Seduje a mi profesor para aprobar a mi novio
Me llamo Camila y, si soy honesta, lo que voy a contar es de lo más cliché. Tenía veintipocos años, estudiaba en una universidad pública de Guadalajara y siempre llamé la atención por mi forma de hablar y porque me gustaba arreglarme. Cuidaba cada detalle: la ropa, el cabello, el pequeño dije que me colgaba sobre el pecho.
Soy delgada, alta, con el trasero redondo y firme. Tengo cuerpo atlético y los pechos medianos, parados, con los pezones apuntando un poco hacia arriba. Lo digo sin pudor porque esa tarde todo eso jugó a mi favor.
La historia ocurrió cuando cursaba los primeros semestres. Llevaba una carga de materias brutal y, encima, trabajaba medio tiempo de cajera en un restaurante de comida rápida. Llegaba a casa muerta cada noche. Por más que intentaba ponerme al día, había semanas en las que el cuerpo simplemente no daba más.
Era temporada de calificaciones finales. Yo estaba bastante segura de que pasaría todo, aunque fuera raspando con un seis. No había sido mi mejor semestre, pero tampoco el peor. Esa tarde estaba con mi novio, Mauricio, sentados en una banca del campus.
Ya se olía el fin de semana en el aire. Él me había invitado a una cabaña de sus papás, en las afueras de la ciudad, y yo estaba feliz. Llevaba meses sin salir de Guadalajara y necesitaba desconectarme aunque fuera un par de días.
—El profe Aníbal ya subió las calificaciones —comentó Mauricio, con la vista clavada en el teléfono.
La clase del profesor Aníbal era de las más difíciles de toda la carrera. Yo había estado nerviosa justo por esa nota. Saqué mi celular, abrí la aplicación y, antes de mirar, recé en silencio por no estar reprobada.
Un 7.8.
—¡Sí! Pasé —brinqué de alivio, con una sonrisa enorme.
—Carajo. Yo no.
Volteé a verlo y encontré pánico puro en sus ojos castaños. Si reprobaba esa materia, sumada a las otras dos que ya traía colgando, tenía que repetir el semestre entero.
—Estoy jodido, Cami. Tronaron Humanidades y contabilidad. No sé qué voy a hacer.
—Tranquilo, amor. Algo se nos ocurrirá. ¿En qué te puedo ayudar?
Negó con la cabeza y se quedó callado, derrotado. El profesor Aníbal era un hombre de unos cuarenta y tantos, de esos que creen que su materia es la columna vertebral de la carrera. Era casi imposible pasarla sin tener su simpatía. Y eso era exactamente lo que yo tenía.
—Si quieres, voy a hablar con él. Acuérdate que siempre participaba en clase, y una vez me dijo que lo que necesitara, él me ayudaba.
La verdad es que no había sido tan inocente como sonaba. Aníbal era buen maestro, sí, pero no podía disimular la forma en que me coqueteaba ni cómo me recorría el cuerpo con la mirada. Yo conocía bien esa mirada, la que me dedicaba cada vez que me despedía de él en el aula. Le gustaba. Y eso lo podía usar a mi favor.
—¿En serio harías eso por mí? Sabes que no te lo pediría si de verdad no lo necesitara.
Asentí con una sonrisa, sin decir palabra.
—No te preocupes. Déjame hablar con él, a ver si te da algún trabajo extra. Pero no vengas conmigo, que a ti no te traga.
Mauricio me agradeció mil veces y se fue tranquilo, sin sospechar nada. Yo me encaminé hacia el aula del profesor, que por suerte quedaba apartada del resto, al final de un pasillo larguísimo y desierto. Me asomé. Ahí estaba, revisando unos papeles con el ceño fruncido.
—Buenas tardes, profe. ¿Cómo está?
Levantó la mirada y, al verme parada en el marco de la puerta, su expresión cambió por completo. Recorrió mis piernas descubiertas y subió despacio hasta el escote de mi blusa.
—Camila. Qué gusto verte. ¿Cómo andas?
Me acerqué a su escritorio y me apoyé en el borde. Fingí preocupación y jugué con el dije que colgaba entre mis pechos, sabiendo perfectamente hacia dónde iba a parar su atención.
—Un poco angustiada, profe. Verá, mi novio Mauricio no es muy bueno para el estudio y reprobó su clase. Está destrozado, y la verdad yo también.
El hombre no era feo. Tenía algunas canas en las sienes y una barriga discreta que se escondía tras el saco, pero conservaba cierto porte. Se recargó en su silla y me sonrió con calma.
—Ah, sí. El joven Domínguez. Ese muchacho no da una. No sé muy bien qué podría hacer yo por él.
Como sin darle importancia, deslizó una mano por una de mis piernas. Me mordí el labio y le sostuve la mirada. Tomé ese gesto como la invitación que era. Me incliné un poco más y bajé la voz.
—Yo sé que me va a ayudar, profe. Porque se muere de ganas de cogerme.
Soltó una risa baja y asintió, ya sin disimular nada. Me senté en el centro del escritorio, frente a él, y abrí las piernas despacio, dejando ver la fina tela que apenas me cubría.
—Mira nada más, Camila. Mira qué bonita. Yo te voy a enseñar lo que es estar con un hombre de verdad.
Empezó a tocarme por encima de la tela. La hizo a un lado y me acarició lento, con dos dedos que se movían en círculos. Yo ya estaba mojada. Cerré los ojos y me dejé llevar; cuando los abrí, él estaba de pie frente a mí.
Acercó su cara a la mía y nos besamos. Abrí la boca y le succioné la lengua, caliente y húmeda, mientras me hundía un dedo y yo ahogaba un gemido contra sus labios.
—Estás calientita, calientita. Tenía ganas de besar esa boca desde hace mucho.
Lo rodeé con los brazos y lo atraje hacia mí. Cuando me faltó el aire, le di un empujoncito suave en el pecho y volvió a sentarse en la silla, mirándome aturdido. Yo le sonreí.
Me bajé del escritorio y me arrodillé entre sus piernas. Él entendió de inmediato lo que venía y su sonrisa se ensanchó. Le bajé el cierre del pantalón, tiré del elástico y su verga salió de un tirón, ya dura.
Era gruesa, aunque no muy larga. Me acerqué y empecé a chupársela.
—Ay, Camila.
Primero me la metí entera en la boca. Tenía un sabor salado que no me molestó. Empecé por la punta, hinchada y rosada, pasando la lengua por la ranura. Después la engullí toda, saboreándola, recorriendo cada vena con la punta de la lengua hasta la base.
Sentía el líquido tibio asomando de la punta. Así estuve varios minutos, sacándola y metiéndola, mientras con la otra mano le masajeaba los testículos. Luego escupí un poco de saliva sobre el tronco y empecé a masturbarlo mientras me metía un testículo a la boca.
Él me sujetó la cabeza con una mano y la acarició, marcándome el ritmo, pidiéndome más sin palabras.
Cuando terminé con los dos testículos, le di una última chupada al glande. Al apartarme, un hilo de saliva todavía unía mis labios con su punta enrojecida. Lo miré desde abajo, sonriendo.
—Deliciosa —murmuré.
—Ven acá. Necesito cogerte ya.
Me ayudó a ponerme de pie. Me acomodó contra el escritorio y me subió una pierna sobre el mueble. Me levantó la falda, hizo mi tanga a un lado y me penetró de una sola embestida.
El placer me recorrió entera. Estaba tan mojada, y su verga tan resbalosa por mi saliva, que entró sin esfuerzo. Me recargué en su pecho, sintiéndolo muy adentro, mientras él empezaba a embestirme con fuerza y rapidez.
Era tan intenso que ese nudo conocido se me iba apretando en el vientre poco a poco. Gemía bajito, mordiéndome la lengua para no gritar cada vez que su mano me caía en una nalga.
—Qué buena estás, carajo. ¿Te gusta, verdad? Así se siente un hombre de verdad.
Gemí más fuerte. Le pedía que fuera más rápido, pero a esa velocidad no terminaba de alcanzar el punto exacto que yo necesitaba. Me incliné por completo sobre el escritorio y entonces bajó el ritmo, pero me embistió más profundo, más duro.
Empecé a tocarme el clítoris en círculos, hinchado y resbaloso, y sentí cómo me metía dos dedos en el ano.
—¿Te gustan mis dedos ahí? ¿Sí, mi traviesa?
Asentí con desespero, sintiendo el orgasmo cada vez más cerca. Él me embistió todavía más fuerte y, en algún punto, todo se rompió. Gemí sin importarme si alguien me escuchaba en ese pasillo vacío. El cuerpo me tembló entero y un poco de fluido mojó el cristal del escritorio.
Sentí cómo su verga se hinchaba y se vaciaba dentro de mí, caliente, hasta la última gota. Exhaustos, nos quedamos quietos unos segundos, él aún adentro, los dos respirando agitados.
Cuando recuperé un poco la cordura, me incorporé y volteé a verlo con una sonrisa.
—Qué bien coges, condenada Camila —dijo él, todavía sin aliento.
Me reí por lo bajo. Me acomodé la falda y después el cabello, recuperando la compostura como si nada hubiera pasado.
—Si por mí fuera, ahorita mismo te lo daba por atrás, pero ya no me quedan fuerzas —agregó, guardándose la verga en el pantalón.
Mi sonrisa se hizo más amplia.
—Ay, profe. Otro día lo dejo hacerme un anal. ¿Entonces sí me lo va a ayudar?
Se acercó, me tomó de las caderas y me dio un último beso, terminando con una lamida lenta sobre mis labios.
—Claro que sí, Camila. Tenga por seguro que el joven Domínguez está más que aprobado. Todo gracias a su novia.
Rodé los ojos y me limpié con un dedo el rímel que de seguro traía corrido. Recogí mi bolso, me revisé en el reflejo del cristal y caminé hacia la puerta como si saliera de una tutoría cualquiera.
—Lo que una hace por amor, ¿verdad? —dije, y salí al pasillo desierto.
Mauricio me esperaba afuera, ansioso. En cuanto me vio, se levantó de golpe.
—¿Y? ¿Qué te dijo?
—Que no te preocupes —sonreí, acomodándome el cabello una última vez—. Quedó todo arreglado. Ya vámonos a esa cabaña, que me lo gané.





