Acepté la oferta de mi antiguo jefe a los sesenta
No corrían buenos tiempos para Remedios y Andrés. La hipoteca subía cada año, los estudios de la hija fuera de casa se comían el sueldo, las facturas se acumulaban y el coche, ya viejo, solo daba disgustos. Llegar a fin de mes era una odisea, incluso con la ayuda que la madre de Andrés les acercaba casi todos los meses. Los dos pasaban ya de los sesenta, y aunque seguían trabajando, los achaques se notaban a la hora del esfuerzo.
Remedios limpiaba en casa de unos empresarios con dinero. Una casa enorme, de tres plantas, con jardín y porche. Allí hacía de todo: camas, suelos, lavadoras, plancha, la compra, llevar y traer a los niños del colegio y, últimamente, hasta sacar a pasear a los perros. La señora no era buena persona, al menos no con ella. Se despertaba enfadada con el mundo y alguien tenía que pagarlo. Casi siempre le tocaba a Remedios.
El señor era otra cosa. Bruno era amable, educado, jamás levantaba la voz. Todo eran «no se preocupe, Remedios» o «haga lo que pueda». Se llevaban bien, con respeto. Por eso, cuando ella no aguantó más la situación, ni en el cuerpo ni en el ánimo, con quien primero habló fue con él.
—Oiga, señor, me gustaría hablar con usted —dijo una mañana, secándose las manos en el delantal.
—Soy todo oídos, Remedios. No me diga que ha vuelto a tener problemas con mi mujer.
—No exactamente. Pero voy a cumplir sesenta y dos años y esto ya se me hace mucho. Subir y bajar tantas escaleras, hacer tanto en tan poco tiempo, y encima las discusiones diarias con la señora… Me tienen destrozada. Ya no vengo contenta al trabajo. He decidido marcharme.
—¿Cómo? Ni se le ocurra. Le subo el sueldo. Lo que no pueda hacer hoy, se hace otro día.
—Eso lo dice usted. La señora no piensa igual. La decisión está tomada, lo siento.
Bruno le dio unos días para que buscaran a otra persona. Durante esa semana la trató con más cariño que nunca, casi con un afecto excesivo. Era un matrimonio joven: él tenía treinta y cuatro años, su mujer uno menos. Está claro que no pretende nada conmigo, pensaba Remedios, pero tampoco merezco tantas atenciones.
***
Andrés trabajaba en una pequeña empresa de informática y telefonía. Eran solo tres, incluido el jefe. Estaba a gusto, el trabajo no lo mataba e incluso le gustaba, pero el sueldo era muy justo y nunca venía mal un dinero extra.
Esa semana le tocaba al señor Eustaquio limpiar la escalera del edificio. Vivía en el mismo rellano que Remedios y Andrés, en el segundo: dos viviendas por planta, tres alturas y sin ascensor. Los vecinos habían acordado turnarse la limpieza para abaratar la comunidad. El señor Eustaquio cumpliría ochenta años el año siguiente, así que cuando le tocaba, Remedios le hacía la escalera por humanidad, sin cobrarle nada. Él se lo agradecía con detalles: una maceta, unas flores en la puerta, alguna vez hasta un trozo de jamón.
—No hace falta que me haga regalos, señor. Lo hago de corazón.
—Lo sé, Remedios, pero sería un mal agradecido si no tuviera detalles contigo. Y más te daría, guapa.
Aquello le sonó a cortejo. Hacía mucho que Remedios no se sentía deseable. Era de estatura baja, de cara corriente, con una nariz que le parecía demasiado grande, y los años le habían sumado kilos. Siempre tuvo mucho pecho, pero ahora le parecía excesivo. Tenía barriga, las caderas anchas y un cuerpo que ella misma miraba con resignación. Siempre hay un roto para un descosido, pensó, medio en broma.
—Últimamente te veo más por aquí —siguió el viejo—. ¿Has cogido vacaciones?
—No. He dejado el trabajo que tenía.
—Vaya. No sé si sentirlo o alegrarme.
—¿Por qué se iba a alegrar?
—Porque yo necesito una mujer que me ayude con las cosas de la casa. Voy para los ochenta, vivo solo y no me arreglo bien. Si estás libre, me gustaría contratarte a ti.
Hablaron las condiciones y quedaron de acuerdo. Remedios tendría un nuevo trabajo, más cómodo: un piso pequeño en su mismo rellano y bien pagado. No podía pedir más. Entró en su casa contenta. Entonces sonó el móvil. Era Bruno, su antiguo jefe.
—Hola, Remedios.
—Hola, Bruno. ¿Qué ocurre?
—Nada, no te preocupes. Me gustaría comentarte una cosa, pero no por teléfono. ¿Cuándo podría invitarte a un café?
Por las tardes empezaba con el señor Eustaquio, así que solo le quedaban libres las mañanas.
—Pues tendría que ser de mañana.
—¿Mañana a las diez?
—De acuerdo.
Le dijo la cafetería y colgaron. Remedios se quedó intranquila. No sabía de qué querría hablarle. Ya le había dejado claro que no pensaba volver, y menos con su mujer de por medio.
***
Esa noche se acostó sola, como casi siempre. En verano, por el calor; el resto del año, porque Andrés roncaba como un camión. Hacía tiempo que no tenían conversación, no salían juntos, y el sexo era cosa de una vez al mes con suerte, y casi por compromiso. Él pasaba su tiempo libre con el saxofón, su gran afición, y ella pasaba los días sola.
A la mañana siguiente se maquilló como hacía tiempo que no lo hacía. No tenía ropa elegante, y poca le sentaba bien, pero se puso lo que más le gustaba y salió hacia algo que parecía una cita sin serlo. Bruno ya esperaba sentado. Al verla entrar, sonrió, y ella le devolvió la sonrisa. Se dieron un abrazo largo; él la apretó contra su cuerpo y le rozó la mejilla con un beso peligrosamente cerca de los labios. Remedios se puso colorada.
—Bueno, usted me dirá. ¿A qué se debe tan grata sorpresa?
—A que sabía que te echaría de menos, Remedios, pero no imaginaba cuánto.
—Ay, Bruno, me va a hacer sonrojar.
No hacía falta: ya lo estaba, y no poco.
—No te pongas nerviosa, mujer. Es que teníamos una relación tan buena, y eran tantos años…
—Es verdad, pero ya tomé una decisión y no hay vuelta atrás.
—No vengo por eso.
—¿Entonces?
—Es otra cosa, y te la digo con todo el respeto, sin ánimo de ofenderte. Tú lo sabes: mi matrimonio no es ninguna balsa de aceite, y yo tengo muchas carencias. Quería preguntarte si podríamos vernos un par de veces por semana.
Remedios ya no estaba colorada; estaba lívida.
—¿Vernos para qué, Bruno?
—Me gustaría acostarme contigo. Siempre me pareciste una mujer muy apetecible. Y te pagaría bien, muy bien.
A Remedios le temblaban hasta las manos.
—Pero, señor, perdóneme. Soy una mujer casada hace más de cuarenta años, voy a cumplir sesenta y dos. Nunca he engañado a mi marido. No conozco otro hombre que no sea él. ¿Cómo voy a hacer yo eso?
—Liberando la mente y dejándote llevar. Sabes que te trataré bien, me conoces, no se enterará nadie y tu economía mejorará mucho. Piénsalo. Cuando te decidas, me lo dices.
Bruno se levantó, le dejó otro beso cerca de los labios y se marchó.
***
Remedios llegó a casa ida. Tenía que preparar la comida de Andrés y, por la tarde, empezar con el señor Eustaquio. En casa del viejo se le cayó un jarrón, luego una taza.
—Perdóneme, señor Eustaquio. Hoy no tengo buen día.
—No se preocupe, Remedios. Aquí no tiene que dar explicaciones.
Pero la cabeza no le paraba. Esa misma noche, desde su casa, le escribió un mensaje a Bruno.
—Hola. Lo estuve pensando. Tengo muchas dudas, pero acepto si lo intentamos y, si no me siento bien, lo dejamos y aquí no ha pasado nada.
—Por supuesto. Encantado. ¿Mañana la primera vez?
—Tendrá que ser por la mañana. ¿Dónde tendría que ir?
—A ningún sitio. Me gustaría que fuera en tu casa, si puede ser.
Le volvieron los nervios. De mañana no había nadie: Andrés trabajaba, la hija estudiaba fuera. Ella había imaginado un hotel, una habitación cualquiera, no su propia cama. Aun así contestó.
—Está bien. En mi casa.
—Mañana a las diez estoy ahí.
Esa tarde se duchó y se miró desnuda en el espejo. No se veía atractiva, y mucho menos capaz de gustarle a un hombre joven, guapo y con dinero, que podría tener a la mujer que quisiera. Con esos pensamientos se metió en la cama, sola como siempre, y dormir fue imposible.
***
Se levantó temprano, desayunó, se pintó los labios, se puso un poco de colorete y la ropa interior más bonita que tenía. Cuando sonó el portero, abrió sin preguntar y lo esperó en la puerta.
—Hola, Bruno. ¿Qué tal está?
Cerró la puerta y él no esperó nada. La besó con ganas, hundiendo las manos en su pelo, recorriéndole el cuello con los labios. A Remedios le temblaban las piernas. Hacía años que nadie la tocaba así, con hambre, como si de verdad la deseara. Bruno la llevó hacia el pasillo.
—¿Esta es la habitación de matrimonio?
—No.
—Quiero ir a la de matrimonio, por favor.
Ella lo guio sin pararse a pensar el porqué de aquel capricho. En la cama, él fue lento al principio y voraz después, atento a cada reacción de su cuerpo, susurrándole que era hermosa, que llevaba meses imaginando ese momento. Remedios cerró los ojos y se dejó ir. No recordaba la última vez que alguien le había hecho sentir algo parecido. Gimió sin reconocerse, agarrada a las sábanas, y cuando el placer la desbordó soltó un grito que seguramente se oyó en todo el edificio.
Después él la besó en la frente, le dijo «gracias» y «hasta pronto», dejó unos billetes bajo la foto del matrimonio que descansaba en la mesilla y se fue. Remedios se quedó tumbada, feliz y confundida. Un hombre no le hace el amor así a una mujer si no siente algo, pensó. Y por un momento creyó que se estaba enamorando.
***
Así fue pasando el tiempo. Bruno iba dos veces por semana, y ella renovó las ganas de vivir y de sentirse mujer. Todo parecía maravilloso. O eso creía.
Una tarde, en casa del señor Eustaquio, el viejo la llamó desde el salón.
—Remedios, últimamente te veo más guapa que nunca.
—Ay, señor, no diga esas cosas. Estoy como siempre.
—A mí me gustas más. Y sé bien por qué.
—Señor Eustaquio, usted sabe que soy una mujer casada.
—Tan bien como tú. Por eso me extraña que dejes entrar tantas veces a ese joven en tu casa.
—¡Cuidado con lo que dice!
El viejo sacó el móvil y le mostró varias fotos de Bruno entrando en el portal en días distintos, y un par de grabaciones hechas desde su puerta en las que se la oía a ella gimiendo sin disimulo.
—¿Me vas a decir que no es verdad?
—Déme eso, señor Eustaquio. ¿Qué quiere hacer con ello?
—No te lo voy a dar. De momento vas a hacer lo que yo te diga, o esto le llega a tu marido. ¿Entendido?
Remedios se quedó helada. El viejo, con una calma que daba más miedo que la amenaza, le pidió cosas que ella hizo con asco y con lágrimas contenidas, sintiéndose atrapada en su propia mentira. Cuando salió de allí, lloró de impotencia. Ahora tendría que obedecer al señor Eustaquio siempre que él quisiera, y no podía hacer nada para evitarlo.
Desesperada, llamó al único que creía de su parte.
—Hola, Bruno.
—Hola, cariño.
—El vecino de enfrente se enteró de lo nuestro.
—Es normal, Remedios. Llevamos mucho tiempo. A alguien le tenía que llamar la atención.
—Pero me amenaza con contárselo a Andrés.
—Ah, de eso preocúpate aún menos.
—¿Por qué? No quiero que se entere.
—Mañana toca vernos. Te lo explico todo entonces.
***
A la mañana siguiente sonó el portero y Remedios abrió. La visión casi la hace perder el sentido: Bruno no venía solo. A su lado estaba Andrés, su marido. Se quedó paralizada, incapaz de moverse o de articular palabra.
—No te asustes —dijo Bruno con una calma desconcertante—. Tu marido y yo hemos hablado. Lo sabe todo. Y, créeme, no está enfadado.
Andrés bajó la mirada, con una mezcla extraña de vergüenza y de algo que ella jamás le había visto.
—Llevábamos años sin nada, Reme —murmuró él—. No te juzgo. Solo… quiero estar.
Remedios no entendía nada y, a la vez, lo entendía todo. La rabia, el miedo y el deseo se le mezclaban en el pecho. Bruno la tomó de la mano y la condujo a la habitación. Andrés los siguió en silencio y se sentó en una silla, junto a la pared, como un espectador en su propio dormitorio.
Lo que ocurrió después fue de los dos, pero ella sintió todo el tiempo la mirada de su marido clavada en la nuca. Cada gemido, cada gesto, lo daba sabiendo que él la veía por primera vez entregada de aquella manera. Esperaba sentir vergüenza, pero lo que la recorrió fue un escalofrío distinto, un calor que la sorprendió. Bruno marcaba el ritmo y, de vez en cuando, miraba a Andrés con una sonrisa cómplice, como si entre los tres se hubiera firmado un pacto sin palabras.
Cuando todo terminó, Bruno se vistió sin prisa, dejó unos billetes bajo la foto del matrimonio y se despidió con un gesto. Remedios y Andrés se quedaron solos, en silencio, en la cama que durante años apenas habían compartido. Él le buscó la mano y se la apretó. No hizo falta decir nada.
Cuántas vueltas da la vida. Lo que empezó como una traición a escondidas terminó devolviéndoles algo que daban por perdido: el deseo de volver a mirarse. Y aquella casa, antes muda y fría, no volvió a estar tan callada nunca más.





