El maduro de la obra y la hija del capataz
Mauricio tenía cincuenta y cuatro años y el cuerpo de alguien que jamás había trabajado detrás de un escritorio. Era el jefe de obra de una urbanización a medio levantar en las afueras de Sevilla, y llevaba más de tres décadas mandando hombres bajo el sol. Tenía los brazos gruesos, las manos anchas y callosas, el pecho marcado por el esfuerzo y una barriga dura que no le quitaba ni un gramo de presencia. La piel curtida, el pelo entrecano y una mirada que no hacía falta levantar la voz para imponerse. Los obreros lo respetaban tanto como lo temían.
En treinta años había aprendido a leer a los hombres con una sola ojeada: quién aguantaba, quién se escaqueaba, quién mentía. Lo que nunca había aprendido —o nunca había querido aprender— era a dejar de mirar a las mujeres. Y desde hacía unas semanas había una en particular que le costaba sacarse de la cabeza.
Mariana acababa de cumplir veinte años. Era venezolana, hija de Aníbal, uno de los capataces más veteranos del equipo, un tipo serio que llevaba con Mauricio casi una década. La chica tenía un cuerpo que parecía hecho a propósito para incomodar a un hombre de su edad: pechos grandes y firmes que se movían con cada paso, cintura estrecha, caderas anchas y un trasero redondo que llamaba la atención incluso bajo la ropa más sencilla. La piel morena le brillaba con el calor, los labios gruesos, los ojos oscuros y una melena negra que casi siempre llevaba suelta.
Empezó a aparecer por la obra a media tarde, con la excusa de llevarle el almuerzo a su padre. La primera vez Mauricio apenas la miró. La segunda, se quedó observándola un segundo de más. A la tercera ya sabía a qué hora llegaba.
—Buenas, don Mauricio —saludaba ella, siempre con esa sonrisa entre tímida y traviesa.
—Buenas, niña —contestaba él, fingiendo concentrarse en los planos.
Pero no era ciego. Notaba cómo los ojos de ella se entretenían en sus brazos sudorosos, en el pecho que asomaba bajo la camisa abierta. Y ella tampoco era tonta: notaba que él la seguía con la mirada hasta que se perdía entre los andamios. Era un juego sin palabras, una corriente que crecía cada tarde y que ninguno de los dos nombraba.
El verano sevillano apretaba sin piedad. Cada día hacía más calor y, casualmente, cada día Mariana aparecía con menos ropa. Shorts vaqueros que le marcaban las nalgas, tops finos que apenas contenían el pecho, sandalias que dejaban ver unos pies cuidados. Mauricio se decía a sí mismo que aquello no iba a ninguna parte, que era la hija de Aníbal, que tenía edad para ser su nieta. Se lo decía cada noche. Y cada tarde volvía a mirarla.
***
Aquella tarde el termómetro pasaba de los cuarenta grados. Eran cerca de las tres y la obra estaba prácticamente vacía: la mayoría de los hombres había terminado la jornada y solo quedaba una cuadrilla pequeña rematando unos encofrados al fondo del solar. Aníbal estaba en la otra punta, supervisando una máquina que llevaba toda la mañana dando problemas.
Mauricio se había refugiado en la caseta prefabricada, con la camisa fuera y el torso brillando de sudor, repasando unos planos que llevaba media hora sin entender. Oyó los pasos antes de verla.
—Don Mauricio… le traje agua bien fría —dijo Mariana desde la puerta, con su acento suave, extendiendo una botella empañada por el frío.
Él levantó la vista y la recorrió despacio, sin disimulo esta vez. El top blanco se le pegaba al cuerpo por el sudor y marcaba con claridad la forma de los pezones. Los shorts se le hundían entre los muslos. Mauricio tragó saliva.
—Gracias, niña —respondió con la voz más ronca de lo que pretendía—. Hoy hace un calor de mil demonios.
Cogió la botella, bebió un trago largo y se la apoyó un momento en la nuca. Esperaba que ella se marchara, como siempre. Pero Mariana no se movió. Se quedó dentro de la caseta, abanicándose con la mano, mirándolo de arriba abajo sin ningún pudor.
El aire estaba cargado de olor a tierra, a cemento, a sudor. Mauricio sintió la tensión espesarse hasta volverse casi sólida. La miró a los ojos. Ella le sostuvo la mirada.
Entonces, sin decir nada, él alargó el brazo y echó el pestillo de la puerta. El clic sonó más fuerte de lo que debería en aquel silencio.
—Usted me mira mucho, don Mauricio —susurró ella, mordiéndose el labio.
—Y tú también me miras a mí —contestó él, dando un paso adelante—. No me hago el tonto.
Mariana dio otro paso, hasta quedar a un palmo de él. El pecho le subía y le bajaba con la respiración agitada. Mauricio la agarró por la cintura con las dos manos —esas manos enormes le cubrían media espalda— y la pegó contra su cuerpo. Ella soltó un gemido bajito al sentir la erección del hombre presionando contra su vientre.
—¿Esto es lo que querías cada tarde? —murmuró él contra su oído.
Ella no contestó con palabras. Le rozó el cuello con los labios, despacio, mientras una de sus manos bajaba por el pecho de él hasta detenerse en la hebilla del cinturón.
***
Mauricio apoyó una mano en el hombro de Mariana y la empujó suavemente hacia abajo. Ella se dejó caer de rodillas sobre el suelo de la caseta, levantó la vista hacia él y empezó a desabrochar el cinturón con dedos que temblaban de pura excitación. Bajó la cremallera y liberó la polla, gruesa y ya completamente dura.
—Dios mío —murmuró ella mirándola un segundo antes de abrir la boca.
Se la metió con ganas, sin remilgos. Chupaba la mitad mientras la mano libre subía y bajaba por la base con un ritmo constante. La saliva le resbalaba por la barbilla y le caía sobre el escote. Mauricio enredó los dedos en aquella melena negra y la guio sin forzarla, marcando un vaivén lento.
—Así, despacio —gruñó—. No tengas prisa.
Mariana iba ganando confianza. Lamía el tronco de arriba abajo, le besaba el glande, volvía a tragársela un poco más profundo cada vez. Sus ojos lo buscaban desde abajo, brillantes, disfrutando del poder que tenía sobre aquel hombre enorme que mandaba a una obra entera y que en ese momento solo podía mirarla a ella.
—Joder, niña —jadeó él—. La boca que tienes.
La dejó seguir un rato más, hasta que sintió que perdía el control demasiado pronto. Entonces la sujetó por los brazos y la levantó del suelo.
***
La giró de cara a la pared de la caseta y le pegó el cuerpo por detrás. Mariana apoyó las palmas contra el tablero, arqueando la espalda casi por instinto. Mauricio le bajó los shorts y la ropa interior de un solo tirón hasta los muslos, descubriendo aquel trasero redondo que llevaba semanas obsesionándolo.
Le pasó una mano por la espalda, despacio, sintiendo la piel caliente y húmeda. La oyó respirar entrecortado, impaciente. Sin más preámbulos, se colocó detrás de ella y la penetró de una embestida firme.
—¡Ah! —gimió ella, fuerte, demasiado fuerte para un sitio donde aún quedaban hombres trabajando.
Mauricio le tapó la boca con una mano y se inclinó sobre su oído.
—Calladita —le susurró—. Que tu padre anda cerca.
La advertencia, en lugar de frenarla, pareció encenderla aún más. Empezó a moverse contra él, buscando cada embestida. Mauricio la sujetó por la cadera con la mano libre y comenzó a follarla con un ritmo profundo y constante, sin prisa pero sin tregua. Cada golpe hacía que el cuerpo de ella se balanceara contra la pared.
El calor dentro de la caseta era insoportable. El sudor de los dos se mezclaba, el sonido húmedo de los cuerpos llenaba el espacio cerrado, y de fondo se oían los golpes lejanos de la cuadrilla rematando el encofrado, ajenos a todo. Esa cercanía del peligro lo volvía todo más intenso.
—Más… —pidió ella contra su mano—. No pare.
Él soltó una risa ronca y le mordió suavemente el hombro. Cambió el ángulo, la inclinó un poco más y aceleró. Mariana cerraba los ojos, mordiéndose la palma de la mano de él para ahogar los gemidos, las piernas temblándole de un modo que no podía controlar.
***
Mauricio salió de repente, le dio la vuelta y la levantó en peso sujetándola por las nalgas, como si no pesara nada. Mariana le rodeó la cintura con las piernas y se aferró a su cuello. Apoyado en la pared, él la empaló de nuevo, esta vez cara a cara.
Ella lo besó con desesperación, metiéndole la lengua, mientras él la subía y la bajaba sobre su polla con la fuerza de aquellos brazos acostumbrados a cargar peso. El pecho de Mariana, grande y firme, se aplastaba contra el torso sudoroso del hombre en cada movimiento.
—Eres una locura —murmuró él entre besos—. Llevo semanas pensando en esto.
—Lo sé —contestó ella, sonriendo con descaro—. Por eso le traía el agua.
Siguió un rato largo así, sosteniéndola contra la pared, hasta que los brazos empezaron a pedirle clemencia. La bajó despacio, le dio la vuelta otra vez y la dobló sobre la mesa donde antes repasaba los planos, apartando de un manotazo los papeles. La penetró de nuevo por detrás, ahora más rápido, más duro, sintiendo que el final se acercaba.
—Me voy a correr —avisó, la voz quebrada.
—Hágalo —jadeó ella—. Quiero verlo.
Mauricio salió justo a tiempo, la giró una última vez y ella se dejó caer de rodillas frente a él. Apenas tuvo que tocarse un par de veces antes de terminar, soltando el aliento contenido de toda la tarde. Mariana mantuvo la mirada fija en él hasta el último segundo, una sonrisa satisfecha dibujándose en sus labios.
***
Se quedaron unos segundos en silencio, recuperando el aliento, el corazón todavía golpeando con fuerza. La caseta olía a sexo y a cemento. Fuera, los golpes de la cuadrilla seguían igual de lejanos: nadie se había enterado de nada.
Mauricio le tendió una mano y la ayudó a levantarse. Le apartó un mechón de pelo de la cara con el pulgar, un gesto extrañamente delicado para lo que acababa de pasar.
—Esto no puede volver a repetirse —dijo, aunque los dos sabían que era mentira.
Mariana se arregló el top y los shorts sin dejar de mirarlo, con la respiración aún entrecortada.
—Cuando quiera que le traiga agua fría otra vez —dijo, ya con la mano en el pestillo—, ya sabe dónde encontrarme, don Mauricio.
Abrió la puerta y salió a la luz cegadora de la tarde con las piernas todavía temblando y una sonrisa que no se molestó en disimular. Mauricio se quedó dentro, se subió la cremallera, recogió los planos del suelo y encendió un cigarro junto a la ventana.
Dio una calada larga, mirando cómo la chica cruzaba el solar y desaparecía entre los andamios. Por primera vez en mucho tiempo, pensó que aquella obra interminable se había puesto, de pronto, muchísimo más interesante.