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Relatos Ardientes

Sabía que alguien nos miraba desde el edificio de enfrente

No era la primera vez que recibía a Adrián en mi casa, y sin embargo esa tarde temblaba como una novata. Había algo en profanar la cama que compartía con mi marido que resultaba tan morboso como peligroso, y yo me había vuelto adicta a esa mezcla.

Empiezo por el principio. Me llamo Renata, tengo cuarenta y cuatro años y una hija de veintiuno que estudia lejos, fruto de mi matrimonio con Gabriel. Sí, estoy casada. Y no, eso nunca me ha frenado.

A mi edad he perdido parte de la frescura de los veinte, pero he ganado otra cosa: el aplomo, la calma de saber exactamente lo que quiero y cómo conseguirlo. No soy alta, apenas llego al metro sesenta, pero he aprendido a llenar cualquier habitación sin necesidad de tacones. Tengo los ojos color miel y el pelo castaño, largo, sin tintes, esa melena que tanto trabajo me cuesta cuidar y que tan buena recompensa me da cuando una mano firme tira de ella.

A Adrián lo conocí hacía casi un año. Es el comercial que surte de papel y material a la oficina donde trabajo, el que vino a sustituir al que se jubiló. Tiene veintiocho años, una sonrisa de canalla y una manera de mirar que no pide permiso. Lo supe el primer día, en cuanto cruzó la puerta y sus ojos no se apartaron de mí ni cuando lo enfrenté con los míos. Se mordió el labio inferior, despacio, y yo sentí un latigazo entre las piernas.

Es alto, delgado y fibroso, moreno, con el pelo corto siempre revuelto como si acabara de levantarse. Manos grandes, firmes y a la vez suaves. Una boca hecha para besar y dejarse besar. Todo en él era una invitación, y yo nunca he sabido rechazar una buena invitación.

Gabriel, mi marido, pasa mucho tiempo fuera de casa por su trabajo. Eso me deja un margen amplio para mis caprichos. Esa tarde, sin embargo, no estaba de viaje. Esa tarde el plan era otro, aunque Adrián todavía no lo sabía del todo.

***

Adrián llegó puntual, a las siete. Llamó al videoportero como siempre lo hace, con tres toques cortos, y yo corrí a contestar comprobando en la pantalla que venía tan irresistible como de costumbre. Le abrí sin hacerlo esperar. No me gusta esperar, y a mí tampoco me gusta que me esperen.

Para la ocasión había elegido un conjunto de encaje blanco, braga y sujetador de transparencias generosas, y encima una bata corta del mismo tono, ligera como un suspiro. Me había calzado unos estiletos negros, en parte para disimular la diferencia de altura, en parte porque sabía que los tacones lo enloquecían.

Abrí la puerta cubriéndome con la hoja, no fuera que algún vecino me viera recibir así a un hombre. Adrián entró, y apenas pude cerrar de una patada cuando ya tenía su boca sobre la mía, su lengua buscando la mía, sus manos recorriéndome la espalda y la cintura como si quisiera reconocer cada centímetro otra vez.

Mis manos tampoco se quedaron quietas. Le acaricié el pecho por encima del polo, marqué territorio sobre ese cuerpo que me calentaba de un modo que no recordaba en mucho tiempo. Un par de minutos después nos separamos, sin aire.

—Vas a ahogarme —le dije, sin dejar de mirar el bulto que le tensaba el pantalón.

—Antes de que lo hagas, pienso bajar mi boca hacia tus otros labios —respondió con esa chulería que tanto me gustaba.

—Si no me matas de asfixia, me matarás de placer —contesté, acariciándole sin pudor por encima de la tela.

Volvimos a besarnos, esta vez encaminándonos despacio hacia el dormitorio. Hicimos una parada en el salón. Sin decir palabra, Adrián me hizo girar sobre mí misma, me sujetó el pecho con una mano y con la otra me acarició las nalgas por encima de la bata, primero con suavidad y luego con firmeza. Cerró la caricia con una palmada sonora.

El golpe me dejó una mezcla divina de escozor y placer. El muy canalla sabía exactamente qué hacer para encenderme más.

***

Cuando me soltó, volví a girarme para besarlo y bajé la mano hacia su entrepierna. Ya estaba duro, y se adivinaba un tamaño más que generoso. Lo fui empujando con el cuerpo hacia el dormitorio, porque en mi terreno también me gusta mandar, aunque sea un poco, y lo dejé caer sobre la cama dispuesta a devorarlo.

Le quité las zapatillas y los pantalones mientras él se deshacía del polo. Lo lanzamos todo a los pies de la cama. Ahí quedó, con el pecho desnudo, el vientre liso y la dureza apenas contenida bajo un bóxer oscuro y ajustado. Cruzó las manos detrás de la cabeza, con ese gesto de espera tranquila que me provocaba tanto.

Me deslicé sobre el colchón con el culo en pompa, dejando que mis pechos, apenas sujetos por el encaje, le rozaran las piernas y el vientre. Él fingía indiferencia, como si mi roce y mi aliento no le hicieran nada, aunque la punta ya asomaba tímida por la cintura del bóxer y lo delataba.

Besé su cara, su cuello, su pecho, y fui descendiendo despacio hacia el punto al que quería llegar. Cuando mi boca estuvo a la altura justa, alcé la mirada para buscar la suya. Por fin vi en sus ojos el deseo sin máscara.

Le bajé el bóxer y lo tomé entre las manos con una especie de reverencia. Pasé la lengua por toda su longitud, despacio, desde la base hasta la punta, una vez y otra, sintiendo cómo el calor y la dureza me arrancaban la primera oleada de humedad. Después abrí la boca y lo recibí entero, succionando con ganas mientras mis dedos jugaban con todo lo demás.

Adrián soltó un gemido grave, bajó las manos a mi cabeza y enredó los dedos en mi pelo. Empecé a subir y bajar con un ritmo cada vez más profundo. Con un movimiento suave de la mano me hizo girar hasta dejarme de costado, de modo que mi cadera quedó al alcance de su mano.

Seguí entregada mientras él empezaba a explorarme, acariciando por encima del encaje cada vez más empapado, hasta que apartó la tela y deslizó dos dedos dentro de mí. El placer fue tan intenso que aceleré sin pensar, más rápido, más hondo, decidida a llevarlo al límite.

Lo sentí tensarse, a punto de perder el control. Llevé una mano a mi propio centro y, apenas un minuto después, una ola incontenible me recorrió entera. Temblé de pies a cabeza, con los ojos cerrados y la garganta queriendo gritar lo que no podía, porque la tenía ocupada.

Casi en el mismo instante, él estalló. Su cuerpo se sacudió y se vació en mi boca en sacudidas largas que apenas pude contener. Con los labios todavía llenos subí a besarlo, porque sé el morbo que le da, y no iba a negarle ese capricho.

***

Nos quedamos un rato enlazados sobre la sábana. Había retirado la colcha antes de que llegara, previsora, para no tener que dar explicaciones después. Pasados unos minutos volví a acariciarlo, y bajo mis manos recuperó el vigor con una rapidez que solo la juventud regala.

Mientras yo me ocupaba de devolverlo a la vida, él tiró de la bata para quitármela. Le ayudé y me desabroché el sujetador, liberando mis pechos. Adrián me atrajo hacia su boca y los devoró, alternando uno y otro, lamiendo y mordiendo los pezones hasta hacerme gemir y volver a empaparme.

Me coloqué a horcajadas sobre su cara, apartando el fino encaje de la braga del camino. Él hizo el resto, lamiendo y succionando con una lengua que parecía saber leerme la mente. Un estremecimiento me subió por la espalda cuando recorrió cada pliegue hasta detenerse donde más lo necesitaba, una y otra vez, pausado y constante.

Mi cuerpo empezó a moverse solo, arqueándose sobre su boca, y con una mano alcancé a acariciarlo de nuevo. Estaba a mil. Quería más, quería sentirlo dentro, llenándome por completo.

Como si me hubiera leído, me levantó sin esfuerzo y me colocó a cuatro patas sobre la cama. Se acomodó detrás de mí, me arrancó la braga de un tirón, y tras apoyarse en la entrada, empujó con todo hasta hundirse entero. Grité, no gemí, grité de puro placer.

Durante unos segundos no se movió, dejando que me acostumbrara a él. Después, con una palmada firme en cada nalga, empezó a moverse hondo, retirándose casi del todo para volver a clavarse hasta el fondo. Cerré los ojos, abrí la boca y no pude callar.

Me sujetó los pechos, apretó los pezones con una mano y con la otra usó mi pelo como rienda, tirando de mí hacia él al tiempo que embestía. No aguanté ni dos minutos más. Volví a estallar, a tocar el cielo, una descarga eléctrica que me erizó la piel entera y me dejó sin fuerzas.

Adrián siguió con todas sus ganas. Lo acompañé como pude, aunque mi cuerpo pedía tregua, hasta que sentí un calor espeso llenándome por dentro y un gruñido ronco explotó en su garganta. Sus embestidas se fueron apagando hasta que quedamos los dos tendidos, lado a lado, recuperando el aire.

***

Miré el reloj de la mesilla: las ocho y media. Adrián tenía que marcharse, y así se lo dije. Ni siquiera le dejé ducharse. Me sentí un poco egoísta, pero ese era el precio de acostarse con una mujer casada como yo, y él lo pagaba encantado.

Apenas se cerró la puerta, el teléfono vibró sobre la mesilla. Un mensaje:

—Has estado espléndida, cariño —decía.

—Gracias, mi amor. Espero que lo hayas disfrutado tanto como yo —respondí.

—Muchísimo. Pero no te duches todavía. Me queda un último regalo: subir y limpiar con la lengua todo lo que ha dejado dentro de ti.

—Eres incorregible, Gabriel —contesté.

Mi marido me escribía desde la ventana del piso de enfrente, donde había pasado la última hora con unos prismáticos y la luz apagada. Yo había dejado la cortina y la persiana del dormitorio convenientemente abiertas. Era su cumpleaños, y ese año le había preparado el regalo más original y atrevido de todos: mirar, en primera fila, cómo otro hombre disfrutaba de lo que era suyo, sabiendo que el último turno, siempre, sería para él.

Crucé el salón hacia la puerta y volví a dejar la persiana abierta. Gabriel ya estaba bajando. Esa noche, el espectáculo todavía no había terminado.

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Comentarios(5)

verano_espion

buenisimo!!! el titulo ya me atrapó antes de leer la primera linea

CarlaVR_ok

La tension de saber que alguien te observa desde afuera... dios mio. Quede pegada hasta el final sin poder parar

Dinamita_77

Ojalá hubiera una segunda parte desde el punto de vista del vecino, eso seria increible jaja

SombraDelBosque

corto pero muy potente. de lo mejor que lei en esta categoria

pablomdq33

me recuerda a un departamento que alquilamos hace años con mi ex, con las ventanas justo enfrente de otro edificio. nunca lo hicimos a proposito pero siempre tuvimos esa sospecha mutua... jaja muy buen relato

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