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Relatos Ardientes

La vecina casada y el postre que no estaba en el menú

Hay encuentros que parecen escritos de antemano, como si dos personas llevaran meses rozándose sin tocarse hasta que un fin de semana cualquiera lo cambia todo. Esto le pasó a un conocido mío, Adrián, y me lo contó con tanto detalle que todavía no sé si presumía o si necesitaba sacárselo del pecho.

Por aquel entonces tenía veintidós años y vivía en un piso de estudiantes cerca de la facultad. Era de esos chicos a los que la naturaleza les había repartido bien las cartas: casi metro noventa, piel morena, una melena oscura hasta debajo de las orejas y unos ojos color miel que desarmaban. Tenía un cuerpo de gimnasio y una cara de niño que confundía a cualquiera sobre su edad real. Y, según él mismo me confesó una noche entre risas, una polla que también le habían repartido con generosidad, gruesa y de buen tamaño, de esas que no pasan desapercibidas ni siquiera bajo el pantalón.

Un viernes sus compañeros se marcharon a sus pueblos y él se quedó solo para preparar un examen del lunes. Bajó temprano a hacer la compra con la idea de encerrarse y no asomar la cabeza en todo el fin de semana. En el ascensor coincidió con Marisol, la vecina del piso de arriba, que bajaba con su hija pequeña de la mano.

—Buenos días, vecino. Qué temprano madrugas —saludó ella, risueña.

—Sí, voy a aprovisionarme y a meterme en casa. Tengo examen el lunes.

—Uy, qué semanita te espera. Nosotras de campamento, ¿verdad, cariño? Bueno, ella; yo solo la llevo al colegio y de ahí se van dos días.

—Pues qué suerte la suya —dijo él guiñándole un ojo a la niña.

—La suerte es mía —bajó la voz para que la pequeña no la oyera—. Mi marido se va con el mayor a pescar al pueblo de sus padres en un par de horas, así que tengo el fin de semana entero para mí. Limpiar, ordenar y respirar, que no veas qué meses llevo.

—Entonces los dos a lo nuestro. A mí me esperan horas de silla, mesa y flexo.

Cada uno se fue a lo suyo. Adrián compró rápido, lo guardó todo y se sentó a estudiar con una disciplina que duró exactamente hasta media mañana, cuando sonó el timbre. Se levantó contrariado, miró por la mirilla esperando un repartidor de propaganda y se encontró con Marisol al otro lado. Abrió, claro.

—Hola, ¿pasa algo? —se preocupó.

—Nada, hombre. Toma, te traigo esto para que no pierdas tiempo cocinando —dijo tendiéndole dos táperes—. Macarrones gratinados y unos filetes de pollo. Están de muerte.

—Pero, Marisol, no hacía falta…

—Que sí, que los tenía hechos y al final no se los han llevado al pueblo —mintió con una soltura que él no detectó—. Los calientas, comes y vuelta a los libros. Hala.

—Eres un cielo, de verdad. Mil gracias.

—De nada. A estudiar, anda.

Marisol se metió en el ascensor y Adrián se quedó en la puerta siguiéndola con la mirada más tiempo del que debería. Siempre le había parecido atractiva, aunque le sacara unos quince años. Aquella mañana, por primera vez, se fijó de verdad. El vestido de flores le marcaba unas curvas que parecían dibujadas a propósito, el pelo castaño y muy rizado le caía sobre los hombros, y al darse la vuelta para entrar al ascensor descubrió que tenía un culo redondo, alto, de esos que piden mano, y unas tetas grandes que se le meneaban con cada paso bajo la tela del vestido. Un cuerpo que no encajaba con la idea que él se había hecho de «la vecina de arriba».

Vaya con Marisol, pensó, y volvió a sus apuntes con un entusiasmo nuevo y sospechoso, ya con la polla medio dura apretándole el vaquero.

Estudió con una concentración rara, comió en quince minutos porque solo tuvo que calentar, y a media tarde, cuando paró para merendar, oyó ruidos arriba. Era ella, moviendo muebles y pasando la aspiradora. En aquellos pisos se escuchaba todo, y él lo sabía demasiado bien.

Cuando se sentó de nuevo a la mesa se dio cuenta de que casi había terminado lo que pensaba repartir en todo el fin de semana. No supo si fue por el tiempo ganado en la cocina o por la sonrisa que le había dejado Marisol pegada al pecho, pero el caso es que iba sobrado. Y con tiempo de sobra, la imaginación echó a volar. Voló alto. Se la imaginó a cuatro patas encima de la mesa de su cocina, con el vestido subido hasta la cintura y el coño reluciente pidiendo verga. Se le puso dura como una piedra, tanto que tuvo que descolocársela dentro del pantalón.

Tuvo una idea. Una locura, probablemente una idea pésima. Pero lo excitó tanto que lo levantó de la silla, lo sacó del piso y lo plantó delante de la puerta de Marisol antes de que la cordura pudiera frenarlo. Llamó. Y justo entonces empezó a sospechar que tal vez no era tan buena idea, pero ya estaba hecho.

—Hola, estudiante. ¿Qué se te ofrece? —preguntó ella al abrir.

Adrián enmudeció. Marisol había cambiado el vestido por una camiseta de tirantes blanca sin sujetador —se le marcaban los pezones puntiagudos contra la tela— y unos pantalones cortos verdes que dejaban a la vista unas piernas en las que tampoco había reparado hasta entonces. Aquella imagen, en lugar de hacerlo retroceder, lo envalentonó.

—Las nueve —soltó, áspero por los nervios.

—¿Las nueve? ¿Qué dices? —se rió ella, sin entender.

—Perdona. Que si te apetece cenar a las nueve. Ya que me has hecho la comida, podría hacer yo la cena.

—¿Pero tú no tenías que…?

—Me lo sé casi todo ya. Me vendrá bien desconectar —la cortó, recuperando el control de sí mismo—. Quedan un par de horas. Me da tiempo de sobra. ¿Qué me dices?

—Vaya, por una vez no cocino yo —sonrió, divertida—. Venga, vale.

—¿Pizza y cerveza te valen?

—Todo un chef. Perfecto, soy muy de pizza.

—A las nueve, entonces.

—A las nueve. A estudiar, solete —y cerró la puerta.

¿Solete? ¿Le había llamado solete? El efecto de aquella palabra fue inmediato y durísimo, tanto que tardó media hora en bajar y él se planteó en serio metérsela en la mano y aliviar la tensión de una paja rápida antes de que la sangre le hiciera reventar. Se la sacó incluso, se dio dos tirones pensando en la boca de Marisol, y se detuvo. Prefería llegar cargado a la cena. Entre un pensamiento y otro el tiempo corrió todavía más rápido que su imaginación, y cuando quiso darse cuenta apenas quedaba media hora. Fue a la cocina, montó la pizza, la metió al horno y corrió a la ducha para quitarse el olor a encierro de tantas horas bajo el flexo.

Salía del baño cuando volvieron a llamar. Eran las nueve y cinco. Se enrolló una toalla a la cintura, cogió otra para taparse el torso y, ya en el recibidor, se arrepintió: no quería que pareciera que iba presumiendo de cuerpo. Le habló a través de la puerta.

—¡Un momento! Estaba en la ducha.

—Tranquilo, tranquilo. No abras desnudo —se rió ella al otro lado.

—No, no estoy desnudo —tartamudeó.

—Pues abre, hombre, que no me voy a asustar.

Por no parecer crío, entreabrió. Marisol, que ya se daba la vuelta para volver a su piso, regresó sobre sus pasos haciendo como que se tapaba los ojos con la mano.

—No quiero ver nada, eh —bromeó.

—Que llevo toalla. Vamos, ropa. Toalla —balbuceó él.

Ella retiró la mano y lo miró de arriba abajo sin disimular del todo, deteniendo los ojos justo donde la toalla marcaba un bulto que no le pasó desapercibido.

—Anda, termina de vestirte, que voy a echarle un ojo a esa pizza que huele de maravilla.

—Sí, la metí hace un rato. Perdona el desorden, mis compañeros…

—Tranquilo, también viví en un piso de estudiantes. No nací señora —dijo, y desapareció hacia la cocina.

***

Mientras Adrián se vestía, Marisol sacó la pizza del horno, se abrió una cerveza y decidió que era buen momento para curiosear la casa. Empezó, mira tú por dónde, por las habitaciones, con la intención nada inocente de descubrir qué escondía aquella toalla que le había acelerado el pulso. Llevaba meses imaginándose esa escena en los pocos ratos de intimidad que le dejaba su vida, meses haciéndose los dedos en la cama pensando en el vecino de abajo mientras su marido roncaba al lado, y no pensaba desaprovechar la ocasión.

La habitación de él era la única con luz, además del baño. Se arrimó a la puerta entreabierta con sigilo y vio más de lo que esperaba. Adrián, de espaldas, todavía húmedo, se pasaba el desodorante con torpeza. Las piernas, la espalda definida, el culo prieto y respingón, todo aquello que el chándal de cada día le había ocultado durante meses. Lo observó en silencio, con la respiración agitada y el coño ya empezando a mojarse dentro de las bragas. Cuando él se giró un poco y dejó ver de refilón lo que la toalla había escondido, a Marisol se le escapó un suspiro: una polla gruesa, larga y colgante incluso a medio despertar, con unos huevos pesados debajo. Se le hizo la boca agua. Decidió que esa noche habría postre, dijera él lo que dijera. Retrocedió de puntillas y se fue al salón a fingir que ponía la mesa, apretando los muslos para calmar el latido que le había arrancado la imagen.

—¡He sacado ya la pizza! ¿Te queda mucho? Se enfría —dijo, sonriéndose por su propia maldad.

—¡Ya estoy! —contestó él, ajeno al espionaje.

Apareció con un vaquero gastado, una camiseta blanca lisa y zapatillas de andar por casa. Nada del otro mundo, y aun así a Marisol le bastó para imaginárselo de mil maneras distintas, todas terminando con esa polla que le acababa de ver metiéndosela hasta el fondo.

Cenaron y charlaron de lo de siempre: del trabajo de ella, de los exámenes de él, de lo poco que descansaba cualquiera de los dos. Una conversación entretenida que fluía entre cervezas y señales cada vez menos disimuladas. Ella se inclinaba adrede sobre la mesa para que se le abriera el escote y él pudiera echar un vistazo a la sombra de sus tetas sueltas. Él le miraba la boca cada vez que ella mordía la pizza. Llegó un punto en que la confianza pesó más que la prudencia.

—Bueno, ¿y de postre? —tanteó ella, disfrutando de su ventaja.

—Lo que te dije. Hay fruta —respondió él, ya más en su salsa—. Aunque…

—¿Aunque?

—Verás, cuando ceno con una chica, la respuesta a esa pregunta suele ser «lo tienes delante». Pero contigo creo que no toca decirlo.

—¿No? ¿Por qué? ¿Que me ves como a una señora mayor? —se picó ella.

—No es eso. Es que te tengo tantas ganas de follar que, si me dices que sí, tengo miedo de no saber parar —soltó, clavándole los ojos con una calma que la dejó muda.

—Vaya. Me parece que te equivocas —intentó sonar segura, casi con desdén.

—Puede. A lo mejor, a tu edad, no podrías seguirme el ritmo. Tienes razón, mejor una copa y dejamos el postre —y volvió a callarse y a mirarle la boca.

—Eres un buen sinvergüenza, Adrián. ¿Ese rollo te funciona con las niñas con las que sueles andar?

—La verdad es que sí, aunque no suelo tener que esforzarme tanto. Pero tú eres distinta.

—¿Por qué? Sorpréndeme.

—Porque ninguna había fingido tan mal que no le gustaba lo que veía. ¿Te ha gustado lo de antes, mientras me cambiaba? ¿Te ha gustado mi polla?

—¿Qué…? —empezó ella, colorada, pero él ya se había levantado camino de la cocina, dejándola con la palabra en la boca.

Fueron unos segundos eternos. El crío del piso de abajo, el que la traía loca desde hacía meses, la estaba toreando, y bien. Y le encantaba. Se levantó, fingió normalidad y lo siguió con el resto de los platos. Cuando entró en la cocina, él rebuscaba en la nevera.

—Mira, ya tenemos postre —dijo, cerrando la puerta y girándose hacia ella.

—¿Qué es eso?

No le dio tiempo a más. La tomó de la mano, la llevó al salón, la sentó en el sofá y, plantado delante, le mostró lo que escondía: un bote de nata montada. Lo acercó a sus labios y esperó. Un segundo, dos, y Marisol abrió la boca. Él apretó y un chorro entró, otro se quedó fuera, y ella sacó la lengua para recogerlo.

—No, espera. Esa parte es mía. Hay que compartir.

Adrián se inclinó despacio. Marisol dudó si dejarse o no, y se dejó. Los labios de él rozaron los suyos con una suavidad que no esperaba, sin prisa, casi con dulzura, y luego se separó unos centímetros, los dos respirando ya distinto.

—Sigue —pidió ella.

Y siguió. Esta vez con más necesidad, con menos control, hasta que las lenguas se buscaron en un baile que parecía ensayado, demasiado coordinado para un primer beso, como si los meses de deseo callado hubieran preparado el terreno. Él le metió la lengua hasta el fondo de la boca, la chupó como si quisiera bebérsela entera, y ella respondió con la misma hambre, mordiéndole el labio, jadeando dentro de su boca. A partir de ahí, el tiempo dejó de importar y todo lo demás quedó fuera de aquellas cuatro paredes.

***

Se besaron de rodillas, él frente a ella, las manos cada vez más impacientes. Adrián le agarró las tetas por encima de la camiseta y se las apretó a dos manos, pellizcándole los pezones hasta arrancarle un gemido ronco. Le subió la tela de un tirón, sin paciencia ya, y se le fue directo a un pezón con la boca, chupándoselo mientras con la otra mano le amasaba la otra teta. Marisol le hundió los dedos en la melena y le apretó la cabeza contra el pecho.

—Ay, cabrón… así, cómemelas… —jadeó.

Le pasó la lengua de un pezón al otro, mordisqueándolos, chupándolos hasta dejárselos hinchados y duros como piedras. Cuando él se incorporó por la incomodidad de la postura, ella aprovechó para agarrarlo por el cinturón, soltarle el botón y bajarle la cremallera de un tirón, sin dejar de mirarlo a los ojos. Le bajó el vaquero y los calzoncillos hasta las rodillas de un solo movimiento y lo que saltó fuera le arrancó una sonrisa de hambre pura: la polla de Adrián, ya empalmada, gruesa, larga, con la punta reluciente y una vena marcada de arriba abajo.

—Joder, estudiante, sí que la tienes bonita…

La agarró por la base con la mano derecha, la levantó y se la lamió desde los huevos hasta el glande en un lengüetazo lento, saboreándola. Alcanzó el bote de nata, apretó y le cubrió toda la verga de blanco espeso. Empezó a recorrerla con la lengua de un extremo al otro, sin prisa, limpiándola a conciencia, chupándole primero los huevos, uno y luego el otro, metiéndoselos en la boca, hasta subir de nuevo a la punta y engullirla entera. Se la metió hasta la garganta, atragantándose un poco, y volvió a sacarla toda babeada. Se la mamó despacio, con las dos manos ayudando, cerrando los labios en la corona, girando la lengua alrededor del glande, apretando la base para no dejarlo correrse todavía.

—Joder, Marisol, qué manera de mamar…

Ella le respondió con la boca llena, subiendo y bajando, cada vez más rápido, chupando con fuerza al salir, gimiendo con la polla dentro para que él la sintiera vibrar. Le agarró los huevos y se los masajeó al ritmo de su boca, notando cómo se le tensaban. El cuerpo de él empezó a temblar, las caderas empujando solas hacia su cara.

—Para, para… —suplicó.

Pero ella no paró. Aceleró, más profunda, más rápida, tragándolo entero una y otra vez, hasta que Adrián se dejó ir entre temblores, de pie, sujetándose al respaldo del sofá. Le llenó la boca de un chorro espeso y caliente, y luego otro, y otro más, mientras ella no aflojaba, tragándose todo lo que le entregaba sin perder una gota, chupándole la punta hasta la última sacudida. Cuando por fin lo soltó, se pasó el pulgar por la comisura, se lamió el dedo y le sonrió con los labios brillantes.

—Buenísima. Ahora la mía.

Se reclinó en el sofá, se subió la falda del vestido que había bajado a ponerse, se deshizo de la ropa interior de un tirón y subió las piernas, abriéndolas de par en par, ofreciéndose con una desvergüenza que a él lo dejó sin aire. Tenía el coño rasurado, gordo, con los labios hinchados y brillantes de tanto haberse mojado durante toda la cena.

—Tu postre. Disfrútalo.

Él resopló con cara de vicio. Lejos de haber perdido fuelle, la polla seguía igual de dura, apuntando al techo. Se arrodilló entre sus muslos, le agarró las piernas por debajo de las corvas, se las abrió aún más y le hundió la cara en el coño. Empezó por lamerle todo el largo de los labios, arriba y abajo, sin tocarle el clítoris todavía, respirando encima, torturándola. Le metió la lengua hasta el fondo, follándola con ella, sacándola y volviéndola a meter, chupándole los jugos que ya empezaban a escurrirle por la raja del culo.

—Ay, joder, joder…

Le subió a la punta y le atrapó el clítoris entre los labios, chupándoselo suave primero, luego con más fuerza, mientras le colaba dos dedos dentro y empezaba a moverlos buscándole el punto. Alternaba: lengua rápida, lengua lenta, dedos dentro, dedos fuera. Le dio la vuelta al truco y le paseó la lengua por debajo, por el perineo, hasta rozarle el ojete del culo, y Marisol pegó un respingo que casi lo tira.

—Ay, hijo de puta, ahí no… ay, sí, sigue, sigue…

Volvió al clítoris con los labios y siguió con los dedos, ahora tres, entrando y saliendo con un ruido húmedo que le rebotaba en las paredes de la habitación.

—Sigue, sigue, por dios, que me corro —jadeó ella, aplastando un cojín contra la boca para ahogar el grito.

Se dejó ir entre espasmos violentos, apretándole la cabeza contra el coño con las dos manos, arqueándose entera, con las piernas temblando alrededor de las orejas de él. Un chorro tibio le empapó la barbilla. Adrián no se retiró: le siguió chupando el clítoris, más suave ahora, alargándole el orgasmo hasta hacerla gemir de dolor y placer a la vez, con la mano todavía recorriéndole el coño con dedos húmedos mientras volvía en sí.

—Ya, estudiante, puedes parar… gracias.

—Nada de gracias. Acabamos de empezar.

Cuando se puso en pie, Marisol entendió lo que quería decir: se las había arreglado para ponerse un condón mientras terminaba su labor, y ahora pedía continuar con la verga otra vez tiesa, dispuesta a lo que quedaba de noche. Ella sonrió, se acomodó y le guiñó un ojo.

—No esperaba menos. Ven aquí y métemela ya, que llevo meses imaginándomela.

No hubo más palabras. Se hizo sitio en el sofá, abrió las piernas y ella misma se agarró la polla y se la guio a la entrada del coño. Adrián apretó las caderas y la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo se le abría a su alrededor, apretada, mojada, ardiendo. Cuando estuvo hasta los huevos los dos gimieron y se quedaron quietos un instante, saboreando el momento.

—Joder, cómo llenas, cabrón… —susurró ella con los ojos cerrados.

Empezó un vaivén suave que fue creciendo con cada embestida. Salía casi entera y se la volvía a clavar hasta el fondo, chocándole las caderas con el culo, haciéndole rebotar las tetas en cada empujón. Marisol contestaba con las caderas, la respiración cada vez más entrecortada, agarrándole los cachetes del culo, clavándole las uñas para pedirle más.

—Más fuerte, más fuerte, rómpeme el coño…

Y él la obedeció. Le agarró las piernas, se las echó sobre los hombros y le metió unas embestidas brutales, secas, sonoras, chocando piel contra piel, con el sofá crujiendo debajo. La polla le entraba y salía brillante, empapada de sus jugos. Le escupió en las tetas y se las amasó mientras la seguía follando.

—No pares, no pares, me voy a correr otra vez —pidió, clavándole las uñas en la espalda.

Y se corrió entre jadeos y palabras a medias, temblando entera alrededor de la polla, apretándosela con espasmos que casi lo hicieron correrse a él. Se detuvo al notarla pedir calma, con la verga hundida hasta el fondo, latiéndole dentro.

—Uf… necesito más —dijo ella, volviendo en sí—. Ahora yo arriba.

Lo apartó, lo sentó en el sofá y se montó encima de espaldas, dándole la vista de aquel culo enorme abriéndose para tragarse su polla. Se la metió de un solo golpe, hasta el fondo, y soltó un gruñido gutural. Empezó a cabalgarlo sin tregua, subiendo y bajando con las piernas, rebotándole el culo contra las caderas de él, mientras se pellizcaba los pezones con sus propias manos. Adrián le agarraba las caderas y la ayudaba a hundirse más hondo, mirando cómo su polla desaparecía y volvía a aparecer entre aquellas nalgas.

—Así, guarra, cabálgame esa polla…

—Sí, dime cosas, sigue diciéndomelas…

—Que eres una zorra, eso es lo que eres, mira cómo te la comes con ese coño…

Le soltó una nalgada que sonó como un latigazo y Marisol gritó de gusto, apretando el coño alrededor de la verga. Él le pegó otra, y otra más, hasta dejarle el cachete rojo. Ella se inclinó hacia adelante, apoyándose en las rodillas de él, ofreciéndole la vista completa, y Adrián aprovechó para colarle el pulgar mojado de saliva en el ojete del culo, hundiéndoselo despacio. Marisol gimió como una loca.

—Ay, joder, joder, así, con los dos agujeros llenos…

No tardaron en alcanzarse a la vez. Él la agarró por las caderas, la clavó contra sus embestidas de abajo hacia arriba, y se corrió a chorros dentro del condón, gruñendo contra su nuca, con el pulgar todavía en el culo mientras ella se corría por tercera vez, gritando contra el respaldo del sofá, temblando entera, dejándose caer sobre él, empapada de sudor. Un último beso largo y desordenado, con ella girándose por encima del hombro para alcanzarle la boca, los dejó pegados el uno al otro, sin fuerzas, con la polla aún dentro, latiendo.

Se quedaron quietos un rato, recuperando el norte. Luego se abrieron otra cerveza, desnudos en el sofá, y se confesaron entre risas cuánto tiempo llevaban deseándose en silencio. Ella le contó las pajas en el baño pensando en él, él le contó las veces que se había hecho una escuchándola caminar en tacones sobre el techo. Volvieron a buscarse un par de veces más esa misma noche: una en la ducha, con ella apoyada contra los azulejos y él metiéndosela por detrás bajo el agua caliente, y otra en la cama del estudiante, ya al amanecer, lenta, agotados, mamándose y comiéndose mutuamente hasta correrse una última vez. Quedaron en repetir siempre que pudieran, sin complicaciones ni promesas.

¿Lo cumplieron? La verdad, no lo sé. Adrián nunca me contó cómo siguió la historia, y yo tampoco volví a preguntar. Intuyo que sí. Pero quién sabe. ¿Tú qué crees que habría pasado?

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Comentarios(8)

RodriDelSur

Excelente!!! me tuvo enganchado de principio a fin, no pude parar de leer. Porfavor mas relatos asi

Nachito_86

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo jaja

PlayeroFC

tremendo relato, la vecina se lleva todos los premios jajaja

Polaquito_bsas

el detalle del tapar me mato de risa, muy bien pensado. Lo hace muy real

FernandoBA_83

Muy bueno, me acordé de cuando era más joven y vivía en un departamento. Esas cosas pasan mas de lo que la gente cree jaja

CuriosoLector99

Me quedé pensando si la situación tuvo algun epilogo... ese final me dejó con la mente activa

LucasBsAs94

El titulo promete y el relato cumple con creces, lo leí de un tiron. Muy buen laburo

Mariu_cba

uff me encantó, muy bien escrito y nada burdo. Sigue así!!!

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