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Relatos Ardientes

El hombre maduro de la barra me llevó a su cama

Todavía no entiendo del todo qué me pasó esa noche, y la verdad tampoco quiero entenderlo. Cada vez que lo pienso vuelvo a sentir el calor subiéndome por la espalda. Lo único que sé con certeza es que quiero repetirlo.

Tengo veintinueve años, una rutina que me aburre y una larga lista de hombres de mi edad que me dejaron con la sensación de que faltaba algo. Esa noche había salido sin esperar nada. Solo quería un trago, un poco de música y no escuchar el silencio de mi departamento vacío un sábado más.

Se llamaba Damián, o por lo menos eso me dijo. Nunca le pregunté la edad exacta, pero no hacía falta: el pelo plateado cortado al ras, las manos grandes con las venas marcadas y esa voz grave que retumbaba como si hablara desde el pecho lo decían todo. Le calculé unos cincuenta y tantos, quizá más. Me miraba con una calma absoluta, como un hombre que ya vivió de sobra y no tiene nada que demostrarle a nadie.

Y eso, justamente eso, fue lo que me desarmó. Estaba cansada de los nervios torpes, de las prisas, de los que necesitaban presumir. Él no presumía nada. Simplemente sabía.

Lo conocí en un bar escondido en una callecita del centro, uno de esos lugares con luz baja y música suave que parece diseñado para que la gente se equivoque. Yo había salido sola, aburrida, con un vestido negro corto que se me subía cada vez que cruzaba las piernas. Llevaba dos tragos de más y ninguna intención clara, solo ganas de no estar en casa.

Él estaba en la barra, solo, con un whisky entre las manos. Me senté a su lado sin pensarlo demasiado. Empezamos a hablar de cualquier cosa: el calor, lo caro que estaba todo, lo difícil que era encontrar un buen bar tranquilo. Pero sus ojos no se quedaban en mi cara. Bajaban despacio por mi cuello, por el escote, por los muslos, y volvían a subir sin ninguna prisa, como si me estuviera midiendo centímetro a centímetro.

Cada vez que su mirada bajaba, yo sentía que el vestido pesaba menos. Me acomodé el pelo, crucé y descrucé las piernas, fingí mirar las botellas detrás de la barra. Él notaba cada uno de mis gestos y los dejaba pasar con una paciencia que me ponía cada vez más nerviosa.

—¿Sabes lo que más me gusta de las mujeres como tú? —me dijo de pronto, acercándose apenas—. Que creen que disimulan.

Me reí para esconder el calor que me subió a la cara. No supe qué contestar, así que bebí un trago largo y dejé que el silencio hablara por mí.

—¿Vienes mucho por acá? —me preguntó, aunque era evidente que la respuesta le daba igual.

—Primera vez —dije, y le sostuve la mirada más de lo que una mujer prudente debería.

—Se nota —respondió, con media sonrisa—. Tienes cara de estar buscando algo que todavía no encontraste.

Y vaya si tenía razón.

No recuerdo bien cómo terminamos en el ascensor de su edificio. Sé que en algún momento pagó las dos cuentas sin preguntarme, me ofreció el brazo y yo lo tomé como si fuera lo más natural del mundo. Caminamos dos cuadras en silencio bajo la luz anaranjada de los faroles, y cada paso me latía en el cuerpo como una cuenta regresiva.

Recuerdo la mano firme en mi nuca, el espejo a mi espalda, el modo en que me besó apenas se cerraron las puertas: lento, profundo, con la lengua tomándose todo el tiempo del mundo, como si la noche le perteneciera. La otra mano me subía el vestido sin pedir permiso. Yo ya estaba temblando, mojada desde antes de que me tocara de verdad.

—Tranquila —me susurró contra los labios, sintiendo cómo me agitaba—. No tengo ningún apuro contigo.

***

Cuando entramos al apartamento no encendió todas las luces. Solo dejó una lámpara del pasillo prendida, lo justo para que todo quedara en penumbra dorada. Me empujó con suavidad contra el respaldo del sofá de cuero y se arrodilló entre mis piernas sin decir una palabra. Me las abrió con esas manos enormes y se quedó mirándome unos segundos eternos, como quien admira algo antes de probarlo.

—Qué ganas tenía de verte así —murmuró, con la voz ronca pegada a mi muslo.

No me quitó la ropa interior. La corrió a un lado con dos dedos y bajó la boca directo, sin rodeos. Empezó despacio, recorriéndome entera de abajo hacia arriba, deteniéndose en el punto exacto con una succión suave que me hizo arquear la espalda contra el sofá. Después se volvió más hambriento. Apretaba la lengua, entraba, salía, volvía a chupar hasta que se me escapaban gemidos que no sabía que tenía dentro.

Le agarré el pelo plateado con las dos manos y le empujé la cara contra mí.

—No pares —le pedí, casi sin aire—. Por favor, no pares.

No paró. Me vine en su boca en cuestión de minutos, con las piernas temblando y el corazón a punto de salírseme. Él siguió ahí, lamiendo despacio, recogiendo cada espasmo como si no quisiera desperdiciar nada.

Se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró con una sonrisa ladeada que me derritió.

—Ahora te toca a ti —dijo, y se dejó caer en el sofá con la misma elegancia con la que se había sentado en la barra horas antes.

Me quedé un segundo de rodillas en el piso, recuperando el aliento, mirándolo. La luz del pasillo le dibujaba las líneas de la cara, las canas, la sonrisa tranquila. Pensé en lo absurdo de la situación: una mujer de mi edad, derretida frente a un desconocido que podría haber sido mi padre, y sin embargo nunca me había sentido tan en mi lugar.

Se abrió el pantalón con una calma que me ponía más nerviosa que cualquier prisa. No era exageradamente largo, pero sí grueso, pesado, con la punta ya húmeda. Me arrodillé entre sus piernas como si me hubieran hipnotizado. Lo tomé con las dos manos porque en una sola no me cabía y empecé a lamerlo desde la base, despacio, mirándolo a los ojos todo el tiempo.

—Así, preciosa —me decía bajito, acariciándome el pelo—. No tengas prisa. Tenemos toda la noche.

Me lo metí hasta donde pude, hasta sentir que llegaba al fondo de la garganta. Subía y bajaba, perdiendo la vergüenza con cada movimiento, escuchándolo respirar cada vez más hondo. Había algo en su control, en cómo dejaba que yo marcara el ritmo sabiendo que en cualquier momento podía recuperarlo, que me volvía completamente loca.

De vez en cuando me detenía la cabeza con la mano, no para apurarme, sino para mirarme. Me observaba desde arriba con los párpados pesados y una media sonrisa, como si quisiera grabarse cada detalle de mi cara en ese momento. Nunca un hombre me había mirado así, con esa mezcla de deseo y paciencia, y juro que esa mirada me ponía tanto como sus manos.

—Eres increíble —murmuró—. Pero todavía no terminamos.

***

De golpe me levantó del piso como si no pesara nada. Me llevó hasta el dormitorio y me dejó boca abajo sobre la cama. Me subió el vestido hasta la cintura, me sacó la ropa interior de un solo tirón y me dio una palmada firme que me arrancó un grito y una carcajada al mismo tiempo.

—Abre las piernas, mi amor —me dijo al oído—. Déjame verte bien.

Sentí la punta empujando en la entrada. Entró despacio pero sin detenerse, abriéndome de a poco, llenándome de esa manera lenta y profunda que solo conoce alguien que ya no tiene nada que apurar. Gemí fuerte contra la almohada. Cuando estuvo todo adentro se quedó quieto un instante, dándome tiempo a acostumbrarme, y recién entonces empezó a moverse: salía casi por completo y volvía a entrar de un solo empujón firme.

Me apoyó una mano en la espalda baja y con la otra me sostenía de la cadera, marcando un ritmo que no era rápido ni brusco, pero que llegaba más hondo que cualquier otro. Cada embestida me sacaba un sonido distinto de la garganta. Yo, que siempre fui de las que fingen un poco para no quedar mal, esa noche no tuve que fingir nada.

—¿Te gusta así? —me preguntó, agarrándome de la cadera—. ¿Te gusta lo que sabe hacer un hombre con experiencia?

Yo solo podía gemir y empujar hacia atrás, pidiéndole más sin palabras.

Me puso en cuatro, me tomó del pelo con una mano y empezó a embestir más fuerte. El sonido de la piel contra la piel llenaba el cuarto, y cada golpe me hacía cerrar los ojos. Me deslizó un dedo despacio, jugando con el otro lugar, mientras seguía moviéndose dentro de mí, y ahí terminé de perder por completo la cabeza. Le rogué que no parara, que me diera todo, que siguiera hasta el final.

Me vine otra vez, apretándolo tan fuerte que lo sentí gruñir contra mi nuca. Fue distinto a todo lo que conocía: no un cosquilleo rápido y olvidable, sino una ola larga que me recorrió de los pies a la cabeza y me dejó sin fuerzas, con la cara hundida en las sábanas y las piernas temblando solas. Pero él no había terminado conmigo.

Me dio la vuelta, me abrió las piernas y se acomodó sobre mí mirándome a la cara, queriendo ver cada gesto. Cuando ya no aguantó más se retiró, y unos segundos después sentí el calor cayéndome encima, en el cuello, en el pecho, mientras yo todavía jadeaba con el cuerpo entero vibrando.

Nos quedamos un rato en silencio, los dos mirando el techo, mi respiración recuperándose de a poco. Afuera se escuchaba el rumor lejano de la calle, algún auto, una sirena perdida. Adentro solo estábamos él, yo y el olor a sudor y a whisky flotando en la penumbra.

Se dejó caer a mi lado, respirando pesado, y me pasó el brazo por encima como si nos conociéramos de toda la vida.

—Esto recién empieza —me dijo al oído, con esa misma voz tranquila de la barra—. Mañana te despierto con el café, y después seguimos donde lo dejamos.

Yo, todavía temblando, con el corazón galopando y una sonrisa que no podía controlar, giré la cabeza y le contesté:

—Tráeme el café primero, entonces. Que esto se está poniendo demasiado bueno como para apurarlo.

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Comentarios(5)

MaduroSur

que calor!!! muy bueno el relato

FedeK_89

Se hizo cortisimo... hay segunda parte? quede con ganas de saber como siguio despues

SilvinaCordoba

Ese tipo de miradas que lo dicen todo sin decir nada... ay. Muy bien escrito, lo lei de corrido

Cande_bsas

Lo que mas me gusto es como empieza, con ese detalle de los dos tragos. Se siente real y no forzado

RamonLect

Excelente!!

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