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Relatos Ardientes

Mi amante madura quiso vengarse de su marido infiel

Me desperté radiante aquel sábado. En unas horas vería a Elena, y también a Beatriz y a Camila, y la curiosidad me devoraba por dentro. Tres mujeres encerradas un fin de semana entero en la casa de la playa: o se habían entendido a la perfección, o el experimento había sido un desastre.

Me preparé un desayuno copioso y, mientras comía, repasé en qué punto estaba todo. Elena rondaba los cuarenta y cinco y, hasta hacía unos meses, había sido la esposa florero de un hombre que la trataba como un mueble caro. Yo le había abierto una puerta que ella ni siquiera sabía cerrada, y ya no había forma de volver a encerrarla.

A las diez vibró el teléfono. Era ella.

Tengo unas ganas locas de verte y de contarte cosas. Lo estamos pasando en grande. Con Camila acertaste de pleno: nos da una vida que no veas. Dime a qué hora aterrizas y te recojo.

Sonreí leyéndolo. Me gustaba sentir lo feliz que estaba. Cada vez que pensaba en ella notaba que me importaba un poco más de lo prudente, y enseguida apartaba la idea. No es momento de enamorarse de nadie, me repetía. Aun así, si alguna vez bajaba la guardia, sería por una mujer como Elena.

Le mandé la hora del vuelo. Cuando salí por la puerta de llegadas, la encontré esperándome con una sonrisa preciosa y un brillo nuevo en la cara. Echó a andar deprisa hacia mí, me agarró del cuello y me besó sin importarle quién mirara. Llevaba un pañuelo atado al pelo, una camisa de cuadros entreabierta y anudada a la cintura, unos pantalones cortísimos y unas sandalias de tacón que le estilizaban las piernas. Con ese aire parecía diez años más joven.

—Estoy contentísima —dijo separando los labios apenas un centímetro—. Y todo gracias a ti.

—No me eches a mí la culpa de todo —bromeé.

—Nada de quitarte mérito. Desde que te conocí no he parado de descubrir cosas, de sentir como nunca había sentido. De vivir, en una palabra. Me he dado cuenta de que lo de antes no era vida.

Caminamos hasta el coche de alquiler y, nada más sentarnos, volvió a buscarme la boca con un fervor que le salía del alma.

—¡No sabes lo bien que lo estamos pasando! —exclamó al arrancar—. Camila es maravillosa, no nos ha dejado parar.

—Sabía que te gustaría como asistente.

—¿Asistente? —abrió los ojos de par en par—. Esa chica vale para todo, y sin que se lo pidas. ¡Nos tiene locas! Ayer nos arrastró de compras y no nos dejó elegir nada, lo eligió ella. Este conjunto que llevo, idea suya. Después cenamos en un sitio modernísimo y acabamos en una discoteca de moda. —Se rió con picardía—. Nos obligó a ponernos unos pantaloncitos que enseñaban media nalga y ligamos con unos chavales que apenas pasaban los veinte.

—¿Y os fuisteis con ellos?

—¡Qué va! Demasiado jóvenes. Y, además, Camila nos tenía preparada otra cosa para la noche.

Se relamió los labios antes de seguir. Conducía con la vista repartida entre el asfalto y yo, y se notaba cuánto disfrutaba contándomelo.

—Al llegar a casa montó toda una ceremonia. Había hecho que compráramos velas, incienso, aceites y unos pañuelos de seda transparentes. Tendió una sábana en el jardín, encendió las velas alrededor y puso una música muy suave. Nos desnudó, nos cubrió a medias con los pañuelos y me dijo que cerrara los ojos y me concentrara solo en los olores y en el sonido. Te juro que sentí una paz como si flotara.

—Vaya con la chica.

—Espera, que viene lo bueno. Empezó a recorrerme entera con las manos llenas de aceite. La espalda, los brazos, el vientre, todo. Sin tocar nada y ya me tenía temblando. Después fue quitándome los pañuelos uno a uno y la brisa me acariciaba como si fuera otra mano más. Luego la boca: el cuello, los pechos, mordiéndome despacio. Cuando bajó por la espalda y siguió más abajo, con la lengua, me fallaron las piernas. Me corrí tres veces antes de que parara, Marcos. Tres. Nunca me había pasado.

—Veo que se le da bien.

—¿Bien? Es de otro planeta. Y a Beatriz le hizo lo mismo, aunque la muy descarada ya se había puesto a tono mirándome a mí.

Elena hablaba como una niña en el primer día de vacaciones, convencida de que iban a ser perfectas. Me reí con ella todo el camino.

***

Llegamos a la casa y Camila salió a recibirme con su locura habitual: se colgó de mi cuello y me dio un beso corto pero contundente. Beatriz se acercó después, más serena, con una mano en mi hombro y un beso cálido, jugoso, de esos que ella sabía dar sin necesidad de hablar. Las tres iban vestidas igual: pantalones diminutos y camisetas anudadas que dejaban poco a la imaginación, sobre todo en el caso de Beatriz, de pechos imponentes.

Habían pedido comida a domicilio para no salir, algo que agradecí; no me apetecía pasear por el pueblo con tres mujeres así llamando la atención de todo el mundo. La sobremesa fue larga y divertida, con Camila contando anécdotas, hasta que Elena anunció que nos íbamos a la piscina.

Subí a por mi bañador, pero ella me detuvo tirándome de la mano.

—Ven, que también nos hemos acordado de ti.

Sacó de un cajón un bañador minúsculo de rayas azules y blancas. Lo cogí con dos dedos, fingiendo escándalo.

—¿Os queréis reír de mí? Me voy a sentir ridículo.

—Para nada. Lo que queremos es disfrutar viéndote. Con los de tipo bóxer no se aprecia igual.

Cuando bajé al jardín con aquella prenda absurda todavía no había aparecido ninguna. La primera fue Beatriz, con un tanga marrón que dejaba su culo al aire y buena parte de sus pechos a la vista. La observé acercarse, disfrutando de aquella cintura estrecha que le acentuaba las curvas. Se colgó de mi cuello sin prisa y me besó hondo, despacio, con un beso que llevaba dulzura, gratitud y deseo a partes iguales. Bajé las manos hasta sus nalgas mientras la rodeaba.

—No había tenido ocasión de besarte como Dios manda —susurró.

—¿Y las otras no se pondrán celosas? —insinué mirando hacia la puerta.

—Hemos hecho un pacto contra los celos, para que ningún hombre fastidie lo que hemos empezado. —Sonrió con calma—. Tú, además, eres especial para las tres. Sobre todo para Elena. Le has abierto un mundo entero y ahora quiere recuperar todos los años perdidos de golpe.

En ese momento salieron Elena y Camila. Elena llevaba un tanga rojo que en su cuerpo lucía mejor que en ningún otro, y sus pechos apenas contenidos por la parte de arriba del bikini. Camila se había cubierto el torso con los pañuelos transparentes de los que tanto me había hablado Elena; bajo la seda se adivinaban sus pezones duros y largos.

Elena se aferró a mi cuello y me besó con un descaro absoluto, frotando el cuerpo contra el mío sin que le importara que las otras miraran.

—Camila te ha preparado un numerito de bienvenida —me dijo al oído.

Me senté sobre las toallas extendidas en el césped y Elena y Beatriz se acomodaron a cada lado, una con el brazo sobre mis hombros y la otra rodeándome la cintura. Camila puso música en el móvil y empezó a bailar con una mezcla de gracia y picardía, los pañuelos ondeando al ritmo de su cuerpo, descubriendo y ocultando sus pechos por turnos.

No habían pasado dos minutos cuando Elena dejó de mirarla para besarme y recorrerme el pecho con la mano. Noté otros dedos —los de Beatriz— tirando del elástico del bañador para liberarme. Un instante después sentí su boca cerrarse sobre mí con una succión lenta que me arrancó un gemido. Me agarré al cuello de Elena con un brazo y le busqué los pechos con la otra mano mientras ella me besaba con una urgencia que ya no controlaba.

Beatriz me tragó entero, despacio, hasta que noté su garganta. Elena se apartó jadeando, se quitó el tanga y se montó a horcajadas sobre mí. Se había deshecho también de la parte de arriba, y sus pechos quedaron a la altura de mi cara. Con una sonrisa traviesa, los bucles cayéndole a los lados, se guió ella misma y descendió despacio, abriendo la boca de puro placer.

Se inclinó hasta apoyar el pecho contra el mío y empezó a moverse, primero suave, luego con ganas. Sus jadeos se volvieron gritos ahogados y su cuerpo entero se estremeció cuando el orgasmo la alcanzó. Se quedó un momento sobre mí, satisfecha, antes de apartarse con una sonrisa lánguida.

Iba a incorporarme cuando sentí la mano de Beatriz en el pecho, deteniéndome. Tomó el sitio que había dejado Elena, se colocó sobre mí y, con una calma que contrastaba con la furia de su amiga, fue bajando hasta hundirme por completo. Se inclinó para besarme, jugosa, sin prisa, mientras las caderas marcaban un ritmo cada vez más hondo.

De pronto se sobresaltó y levantó la cabeza. Camila se había arrodillado detrás de ella con un juguete en la mano. Beatriz cerró los ojos y volvió a moverse, ahora con las dos sensaciones a la vez. La agarré de las nalgas y empecé a empujar a su encuentro, y sus gemidos se transformaron en algo más profundo, casi gutural. El orgasmo nos llegó a la vez, brutal, dejándonos a los dos empapados y sin aliento.

Pero aquellas tres no se cansaban. Apenas se incorporó Beatriz, Elena se arrodilló entre sus piernas y Camila se colocó detrás de Elena. No me lo podía creer, pero estaba pasando, y las tres se entendían como si llevaran años haciéndolo.

***

El domingo fue más tranquilo, más conversación que sexo. Se notaba la alegría de las tres en cada gesto, en la libertad con que se movían medio desnudas por la casa. Pensé que aquel lugar se había convertido en un pequeño paraíso para ellas.

A mediodía cogimos el avión de vuelta a la ciudad. Estaba todo planeado: Beatriz y Camila se mudarían pronto con Elena, y antes de eso quedaba un asunto pendiente. Elena llevaba semanas insistiendo en una idea que al principio me pareció una locura y que terminé aceptando. Quería que Eduardo, su marido, nos encontrara juntos en su propia casa. No por crueldad gratuita: quería dejarle claro, de una vez y para siempre, cómo iban a ser las cosas a partir de entonces.

Eduardo había construido su carrera sobre una reputación impecable de hombre público. Durante años se había servido del dinero de Elena y de su apellido para colarse en consejos de administración y posar de marido ejemplar mientras se acostaba con cuanta mujer se cruzaba. Ella lo sabía todo, y había callado durante demasiado tiempo.

Llegamos a su casa al atardecer. A las ocho, Elena se puso un conjunto rojo de gasa, casi transparente, y unos tacones a juego. Estaba imponente. Me pidió que me desnudara y nos sentamos en el sofá a esperar. Reconozco que yo estaba más tenso que ella, aunque eso no impidió que mi cuerpo respondiera al verla.

Cuando oímos la llave en la cerradura, Elena se deslizó hacia abajo y me tomó en la boca. Ella no llegó a ver la cara de Eduardo, pero yo sí. Se le congestionó el gesto, se quedó blanco y luego rojo, y por fin estalló.

—¡¿Pero qué demonios es esto?! —gritó, las manos en la cabeza.

Elena levantó la cabeza y lo miró con un desprecio frío.

—Esto es lo que tú llevas años haciendo, cabrón.

Se levantó del sofá y avanzó hacia él. Eduardo abría y cerraba la boca sin que le saliera nada coherente; lo único que articuló fue un débil «¿de qué hablas, Elena?», sin convicción, intuyendo que yo se lo había contado todo.

—Sé exactamente cómo eres —dijo ella, ya sin gritar, con una calma que daba más miedo que los gritos—. Te has aprovechado de tu posición para humillar a media ciudad, a mí la primera. Pero se acabó.

—¿Y qué pretendes? ¿Un escándalo? —Buscaba una salida.

—Yo tengo dinero de sobra para permitirme un escándalo —respondió—. Tú vives de tu reputación. Una sola foto y estás acabado, y lo sabes.

Eduardo bajó la voz, derrotado.

—Está bien. No quiero escándalos.

—Lo suponía. —Le acarició la mejilla con asco fingido—. A partir de ahora viviré como me dé la gana, y traeré a quien quiera a esta casa. Puedes quedarte, si te apetece, pero me verás disfrutar a diario.

—Eso es injusto —se atrevió a replicar él.

—¿Injusto? —Arrastró las palabras—. ¿Y cómo llamas a dejarme aquí de adorno mientras te revolcabas con media ciudad?

Eduardo agachó la cabeza, más por miedo que por vergüenza. Elena volvió al sofá, se sentó a mi lado y me dio un beso lento, deliberado, para que él lo viera bien. Después se inclinó hacia mi oído.

—Quiero que me lo hagas con ganas —susurró—. Sin contemplaciones. Y no te ahorres ninguna palabra.

Se puso de pie y se apoyó en la mesa, de cara a Eduardo, que cada segundo que pasaba estaba más rojo y más quieto, incapaz de moverse. Me coloqué detrás de ella, le bajé la prenda hasta los muslos y la penetré de un solo empujón.

—¡Así! —gritó—. ¡Así me gusta!

La tomé con fuerza desde el primer momento. A mí también me apetecía, sobre todo viendo la cara de impotencia de su marido, que retorcía los dedos para contenerse. Elena se corrió dos veces antes de que cambiara el ritmo. Cuando lo hice, fue más despacio, atento a ella, hasta que también esa puerta se abrió del todo y sus gritos llenaron el salón.

—Esto es lo que más te ha faltado, ¿verdad? —le solté a media voz, para que Eduardo lo oyera.

—¡Sí! —jadeó ella—. ¡No pares!

Antes de terminar me aparté. Quería que Eduardo lo viera todo. Elena se giró, me tomó de nuevo en la boca y no me soltó hasta el final, tragando con un descaro que dejó a su marido derrumbado en un sillón, vencido del todo.

Elena se acercó a él, relamiéndose, a un palmo de su cara.

—¿Te ha gustado, cariño? —preguntó con sarcasmo—. Como ves, puedo ser tan ardiente como cualquiera de tus amantes. Solo te queda una cosa por hacer: dile a tu amigo Raúl que se olvide de Beatriz. Bastante ha servido ya a vuestros caprichos. A partir de ahora ella decide con quién está, y se viene a vivir conmigo.

Eduardo levantó la cabeza, atónito. Sabía perfectamente que Beatriz estaba casada con un subordinado suyo que jamás le había llevado la contraria.

—Lo sé todo —añadió Elena—. Así que date prisa. Y si decides quedarte en esta casa, ya puedes ir acostumbrándote: he contratado a una asistente preciosa que me hace muy feliz.

Se hizo un silencio sepulcral mientras ella se servía una copa, sin molestarse en recomponer el conjunto. Eduardo, por fin, reunió fuerzas para hablar.

—De acuerdo. Hablaré con Raúl y me iré. Si has decidido vivir así, no pienso impedírtelo.

—Si hubieras sido un marido decente —respondió ella sin rencor, casi con pena—, no habríamos llegado a esto. Tú elegiste hace años. Ahora me toca a mí elegir, y pienso recuperar todo el tiempo perdido.

El miércoles, Beatriz y Camila ya estaban instaladas en la casa de la playa. No trajeron mucho equipaje; Elena les había prometido renovarles el armario entero, y cumplió. Eduardo terminó en un piso del centro que ella le cedió casi por lástima, después de dejarlo sin voz ni voto en los consejos donde tanto había presumido de poder.

A las tres las seguí viendo de vez en cuando, unas veces en la playa y otras en la montaña. Siempre me recibían con una gratitud que no necesitaba palabras, felices de haber descubierto, ya entradas en la madurez, una vida que creían que nunca llegaría.

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Comentarios(1)

Damian77

Tremendo relato!!! Me engancho desde la primera linea, no pude parar.

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