La señora de la Gran Vía me dejó una llave
Vivimos los dos en la misma ciudad, aunque en mundos que nunca deberían haberse cruzado. Yo, en un piso viejo y caótico del Carmen, con vistas a callejones estrechos llenos de grafitis y olor a comida que sube de los bares. Escribo relatos eróticos de madrugada, bebo más de lo que debería y vivo sin horarios. Ella, en cambio, ocupaba un piso señorial de la Gran Vía, novena planta, balcón inmenso sobre la avenida, muebles de diseño y fotos familiares enmarcadas en plata.
Sesenta y dos años llevados con una elegancia que intimidaba. Casada desde joven con un exportador de vinos que pasaba más tiempo en Burdeos y Oporto que en su propia cama. Dos hijos ya casados, tres nietos que la visitaban los domingos. Y un cuerpo que, a pesar del tiempo, seguía siendo una provocación con cada movimiento.
La vi por primera vez un sábado de finales de octubre, en el mercado central. Llevaba una blusa de lino color marfil, una falda recta que se ceñía a unas caderas anchas como si estuviera pintada sobre la piel, y sandalias de tacón bajo. Tenía un pecho generoso y pesado, de esos que cuentan una vida entera, que la blusa apenas podía contener con discreción. La cintura todavía marcada, las piernas fuertes, el culo redondo y rotundo moviéndose con un ritmo hipnótico bajo la tela.
El pelo castaño con mechas color ceniza, una melena impecable a la altura de la mandíbula, el maquillaje sobrio salvo por unos labios rojos que gritaban experiencia. Y esos ojos verdes, profundos, que cuando me pillaron mirándola no se apartaron ni un segundo: me midieron, me desnudaron, me desafiaron.
Me acerqué entre los puestos de fruta con la sonrisa más descarada que pude reunir.
—Perdona que te lo diga así, pero es imposible pasar a tu lado sin que se me pare el mundo.
Ella dejó de regatear por los tomates, se giró despacio y levantó una ceja perfectamente dibujada. Soltó una risa ronca, de mujer que ya no le teme a nada, y acercó la boca a mi oído.
—¿Y tú eres de los que solo miran y se van a casa a fantasear conmigo, o de los que después hacen algo de verdad?
Le tendí una tarjeta sencilla: mi nombre, un número de teléfono y, debajo, en letra pequeña, «Relatos y algo más… si te atreves».
—Cuando quieras que te cuente uno en persona —dije—. O que te lo haga realidad.
Se guardó la tarjeta en el bolso sin una palabra más. Pero la forma en que se alejó, balanceando esas caderas anchas entre los cajones de naranjas, me dejó pensando en ella durante horas.
***
Pasaron dos días eternos hasta que llegó el mensaje. Breve, directo, sin rodeos: «Mañana mi marido coge el tren a las seis. A las nueve en mi casa, Gran Vía, novena. Trae hambre. Remedios».
A las nueve en punto estaba frente al portal, con el pulso disparado. Subí en un ascensor antiguo de madera y espejos. Cuando abrió la puerta, llevaba una bata de seda negra entreabierta y una sonrisa que no tenía nada de inocente.
—Pasa rápido —susurró—. Los porteros de esta finca son peores que la policía secreta.
Cerró la puerta y me empujó contra la pared del recibidor. Me besó con la lengua, hambrienta, como si llevara años guardando ese beso para alguien que de verdad lo quisiera. Sus manos bajaron directas a mi cinturón.
—Quítame la bata —ordenó contra mi boca—. Quiero que me veas entera. Que veas lo que vas a tener esta noche.
Le abrí la seda. El cuerpo apareció pesado y rotundo, magnífico en su madurez, sin una pizca de vergüenza. Lo recorrí entero con las manos, despacio, marcando cada curva como quien aprende un territorio nuevo. Ella gimió bajito cuando le apreté los pezones entre los dedos.
—Más fuerte —jadeó—. Mi marido me toca como si fuera de porcelana. Llevo años sin que nadie me trate como una mujer de verdad.
Bajé la mano por su vientre suave hasta encontrarla empapada. Olía a perfume caro y a un deseo contenido durante demasiado tiempo.
***
La llevé al salón y la tumbé sobre el sofá de piel blanca. Me arrodillé entre sus piernas y me tomé mi tiempo, lamiéndola despacio, sintiendo cómo cada caricia de la lengua la hacía retorcerse y agarrar los cojines.
—Así… despacio —pedía con la voz quebrada—. Hace años que nadie me hace esto como se debe.
La provoqué, me retiré, volví. Jugué con ella hasta que dejó de pedir y empezó a exigir, empujando las caderas contra mi boca, una mano enredada en mi pelo. Cuando se corrió, lo hizo temblando entera, mordiéndose el dorso de la otra mano para no alertar a los vecinos del piso de arriba.
Apenas recuperó el aliento, se incorporó y me miró con un brillo nuevo en los ojos verdes.
—Ahora me toca a mí.
Se arrodilló frente a mí en la alfombra y me bajó los pantalones con una calma que era casi una tortura. Lo que vino después lo hizo con la naturalidad de quien sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo: sin prisa, mirándome a los ojos, disfrutándolo tanto como yo. Tuve que apartarla con suavidad antes de perder el control.
—Todavía no —le dije con la respiración entrecortada—. Quiero que sea en tu cama.
***
El dormitorio olía a ella, a sábanas caras y a años de deseo guardado bajo llave. La puse boca abajo sobre la colcha gris perla y me detuve un instante solo a mirarla, a admirar ese culo grande y blando que llevaba toda la tarde volviéndome loco.
Entré despacio y ella soltó un gemido ahogado contra la almohada.
—Por fin —murmuró—. Por fin alguien que no tiene miedo.
Me moví con fuerza, profundo, marcando un ritmo que la hacía empujar hacia atrás, buscándome tanto como yo a ella. El cabecero golpeaba la pared y a ninguno de los dos le importó.
—No pares —pedía entre jadeos—. Que sienta que estoy viva otra vez.
Cambiamos de postura. Ella encima, cabalgándome con una seguridad que solo dan los años, las manos apoyadas en mi pecho, la melena cayéndole sobre la cara. Subía y bajaba mirándome fijo, y cuando se corrió por segunda vez lo hizo con un gemido largo y grave que me recorrió entero.
—Te quiero dentro de mí muchas más veces —susurró después, derrumbada sobre mi pecho—. No solo esta noche.
Aguanté hasta que ya no pude más, y cuando terminé ella me abrazó con fuerza, sudorosa, riéndose por lo bajo como una adolescente que acaba de hacer una travesura.
***
Nos quedamos un buen rato enredados en la cama matrimonial, su cabeza en mi hombro, mis dedos perdidos en su pelo.
—Mi marido vuelve el viernes por la tarde —dijo acariciándome el pecho—. Hasta entonces esta casa es nuestra.
Y así fueron cuatro días y cuatro noches que se me quedaron grabados a fuego.
Hicimos el amor en la cocina, ella inclinada sobre la encimera de mármol mientras yo la sujetaba por las caderas y los vasos temblaban en el escurridor. Lo hicimos en el balcón, de madrugada, con la avenida dormida nueve pisos más abajo, ella apoyada en la barandilla y yo moviéndome despacio para que ningún sonido bajara a la calle. Lo hicimos en la ducha, con el agua caliente cayéndonos encima hasta que se nos arrugaron los dedos.
Una tarde me arrastró al despacho de su marido, un cuarto solemne de caoba y libros encuadernados, con las fotos familiares vigilándonos desde la estantería.
—Aquí mismo —dijo, sentándose en el borde del escritorio donde él firmaba sus contratos—. Justo aquí.
Había en ella una mezcla de venganza y de libertad que la hacía irresistible, como si cada caricia mía fuera la respuesta a años enteros de soledad disimulada bajo manteles de hilo y cenas de negocios. Me contó, entre risas, que llevaba media vida fingiendo dolores de cabeza, y que conmigo había recordado por qué a la gente le gustaba tanto el sexo. Yo la escuchaba y la besaba en el cuello, y ella volvía a buscarme como si el tiempo perdido se pudiera recuperar a base de pura piel.
El último día, antes de que él regresara, volvimos a la cama matrimonial. Esta vez fue distinto: lento, profundo, mirándonos a los ojos sin prisa. Le hice el amor de verdad, y juraría que la última vez que se estremeció tenía los ojos húmedos.
—Esto no ha terminado —me dijo en la puerta, besándome largo y despacio—. El lunes él tiene cena hasta tarde. Te espero a las ocho. Y trae hambre otra vez.
***
Salí a la calle y la Gran Vía seguía igual de indiferente, llena de coches y de gente con prisa, ajena por completo a lo que acababa de pasar en aquella novena planta. Remedios: sesenta y dos años, casada, abuela, elegante e infiel. Una mujer de curvas imposibles y un apetito que su matrimonio había olvidado alimentar.
Y yo, el escritor del Carmen que ahora guardaba en el bolsillo una llave de su portal y un secreto que valía más que cualquier relato que hubiera publicado nunca. Esto sí que no podría contarlo, pensé mientras cruzaba la avenida. O quizá sí, cambiándole el nombre.





