Mi suegro me hizo lo que su hijo no pudo en la playa
Todo empezó con una invitación. La madre de mi novio organizó una semana de vacaciones en la costa y, como me llevaba bien con ella, fue la primera en insistir en que los acompañara. Mateo y yo apenas habíamos cumplido un año juntos, y entre las dos terminamos de convencer a mi madre para que me dejara ir.
Empaqué mi ropa favorita y me presenté en su casa la tarde anterior, porque saldríamos de madrugada. Esa noche dormiría en la habitación de Mateo, mientras él se quedaba con su hermano menor.
Llegué cerca de las seis. Él aún no estaba: había salido a comprar algo con el pequeño. Solo me recibieron sus padres. La madre trabajaba en un restaurante y el padre tenía un taller mecánico a pocas calles de allí.
A Ricardo lo conocía bien, o al menos creía conocerlo. Desde el primer día me miraba de una forma que no tenía nada de inocente, y yo, lejos de incomodarme, le seguía el juego cada vez que pisaba esa casa. Más de una vez me había sorprendido a mí misma imaginando su polla dura entre mis manos, imaginándome de rodillas mamándosela hasta el fondo. Nunca se había dado la ocasión de acercarme más, pero algo me decía que esa semana sería distinta.
Salimos muy temprano al día siguiente. Después de cuatro horas de carretera llegamos antes de las nueve de la mañana. La casa que habían alquilado era enorme: varios cuartos, un patio central con piscina y, en una esquina, un jacuzzi de agua caliente. El salón tenía mesa de billar, juegos y todo lo necesario para no aburrirse.
Bajamos las maletas y nos repartimos las habitaciones. Yo me cambié para salir a desayunar: un bikini azul por si había que meterse al agua, unos shorts de mezclilla ajustados y una blusa blanca abierta por delante que dejaba a la vista buena parte del traje de baño.
Salí antes que los demás y lo primero que vi fue a Ricardo, todavía descargando cosas de la camioneta. No había nadie más cerca. Me ofrecí a ayudarlo, no sin antes soltarme un poco la blusa.
—Te ves muy bien —dijo, recorriéndome de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose más de la cuenta a la altura del pecho.
—Gracias —respondí con una sonrisa, y me subí a la camioneta.
Cada vez que me agachaba para pasarle algo le ofrecía una vista que él no rechazaba. La tela del bikini apenas cubría mis tetas y yo sabía que se le marcaba todo. Me gustaba la forma en que me miraba, cómo se le iba la vista al escote y bajaba después al culo cuando me giraba. Aproveché que seguíamos solos, me senté en uno de los asientos y, sin dejar de mirarlo, me desaté la blusa por completo.
—Hace mucho calor, ¿no cree? —dije.
—Sí, está fuerte el sol… —contestó, con la mirada perdida en mí.
Miró hacia la casa para confirmar que no venía nadie y se acercó hasta quedar junto a la puerta abierta. Como no se decidía, le rocé el dorso de la mano con la punta de los dedos. Esa fue toda la invitación que necesitó.
—Ya tardan mucho en salir, ¿no cree? —murmuré.
—Siempre es lo mismo, batallo cada vez que tenemos que salir.
—Pues habrá que aprovechar el tiempo en algo, ¿no le parece?
Sin pensarlo más, llevé su mano a una de mis tetas. La apretó despacio, todavía incrédulo, mientras yo me recostaba sobre el asiento y lo atraía tirando de su camiseta. Cuando vio mi cara, perdió la timidez: apartó la tela del bikini de un tirón y dejó mis pechos completamente al descubierto. Los pezones se me pusieron duros al instante bajo sus dedos, y él los pellizcó y los rodó entre el pulgar y el índice hasta arrancarme un jadeo.
—Tienes unas tetas increíbles… —dijo, casi sin voz, agachándose a chupármelas una y otra, mordiéndome apenas los pezones—. Están hechas para que un hombre se las coma.
Empecé a buscarle el bulto por encima del short. Ya lo tenía dura, marcada contra la tela, y cuando le apreté la polla por encima soltó un gruñido. Él se adelantó, se bajó el short y se sacó la verga solo: gruesa, tiesa, con la punta ya brillando de líquido. Se me hizo agua la boca. La agarré con la mano y empecé a masturbarlo despacio, sintiendo cómo latía contra mis dedos, cómo se me llenaba la palma entera. Abrí las piernas casi por instinto y metí mi propia mano bajo el short, resbalando los dedos por encima de la tela del bikini, que ya tenía empapada. Ricardo no perdió la oportunidad: apartó el bikini a un lado, deslizó la suya y empezó a acariciarme el coño directamente, hundiendo un dedo entre los labios y arrastrándolo por el clítoris.
—Ahhh… —se me escapó, mordiéndome el labio, apretándole la polla más fuerte mientras él me metía dos dedos hasta el fondo.
—Estás empapada, mocosa —susurró, sacando los dedos brillantes y metiéndoselos en la boca—. Sabes riquísimo.
Justo entonces el pequeño gritó desde la casa. Nos separamos de golpe. Ricardo se metió la polla dura como podía dentro del short, yo me pasé al asiento de atrás para acomodarme el bikini y la blusa y él, fingiendo naturalidad, tomó un par de maletas y se metió adentro.
***
Cuando ya estábamos todos, salimos a buscar algo de comer y a comprar lo necesario para la semana. Durante el trayecto nos miramos más de una vez. Yo había quedado encendida con sus caricias, con las bragas mojadas y el sabor de sus dedos todavía en la cabeza, y él, estaba claro, también se había quedado con ganas.
Por la tarde regresamos a la casa, preparamos botanas y bebidas y nos metimos a la piscina. Tanto Mateo como su padre aprovechaban cualquier excusa para recorrerme con la mirada. Y aunque ya follaba con mi novio, nada se comparaba con lo que me provocaba imaginarme abierta de piernas debajo de Ricardo, con esa verga gruesa hundida hasta el fondo.
Jugamos en el agua hasta tarde. El hermano menor se cansó y Ricardo lo llevó a dormir. Cuando salimos de la piscina, su madre y Mateo entraron a cambiarse. Ricardo estaba solo en el salón, frente al televisor.
Fingí haber olvidado algo, me quité el traje de baño y me cubrí únicamente con la toalla. Volví al salón, caminé hacia él y, sin avisar, dejé caer la toalla. Apenas alcanzó a agarrarme una teta con la mano, apretándola con hambre, antes de que yo me cubriera de nuevo, riéndome, y me fuera a mi cuarto con el coño ya latiendo de nuevo.
Me sequé, me cambié con uno de mis conjuntos favoritos —tanga de encaje y sostén negro— y, para estar cómoda por encima, un pantalón deportivo y una sudadera holgada. Salí al salón, donde los tres preparaban unas copas.
Estuvimos un buen rato conversando. Yo solo podía pensar en quedarme a solas con él, en tenerlo desnudo, en abrir la boca y tragarme su verga entera. Cuando los padres se retiraron a descansar, Mateo y yo nos quedamos viendo una película.
No tardó en deslizar la mano por debajo de mi pantalón, encontrando la tanga húmeda. Metió los dedos bajo el encaje y empezó a frotarme el clítoris en círculos. Yo le desabroché la bragueta y le saqué la polla por encima de los boxers, empezando a masturbarlo bajo una manta pequeña. Estaba tan caliente que a los pocos minutos él ya estaba jadeando bajito, sus dedos hundidos hasta los nudillos dentro de mi coño mojado. Él terminó pronto, corriéndose entre mis dedos, chorreando semen tibio sobre mi pierna. Sin perder tiempo lo monté allí mismo, empalándome de una sobre su polla todavía dura, moviéndome rápido, cabalgándolo con las manos apoyadas en su pecho mientras él me subía la sudadera y se entretenía chupándome las tetas. Me corrí a los pocos minutos, mordiéndome los labios para no despertar a nadie, apretándolo con las paredes del coño hasta dejarlo temblando.
Nos acomodamos enseguida, porque seguíamos en el salón, y terminamos la película. De camino a las habitaciones nos cruzamos con Ricardo.
—Ya es algo tarde, ¿no creen? Espero que no estén haciendo de las suyas, ¿eh? —dijo en tono burlón.
—No, señor, ¡cómo cree! Ya íbamos a dormir —contesté con una sonrisa.
Cada uno entró a su cuarto. O eso le hice creer a Mateo. Porque el polvo rápido con él no me había dejado satisfecha —me había quedado con ganas de más, con las bragas nuevas empapadas de mi propio flujo—, y en cuanto lo supe dormido salí de nuevo, esperando encontrar a su padre en la cocina.
Allí seguía, sentado cerca de la barra, como si me esperara. Me acerqué y me detuve a su lado.
—Pensé que a esta hora ya estarías dormida, pequeña… —dijo.
—Mmm, no. Es que su hijo quería ver una película —mentí.
Soltó una risa baja, burlona, que me desconcertó.
—Más bien querías otra cosa, ¿verdad? Te vi montada sobre él, moviendo el culito como una perra en celo.
Me sonrojé. No esperaba que nos hubiera visto. Pero lo usé a mi favor.
—Sí, pero ¿sabe algo? No me dejó del todo satisfecha… se corrió enseguida y me quedé con las ganas.
Mientras hablaba, mis manos ya tiraban de las bermudas que usaba para dormir. Le saqué la polla, que ya se estaba poniendo dura al oírme, y empecé a acariciársela despacio, apretando el capullo, arrastrando el pulgar por la punta.
—Te quedaste con ganas, ¿verdad, cochina? —dijo, apoyando la mano en mi hombro para guiarme hacia abajo—. Vamos, mámamela como se la mamas a él.
Me incliné y me la metí en la boca, primero solo la punta, chupándosela despacio, saboreando el líquido preseminal salado. Después la fui tragando entera, todo lo que podía, hasta sentir cómo me tocaba el fondo de la garganta. La sacaba entera, la lamía por toda la longitud y volvía a metérmela, escuchándolo gruñir por encima de mí. Le agarré los huevos con la otra mano, jugando con ellos, mientras subía y bajaba la cabeza sobre su verga.
—Así, así, tragátela toda… mierda, mamas mejor que ninguna —jadeó, agarrándome del pelo—. Hay un cuarto desocupado en el patio. Ahí te voy a partir en dos como te mereces.
—Está bien… —respondí, con la boca todavía llena de saliva y su sabor en la lengua.
***
Al salir de la casa me abrazó por la espalda y empezó a acariciarme las tetas por debajo de la sudadera mientras me besaba el cuello. Me pellizcó los pezones sobre la tela del sostén, y bajó una mano hasta meterla dentro del pantalón deportivo, colándose bajo la tanga y hundiendo un dedo entero en mi coño ya empapado. Las luces del patio estaban apagadas; nadie podía vernos.
—Ahora sí te voy a coger como se debe, mocosa —dijo al oído, moviendo el dedo dentro de mí—. Estás chorreando.
Cruzamos el jardín y entramos al cuarto. Nos besamos de inmediato, con hambre, con lenguas peleándose en la boca, mientras me quitaba la sudadera y el pantalón hasta dejarme solo con la lencería negra.
—Mírate nada más… —dijo, tomándome de la mano para hacerme girar y admirarme—. Me moría por metértela desde el primer día que te vi. Conmigo no te vas a quedar con las ganas, te lo prometo.
Me atrajo de nuevo y nos fundimos en un beso aún más intenso. Me soltó el sostén de un manotazo y mis tetas cayeron libres. Empezó a comérselas, chupando y mordiendo los pezones, tirándolos con los dientes hasta hacerme gemir, mientras nos acercábamos a la cama. Se sentó en el borde y me sentó a horcajadas sobre él sin quitarme la tanga.
Quedé sentada sobre su regazo. Sentía cómo su polla dura crecía bajo el short, apretada contra mi coño, con solo la tela del short y el encaje mojado de la tanga separándonos. Casi sin darme cuenta empecé a mover las caderas, restregando el clítoris contra la longitud dura de su verga, marcando un ritmo que subía solo. La fricción del encaje mojado contra mi clítoris me hacía ver estrellas.
—Ahhh… ahhh… —no podía contenerme, mordiéndole el hombro para ahogar los gemidos.
—Eso es, cabálgame así, ensúciame el short con tu jugo —murmuró—. Me encanta escucharte, eres una delicia.
Me tenía las tetas atrapadas en las manos, apretándomelas mientras yo me frotaba contra él más y más rápido. Empecé a temblar antes de lo que esperaba, con el coño latiendo y el clítoris quemando. Me corrí así, encima de él, empapándole la tela, mordiéndome los labios para que no se escuchara nada del otro lado de la casa.
—¿Viste qué rico? Y todavía no te la metí. Ahora te voy a enseñar lo que es que te coja un hombre de verdad —dijo.
Me puso de pie sin esfuerzo, se bajó la bermuda de un tirón y me arrancó la tanga por las caderas hasta dejarme completamente desnuda. Se sentó de nuevo, con la polla parada y palpitante, y me giró de espaldas, sentándome sobre él con las piernas abiertas a ambos lados de las suyas.
—Ahora sí, quiero ver qué tan buena eres… ensártate, cochina.
No esperé a que terminara. Agarré su polla con la mano, la apoyé en la entrada de mi coño y empecé a bajar despacio. La tenía más grande y más gruesa que mi novio y me costó al principio. Sentía cómo me abría, cómo mis paredes cedían centímetro a centímetro para hacerle lugar a ese pedazo de verga.
—Así… despacio, mi amor, siéntela toda —dijo, tomándome de las caderas.
De pronto, sin avisar, tiró hacia abajo con fuerza y me la metió hasta el fondo, hasta chocar contra el fondo de mi coño. El gemido se me escapó fuerte, ahogado en un jadeo. Después empezó a moverse debajo de mí, cada vez más rápido, embistiéndome desde abajo, haciéndome saltar sobre su regazo.
—Muévete como se la montabas a mi hijo… enséñame cómo cabalga la putita de mi hijo —jadeó, dándome una nalgada.
El dolor inicial se transformó en un placer que me nublaba la cabeza. Empecé a cabalgarlo con ganas, subiendo y bajando sobre su verga, sintiendo cómo entraba y salía toda de mí, cómo nuestros cuerpos chocaban una y otra vez, cómo el sonido de mi coño mojado tragándosela llenaba el cuarto. Él me manoseaba las tetas por atrás, tirándome los pezones, mientras yo apoyaba las manos en sus rodillas para tener mejor impulso.
—Ahhh… papi… así… más… —gemía bajito, con la boca abierta y los ojos cerrados.
—Qué bien te la clavas, mocosa, qué apretadita estás… tienes un coño de puta joven —respondía él, agarrándome de la cintura y guiando cada bajada.
Después de unos minutos cambió el ritmo. Dejé de saltar y empecé a moverme en círculos, apoyada en él, revolviéndole la polla dentro de mí, sintiendo cómo la cabeza me rozaba cada rincón del coño mientras él me jalaba hacia sí, metiéndomela aún más, tocándome partes que Mateo nunca había alcanzado. Me pasó una mano por delante y empezó a frotarme el clítoris al mismo tiempo, con dos dedos en círculos rápidos, y yo me deshice. Poco después sentí cómo se descargaba dentro de mí, con la polla vibrando, llenándome de semen tibio que empezó a escurrirse entre nuestras piernas.
—Qué rico te mueves —dijo, recuperando el aliento, todavía dentro de mí—. Estuviste perfecta, me dejaste seca la verga.
Se acercó otra vez a mi cuello y volvió a agarrarme las tetas mientras una de sus manos bajaba por mi vientre y empezaba a recorrerme entre las piernas, jugando con los restos de su corrida y mi flujo mezclados. Cada cierto tiempo retiraba los dedos empapados y se los metía en la boca, chupándolos con gusto, y seguía.
—Sabemos riquísimo mezclados, pequeña. Prueba.
Me acercó los dedos a la boca y yo los chupé despacio, saboreando esa mezcla salada y espesa, sin dejar de mirarlo.
***
Sin dejar de acariciarme, me recostó sobre la cama, abriéndome las piernas de par en par.
—Ahora me toca a mí saborearte —dijo, mirándome el coño empapado, todavía chorreando su corrida.
Bajó besándome las tetas, mordiéndome los pezones, la piel del vientre, arrancándome escalofríos, hasta llegar entre mis piernas. El corazón se me aceleró. Me abrió los labios del coño con los dedos y, sin avisar, empezó con la lengua. Primero con calma, lamiéndome de abajo hacia arriba, recogiendo su propio semen y tragándoselo, jugando con el clítoris con la punta de la lengua, hasta hacerme temblar; después, cada vez más intenso, chupándome el clítoris entero, metiéndome la lengua dentro, follándome con ella mientras me apretaba las nalgas con las manos.
—Mmm… qué rico… ahí… así… no pares… —no podía callarme, retorciéndome sobre la cama.
Me metió dos dedos en el coño mientras seguía chupándome el clítoris, curvándolos hacia arriba, tocándome un punto que me hizo arquear la espalda entera. No aguanté mucho. Lo sujeté del pelo, lo apreté contra mí, apretándole la cara contra mi coño, y me corrí otra vez, chorreándole encima, con las piernas cerrándose sobre su cabeza, conteniendo el grito como podía.
Cuando terminé, se incorporó con la boca y la barba brillando de mi flujo y siguió jugando con los dedos dentro de mí, observando mi cara mientras yo temblaba entera.
—¿Te gustó, pequeña? —preguntó, chupándose los dedos.
Solo pude asentir, recorrida por espasmos, con el coño todavía palpitando alrededor del vacío.
—Espero que estés lista para lo que sigue, porque todavía no terminé contigo.
La tenía dura otra vez, roja, tiesa, apuntándome. Me agarró las piernas, las apoyó sobre sus hombros doblándome casi en dos, y volvió a metérmela de una, despacio al principio y enseguida con fuerza, saliendo entera y volviendo a hundirla hasta el fondo, una y otra vez, con el peso de todo su cuerpo empujando encima de mí.
—Ahhh… mierda… así… —el gemido salía solo, cortado por cada embestida.
El sonido de nuestros cuerpos chocando, del coño mojado tragándose la polla, de los huevos golpeando contra mi culo, llenó el cuarto entero. Me miraba las tetas rebotar con cada embestida y se relamía.
—Estás tan caliente y tan apretada… sigue gimiendo así, dime lo puta que eres —jadeaba, sin bajar el ritmo.
—Ahhh… papi… soy tuya… sigue cogiéndome… más fuerte… —le pedía, agarrándome de las sábanas.
Estuvimos así varios minutos, con las piernas dobladas contra mi pecho, hasta que me las bajó, se dejó caer sobre mí y empezó a embestir con más fuerza todavía, con la boca pegada a mi oreja, jadeándome insultos y guarradas al oído mientras me follaba.
—Ese coñito de mocosa es mío ahora, ¿me oíste? Mío. Cada vez que Mateo te la meta vas a pensar en mí.
—Sí… sí… tuyo… no pares, por favor… más rápido… más fuerte… rómpeme —supliqué, sin poder contenerme, clavándole las uñas en la espalda.
Me corrí de nuevo, temblando entera, con el coño apretándose alrededor de su polla como un puño. Él aguantó unos segundos más, embistiéndome con furia, y poco después también él tembló, gruñendo en mi oído, y se vació dentro de mí por segunda vez, llenándome de otra descarga espesa, dejándose caer rendido sobre mi pecho con la polla todavía enterrada.
Quedamos exhaustos, empapados en sudor, con el coño desbordado escurriéndome por las piernas y las sábanas. Me había dejado un poco adolorida, con el sexo hinchado, pero lo había disfrutado como pocas veces.
***
Descansamos un rato hasta recuperar el aliento. Después nos pusimos de pie, nos besamos otra vez, con la boca todavía sabiendo a él, y empezamos a vestirnos. Yo fui al baño y volví todavía desnuda; él me seguía con la mirada mientras me ponía la ropa, con el semen todavía escurriéndome muslos abajo.
—No me canso de verte —dijo—. No imaginé que te gustara tanto, y menos que me dejaras metértela hasta el fondo y correrme adentro dos veces.
—Ay, Ricardo, no diga eso. Usted también tiene lo suyo… tiene una polla enorme, papi, y sabe usarla. Si quiere, podemos repetir cuando guste. La verdad, coge mucho mejor que su hijo.
—Yo encantado, preciosa. No todos los días tengo la suerte de meterle la verga a una mocosa como tú. Pero por hoy quedé satisfecho. Espero que tú también. Vamos a descansar.
—Clarísimo que quedé satisfecha —respondí, riéndome, apretando las piernas para sentir cómo me chorreaba adentro.
Salimos del cuarto, cruzamos el jardín y cada uno entró a su habitación. Al revisar el celular tenía un par de llamadas perdidas de Mateo y algunos mensajes.
«Estuviste increíble hace rato, mi amor. Lástima que no podamos dormir juntos toda la noche. Descansa.»
Sonreí al leerlo con el coño todavía chorreando la corrida de su padre entre las piernas. Mi novio me creía dormida mientras su padre terminaba lo que él había empezado, y me llenaba por dentro dos veces. Miré el teléfono un rato más y me quedé dormida a los pocos minutos.
A la mañana siguiente me levanté tarde, agotada, con el sexo aún dolorido. Me di un baño largo, sintiendo cómo el agua se llevaba los restos secos de Ricardo de entre mis piernas, me arreglé y bajé al salón, donde ya estaban todos desayunando, sin sospechar nada.





