíble. Cada empujón me llevaba al borde sin dejarme llegar, hasta que contraje los músculos a su alrededor y me corrí mientras él me ensartaba entera. No quise parar. Me juré llegar de nuevo antes de que él acabara, y lo conseguí, cabalgándolo hasta dejarme sin fuerzas.

Cuando terminó, me deslicé hacia abajo y me la metí en la boca para sentir el sabor de mis propias entrañas. Apenas me entraba la cabeza, pero poco a poco fui aflojando la mandíbula. En el momento en que noté el calor en la garganta, le apreté la base con una mano para controlarlo. Me pidió más, me pidió otra cosa, y le contesté que ya estaba bien, que se fuera a su casa. La idea no me disgustaba. Pero esa tarde, no.

***

Dejé pasar los días y esperé el momento. Un sábado les dije a mis hijas que iba a hacer una paella y que invitaran a sus novios si querían. No lo dudaron. Al llegar los postres, con todos sentados a la mesa, solté la bomba: les confesé que me había acostado con los dos.

La indignación fue inmediata, hasta que les fui dando mi versión, arrimando el ascua a mis intereses, dejándoles entender que casi me había sacrificado por ellas para mostrarles qué clase de hombres eran. No era del todo la verdad. No era ni de lejos la verdad. Pero funcionó.

Daniela mandó a Bruno a tomar por saco en el momento, sin dejarlo explicarse, y lo hizo levantarse y marcharse. Lo de Lucía fue muy distinto. Me contó que ya sabía lo de Diego, porque el muy descarado se lo había contado con todo lujo de detalles como precalentamiento antes de follar con ella. No le importaba. Para ella, Diego era un buen tipo que le daba en la cama justo lo que buscaba, y los dos eran libres de acostarse con quien quisieran.

—Puedes repetir con él cuando quieras, mamá —me dijo, encogiéndose de hombros, con una media sonrisa que era idéntica a la mía.

Ocurrió esa misma tarde. Lucía se fue de juerga con sus amigas. Y Diego se quedó conmigo.

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Comentarios(7)

Roxana_73

excelente!!! me encanto

Carlos_lect

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de mas

DiegoR77

Me sorprendio como empieza, no lo esperaba para nada. Muy bien escrito, se lee de un tiron

Carmen_49

jajaja tremendo el titulo pero la historia engancha desde el primer parrafo

Valeria_CBA

Me recordo a algo que vivi hace años, esa mezcla de culpa y deseo es muy real. Buen relato

PatyFlores_BA

Se hizo cortisimo! quiero mas!!!

Gonzalo_Mdq

Buenisimo, esperando ansioso el proximo. Saludos desde Mar del Plata

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