La jefa madura que se grababa sola en su oficina
Tengo cincuenta y un años y nunca pensé que un trabajo temporal me iba a poner frente a la mujer que todavía hoy se me aparece cuando cierro los ojos y me agarro la verga en la cama. Mi proyecto anterior se había caído y me prometieron recolocarme en medio año, así que no quería buscar nada serio. Solo algo tranquilo que me diera de comer mientras tanto.
Un conocido me pasó el dato: un pequeño conjunto de oficinas en la zona alta de la ciudad buscaba vigilante. Paga decente, ambiente relajado y, según él, lleno de mujeres de muy buen ver. Me lo dijo con esa sonrisa de quien sabe lo que a uno le gusta.
—Vas a estar como niño en juguetería —me dijo—. Hazme caso.
No perdí el tiempo. Desde el autobús que cruzaba la avenida hacia el corporativo ya empezaba el desfile: ejecutivas de tacón alto, faldas entalladas, perfumes que se quedaban flotando en el pasillo del camión. Me imaginé las entradas, las salidas, los días de lluvia con la gente apretada en el lobby. Me arreglé la barba, me puse el único traje bueno que tenía y me eché la mejor loción del cajón.
La cita era a las nueve. Llegué antes, como siempre. Me anuncié con la recepcionista y me senté a esperar con un libro abierto en las rodillas, más por costumbre que por concentración. A los quince minutos se abrió una puerta y salió una mujer que me dejó la frase a medio leer.
—¿El señor Rubén? —preguntó.
—Buenos días —me puse de pie y le tendí la mano.
—Mucho gusto. Soy Renata, gerente de recursos humanos. Acompáñeme, por favor.
No era una niña. Tendría unos treinta y ocho, quizá cuarenta, y eso la hacía todavía más peligrosa. Caminaba delante de mí rumbo a su oficina y yo, descaradamente, dejé que la mirada le recorriera la espalda entera. Alta, de piel clara, el cabello negro y lacio cayéndole hasta media espalda. Una falda recta que le marcaba unas caderas de las que uno no se recupera fácil, y un saco ajustado que le dibujaba la cintura. Cada paso era una clase magistral de algo que yo no había estudiado nunca. El culo se le movía debajo de esa tela con una cadencia que me hizo sentir la polla despertarse contra la costura del pantalón antes de haber cruzado la puerta.
Al entrar, cuando pasé cerca de ella, me llegó su perfume. Tibio, denso, con un fondo dulce que se me quedó pegado a la garganta. Esto va a ser un problema, pensé, y me senté tratando de portarme.
Abrió la laptop para revisar mi currículum. Su escritorio era una tabla apoyada sobre una estructura metálica, sin frente, sin nada que tapara debajo. No hacía falta esfuerzo para mirar. En un descuido bajé la vista y la encontré con las piernas cruzadas, unas pantorrillas torneadas de quien hace ejercicio en serio, la piel lisa y tersa. Volví los ojos a la pantalla antes de que se notara. De verdad quería ese trabajo.
—Cuénteme de usted, señor Rubén. De su experiencia.
—Gracias por recibirme. He sido paramédico, seguridad privada, di clases un tiempo. Me llevo bien con la gente, soy proactivo y aprendo rápido. Estoy abierto a lo que haga falta.
—¿Maestro? —arqueó una ceja—. ¿Y por qué lo dejó?
—Daba clases particulares, sobre todo a chicos a los que les costaba la escuela. No es algo que ponga en el papel.
—Ya veo. —Sonrió apenas, y esa sonrisa pintada de carmín me revolvió por dentro—. Su perfil encaja con lo que necesito.
Mientras hablaba, yo trataba de mirarla a los ojos, unos ojos café oscuro de mirada firme. Pero cada vez que ella giraba hacia la pantalla, mi vista se descolgaba como un rayo hacia el escote y alcanzaba a ver el nacimiento de unos pechos firmes, ni grandes ni pequeños, perfectos para la mano. Me obligué a respirar despacio, apretando los muslos para acomodar la erección que se me estaba armando contra la bragueta.
—El puesto es en la recepción —explicó—. Controlar accesos, registrar visitas, rondas por los pisos, estar pendiente de las cámaras y reportarme cualquier cosa. Veintidós mil al mes. Me reporta directamente a mí.
No lo podía creer. Esta mujer iba a ser mi jefa, y además me iban a pagar por mirar pantallas todo el día. Para alguien que disfruta observar, era el paraíso con uniforme.
—Pues dígame dónde firmo —solté, y sonreí.
Me devolvió la sonrisa y me pidió que esperara afuera mientras preparaba los papeles. Volví a la sala, abrí el libro otra vez y traté de pensar en cualquier cosa que me bajara la temperatura. A la media hora escuché de nuevo esa voz.
—Señor Rubén, pase de nuevo, por favor.
La seguí deleitándome otra vez con el vaivén de su falda. Nos sentamos, me extendió los documentos y, justo cuando iba a firmar, la pluma rodó del escritorio y cayó al piso. Me agaché de inmediato. En esa fracción de segundo giré la cara hacia sus piernas y vi un poco más arriba de la rodilla, donde la piel se ponía aún más suave. Alcancé a distinguir el filo de un liguero color piel que se le perdía por debajo de la falda, y algo se me apretó en el estómago y se me endureció más abajo. Recogí la pluma con el pulso alterado y se la tendí.
—Es suya —dijo divertida—. Para que firme.
Firmé sintiéndome un adolescente. Entonces ella dejó la formalidad de lado un instante.
—Tengo algo que pedirle. ¿Le molestaría empezar hoy mismo? La chica que cubre la recepción es de otra área y me está haciendo el favor. Me vendría muy bien que ya tomara usted el puesto.
—No vine preparado, pero será un placer. ¿Alguien me da la inducción?
—De eso me encargo yo —respondió, y juro que la palabra «yo» nunca había sonado tan bien.
Salió a buscar algo y me dejó solo en su oficina, hundido en su perfume. Curioseé sin tocar nada: todo ordenado, un portaplumas, la laptop, dos teléfonos. De pronto uno empezó a vibrar con notificaciones, una tras otra, y la pantalla se encendía mostrando la foto de bloqueo. Me acerqué con el pretexto de recargarme en el escritorio. En esa imagen Renata no era la ejecutiva impecable: salía en una selfie con un bralette negro que apenas le contenía las tetas y una falda corta subida hasta las caderas, la mirada distinta, hambrienta, la lengua asomada entre los dientes. Me quedé embobado, con la polla latiéndome contra la tela.
Estaba tan absorto que no la oí entrar.
—Disculpe el atrevimiento, licenciada —improvisé, nervioso—. Su teléfono no dejaba de sonar, pensé que sería algo urgente.
—Ay, qué pena, lo olvidé aquí. —Tomó ambos aparatos. Revisó el del trabajo, sin novedades; abrió el otro y lo guardó de golpe en su bolso. Se sonrojó apenas. Yo me hice el desentendido.
Me explicó el conmutador, el directorio, el sistema de cámaras. Eran funciones sencillas, así que le dije que no se preocupara, que cualquier duda se la consultaría. Vi en su cara un alivio raro, casi de quien acaba de esquivar algo, y me acompañó a la recepción.
***
Me senté frente a los monitores y revisé el mapa de cámaras: la recepción, la sala de juntas, el pasillo de los baños, el comedor, la entrada y, mírala tú, una justo frente a la puerta de la oficina de mi jefa. El destino tiene sentido del humor.
La mañana fue tranquila. Pero yo no podía despegar los ojos del cuadro que enmarcaba la oficina de Renata. Antes del mediodía la vi sacar el teléfono del bolso, recostarse en la silla y sonreír mientras leía algo. En un momento se mordió el labio y siguió desplazando la pantalla con el pulgar. Esa mujer escondía una doble vida, y yo acababa de asomarme a la rendija.
Cuando llegó la hora de la comida, el piso se vació. Casi nadie se quedaba; el comedor solía quedar desierto. Yo, por supuesto, no me moví. Dije que no tenía hambre y me quedé clavado en el monitor, ahora con la libertad de mirar sin testigos.
Renata volteó hacia un lado, hacia el otro. Al comprobar que no había nadie, se abrió el saco unos centímetros y se acomodó la blusa jalándola hacia abajo, hasta que el escote se le volvió un abismo. Mis latidos se dispararon, y con ellos algo más, debajo del cinturón. Acercó el teléfono a la laptop, lo apoyó y se tomó una foto. Luego se inclinó un poco más, para que el pecho quedara protagonista, y se tomó otra. Con dos dedos se sacó una teta del sostén, la sopesó frente a la cámara del celular y disparó otra vez. El pezón, oscuro y ya duro, quedó apuntando directo a mi pantalla como si me estuviera hablando.
Se puso de pie. Retrocedió un paso, se levantó apenas la falda y disparó una tercera. Yo ya tenía la polla completamente parada, incómoda dentro del pantalón, empujando la costura hacia arriba, y no daba crédito a lo que estaba presenciando. Renata subió la falda un poco más, hasta que se vieron las ligas de encaje negro y la línea blanca del muslo desnudo por encima de la media. Metió la mano entre las piernas por encima de la tela de las bragas, apretó, y por un segundo me pareció ver que el dedo se le perdía adentro de la ropa interior. La gerente intachable, la licenciada de carmín y modales perfectos, jugando a algo prohibido mientras creía que el mundo no la veía.
Yo, del otro lado de la cámara, me abrí discretamente el pantalón por debajo del mostrador y me saqué la verga. Estaba tan hinchada que dolía. La agarré con la mano derecha y empecé a masturbarme despacio, sin dejar de mirar la pantalla, mordiéndome el labio para no soltar un gemido en la recepción vacía. Cada vez que ella se pasaba la mano entre las piernas yo apretaba más el puño, hasta que el pulgar se me llenó del líquido que ya me estaba saliendo por la punta.
Y entonces lo hizo: levantó la cara y miró directo a la cámara.
Bajó la falda de un tirón, se acomodó la blusa y salió disparada de su oficina. En un segundo me metí la polla de vuelta al pantalón como pude, me subí el cierre a medias, cambié la pantalla a otra vista, tomé el libro y me hice el lector aplicado. Llegó a la recepción con el aire alterado, las mejillas rojas, un mechón de pelo pegado en la sien.
—Señor Rubén, pensé que se había ido a comer. ¿Por qué sigue aquí?
—No tengo hambre, licenciada. Me quedé conociendo el sistema y me puse a leer. Mañana ya salgo o me traigo algo. ¿Usted no come?
—A veces antes, a veces más tarde. —Tragó saliva—. ¿Todo bien por aquí?
—Todo en orden —le sostuve la mirada un segundo de más—. La noto nerviosa.
—Para nada —sonrió tensa, y volvió a su oficina sin agregar palabra.
Apenas desapareció por el pasillo yo me metí al baño de la recepción, cerré con seguro, me bajé el pantalón y me acabé de correr en menos de un minuto, apoyado contra la pared, viendo mentalmente ese pezón oscuro y esa mano perdiéndose entre los muslos. Me vine con tanta fuerza que salpiqué el azulejo. Me limpié, me acomodé, me lavé las manos y volví al monitor como si nada. Ese fue el primer día. Faltaban muchos.
***
Los días siguientes fueron un duelo silencioso. Ella sabía que yo controlaba las cámaras; yo sabía que ella sabía. Y sin embargo, el juego no paró. Al contrario.
Empezó a dejar la puerta entreabierta a la hora muerta de la comida. Empezó a mirar a la lente como quien busca a alguien al otro lado. Una tarde se quitó el saco despacio, doblándolo sobre el respaldo, tomándose su tiempo, los ojos fijos en la cámara, retándome a seguir mirando. Se desabrochó tres botones de la blusa, se metió la mano bajo el sostén y se pellizcó el pezón sin dejar de mirarme. Después chupó ese mismo dedo con la boca abierta, largo, obsceno, dejándome ver la lengua rosa jugando con la yema. Yo miraba. Vaya que miraba. Y me la sacaba debajo del mostrador cada vez, corriéndome en una toalla que empecé a guardar en el cajón del escritorio como si fuera parte del equipo.
El jueves de esa segunda semana se quedaron todos en una capacitación fuera del edificio. El piso entero para nosotros dos. A la una y media su voz crujió por el conmutador interno.
—Señor Rubén, ¿podría venir a mi oficina? Tengo que hablar con usted sobre las cámaras.
Caminé por el pasillo con el corazón golpeándome las costillas y la polla otra vez apretada contra el pantalón. La puerta estaba abierta. Renata estaba de pie junto al escritorio, sin saco, la blusa con tres botones menos que de costumbre, los brazos cruzados de manera que las tetas se le juntaban en un canal profundo, y una media sonrisa que no tenía nada de profesional.
—Cierre, por favor —dijo—. Con seguro.
Cerré. Escuché el chasquido metálico como una sentencia.
—Llevo días pensando cómo decirle esto sin que parezca lo que es. —Dio un paso hacia mí—. Sé lo que ve en esa pantalla. Y sé que no apaga el monitor cuando debería. Sé también que se toca ahí abajo, señor Rubén. No es tan discreto como cree.
—Licenciada, yo...
—No se disculpe. —Me puso un dedo en el pecho, justo encima del primer botón—. Lo hice para que mirara. Llevo años siendo perfecta delante de todos. Quería que alguien me viera por debajo de eso. Quería que alguien se la sacara pensando en mí. ¿Se la sacaba, verdad?
—Todos los días —le respondí, y la voz me salió ronca.
—Enséñeme cómo.
El dedo bajó, lento, hasta el cinturón, y me lo aflojó ella misma con una destreza que me dejó claro que llevaba días imaginándolo. Le tomé la muñeca, no para detenerla, sino para sentirle el pulso, que latía tan rápido como el mío. La acerqué de un movimiento y la besé. Sabía a café y a carmín, y respondió con una urgencia que desmentía todos sus modales, chupándome la lengua, mordiéndome el labio, jalándome del pelo de la nuca.
Le abrí la blusa botón por botón mientras ella me terminaba de bajar el cierre. Le saqué las tetas del sostén y ahí estaban por fin, al aire, esos pezones oscuros que llevaba días viendo pixelados en el monitor. Me agaché y me metí uno entero en la boca. Renata soltó un jadeo grave, muy distinto a su voz de oficina, y me apretó la cabeza contra su pecho.
—Chúpalas más fuerte, cabrón, así, así —murmuró, y en ese instante murió del todo la licenciada Renata y nació la otra, la de las fotos.
Le mordí el pezón, se lo pasé por la lengua, subí al cuello, le mordí la clavícula. Ella ya me tenía la verga afuera y me la agarraba con las dos manos, midiéndome, apretándome, escupiéndose en la palma para deslizarla por toda mi longitud. Me la trabajaba con una técnica que solo tiene la mujer madura que sabe muy bien lo que le gusta.
—Está más gruesa de lo que me imaginé —dijo, mirando lo que tenía en la mano—. Y llevo días imaginándomela mucho.
La senté yo ahora en el filo del escritorio, en el mismo lugar donde días atrás se había tomado aquellas fotos. Le subí la falda recta hasta la cintura, esa falda que me había hecho perder el hilo en la entrevista. Debajo, exactamente como me lo había imaginado, tenía el liguero negro y una braga diminuta de encaje, empapada. La aparté con un dedo y ahí estaba el coño de Renata, depilado, hinchado, brillando de humedad, con el clítoris asomado como una perla.
Me arrodillé en la alfombra sin pensarlo. Le puse las piernas sobre los hombros y le enterré la boca. Renata dio un grito que se tragó a medias, arqueó la espalda y se agarró del borde del escritorio con las dos manos. La chupé como llevaba dos semanas queriendo chupármela: le pasé la lengua plana por toda la raja, de abajo hacia arriba, terminando cada pasada con un beso apretado en el clítoris. Después le abrí los labios con los dedos y le clavé la lengua adentro, follándola con la boca mientras el pulgar le trabajaba el botón.
—Ay, Rubén, así, no pares, no pares, chúpame ahí, cómeme rico —jadeaba, apretándome la cara contra el coño con la mano.
Le metí dos dedos y encontré el punto rugoso por dentro. Se lo empecé a golpear con la yema mientras le mamaba el clítoris con los labios, chupando fuerte, sin dejar espacio. Renata empezó a temblar entera. La blusa abierta se le movía con la respiración, los pezones erguidos, la boca desencajada. Se corrió así, en mi boca, la primera vez, apretándome la cabeza entre los muslos y soltando un gemido largo, gutural, que no tenía nada que ver con la mujer del carmín perfecto. Sentí en la lengua cómo se le contraía la vagina alrededor de mis dedos.
—Todavía no acabo contigo, licenciada —le dije, subiendo, limpiándome la barbilla con el dorso de la mano.
—Más te vale que no —contestó, y me agarró de la corbata para acercarme.
Me metí entre sus piernas, le acomodé el culo en el filo del escritorio y le apunté la verga al coño. Se la pasé por toda la raja, empapándomela con su humedad, y ella me clavó las uñas en la espalda por encima de la camisa.
—Métemela ya, no me hagas rogarte.
Se la metí de un solo empujón, hasta el fondo. Renata echó la cabeza atrás y soltó un «ah» profundo que retumbó en la oficina. La sentí cerrarse entera alrededor de mi polla, caliente y apretada como si nunca hubiera estado con nadie. Empecé a moverme despacio, saliendo hasta la punta, entrando hasta chocarle con el hueso, mirándola a los ojos para no perderme un solo gesto.
—Así te querías ver, ¿verdad? —le dije al oído—. Con la falda arriba, la blusa abierta y la polla del vigilante metida hasta el fondo.
—Sí, así, cabrón, así —jadeó ella—. Fóllame como me lo imaginabas, no te contengas.
Le hice caso. Le agarré las caderas y empecé a embestirla en serio, con los pies bien plantados en la alfombra, haciéndola resbalar unos centímetros por el escritorio con cada golpe. Los papeles se caían al piso, un lápiz rodó, el portaplumas se volcó. A ninguno le importó. La escuchaba jadear con la boca abierta contra mi cuello, y cada tanto soltaba una obscenidad que hubiera fulminado en el pasillo del corporativo.
—Más fuerte, más fuerte, rómpeme —me pedía, apretándome el culo con los talones.
La saqué de golpe, la giré y la doblé sobre el escritorio boca abajo. La falda seguía arremangada en la cintura. Le separé las nalgas con una mano y volví a metérsela desde atrás. Desde ese ángulo la sentí todavía más apretada. Ella se agarró del borde opuesto del escritorio y sacó el culo, ofreciéndose entera. Le clavé las manos en las caderas y la empecé a coger a fondo, viendo cómo se le movían las nalgas con cada choque y cómo se le corría la respiración por la superficie de la madera.
—Mírate en la cámara, Renata —le dije, jadeando—. Estás igual que en las fotos, pero conmigo adentro.
Ella levantó los ojos hacia la esquina del techo, hacia la lente que llevaba días provocando, y sonrió con la boca torcida.
—Nadie más va a ver esto —murmuró—. Solo tú.
Le pegué una nalgada. Renata se estremeció entera y me apretó la verga con el coño como respuesta. Le pegué otra, del otro lado, y le vi la marca roja aparecer en la piel blanca. Se estaba corriendo otra vez: le tembló la espalda, se agarró del escritorio con los nudillos blancos y gimió apretando los dientes para no gritar.
—Aguántame, licenciada, que todavía no termino.
—Termina donde quieras, pero termina ya —me suplicó, con la voz rota—. Quiero sentirte acabar.
La levanté un poco, la enderecé contra mi pecho sin sacársela, y le agarré una teta con una mano mientras con la otra le buscaba el clítoris. Se lo empecé a frotar en círculos rápidos, penetrándola de pie, con ella pegada a mí de espaldas, y le mordí el cuello.
—¿Dónde te la echo? —le pregunté al oído.
—Adentro —jadeó—. Me cuido, cabrón, adentro, quiero sentírtela caliente.
No hizo falta más. La empujé otra vez contra el escritorio, se la clavé hasta el fondo tres, cuatro, cinco veces más, y me corrí adentro con un gruñido que traté de ahogar en su hombro. Sentí cómo salía todo, chorro tras chorro, mientras ella se contraía por tercera vez alrededor de mi verga, empujando el culo hacia atrás para no perder ni una gota.
Después quedamos los dos a medio vestir, ella sentada en el escritorio, yo de pie entre sus piernas, sudados, recuperando el aire. Sentí cómo el semen empezaba a bajarle por el muslo. Renata metió un dedo, lo recogió, y sin dejar de mirarme se lo llevó a la boca.
—Rico —dijo, y me sonrió con esa sonrisa que ya nunca volví a confundir con inocencia.
Estiró el brazo, tomó su teléfono personal y, sin dejar de mirarme, se tomó una última foto. Esta vez no estaba sola en el encuadre: se veían sus tetas al aire, mi mano izquierda todavía apoyada en su cadera y, en el reflejo del monitor apagado del fondo, el resto de los dos, ella con la falda subida y yo con la camisa arrugada y la polla afuera.
—Para que no se le olvide su primer día —dijo, acomodándose la blusa sin ninguna prisa.
Aquella cámara frente a su oficina se volvió, a partir de entonces, mi vista favorita del trabajo. Y los descansos para comer, los más largos y los más húmedos de mi vida.