Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Le enseñé al repartidor lo que sabe una mujer madura

A los cincuenta y cuatro años había convertido la libertad en una especie de religión privada. Después de un divorcio que me dejó sola pero por fin dueña de mis horarios, decidí que nadie iba a volver a explicarme cómo debía desear ni a qué hora. Vivía en un piso alto de Ruzafa, en Valencia, con ventanales que daban a la calle, libros amontonados en cada superficie, velas a medio consumir y una cama enorme que conocía mejor mis humores que cualquier amante.

No me avergüenzo de mi cuerpo. Tengo curvas que el tiempo no ha disimulado, una piel suave cruzada por arrugas que enseño sin pedir permiso y un pelo rojo, corto y revuelto, que me da cierto aire de no haberme peinado nunca con seriedad. Esa tarde de octubre acababa de salir de la ducha cuando sonó el timbre. Había encargado una caja de vino de Jerez para celebrar mi cumpleaños a solas, con una copa, una novela y la radio puesta.

Me anudé un kimono corto de seda negra, sin nada debajo, y abrí con la sonrisa de quien no espera a nadie y agradece la interrupción.

En el umbral había un hombre joven, de unos veintiocho, sosteniendo la caja contra el pecho. Moreno, de ojos oscuros y serios, hombros anchos bajo un uniforme demasiado ajustado para el calor de la escalera. Sudaba un poco. Me miró a los ojos con una educación casi solemne, como si mirar más abajo fuera un delito.

—Buenas tardes. Paquete para Marga Saler —dijo, con un acento suave que arrastraba las vocales.

Lo recorrí entera, sin disimulo, porque a mi edad disimular es perder el tiempo.

—Dios mío, qué repartidor más guapo me mandan en mi cumpleaños —contesté—. Pasa, no te quedes ahí cargado.

—No hace falta, señora, solo tiene que firmar aquí…

—Llámame Marga, cielo. Y entra un minuto, que te invito a una copa de lo que tú mismo me traes.

No esperé respuesta. Le quité la caja de las manos y eché a andar hacia el salón. Él dudó en el rellano, miró el pasillo vacío y, por pura cortesía, entró y cerró la puerta a su espalda. Ese clic me gustó más de lo que debería confesar.

Abrí la caja, descorché una botella y serví dos copas generosas. La luz de la tarde entraba sesgada y le doraba la cara.

—Siéntate, Andrés —leí su nombre en la chapa del pecho—. Hace un bochorno horrible y estás empapado. Relájate.

Se sentó en el borde del sofá, con la espalda recta, como un alumno en el primer día de clase.

—Gracias, Marga, pero estoy en horario de reparto…

Me senté a su lado, muy cerca, y crucé las piernas de manera que el kimono resbalara y dejara a la vista mis muslos. Vi cómo se le iban los ojos un instante y cómo los devolvía a la copa, disciplinado.

—¿Tienes novia? —pregunté.

—Ahora mismo no —respondió, y el rubor le subió por el cuello.

—Mejor —dije, riéndome bajo, y le apoyé la mano en la rodilla—. Porque me gustas muchísimo, y a mi edad ya no me ando con rodeos.

Tragó saliva. Vi el movimiento de su garganta.

—Usted… tú eres muy guapa, Marga, pero yo no sé si…

No lo dejé terminar. Me incliné y le besé el cuello, despacio, oliendo la sal de su piel y el resto de colonia barata que el sudor casi había borrado.

—Calla —susurré contra su oído—. Déjame enseñarte un par de cosas que seguro no conoces todavía.

El nudo del kimono cedió solo, o quizá lo ayudé yo. Le tomé la mano, que temblaba un poco, y la llevé a uno de mis pechos. Andrés abrió los ojos, pero no la apartó.

—Sin miedo —le dije—. No muerdo. Bueno, no todavía.

Al principio me acarició con la timidez de quien teme romper algo. Después, cuando entendió que yo no iba a arrepentirme, la caricia se volvió curiosa, ansiosa.

—Es increíble —murmuró, y había verdad en su voz, no halago.

Le desabroché la camisa botón a botón, recreándome en el pecho moreno y firme, en la línea de vello que bajaba hacia el cinturón. Le abrí el pantalón sin prisa. Estaba duro antes de que llegara a tocarlo, y cuando lo hice, dura y caliente en mi mano, lo miré a los ojos.

—Primera lección de la tarde —dije—. Hoy no haces tú nada. Hoy recibes.

Lo empujé con suavidad contra el respaldo, le bajé el pantalón hasta los tobillos y me arrodillé en la alfombra, entre sus piernas. Empecé con la boca como se empieza todo, recorriendo con la lengua, bajando, subiendo, escuchando cómo la respiración se le entrecortaba. Tenía las manos hundidas en mi pelo rojo, sin atreverse a tirar.

***

Pero yo quería más, y a mi edad sé exactamente lo que quiero. Le levanté las piernas, se las apoyé sobre mis hombros y lo dejé expuesto del todo. Se tensó al instante, sorprendido.

—Marga… ¿qué vas a…?

—Tranquilo —dije, besándole la cara interna del muslo—. Nunca te lo han hecho, ¿verdad?

—No… nunca —admitió, y el rubor le llegó hasta las orejas, mezcla de vergüenza y de algo más oscuro que ya no podía esconder.

—Pues hoy descubres lo que te has perdido. Relájate y respira.

Empecé con besos suaves, la lengua plana recorriendo la piel sensible. Andrés dio un respingo y dejó escapar un gemido que pareció avergonzarlo. Yo seguí, sin prisa, trazando círculos lentos, humedeciéndolo todo, mientras una mano subía y bajaba por su erección y la otra le acariciaba con cuidado. Se retorcía bajo mi boca, las caderas buscándome solas, perdido por completo el guion del repartidor educado.

—Joder, Marga… eso es… —no terminó la frase. Ya no le salían las palabras, solo el aire.

Prolongué el placer largos minutos, disfrutando más de su reacción que de la mía: de cómo la timidez se le iba deshaciendo, de cómo el chico serio del umbral se convertía en un cuerpo entregado. Solo cuando lo noté al borde, me detuve. Lo miré desde abajo, con los labios húmedos.

—Levanta. Esto se sigue en la habitación. Ahora me toca cobrar el favor.

***

Lo llevé de la mano por el pasillo hasta el dormitorio, donde la luz del atardecer entraba filtrada por las cortinas a medio correr. Lo tumbé en la cama, dejé caer el kimono del todo y me subí encima de él, pero al revés, de modo que mi cuerpo quedara sobre su cara y el suyo sobre la mía.

—Segunda lección —dije—. Ahora pones tú atención. Aprende mirando lo que acabo de hacerte.

Andrés ya no era el de la puerta. Empezó con más confianza, la lengua recorriéndome entera, dentro y fuera, buscando el punto que me hacía cerrar los ojos. Yo gemía contra él, devolviéndole la boca al mismo tiempo. Cuando me incliné un poco más y le pedí, con la voz ronca, que subiera, lo hizo sin titubear.

—Más fuerte —jadeé—. Así, exacto.

Se entregó por completo. La lengua, los dedos, las manos abriéndome, todo a la vez y todo torpe y precioso de puro entusiasmo. Llegué así, con fuerza, las caderas temblando sobre su cara, mordiéndome el labio para no gritar más de la cuenta y despertar al vecindario en pleno día.

No lo dejé descansar. Me giré, lo miré a los ojos y vi que ya no buscaba la salida.

—Última lección, y es la larga. Ahora despacio, ¿de acuerdo? Despacio y atento.

Cogí el lubricante de la mesita y lo preparé todo con calma, sin perder el contacto visual, porque la mitad del placer está en mirar. Me coloqué de rodillas sobre el colchón y lo guie con la voz.

—Ven. Entra poco a poco. No tengas prisa, que prisa no hay.

Andrés se situó detrás de mí. Sentí la presión, contuve el aire y empujé yo hacia atrás para llevar el ritmo. Lo oí jadear ante lo apretado, casi asustado de su propia fuerza.

—Dios… —murmuró.

—Quieto un momento —ordené—. Deja que me acostumbre. Eso es. Ahora sí, despacio.

Centímetro a centímetro, marcando yo cada avance, lo dejé entrar del todo. Se quedó inmóvil unos segundos, conteniéndose, y luego empezó a moverse: embestidas lentas y profundas al principio, largas, las que me arrancaban un gemido en cada vuelta. Le tomé una mano y me la llevé al cuerpo para que aprendiera a hacer dos cosas a la vez.

—Más rápido ahora —pedí cuando estuve lista—. Agárrame de las caderas. No te cortes.

Obedeció. El sonido de nuestros cuerpos llenó la habitación, el sudor cayéndole por el pecho moreno, las manos firmes ya sin rastro de timidez. Cambiamos de postura varias veces; yo decidía la profundidad, yo marcaba cuándo más despacio y cuándo sin piedad. Perdimos la noción del tiempo, los dos, entre la luz que se apagaba poco a poco y el calor de las sábanas revueltas.

Llegué dos veces más, contrayéndome alrededor de él, diciendo su nombre como si lo conociera de toda la vida. Cuando lo noté al límite, le di permiso con una sola palabra. Andrés empujó hondo unas cuantas veces más y se vació con un gemido grave, el cuerpo entero temblando, dejándose caer después sobre mi espalda.

***

Nos derrumbamos sobre la cama, jadeando, las respiraciones desbocadas, las pieles pegadas. Me giré, le aparté un mechón sudado de la frente y le besé la mejilla con una ternura que no me esperaba ni yo.

—Has sido el mejor alumno que he tenido nunca, repartidor —dije, riéndome bajito—. Y mira que he dado clases.

Andrés, ya sin una sola gota de la timidez del umbral, me abrazó fuerte y enterró la cara en mi cuello.

—Gracias a ti, Marga. Esto ha sido lo más intenso de mi vida. —Hizo una pausa y sonrió contra mi piel—. ¿Tienes más cajas que pedir?

Solté esa risa gutural que, según parece, lo había convencido desde el primer minuto.

—Cariño —contesté—, a partir de hoy pienso quedarme sin vino con una frecuencia escandalosa.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(2)

Costero_77

Que buenisimo relato, me dejo sin palabras. 10/10

HectorNocturno

Por favor seguí escribiendo, quede enganchado desde el primer parrafo. Necesito saber como continua esto.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.