La vecina madura que quería volver a las cámaras
Me mudé al condominio Los Robles a comienzos de marzo, cuando todavía estudiaba para la prueba de admisión y mi único plan para el verano era pasar las tardes encerrado con los libros. Mis padres me dejaron solo en la casa de la esquina, la más pequeña del barrio cerrado, mientras ellos terminaban de vender el departamento en el sur. Diecinueve años, una bicicleta y una calle larga de casas iguales con jardines demasiado perfectos. No imaginé que esas casas guardaran lo que guardaban.
Las mujeres del condominio eran otra cosa. Maduras, casadas, aburridas de maridos que llegaban tarde y se dormían frente al televisor. Las veía caminar hacia el club, con esos cuerpos trabajados a fuerza de gimnasio y horas muertas, y entendí muy pronto que ninguna me miraba como a un niño. Me miraban como se mira algo que todavía no se decide si se va a probar.
La que más me intrigaba era Mariela. Vivía tres casas más allá, casada con Bustos, un hombre seco que dirigía un grupo religioso del centro y que rezaba en voz alta antes de cada comida. Ella era rubia, de labios carnosos y unos ojos azules que parecían disculparse por adelantado. Tenía las tetas más generosas que había visto en mi vida, dos pechos pesados que ni el vestido más recatado podía disimular, y una manera de moverse, contenida, como de quien aprendió a esconder el cuerpo después de haberlo mostrado demasiado.
Lo supe por casualidad, una tarde en que la ayudé a bajar las bolsas del auto.
—¿Sabes que yo antes trabajaba en el cine? —me dijo, sin venir a cuento, mientras buscaba las llaves.
—¿Actriz?
—Algo así. —Sonrió de lado—. Hace mucho. Otra vida.
Esa noche busqué su nombre real en internet y no encontré nada. Probé con apodos, con seudónimos, y al tercer intento di con ella veinte años más joven, en portadas de películas que ya nadie alquilaba. Mariela Rebolledo no había sido cualquier actriz. Había sido la actriz, durante una temporada corta y feroz, antes de casarse con Bustos y desaparecer del mapa para siempre. En las carátulas la vi arrodillada con la boca abierta, con dos vergas apuntándole a la cara, con el culo levantado sobre una mesa y una sonrisa que decía que le encantaba lo que le estaban haciendo.
No le dije nada. Pero algo cambió en cómo me saludaba, como si ella también supiera que yo ya sabía.
Durante las semanas siguientes el juego se volvió costumbre. Me prestaba un libro y dejaba los dedos un segundo de más sobre los míos. Me preguntaba por la prueba de admisión con una voz demasiado suave para una vecina cualquiera. Una tarde me la crucé en la piscina del club, con un traje de baño negro entero que cubría todo y sugería más que cualquier bikini, y me sostuvo la mirada hasta que fui yo el que tuvo que apartarla. Bustos la esperaba en una reposera, leyendo la Biblia, sin levantar la vista ni una sola vez. Entendí que él hacía años que había dejado de mirarla, y que ese descuido era una puerta abierta de par en par.
***
El calor llegó de golpe a fines de noviembre. Una de esas mañanas en que el asfalto temblaba antes de las once, saqué a Duque, el labrador viejo que cuidaba para los vecinos del fondo, y lo llevé hasta el parque que rodeaba la iglesia, al borde del condominio. A esa hora no había nadie. Solté la correa y el animal se fue a olfatear las raíces de los árboles mientras yo me sentaba en una banca a la sombra, abanicándome la polera negra que ya se me pegaba a la espalda.
—Pensé que habías ido más lejos.
Mariela se sentó a mi lado sin dejar espacio en el medio. Llevaba un vestido liviano de verano y un pañuelo claro que le cruzaba los hombros. Olía a algo dulce y caro.
—Su marido la va a echar de menos —le dije.
—Le dije que iba al almacén. No tengo mucho rato.
Miré alrededor. La calle estaba vacía, la misa todavía no terminaba, el parque era nuestro. Apoyé la mano en su muslo, casi para probar hasta dónde llegaba el atrevimiento, y ella no la apartó. La subí despacio por debajo del vestido, sintiendo la piel tibia, hasta que los dedos rozaron el borde de una tanga fina y húmeda. Ella soltó el aire de golpe y separó un poco las piernas.
—Estás mojada —le dije.
—Vine mojada desde casa —murmuró—. Me metí los dedos antes de salir, pensando en esto.
—Sé quién eras —le dije por fin.
Mariela soltó el aire despacio. No pareció sorprendida. Más bien aliviada, como quien deja en el suelo un bolso pesado que cargó demasiados años.
—Lo supe el día que me ayudaste con las bolsas. La forma en que me miraste. —Se rió, bajito—. Hacía mucho que nadie me miraba así. Bustos no me coge hace quince años. Ni me toca. Se persigna si me ve salir de la ducha.
—¿Y lo extrañas?
—Extraño otra cosa. —Se mordió el labio—. Extraño una polla dura en la boca. Extraño que me llenen. Extraño correrme sin sentir culpa después.
Me levanté y la tomé de la muñeca. Ella se dejó llevar, a tropezones, hasta el árbol más grande, el que nos cubría de la calle con su sombra ancha. Apoyé la espalda en el tronco y la miré. Mariela negó con la cabeza, incrédula, una sonrisa nueva abriéndose en su cara, y se dejó caer de rodillas sobre el pasto sin que yo se lo pidiera.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Lo que vine a hacer. —Levantó la vista—. ¿Vas a guardar esto?
Saqué el teléfono y apunté hacia ella. No por nada en particular; lo hice porque sentí que ella lo quería, que necesitaba una cámara delante para volver a ser quien había sido.
—Yo ya no soy de esas —dijo, mirando directo al lente, con una sonrisa que contradecía cada palabra.
—¿De qué?
—De las que graban. De las que se dejan filmar chupando pollas en un parque.
—Pues parece que hoy sí.
Sus dedos fueron solos al cierre de mi pantalón. Lo bajó despacio, con una destreza que no se improvisa, una memoria que el cuerpo guarda aunque la cabeza prometa olvidar. Bajó también el calzoncillo hasta la mitad de los muslos y mi verga saltó dura, hinchada, casi golpeándole la cara. Cuando me vio así, sus ojos se abrieron y por un segundo dejó de actuar. Se le escapó un suspiro de verdad.
—Veinte años —murmuró, casi para ella misma—. Veinte años rezando antes de comer. Dios mío qué polla más rica.
—Chupa —le dije, y le di un golpecito suave en la mejilla con la punta.
Asintió rápido, como una alumna aplicada, sacó la lengua y me la pasó primero por los huevos, de abajo hacia arriba, larga, chata, mojándome entero desde la base hasta el glande. Después abrió la boca y se la metió de una sola vez, hasta el fondo, sin arcada, sin dudar. El calor de esa boca me subió por la espalda y tuve que afirmarme en el tronco. Ella sostenía la base con firmeza mientras la cabeza se movía en círculos, sin prisa, saboreando, los ojos cerrados primero y después abiertos, clavados otra vez en la cámara, como si del otro lado hubiera millones de personas y no solo yo y el labrador dormido a unos metros.
—Despacio —pedí, y obedeció.
Se la sacó de la boca con un sonido húmedo, un hilo grueso de saliva colgándole del labio hasta la punta de mi glande. Se limpió la comisura con el dorso de la mano y tomó aire. Tenía las mejillas encendidas y el peinado prolijo empezaba a soltarse.
—No tienes idea de cuánto extrañaba esto —dijo, dándome cachetazos suaves en la cara con mi propia polla—. Bustos cree que el cuerpo es algo de lo que hay que avergonzarse. Que la boca es para rezar. Yo me casé creyendo lo mismo. Estuve quince años creyéndolo, tragando saliva cada vez que quería tragar semen.
—¿Y ahora?
—Ahora me arrodillé en un parque a chupártela a plena luz del día. —Soltó una risa ronca—. Algo se rompió, parece.
Se abrió los primeros botones del vestido y sacó las tetas. Dos tetas enormes, blancas, con pezones rosados y duros que apuntaban al cielo. Me tomó la verga con las dos manos y me la metió entre ellas, apretándolas contra mí, mientras la cabeza volvía a bajar para lamerme la punta cada vez que asomaba entre la carne blanda de sus pechos.
—Cógeme las tetas —jadeó—. Fóllamelas fuerte. Bustos jamás me tocó las tetas así.
Empujé, apretándole los pezones con los pulgares, mientras ella escupía sobre mi glande para lubricar todo, y la escena era una obscenidad completa: la esposa del predicador de rodillas bajo un árbol, con las tetas afuera y una polla desconocida deslizándose entre ellas, filmada por el mocoso del condominio. Volvió a bajar la cabeza. Esta vez fue más profundo, más entregado, tragándomela entera hasta que la nariz le tocó mi vientre y los ojos se le llenaron de lágrimas. Una técnica que solo dan los años y un talento que el matrimonio no había logrado apagar del todo. La rubia que veinte años atrás llenaba portadas seguía ahí, debajo de la esposa del predicador, esperando que alguien le abriera la puerta.
—Mírame —le dije, y levantó la vista sin detenerse.
Sus ojos azules me sostuvieron la mirada mientras la garganta le trabajaba en la base de mi verga, aguantando la respiración, dejándome llegar hasta el fondo. Había algo casi triste en esa entrega, y al mismo tiempo algo triunfal, como si recuperara de un solo golpe todo lo que había guardado bajo llave. La sentí gemir con la boca llena, un ronroneo que le subió desde el pecho y me vibró en toda la polla, y supe que ya no actuaba para nadie. Lo hacía para ella. Con una mano se levantó el vestido y se metió los dedos en el coño, y los oí chapotear, mojados, mientras la otra mano me apretaba los huevos con la firmeza justa.
—Estás toda mojada —jadeé—. Te vas a correr chupándomela.
Asintió con la boca llena, cerrando los ojos, y de pronto la sentí temblar entera. Se corrió así, arrodillada en el pasto, con mi verga hasta la garganta y los dedos hundidos en el coño, gimiendo largo, ahogado, sin soltarme ni un segundo. La saliva le caía por el mentón hasta las tetas y le brillaba en los pezones.
—No voy a aguantar mucho —le advertí.
Asintió con los ojos. No se apartó. Sacó la lengua, se apoyó mi glande justo en el centro, y me la agitó con las dos manos, mirando fijo a la cámara.
—Córrete en mi boca —susurró—. Córrete todo en mi boca, mocoso. Llename como debía haberlo hecho ese hijo de puta durante quince años.
Y aceleró, y me metió la verga hasta el fondo, y cuando llegué al borde me sostuvo firme, sin soltarme, recibiendo el primer chorro directo en la garganta con una calma de profesional que llevaba dos décadas sin ejercer. Se la sacó a tiempo para que el segundo le cayera sobre la lengua, blanco, espeso, y lo dejó ahí, abriendo la boca para la cámara. Otro chorro le manchó la mejilla, otro le cruzó la barbilla y le bajó por el cuello hasta los pechos, y el último le cayó en el pezón derecho, donde quedó colgando como una gota gruesa. Solo al final cerró los párpados y se relamió, tragándose todo lo que tenía en la boca, saboreándolo, sonriendo, manchando apenas el borde del pañuelo claro que le colgaba del hombro.
—Y corte —dije, agitado, bajando el teléfono.
Mariela se rió. Una risa limpia, larga, que no parecía haber soltado en años. Se quedó de rodillas un momento, pasándose un dedo por la mejilla, recogiendo el semen que le chorreaba y llevándoselo a la boca, mirándose la mano como quien reconoce un objeto perdido.
—Dios —murmuró, chupándose los dedos uno a uno—. Hacía tanto. Había olvidado el gusto.
***
Se arregló el peinado con la cámara frontal de su propio teléfono, se acomodó las tetas dentro del vestido, se abrochó los botones y se sacó el pañuelo manchado para guardarlo en la cartera. En menos de tres minutos volvió a ser la señora discreta del condominio Los Robles, la esposa del hombre que rezaba antes de comer. Solo los ojos seguían distintos, más vivos, y una gota de mi corrida le brillaba todavía en la comisura de los labios hasta que se la limpió con la lengua.
—¿Vas a subirlo a algún lado? —pregunté, medio en broma.
—No sé. —Me miró de reojo, traviesa—. Tengo una cuenta vieja, sin nombre, sin cara. Nadie sabría que soy yo. —Se mordió el labio—. ¿Te molestaría?
—Me parece un desperdicio que algo así lo veamos solo nosotros dos.
Me senté en la banca mientras ella se reponía y la miré con otros ojos. No era la esposa sumisa que saludaba con un gesto desde el portón, ni la mujer que bajaba la vista cuando su marido alzaba la voz. Era alguien que había tenido una vida entera antes de Bustos, un cuerpo celebrado por miles de desconocidos que se habían masturbado con ella en la penumbra de los videoclubes, y que durante veinte años se había convencido de que aquello era un pecado que purgar. Verla reírse así, despeinada y con el sabor de mi semen todavía en la boca, era como ver a una mujer salir de un encierro largo y respirar por primera vez.
Le brillaron los ojos. Era una mujer de casi cuarenta años a la que acababan de devolverle algo que creía enterrado, y la idea de un público invisible masturbándose con ella la encendía más que cualquier otra cosa. Entendí, en ese momento, que yo no le había dado nada que ella no tuviera ya. Solo había sostenido la puerta abierta el tiempo suficiente para que se animara a pasar.
—Mi marido vuelve a las ocho —dijo, poniéndose de pie y sacudiéndose el pasto de las rodillas—. ¿Mañana sacas al perro a la misma hora?
—Todos los días.
—Bien. —Me dio un beso corto en la comisura de la boca, casi casto comparado con todo lo anterior, dejándome sentir el sabor salado de mí mismo en sus labios—. Quizá la próxima traiga a una amiga. Carla también se aburre. Y a ella le gusta mirar mientras se toca.
La vi alejarse por el sendero hacia las casas, el andar recompuesto, el pañuelo manchado a salvo en la cartera, saludando con la mano a una vecina que regaba el jardín. Duque se despertó, se desperezó y volvió trotando hasta mí. Me senté otra vez en la banca, todavía con el teléfono caliente en la mano y la verga a medio ablandar dentro del pantalón, y entendí que ese verano no lo iba a pasar encerrado con los libros.
El calor recién empezaba, y el condominio Los Robles tenía muchas casas iguales, con jardines demasiado perfectos, y detrás de cada puerta una mujer que llevaba demasiado tiempo esperando que alguien la mirara como yo había mirado a Mariela.





