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Relatos Ardientes

Tomaba el sol desnuda para que mi vecino me viera

Las últimas semanas habían sido tan agotadoras que llegué a pedir horas extra en la oficina solo para mantener la cabeza ocupada. La idea era no pensar, no quedarme sola en el patio, no mirar hacia la casa de los vecinos. Pero la vida tiene su forma de desordenarlo todo cuando menos lo esperas.

Un conductor se saltó un ceda el paso y embistió a mi hijo Tomás, que volvía en bicicleta. Tibia y peroné fracturados, una contractura cervical. Los médicos prometieron una recuperación completa en siete u ocho semanas, así que aquí estaba yo, de baja para cuidarlo, repartiéndome las idas a rehabilitación con mi marido. Lo único que importaba era que el chico se pusiera bien.

Esa tarde el calor era espeso, pegajoso. La rutina por fin empezaba a calmarse. Gonzalo se había ido con Tomás a la consulta y mi hija Lucía estudiaba en la biblioteca. Después de dos semanas en tensión, me había ganado un par de horas para mí.

Fingí dudarlo, pero lo tenía decidido desde antes de subir las escaleras. Me moría por tumbarme al sol. Y, además, los vecinos de atrás estaban de vacaciones en la costa, así que no tendría que preocuparme por ninguna mirada indiscreta.

Me puse el bikini más pequeño que tengo, tres triángulos rojos unidos por cintas que no dejaban casi nada a la imaginación. Me miré en el espejo y me gustó lo que vi: a mis años seguía firme donde importa, con la piel tersa y dorada de quien ama el sol.

Entonces se me ocurrió una locura. La casa de al lado vacía, yo sola, el jardín cerrado. Podía tumbarme completamente desnuda. Agarré una toalla, la crema, una botella de agua fría y salí antes de arrepentirme.

Estaba nerviosa. Lo que iba a hacer era una transgresión y, si alguien se enteraba, sería el fin de mi reputación en el barrio. Revisé el balcón de la casa contigua: nadie. Respiré hondo, me solté la parte de arriba y me bajé la braguita, desvergonzada, antes de estirarme en la tumbona.

Abrí la novela que Gonzalo me había regalado por mi cumpleaños, una historia tormentosa entre una mujer de clase alta y un hombre de barrio. Leí un par de capítulos con el corazón acelerado, hasta que la calentura me obligó a entrar a darme una ducha fría. Volví, me tumbé boca abajo para broncearme la espalda y me dormí sintiéndome más viva que en años.

***

El domingo volví a salir. Se estaba convirtiendo en costumbre. Aunque esa vez decidí quedarme solo en topless, por un resto de pudor que no terminaba de irse. Corría una brisa ligera, mucho más agradable que el bochorno del día anterior. Me acomodé con el libro y me dejé llevar por la historia.

Estaba tan metida en la lectura que el tiempo voló. Al pasar una página, algo se movió entre los arbustos y atrajo mi mirada. No eran las flores. Levanté la vista hacia el balcón de los vecinos y ahí estaba él.

Damián.

El corazón me dio un vuelco y volví a clavar los ojos en el libro, fingiendo leer. Sus padres debían haberse ido sin él. Tenía sentido: el chico rondaba los veinticuatro, estudiaba en otra ciudad y había vuelto a pasar el verano en casa. Era lógico que prefiriera quedarse antes que viajar tres semanas con sus padres. Me reproché no haberlo previsto.

Pero entonces caí en algo más inquietante. El día anterior, cuando me tumbé desnuda, miré el balcón y no había nadie. Si me había visto, fue desde detrás de una ventana, o del seto. Llevaba todo el rato observándome.

Respira. Tranquilízate. Ya te lo ha visto todo. Soy una mujer adulta, me dije, he vivido demasiado como para esconderme de un veinteañero. Volver dentro habría sido tan cobarde como sospechoso. Era mi jardín y pensaba disfrutarlo a mi antojo.

Es más, me fascinaba pensar que en ese mismo momento me estuviera mirando. Sentí ese cosquilleo familiar que nacía abajo y me subía por todo el cuerpo, y el corazón se me aceleró con una idea perversa: podía darle un espectáculo. Podía ser lo mejor de su verano. Mientras fingiera ignorar que me miraba, sería inocente de cualquier cosa.

Sin pensarlo dos veces, me incliné a coger la crema. Me erguí y empecé a aplicármela en los brazos, despacio, echando un vistazo de reojo por encima de las gafas. Seguía ahí. Me unté las piernas con una lentitud calculada, desde los tobillos hasta lo más alto de los muslos, de la forma más sensual que pude. Sabía lo que estaba haciendo, y mi cuerpo respondía: el pulso fuerte, el coño ya mojado latiéndome entre los muslos, los pezones tensos como si el aire mismo me los estuviera lamiendo.

Llegó el verdadero número. Me eché crema en la palma y me la extendí sobre las tetas, amasándomelas con las dos manos, apretándolas hasta juntarlas, segura de tenerlo hipnotizado. Me pellizqué los pezones con una sonrisa traviesa, tirando de ellos, girándolos entre los dedos hasta que se me escapó un suspiro. Después bajé los dedos al vientre y al borde de la braguita, rozando el surco por encima de la tela, y abrí un poco las piernas para que distinguiera la mancha oscura de humedad que se me estaba formando ahí abajo. Imaginé a Damián con la polla fuera, machacándosela en ese instante mientras me miraba, y la sola idea me hizo perder el control.

Aparté la braguita a un lado y me expuse entera al sol y a su mirada. Me relamí un dedo y bajé la mano al coño, recorriendo los labios ya hinchados, separándolos despacio para que él viera cómo brillaban. Empecé a frotarme el clítoris en círculos lentos, apretando los dientes para no gemir demasiado alto. Me introduje dos dedos y el efecto fue inmediato, como si fuera justo lo que me faltaba: los sentí resbalar dentro sin ninguna resistencia, empapados. Los saqué y me los llevé a la boca para chuparlos, sabiendo que él estaba pendiente de cada gesto. Volví a bajarlos y esta vez los metí hasta el fondo, follándome yo misma con la mano mientras con la otra me estrujaba una teta. Levanté las caderas de la tumbona, ofreciéndole el coño abierto, y aceleré los dedos hasta que la palma me chapaleaba contra el pubis. Dejé escapar un gemido ronco y me quedé un instante paralizada, con los músculos del vientre temblándome, antes de derrumbarme, repitiendo en silencio un agradecimiento dirigido a él.

Cuando entreabrí los ojos, lo que vi me hizo arquear las cejas. La polla de mi vecino asomaba por encima de la balaustrada, gruesa, tiesa, y de la punta colgaba un hilo espeso de semen que no llegaba a caer. Él también se había corrido, mirándome, machacándosela al mismo ritmo que mis dedos. Parpadeé, incrédula y eufórica, sabiéndome la única responsable de esa corrida que goteaba entre los barrotes. Y entonces desapareció del balcón sin decir palabra.

¿Se lo contará a alguien? ¿Me delatará? Cerré los ojos, me obligué a calmarme y, contra todo pronóstico, me dormí. Al despertar no había nadie. Recogí mis cosas y entré, apoyándome en la encimera de la cocina con una bebida fría, todavía sonriendo por lo que acababa de pasar.

***

Cinco días después estaba en el supermercado, distraída, con la sensación de olvidar algo que no lograba precisar. Llené el carrito, pagué y volví a casa convencida de tenerlo todo.

Mientras ordenaba la compra, me di cuenta: los huevos. No los había comprado, y los necesitaba para la tarta de cumpleaños de Lucía, que al día siguiente cumplía veintidós. Maldije en voz baja. Volver al súper en coche por unos simples huevos era absurdo. Mejor pedírselos a algún vecino.

Damián apareció en mi cabeza al instante. Descarté la idea, claro, pero no me apetecía llamar a ninguna otra puerta: nunca me llevé bien con el resto del barrio y, sobre todo, desde aquella tarde no había dejado de pensar en él, ni en su polla goteando desde el balcón.

Pensándolo mejor, podía preguntarle. No tenía por qué pasar nada, y sería divertido ver la cara que ponía al abrir la puerta. Era lo que hacen los buenos vecinos, ¿no? Siempre podría fingir que lo del jardín fue un juego, nada más. La emoción ya había decidido por mí.

Subí a mi habitación, abrí el último cajón de la cómoda y busqué al fondo. Después de tanto tiempo, giré aquel objeto entre los dedos, sorprendida de lo atrevida que había sido de joven. Era un plug anal negro, con la base ancha y el cuerpo cónico, más grande de lo que recordaba. Lo lubriqué con saliva y con un poco de crema, me bajé las bragas, me incliné sobre la cama y me lo fui metiendo por el culo despacio, respirando hondo cada vez que el ensanchamiento me detenía. Cuando la base quedó apoyada contra mis nalgas, me erguí sintiendo esa presión llenándome, un picor que creía extinguido, y me miré en el espejo.

Llevaba una blusa blanca y una falda gris larga, un atuendo discreto que no llamaría la atención de nadie por la calle. Vencí el impulso de cambiarme: era mejor así. Pero pasé por el baño a retocarme el maquillaje, me puse un labial burdeos y unas gotas de perfume. Querer verse bien no es un crimen. Mis ojos verdes brillaban y el pelo castaño me caía con gracia sobre los hombros. Debajo, el plug me recordaba a cada paso lo que iba a buscar.

Me puse unos zapatos bonitos y salí. El calor había aflojado, lo agradecí. Di la vuelta a la manzana disimulando la ansiedad, procurando que nadie sospechara adónde iba ni con qué intención. Por Dios, solo voy a pedir unos huevos. Subí los escalones, respiré hondo y toqué el timbre.

Pasaron unos segundos. Nadie. Volví a llamar, contrariada, rogando que estuviera. Cuando ya bajaba el primer escalón, oí la puerta.

—¿Sí?

Me giré. Damián estaba resollando, recién llegado a la carrera. Jeans gastados, una camiseta de un grupo de rock, calcetines. Se había vestido a toda prisa.

—Hola, Damián —le dije.

—Hola, señora —respondió, más expectante que sorprendido.

—Venía a pedirle huevos a tu madre. Olvidé comprarlos y los necesito para una tarta.

—Eh… sí. Digo, no, está de vacaciones —explicó atropelladamente—. Pero yo tengo, espera. Sí, sí tengo. Pasa si quieres, voy a buscarlos.

—No corras, no hay prisa —dije, ya en el recibidor.

Hacía años que no entraba en esa casa, pero todo seguía igual. Lo seguí hasta la cocina, donde había cajas de pizza y platos en el fregadero.

—Piso de soltero —bromeé.

—Es que me gusta la pizza —respondió, azorado—. ¿Cuántos necesitas?

—Con ocho me basta.

Me tendió los huevos y por primera vez me miró a los ojos. Había algo en él que me fascinaba. Le pedí un vaso de agua solo para alargar el momento, y al dármelo sus ojos resbalaron una fracción de segundo por mi escote. Vaya, vaya. El pez ha mordido el anzuelo.

Bebí despacio, provocando un silencio que lo ponía más nervioso. Hablamos de las vacaciones de sus padres, de la ciudad donde estudiaba, de lo que hacía para entretenerse. Me contó que le gustaba la fotografía. Apoyé la mano sin disimulo en su hombro, comentando lo responsable que era. Me sentía cómoda, lo estaba pasando bien.

—Eres muy amable. Me has salvado la vida —dije, y me incliné a darle un beso en la mejilla.

El beso lo dejó paralizado, los brazos a medio levantar, sin saber qué hacer. En lugar de marcharme, me quedé frente a él, sosteniéndole la mirada.

—¿Me enseñas alguna foto? —pedí, buscando una excusa para no salir de esa casa.

—Claro. Tengo unas en el salón.

Lo seguí. Sacó un sobre del cajón e intentó seleccionar cuáles mostrarme, pero me acerqué tanto que mi pecho le rozó el brazo. La primera era un paisaje de montaña con un árbol solitario. Hermosa, la verdad, aunque yo esperaba algo más morboso. Cuantas más veía, más me impresionaban. Tenía talento de sobra.

—Se te da muy bien. ¿Has participado en algún concurso?

—Todavía no, señora… Marisa —se corrigió, ruborizado.

Tomé una foto de sus manos con la excusa de mirarla a contraluz y la dejé resbalar como por descuido. Me agaché a recogerla antes que él y, en lugar de incorporarme, levanté la vista. Damián tenía los ojos clavados en mi escote: era increíble lo que cambiaba una simple blusa con solo un botón suelto. Desde su ángulo debía verme las tetas enteras, sin sujetador, colgando dentro de la blusa.

Se quedó pasmado, justo como yo esperaba. En vez de erguirme, llevé una mano a su cinturón y con la otra le bajé la cremallera. Abrió mucho los ojos.

—Para nada me importa enseñarte más —murmuró, ganando confianza—. Me alegra que te interese la fotografía. Mi madre está harta de mis fotos.

La comparación con su madre me molestó, y reaccioné con brusquedad. No soy su madre. Para que no le quedara duda, metí la mano dentro del bóxer y forcejeé hasta sacarle la polla. Era firme, recta, gruesa, mucho más grande de lo que llevaba años viendo en casa. Caí en la cuenta de que hacía un cuarto de siglo que no me encontraba con una verga así, capaz de llenarme la palma con esa dureza vibrante. La froté un par de veces desde la base hasta el glande y una gota transparente le brotó por la punta.

—¿Te gusta? —preguntó con una sinceridad desarmante, como si le costara creerlo.

Por toda respuesta me arrodillé, saqué la lengua y le limpié la gota de un lametón lento. Lo miré desde abajo con la polla apoyada contra mi mejilla.

—Claro que me gusta —dije—. Pero lo importante es que sepas usarla.

Abrí la boca y me lo tragué hasta la mitad, cerrando los labios en torno al tronco y chupando con fuerza al retirarme. Se agarró él mismo la base y me rozó los labios con calma, dibujando el contorno de mi boca con el glande hinchado antes de volver a empujar. Me excité al sentir cómo me recogía el pelo en una coleta improvisada y empezaba a guiar mi cabeza, marcándome el ritmo. Ya había hecho esto antes, pero con Gonzalo era un trámite. Con Damián era otra cosa: me excitaba su ropa, su acento desafiante, lo distinto que era de mi marido, el sabor salado que me llenaba la lengua cada vez que llegaba al fondo.

Aflojé la mandíbula y dejé que empujara más profundo, hasta que la punta me golpeó la garganta y las lágrimas me nublaron los ojos. Me la sacó, un hilo de saliva colgando entre mis labios y su glande, y volvió a metérmela con un embate seco. Ahora era él quien me follaba la boca, y yo lo dejaba hacer, gimiendo alrededor de la polla, apretando los muslos con el plug clavado en el culo recordándome lo llena que estaba también por detrás. Le lamí los huevos, los chupé uno por uno, y volví a subir por el tronco lamiéndolo entero, marcándolo con mi labial burdeos.

Y entonces un recuerdo se filtró en mi cabeza. Veinticinco años atrás, otro hombre me había hecho exactamente esto, de pie frente a una muchacha que era yo, con la mochila tirada al lado de un sofá parecido a aquel. Aquel hombre era el padre de Damián. Lo había sabido en cuanto abrió la puerta, en el corte de la mandíbula, en la forma de mirar. Reconocía la estirpe.

Damián me pidió que parara, que así no aguantaría mucho, pero yo estaba demasiado encendida. Me metí una mano bajo la falda, aparté las bragas y encontré el coño empapado, chorreando por los muslos; tampoco yo iba a durar. Me froté el clítoris con dos dedos mientras seguía chupándosela, con la otra mano masajeándole los huevos, notando cómo se le tensaban en la palma.

—No piensas parar —gruñó, casi suplicando, con la voz tomada.

No solo no paré: aceleré la mano entre mis piernas para llegar yo primero, hundiendo tres dedos dentro y empujando con el pulgar contra el clítoris. Un espasmo fuerte me recorrió entera, el coño apretándose alrededor de mis dedos, y antes de apagarme del todo volví a él justo cuando se contraía. Sentí el primer chorro golpearme el paladar, caliente y espeso, y detrás vinieron otros tres o cuatro, uno detrás de otro, llenándome la boca de semen hasta que amenazaba con desbordarse. Apreté los muslos, deleitándome con cada sacudida de su polla en mis labios, y me corrí de nuevo mientras tragaba todo lo que me había vaciado dentro. Le limpié la punta con la lengua, chupando hasta la última gota, y le enseñé la boca vacía.

Damián se quedó con la boca abierta, sin palabras, conmocionado, con la polla todavía dura brillándole de saliva.

—Túmbate en el sofá —le sugerí con una palmada suave.

Se deshizo de las zapatillas, los vaqueros y la ropa interior, y se tendió sobre el cuero oscuro. Me quedé un momento de pie, admirando su erección todavía firme apuntándole al ombligo, sopesando montarme encima. Pero antes quería comprobar si sabía atenderme a mí. Sonreí al ver su cara cuando me subí la falda hasta la cintura y le mostré el coño desnudo, la humedad brillando entre mis labios abiertos, y detrás la base negra del plug asomando entre las nalgas.

—¿Tienes hambre? —dije, deslizando un dedo por mi hendidura, recogiendo el flujo espeso, y dándoselo a chupar.

Asintió con entusiasmo y lo lamió entero. Levanté una pierna, me subí al sofá y me coloqué sobre su cara, bajando despacio hasta sentarme sobre su boca. Oh, Dios, lo oí farfullar contra mis labios antes de que su lengua me alcanzara. Le faltaba pericia, pero la compensaba con una lengua inquieta que lamía, mordisqueaba y chupaba, variando a cada momento. Empezó por los labios, los recorrió arriba y abajo, y después clavó la punta de la lengua en mi entrada, penetrándome a lametazos cortos. Subió al clítoris y me lo atrapó entre los labios, succionándomelo, sacudiéndolo de un lado a otro con la lengua.

—Eso es —jadeé, sacudiendo las caderas contra su boca, restregándole el coño en la cara sin pudor.

Me sujetó las nalgas con las dos manos y las abrió del todo, dejando el plug expuesto. Sentí que uno de sus dedos jugueteaba con la base, empujándola apenas, y el placer se me duplicó de golpe. Le tironeaba el pelo, le montaba la cara, le pedía más con gemidos que ya no controlaba. No paró. Le agarré la cabeza con las dos manos y le froté el coño contra la boca hasta que mis gemidos se volvieron gritos y el orgasmo me partió en dos. Los muslos me temblaron alrededor de su cara y caí sobre el reposabrazos, empapada, incapaz de moverme, sintiendo cómo mi flujo le chorreaba por el mentón. Tuve que esforzarme para abrir los ojos y ver su sonrisa orgullosa, brillante de mí, y su polla, que ahora me parecía descomunal, palpitando contra su vientre.

—¿Quieres seguir? —preguntó, acariciándosela lentamente, sin disimular las ganas.

Ante mi silencio se incorporó, me tumbó de espaldas y me abrió las piernas de par en par. Apoyó la punta en mi entrada, pero el ángulo no era el correcto y tuvo que ajustarse, buscando el hueco con el glande hasta que encontró la abertura y se deslizó dentro de un solo empujón.

—Joder —gemí mientras lo recibía entero, estremecida por su rotundidad, sintiendo cómo me abría paso hasta el fondo.

Con el plug todavía metido por detrás, la sensación era brutal: los dos agujeros llenos, la pared entre ellos comprimida, cada centímetro de mi coño estirado alrededor de su polla. Elogió lo fácil que había entrado, lo caliente y apretado del recibimiento. Era agradecido, otro punto a su favor. Encontró un ritmo constante, sacándomela casi entera y volviendo a hundírmela hasta los huevos, gozando del vaivén, y me arrancó un clímax inesperado a los dos minutos, con el plug amplificándolo hasta hacérmelo insoportable. Grité contra su hombro, clavándole las uñas en la espalda, y él siguió embistiendo mientras yo me deshacía debajo.

Después noté que sus movimientos se volvían más urgentes, la respiración entrecortada, y decidí retomar el control.

—Espera.

Lo contuve lo justo para que saliera de mí y para sacarme el plug. Tiré despacio de la base y sentí ese hueco de vacío cuando la parte ancha me atravesó el anillo. No sabía si él había estado con alguna chica por detrás, y me daba igual, pero se puso lívido al ver mi entrada sonrosada y entreabierta, dilatada, latiéndole a la vista.

—Usa esto —dije, poniéndole en la mano el tubo de crema—. Primero con el dedo, despacio.

Me puse a cuatro patas sobre el sofá, con el culo bien alto y la cara apoyada en el reposabrazos. Sentí su dedo untado y frío recorrer la raja, círcular alrededor del agujero y hundirse hasta los nudillos. Gemí en el cuero, apretándome contra su mano. Mis gemidos estimularon a mi alumno. Pronto eran dos los dedos que me abrían paso, generosos en crema, entrando y saliendo con un chapoteo obsceno. Los curvó hacia dentro, buscándome un punto, y cuando lo encontró se me escapó un grito.

—Ahí, así, más —jadeé, meneándole el culo en la cara.

Cuando estuve a punto de perder la cabeza, le ordené que parara y que me la metiera. Hacía siglos que nadie entraba por ahí; sabía que tenía que relajarme.

—Despacio —le advertí.

Siguiendo mis instrucciones, echó más crema sobre su polla, la untó entera desde la base hasta la punta y apoyó el glande en mi agujero. Empujó unos centímetros, retrocedió, volvió a untar y avanzó otro poco. Apoyado en el respaldo del sofá para que el único peso sobre mí fuera el de su erección, no se dejaba llevar: medía la tensión a la que me sometía, iba y venía sin detenerse, ensanchando paciente el camino hasta que mi cuerpo cedió y lo dejó deslizarse con facilidad hasta que sentí sus huevos rebotando contra mi coño empapado.

Le tocó a él gemir, maravillado, apretando los dientes al notarme cerrado alrededor. Tenía la cara concentrada, así que no me vio mirarlo por encima del hombro con orgullo. Otros hombres habían tenido tiempo, lugar y ocasión para follarme el culo; ninguno lo había logrado.

Empezó a moverse despacio, sacándomela casi entera y volviéndola a hundir sin prisa, dejándome ajustarme a cada envite. La sensación era distinta a todo, un lleno denso, una presión que se me irradiaba por todo el bajo vientre. Se envalentonó y aceleró; el chapoteo de la crema y la carne llenó el salón.

—¡Ahí! —grité, metiéndome la mano por debajo y frotándome el clítoris con desesperación mientras él me abría el culo a polla.

Entonces decidió jugar conmigo. Cruel, me la sacaba del todo, la dejaba palpitar contra mi agujero abierto un segundo, y volvía a metérmela de golpe hasta el fondo, obligándome a admitir en voz alta cuánto me gustaba.

—Dilo —gruñó, con una mano hundida en mi pelo, tirándomelo hacia atrás.

—Me encanta, me encanta que me folles el culo, no pares —gemí, apretándome yo misma los pezones, ya sin dignidad.

Me giró de costado, me atrapó un pezón con la boca y me lo mordió mientras volvía a embestir con fuerza, colándome la polla por el culo desde ese nuevo ángulo. Levantó mi pierna de arriba, apoyándomela sobre su hombro, y me tuvo abierta como un libro, taladrándome sin descanso. El placer era tan afilado que se me entornaban los ojos; entré en una especie de trance, drogada por la brutalidad con que me tomaba, con dos dedos hundidos en el coño mientras él me destrozaba el otro agujero.

El final llegó con una última arremetida. Me abrazó la cintura y, en un arrebato, me alzó contra él, sentándome en su regazo mientras él quedaba arrodillado en el sofá. En esa postura la polla me entró todavía más profunda. Empezó a botarme sobre él, agarrándome de las tetas para sostenerme, y de pronto se puso rígido debajo. Sentí el primer disparo de semen caliente dentro del culo, y detrás otro, y otro, su erección convulsionando muy adentro. Grité, todavía frotándome el clítoris, hasta que otro orgasmo me estalló encima del suyo, exprimiéndolo con el culo sin darme cuenta, ordeñándole cada gota. Supliqué entre alaridos algo incoherente, hasta que se derrumbó conmigo sobre el cuero, con la polla todavía enterrada, todavía chorreándome dentro.

Cuando se retiró, despacio, sentí un río tibio bajarme por el muslo, su semen escapándoseme del agujero, y una satisfacción bestial que no recordaba. Nunca había sentido algo así. Me giré, le estampé un beso y nuestras bocas se devoraron, reacias a separarse, mezclando los sabores. Después apoyé la cabeza en su pecho sudoroso.

—¿Te ha gustado? —pregunté, porque tarde o temprano querría repetir.

—¿Es broma? —resopló—. Es lo mejor que me ha pasado en la vida.

—Gracias —respondí de corazón—. Espero que podamos entendernos. Pero ahora me voy, tengo que hacer una tarta.

Me coloqué la ropa, guardé el plug empapado en el bolsillo y me adecenté frente al espejo del recibidor hasta volver a parecer una ama de casa ejemplar, con el culo todavía goteándome bajo la falda.

—Gracias a ti —repitió con un beso corto y tierno—. Digo, a usted. A ti.

—Una cosa —dije en el último momento—. Tu padre… ¿no te habrá hablado nunca de mí?

—No. ¿Por?

—Nada. Cosas mías.

De vuelta a casa comprendí que no había sido una tonta al dejarme seducir por su padre veinticinco años atrás. La tontería vino después, cuando descarté para siempre ciertos placeres por asociarlos a aquel hombre que me hizo feliz y luego me echó de su lado, dejándome un vacío que creí imposible de llenar. Imposible no, sonreí, notando todavía la grata picazón entre las nalgas y el semen tibio deslizándome por el muslo. Solo había hecho falta esperar a la siguiente generación.

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Comentarios(2)

karinaLP

Dios mio, que manera de escribir. Me dejo sin palabras!!!

Claudio_mdp

Se hizo cortisimo, queda uno con ganas de saber como termino todo. Segunda parte por favor!!

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