La condición de la casera para rebajarnos el alquiler
Carla y yo llevábamos casi un año soñando con vivir juntos. Teníamos buenos trabajos, ninguna deuda y la energía de dos personas de veintipocos que se desean a todas horas. Lo único que nos faltaba era un techo propio. Hasta entonces, lo nuestro se reducía a hoteles de fin de semana, al asiento trasero del coche o a las tardes en que sus padres salían. Nunca era suficiente.
Yo tenía veintiocho y ella veintiséis. Los dos nos cuidábamos: yo entrenaba casi a diario, ella tenía un cuerpo que paraba el tráfico, cintura estrecha, caderas anchas y una sonrisa que sabía usar. Estábamos listos para dar el paso. Lo que no calculamos fue lo que costaba darlo en Almería.
—Esto es un robo —dije una tarde, cerrando el portátil—. Nada decente baja de mil doscientos.
—Vivimos en Almería, no en Marbella —contestó ella, dejándose caer en la cama—. Se están riendo de nosotros.
Después de un mes buscando, ya casi sin ilusión, Carla me llamó eufórica desde la tienda. Una compañera conocía un piso libre cerca de su casa y le había pasado el teléfono del dueño. Esa misma tarde fuimos a verlo.
Nos abrió la puerta un matrimonio que rondaba los sesenta. Ella se llamaba Amparo: ni gorda ni delgada, bajita, con esa franqueza de las mujeres que ya no le piden permiso a nadie. Él era Genaro, un hombre con barriga, bigote y cuatro pelos peinados de lado, más bajo incluso que Carla. El piso estaba justo enfrente del suyo, puerta con puerta. Noventa metros, cuatro habitaciones, dos baños, plaza de garaje. Una joya.
—Mil cien —dijo Genaro.
Era buen precio comparado con lo que habíamos visto, pero seguía fuera de nuestro alcance. Le ofrecimos setecientos cincuenta. La cara que puso fue de enfado puro. Le dijimos que lo pensara y nos despedimos.
—¿Has visto cómo se ha picado? —dije en el coche.
—Normal, le hemos bajado casi cuatrocientos —Carla se mordió el labio—. Pero te digo una cosa: cuando te fuiste con ella a la cocina, él pasó dos veces por delante de mí y me rozó las tetas con el brazo. Y no dejaba de mirarme las piernas.
—Será viejo verde el cabrón.
—Déjalo, ni nos van a aceptar la oferta.
***
Dos semanas después, Amparo me escribió: no estaban convencidos, pero querían negociar. Subimos de nuevo. Nos sentaron en el salón, café de por medio, y estuvieron media hora hablando de todo menos del alquiler. Esta vez sí me fijé: Genaro le miraba las piernas a Carla con una descarada paciencia.
—Al lío —dijo él por fin—. Hemos hablado Amparo y yo. ¿Qué tal novecientos?
—Imposible —cortó Carla—. Estamos ahorrando para una entrada. No llegamos.
—Qué lástima perder un piso así por una tontería —suspiró Amparo. Y luego, despacio, como quien tantea—: Mirad, jóvenes. Nosotros somos gente humilde, ese piso fue una herencia. Podríamos hacer un esfuerzo y dejarlo en los setecientos cincuenta que ofrecéis.
—¡Eso sería estupendo! —se me escapó.
—Sí —Genaro levantó un dedo—. Pero a cambio pedimos algo nosotros.
Amparo dejó la taza en el plato y nos miró a los dos con una calma que no presagiaba nada normal.
—Estamos solos y aburridos. No os pedimos que nos cuidéis. Lo que proponemos es que una semana de cada mes cambiemos de pareja. Tú, Daniel, te subes aquí conmigo, y mi marido baja con tu chica.
Me quedé con el café a medio camino de la boca.
—¿Cómo que cambiar de pareja?
—Tranquilo, Daniel —Genaro sonrió—. No somos gente rara. Estamos solos en la vida. Tomaos el café en la terraza, habladlo y nos decís. Si no os apetece, llamamos a otro matrimonio que vendría esta semana. Os lo ofrecemos a vosotros porque sois conocidos de Carla.
Salimos a la terraza y nos echamos a reír por lo absurdo de todo. Pero a los tres minutos ya no nos reíamos.
—¿En serio lo estamos dudando? —pregunté.
—Nos vendría de maravilla para ahorrar —Carla miraba la calle—. ¿Tú crees que ese viejo va a poder con su edad? Dudo que aguante de verme salir de la ducha. El que tiene que preocuparse por Amparo eres tú.
—A mí no se me pasa por la cabeza tocarla.
—¿Probamos una semana? Si no estamos cómodos, nos vamos.
Acepté sin gustarme la idea. Firmamos unos papeles que nadie leyó con cuidado. En cuatro días ya estábamos instalados enfrente de ellos.
***
La primera mañana del intercambio nos despedimos los cuatro en el rellano como si nos fuéramos de viaje, con un metro de distancia entre las puertas. Resultó cómico y siniestro a la vez.
—Cualquier cosa rara, pega en la pared y vengo —le dije a Carla al oído.
—Y tú igual. Dormimos separados, pero estamos enfrente.
Entré en casa de Amparo con la bolsa de aseo. Le pregunté dónde dejaba el pijama y me mandó al dormitorio. Me extrañó, pero obedecí.
—Ponlo en esa mesita, es tu lado de la cama —dijo entrando detrás de mí.
—¿No hay otra habitación?
—Estos días eres mi marido. No muerdo.
Pasamos la tarde charlando. Ella tenía esa conversación fácil de quien ha vivido mucho. Llegó la hora de acostarse y, cuando fui a coger el pijama, había desaparecido.
—¿Has visto mi pijama, Amparo?
—Lo eché a lavar. Nosotros dormimos sin ropa, es costumbre. Quédate en calzoncillos, no pasa nada.
Pensé en Carla, ahí enfrente, y me dije que ella me habría avisado si algo iba mal. Me quité la camiseta y los vaqueros con una vergüenza absurda, sintiendo sus ojos en mi espalda, y me metí en la cama. Entonces Amparo se sentó al borde, se desabrochó el sujetador, se bajó las bragas y se quedó completamente desnuda. No estaba mal para su edad, pero no era eso lo que me aceleraba el pulso, sino la situación entera.
—Tranquilo, nene —se acostó a mi lado—. Que no somos gente rara.
Me venció el sueño. Tengo el sueño ligero, y un rato después noté un cuerpo caliente pegado al mío. La mano de Amparo descansaba en mi pecho. Su pierna trepó sobre mi muslo. Me quedé petrificado, haciéndome el dormido, pensando que en cualquier momento pararía.
No paró. La mano bajó por mis abdominales con una lentitud calculada, se deslizó bajo el elástico y me agarró. Llevaba más de quince días sin tocar a Carla y el cuerpo me traicionó antes que la cabeza. Me recorrió un calambre desde la nuca.
—¿Qué hace? —me removí, fingiendo despertar.
—Shhh. Voy a cuidar de ti esta noche.
—No quiero, pare.
Tiró de la sábana, casi enfadada, y a la luz de la luna la vi incorporarse y bajarme la ropa sin pedir permiso. Me apartó las manos con una facilidad que me humilló. Cuando se colocó entre mis piernas, me rendí. Total, nadie iba a enterarse.
—¿Te crees que esto es un desafío para mí? —dijo antes de inclinarse.
Lo que hizo con la boca no se parecía a nada que me hubieran hecho. Tragaba entero y volvía a subir despacio, una y otra vez, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Voy a correrme —avisé.
—¿Ya? Si no he hecho nada. Encima de que no la tienes grande, aguantas poco. La que va a flipar no soy yo.
Esa frase —«la que va a flipar no soy yo»— se me clavó. No hablaba de ella. Hablaba de Carla. Me agarré a las sábanas y exploté con una intensidad que me asustó. Ella ni se detuvo.
***
—Tú no aguantas nada, niño —se rió, montándose encima un rato después—. Por algo Genaro la tiene acostumbrada a otra cosa.
—¿Qué pasa, que tu marido es mejor? —me piqué, y al picarme me empalmé de nuevo.
—¿Tú qué crees que está haciendo él ahora mismo, a las cuatro de la mañana, en la cama que tú vas a ocupar la semana que viene?
Se me cortó la respiración.
—Carla no haría nada con ese viejo.
—¿Quieres comprobarlo? —Amparo se relamió—. Subimos a la azotea, saltas el muro y bajas a su terraza sin hacer ruido. Pero si nos delatas, lo niego todo.
Acepté para demostrarle que se equivocaba. Salimos a la terraza, subimos por la escalera de caracol y, en lo alto, salté un murete de metro y medio mientras ella esperaba. Bajé de puntillas. El salón estaba a oscuras, las cortinas echadas. Me acerqué al cristal del dormitorio. Tampoco había luz. Iba a marcharme cuando oí algo y pegué la oreja al vidrio.
Eran ellos. Hablando bajo, primero. Después no tan bajo.
—Quieta y no te quejes tanto —decía Genaro.
—Espera, hombre, hace calor, échate para allá.
—Calla ya, que me tienes caliente. Ábrete. Así, así.
—Ay… no, para… ay, ay.
Me quedé helado. No eran gemidos ni quejidos de dolor, era algo neutro, ambiguo, y eso me revolvió por dentro de una manera que no entendí. Escuché el traqueteo, las palmadas, su voz insultándola entre risas. Y, contra toda lógica, estaba empalmado. Celos, rabia y excitación mezclados en un nudo que no sabía deshacer. Estuve casi una hora pegado a aquel cristal antes de volver por donde había venido.
Amparo me esperaba con la lamparita encendida.
—¿Qué, qué has oído? —canturreó.
—No me lo creo.
—Pues claro que pasaba. Ya te dije que con Genaro hay que tener cuidado. Esta noche le ha dejado el coño abierto a tu novia, hijo.
—No digas eso.
—La verdad duele —se encogió de hombros—. Y esta noche aún no he terminado contigo.
Volvió a buscarme abajo y, por mucho que me odiara por ello, me dejé. Cerré los ojos en la oscuridad y, cuando me montó y empezó a balancearse, el flash de las palmadas de la terraza me golpeó otra vez. Me puse como una piedra. Amparo se corrió contrayéndose sobre mí, y yo me fui detrás, pensando en todo a la vez: en Carla, en Genaro, en la semana que me esperaba a mí en esa cama.
***
Me desperté con el sol y la cama vacía. Eran las doce. Amparo entró en pijama poco después.
—He ido a ver a los vecinos de enfrente —dijo con una sonrisa—. Desayunando tan tranquilos. Por cierto, esta tarde vienen unas amigas a jugar a las cartas. Tendrás que irte a tu piso un rato. Luego te llamo y vuelves conmigo.
—Eres una cabrona, Amparo.
—Y tú tienes poco humor. A las nueve te vas.
A las nueve crucé el rellano y pegué en la puerta de enfrente. Me abrió Genaro con una bata fina, entreabierta, sin nada debajo. Carla estaba en el sofá, encogida, y me saludó con un «hola, cari» apagado que me partió. Cenamos los tres en un silencio incómodo, viendo la tele, hasta que él se desperezó.
—Bueno, Daniel, quédate ahí en el sofá viendo la tele, que yo tengo que atender un asunto en el dormitorio —me guiñó el ojo—. Y no te pongas gallito, que ya está todo hablado. Hemos rebajado el alquiler a setecientos. Si os vais antes de seis meses, los pagáis igual, a mil doscientos cincuenta. Eso lo firmasteis.
Miré a Carla. Cabizbaja, las piernas cruzadas, asintió despacio.
—Es una mierda, cari —murmuró—. Pero aguantemos hasta salir de aquí. Te quiero, ¿vale?
Se acercó y me besó en los labios. Genaro pegó un grito.
—¡Eh! No se besa al niño delante de mí. Tira para la cama.
La agarró del brazo. Me levanté de un salto, pero los dos me miraron y Carla negó con la cabeza. De pie junto a ella, sin dejar de observarme, Genaro tiró del lazo de la bata. Ella intentó sujetarla; él le apartó las manos. Y ahí quedó mi novia, mi amor, con el pecho al aire y un tanga rojo por toda defensa.
Dejaron la puerta del dormitorio abierta, justo enfrente del sofá. Yo no quería mirar. Clavé la vista en la ventana del salón, pero por el rabillo del ojo lo veía todo. Lo vi quitar las sábanas, tumbarse, atraerla contra él por la cintura mientras ella protestaba en voz baja. Lo vi pegarse a su espalda, amasarle un pecho, hablarle al oído entre risas. Y me vi a mí mismo sentado, empalmado, incapaz de moverme, mientras un viejo le bajaba el tanga a la mujer que amaba.
—¿Hoy no quieres porque está el novio mirando? —se burló él.
Esa frase me humilló más que cualquier otra cosa de aquella semana. Y, a la vez, me prendió por dentro de una forma que todavía no me explico. Carla giró la cabeza, me buscó con los ojos, suplicando algo que yo no era capaz de darle, y volvió a hundir la cara en la almohada.
Genaro empezó a moverse, despacio primero, fuerte después, llenando el cuarto de un sonido seco y rítmico. Yo seguía allí, sin levantarme, viéndolo todo. No sé cuánto duró. Solo sé que cuando Amparo pegó en la puerta para llevarme de vuelta a su cama, salí sin protestar, con la cabeza dándome vueltas y la certeza incómoda de que aquella semana apenas empezaba.
—Mañana es miércoles —me dijo Amparo en el rellano, tirando de mí hacia su piso—. Y mañana, nene, todavía no has visto nada.