La lectora madura que quiso probar mi masaje
El mensaje que apareció en su bandeja de entrada tenía una sola línea: «¿Relato o fantasía?». Rubén lo leyó dos veces, intrigado por lo escueto de la pregunta, y no tardó en responder.
—Estimada lectora, esa conclusión la dejo a su interpretación —escribió, y se quedó mirando el cursor parpadear, esperando.
Hacía un par de semanas que había publicado un relato en una de esas páginas donde la gente cuenta lo que no se atreve a decir en voz alta. En aquella historia narraba el encuentro con una mujer de su edificio que arrastraba dolores de espalda desde hacía meses. Le había ofrecido una camilla plegable que tenía guardada y, casi sin pretenderlo, terminó ofreciéndose él mismo a darle el masaje. Lo que empezó como un gesto amable derivó, párrafo a párrafo, en algo muy distinto: manos aceitadas recorriendo una espalda generosa, una respiración que se entrecortaba, y un final que ninguno de los dos había planeado pero los dos deseaban.
La respuesta de su lectora llegó al minuto.
—Buenos días. Me llamo Carmen y acabo de terminar su relato. Le confieso que me ha puesto muy nerviosa imaginar que algo así pudiera pasar de verdad, por eso le preguntaba. ¿Sería indiscreto saber de dónde es usted?
Rubén sonrió frente a la pantalla. Le dijo que vivía en Santander.
—¿En Santander? No me lo puedo creer. Yo soy de Castro Urdiales, estamos a un paso. Leo relatos eróticos desde hace años, pero nunca había hablado con quien los escribe. Yo soy malísima con las palabras, en cambio imaginar… imaginar se me da de maravilla.
Esa última frase, con sus puntos suspensivos colgando como una invitación, encendió en Rubén una idea que no se molestó en disimular. Si ella era capaz de imaginar tanto, quizá también fuera capaz de algo más.
—Si le apetece, podríamos tomar un café cualquier tarde y charlar de todo esto en persona —tecleó.
—¡Sí, sí, me encantaría! —contestó al instante.
Quedaron para esa misma tarde, a las seis, en una cafetería del paseo marítimo de Castro, con vistas al puerto y a los barcos meciéndose en el agua.
***
A las seis en punto, Rubén empujó la puerta de cristal y barrió el local con la mirada. En una mesa del rincón, junto al ventanal, una mujer levantó la mano y le hizo un gesto discreto para que se acercara.
Carmen rondaría los cincuenta. Tenía el pelo castaño con mechas claras recogido en un moño suelto, los ojos vivos y una sonrisa que no terminaba de decidir si era tímida o descarada. Se puso en pie para saludarlo y le tendió la mano, y fue entonces cuando Rubén tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no bajar la vista. La blusa de botones que llevaba, abierta un par de ellos más de la cuenta, dejaba adivinar unas tetas generosas que parecían pedir a gritos protagonismo, apretadas dentro de un sujetador de encaje negro que se transparentaba con descaro.
Ella se dio cuenta de inmediato. Por supuesto que se dio cuenta. Lo miró de reojo mientras se sentaban y dijo, con media sonrisa:
—Seguro que con esto que estás mirando ya tienes el principio de otro relato.
Rubén no se molestó en negarlo. Decidió que la mejor manera de averiguar hasta dónde estaba dispuesta a llegar Carmen era no frenar.
—No estaba pensando en un relato —respondió, sosteniéndole la mirada—. Estaba pensando en lo difícil que sería describir con palabras lo que sería recorrer esas tetas con las manos llenas de aceite, pellizcarte los pezones hasta que se te pongan duros como piedras. Despacio. Sin prisa de ninguna clase.
Carmen se quedó muy quieta. La cucharilla que sujetaba se detuvo a medio camino del azucarillo.
—Te pondría un antifaz —siguió él, bajando la voz para que solo ella lo oyera—. Para que no vieras nada y todo se redujera al roce de mis dedos. Empezaría por los pies y subiría sin saltarme un solo centímetro, escuchando cómo cambia tu respiración cuando llego al coño y te separo los labios con dos dedos para ver lo mojada que estás.
—Por favor —murmuró ella, y soltó una risa nerviosa mientras se abanicaba con la carta—. No hace ni cinco minutos que nos conocemos y ya me tienes empapada.
—¿Empapada? —dijo Rubén, fingiendo inocencia.
—Empapada —admitió Carmen, y se mordió el labio—. Chorreando, para que me entiendas.
Esa confesión bastó. Rubén comprendió que la tarde no terminaría con un café. Sin más rodeos, le preguntó si le apetecía comprobar en persona si su relato era cierto. Tenía la camilla plegada en el maletero del coche, le dijo, y toda la tarde por delante.
—Pues claro que me apetece —contestó ella, ya sin la risita—. Lo deseo desde el momento en que cerré tu historia y me quedé mirando el techo con la mano metida entre las piernas.
Cinco minutos después salían los dos de la cafetería, ella delante, él detrás, rumbo al piso de Carmen.
***
El apartamento estaba en una calle tranquila, a tres manzanas del puerto. Olía a velas de vainilla y a ropa limpia. Mientras Carmen corría las cortinas y encendía una lámpara de luz tibia, Rubén montó la camilla en el centro del salón y sacó del bolso un frasco de aceite de almendras que había metido, por si acaso, antes de salir de casa.
—Eres precavido —comentó ella, observándolo.
—Soy optimista —corrigió él.
Carmen se rió, esta vez sin nervios. Desapareció un momento en el dormitorio y volvió envuelta en una toalla grande, descalza, con el moño deshecho y el pelo cayéndole sobre los hombros. Parecía otra mujer, más joven y a la vez más segura. Se tumbó boca abajo sobre la camilla, apoyó la mejilla en los brazos cruzados y suspiró.
—No me hagas hablar —pidió—. Quiero sentir y nada más.
Rubén se frotó las manos para calentar el aceite antes de tocarla. Empezó por la planta de los pies, presionando con los pulgares, y notó cómo todo el cuerpo de Carmen se aflojaba bajo aquella primera caricia. Subió por los gemelos sin prisa, amasando, y al llegar a la parte trasera de las rodillas la oyó contener el aliento.
—Ahí no avisaste en el relato —susurró ella.
—El relato se quedó corto —respondió él.
Trabajó los muslos con la palma abierta, alternando presión y caricia, deslizando las manos hacia el interior solo lo justo para que ella lo intuyera y se quedara esperando. Cada vez que se acercaba al borde de la toalla, Carmen levantaba apenas las caderas, ofreciéndose, y cada vez Rubén cambiaba de rumbo y subía hacia la espalda, deliberadamente lento, deliberadamente injusto. En una de esas la toalla resbaló y le descubrió el culo entero, dos nalgas anchas y redondas brillantes de aceite, y Rubén no se contuvo: hundió los dedos en la carne, las separó y le pasó el pulgar aceitado por la raja, rozándole apenas el ojete y bajando después hasta el coño, que ya asomaba hinchado entre los muslos.
—Eres un cabrón —protestó ella con la voz pastosa, aunque abrió más las piernas.
—Soy minucioso —dijo él, y le metió el dedo corazón hasta los nudillos de un empujón limpio. Carmen soltó un gemido ronco y hundió la cara en los brazos. Rubén notó el coño cerrarse alrededor del dedo, apretándolo como si no quisiera soltarlo, y empezó a moverlo despacio, entrando y saliendo, arrastrando la humedad por los labios abiertos, buscando el clítoris con el pulgar y frotándolo en círculos mientras el dedo seguía trabajando dentro.
—Dios mío —jadeó ella—, así, así, no pares, méteme otro.
Rubén obedeció. Añadió el índice y la penetró con los dos dedos juntos, curvándolos hacia arriba para acariciar ese punto esponjoso que la hizo levantar el culo de la camilla. Con la otra mano le retiró del todo la toalla de la espalda para dejarla desnuda de la nuca a los pies.
La piel de Carmen era cálida y suave, salpicada de algún lunar. Rubén vertió un hilo de aceite a lo largo de la columna y lo extendió con la mano libre, mientras con la otra seguía follándola despacio con los dedos. Carmen gemía sin disimulo ya, un sonido grave y sucio que salía de muy adentro, y movía las caderas al ritmo de la mano de Rubén, empujando contra ella, buscándose la corrida.
—Date la vuelta —le pidió él antes de que se corriera, sacándole los dedos con un ruido húmedo que los hizo sonreír a los dos.
Ella obedeció sin abrir del todo los ojos, con las mejillas rojas y el pecho subiendo y bajando. La toalla resbaló del todo y quedó tumbada boca arriba, sin pudor ninguno, con las tetas cayéndole hacia los lados y los pezones erguidos, oscuros, apuntando al techo. Entre los muslos, el coño depilado brillaba de aceite y de su propia humedad, con los labios hinchados y abiertos como una fruta partida.
—Ahora dime a la cara que no soy real —susurró ella, buscándole la mano.
Rubén volvió a calentar aceite entre las palmas y le recorrió el vientre, trazando líneas que partían del ombligo y se abrían hacia las caderas. Le cubrió las tetas con las manos aceitadas, amasándolas despacio, sintiendo cómo los pezones se endurecían aún más contra las palmas. Se los pellizcó, primero suave y después con ganas, retorciéndoselos entre el pulgar y el índice, y Carmen arqueó la espalda soltando un gemido largo.
—Más fuerte —pidió—. Muérdemelos, joder.
Rubén se inclinó y le atrapó uno con la boca, chupándolo entero, tirando de él con los labios y clavándole los dientes justo lo suficiente para que se le escapara un grito. Pasó al otro y repitió, alternando lametones anchos con mordiscos, mientras una mano bajaba de nuevo entre sus piernas y volvía a hundirse en el coño abierto y goteante.
—No pares —jadeó ella—. Por lo que más quieras, no pares ahora, cómemelo, cómeme el coño de una vez.
Él no tenía la menor intención de parar. Bajó con la boca por el centro del vientre, dejando un rastro húmedo de saliva y aceite, mordisqueándole la cadera al pasar, y se arrodilló en el suelo frente a la camilla. Le agarró los muslos, se los puso sobre los hombros y tiró de las caderas hacia el borde. Carmen quedó abierta de par en par delante de su cara, y Rubén se tomó un segundo para mirarla: el coño rojo, los labios hinchados separándose solos, el clítoris asomando duro como una perla entre el capuchón.
—Qué coño más rico tienes —murmuró contra sus muslos—. Voy a chupártelo hasta que me pidas por favor que pare.
Le pasó la lengua ancha y plana de abajo hacia arriba, recogiendo toda la humedad de un solo lametón, y Carmen soltó un gemido tan largo que se le quebró al final. Rubén se ensañó con el clítoris, primero rodeándolo con la punta de la lengua, después atrapándolo entre los labios y succionándolo, chupándolo como si fuera un caramelo. Mientras la lamía, subió dos dedos y se los volvió a meter dentro, esta vez sin ceremonia, follándola con la mano al ritmo que marcaba con la boca.
Carmen le hundió los dedos en el pelo y lo apretó contra ella sin ningún pudor, restregándole el coño en la cara, follándose la boca de Rubén con las caderas.
—Sí, sí, sí, así, cómemelo entero, no te salgas, que me corro, que me corro ya…
Rubén no aflojó. Curvó los dedos dentro de ella, buscándole el punto exacto, y le chupó el clítoris con más fuerza, sin descanso. La sintió tensarse entera bajo su boca, los muslos apretándole las orejas, el vientre temblando. Carmen se aferró a los bordes de la camilla, contuvo el aire y luego lo soltó todo de golpe, estremeciéndose de la cabeza a los pies con un grito largo que terminó en una risa incrédula, mientras un chorro tibio le mojaba a Rubén la barbilla y el cuello.
—Joder, joder, joder —repetía ella, con una mano tapándose la cara y la otra todavía agarrándole el pelo—. Nunca me había pasado, nunca…
Rubén no le dio tregua. Se levantó, se desabrochó el pantalón y se lo bajó de un tirón junto con el calzoncillo. La polla le saltó fuera, dura hasta doler, con la punta brillante. Carmen abrió los ojos y se relamió sin decir nada.
—Ven aquí —dijo ella, incorporándose sobre un codo—. Trae eso.
La agarró de la nuca con suavidad y le acercó la polla a la boca. Carmen le pasó la lengua por el glande, recogiendo la primera gota, y después se la tragó entera de un envión, hasta el fondo, hasta que Rubén sintió la garganta cerrándose alrededor de la punta. Sacó la cabeza, tomó aire, y volvió a bajar, y otra vez, mamándola con hambre, con las dos manos ahora, una en la base y otra masajeándole los cojones. Le llenó la polla de saliva, la sacó de la boca para lamerla de arriba abajo como si fuera un helado, y le escupió encima antes de volver a tragársela.
—Así, joder, así —gruñó él, agarrándola del pelo—. Qué bien la mamas.
Carmen le sonrió con la polla dentro y aceleró el ritmo. Rubén la dejó unos segundos más y después la apartó, porque si seguía se corría en su boca y aún tenía otros planes.
La tumbó otra vez boca arriba en la camilla, se puso entre sus piernas, se agarró la polla con la mano y la pasó por la raja del coño, mojándola, restregándole el glande contra el clítoris. Carmen le clavó los talones en los riñones.
—Métemela ya, no me hagas rogar.
Rubén la empujó de una sola vez, hasta el fondo, y los dos gimieron a la vez. El coño de Carmen estaba tan caliente y tan estrecho que tuvo que quedarse quieto un momento para no correrse a la primera embestida. Empezó despacio, saliendo casi del todo y volviendo a meterla entera, con embestidas largas que le hacían temblar las tetas a Carmen cada vez que sus caderas chocaban contra las de ella.
—Más fuerte —pidió ella—, fóllame más fuerte, no me tengas ninguna pena.
Rubén le agarró las piernas por detrás de las rodillas, se las abrió más, se las echó contra los hombros y empezó a bombeársela en serio. La camilla crujía bajo el peso de los dos, y el ruido del sexo golpeándose, mojado, obsceno, llenaba el salón mezclado con los gemidos de Carmen y con el olor a almendras y a coño empapado.
—Dime guarradas —jadeó ella—, dime lo que me haces.
—Te estoy destrozando el coño —le gruñó Rubén sin dejar de embestir—. Te la estoy metiendo hasta el fondo, ¿la sientes? La sientes en la barriga, ¿verdad? Me vas a apretar la polla hasta sacarme toda la leche.
—Sí, sácamela toda, córrete dentro, quiero notarlo…
Rubén salió de golpe, la agarró de las caderas y la volteó boca abajo sobre la camilla. Le levantó el culo con las dos manos, se lo separó y volvió a metérsela por detrás, de un solo empujón. Carmen gritó contra los brazos cruzados y se puso a menear las nalgas contra él, follándose ella misma la polla. Rubén le dio una palmada en el culo, después otra, viendo cómo la carne le temblaba y se ponía roja, y le hundió el pulgar aceitado en el ojete mientras seguía embistiéndola desde atrás.
—Ay, Dios, así, así, todo a la vez, no pares, que me estoy corriendo otra vez, joder…
El coño de Carmen se contrajo entero alrededor de la polla, apretándola como un puño, y eso fue lo que acabó con Rubén. Le clavó los dedos en las caderas, empujó hasta el fondo tres, cuatro veces más, y se corrió dentro con un gruñido largo, vaciándose en chorros calientes que la hicieron gemir cada vez que sentía uno nuevo. Se quedó quieto unos segundos, todavía dentro, respirando contra la nuca de Carmen, hasta que ella misma se dejó caer boca abajo sobre la camilla, arrastrándolo con ella.
La tarde caía sobre el puerto al otro lado de las cortinas, tiñendo de naranja la rendija de luz que se colaba. Dentro, en la penumbra tibia que olía a vainilla, a almendras y ahora a sexo, Carmen soltó una risa incrédula y giró la cara para mirarlo.
—Era real —dijo, con la voz ronca, sintiendo cómo el semen le empezaba a resbalar por el interior de un muslo—. Tu relato. Era real.
Rubén apoyó la mejilla en su espalda, todavía agitado, y sonrió.
—Lo de antes era ficción —respondió—. Esto de ahora es lo único que ha sido verdad.
Carmen se giró debajo de él, le buscó la boca y se besaron largo, saboreándose los dos el coño y la polla mezclados. Entre dos besos, le susurró al oído que esa misma noche pensaba darle material de sobra para el próximo capítulo. Que iba a mamársela hasta dejarlo seco, que se iba a sentar encima y no lo iba a soltar hasta que se corriera dos veces más, y que esta vez, le advirtió mordiéndole el labio, no pensaba quedarse quieta sobre la camilla.





