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Relatos Ardientes

El maduro casado que me ganó una apuesta en la barra

Leo este blog desde hace tiempo, aunque nunca me había atrevido a escribir. Hoy me he decidido, y os juro que llevo tocándome desde que abrí la página en blanco. Lo que os voy a contar pasó hace pocas semanas y todavía me cuesta creer que fuera yo la protagonista.

Desde que leo aquí me siento distinta: más suelta, más despierta, más dispuesta a dejarme llevar. Fui virgen hasta hace poco más de un año, cuando empecé a salir con un chico de la facultad. Me costó horrores acostumbrarme al sexo porque soy muy estrecha, y casi todos los que han pasado por mi cama me preguntan si es mi primera vez. Suelo mentir y decir que sí. A los hombres les encanta creer que son el primero.

No tengo grandes fetiches. Lo que de verdad me enciende es sentirme deseada. Suplicar que se corran dentro justo cuando están a punto, hacerme la inocente, susurrarles que noto cómo me van abriendo poco a poco. El otro día todo eso se me fue de las manos. Siempre presumí de tener principios, de que jamás me metería en el matrimonio de nadie. Y entonces apareció Marcos.

Marcos vivía a casi setecientos kilómetros de mi ciudad, pero andaba por aquí unos días por trabajo. Moreno, con barba canosa, alto, veintidós años mayor que yo. Él tenía cuarenta y cuatro; yo, veintidós. Yo soy morena de pelo largo, delgada, de poco pecho, así que casi siempre voy sin sujetador. Se nota, y a mí me gusta que se note. Tampoco me corto a la hora de lucir el culo, que es lo único de mi cuerpo de lo que estoy realmente orgullosa.

Esa noche yo estaba sirviendo copas. Lo de la barra es algo puntual: en realidad estudio Arquitectura y echo turnos sueltos cuando necesito el dinero. Él estaba apoyado en la barra cuando un amigo común nos presentó. Yo seguí poniendo cubatas mientras sentía su mirada clavada en mi espalda, y me contoneé un poco de más cada vez que pasaba cerca.

Me acercaba a rellenarle el vaso más a menudo de lo necesario. Como todavía no le había visto el anillo, jugueteé con él, le sostuve la mirada, me reí de sus bromas malas.

—Apuesto a que no serías capaz de convencerme de tomar un chupito —me dijo de pronto, con una sonrisa torcida—. Llevo toda la noche sin beber.

Lo miré con fingido recelo.

—¿Crees que por ser camarera no sé vender? —le respondí—. Te aviso de que se me da bastante bien convencer a la gente.

—Demuéstralo, entonces.

—¿Y qué gano?

—Lo que quieras.

No tardé ni treinta segundos en ponerle el chupito delante y verlo apurarlo de un trago. Me incliné sobre la barra, dejando que la camiseta hiciera su trabajo.

—He ganado —dije—. Y ya sé lo que quiero.

—Dímelo.

—A ti.

Fue entonces cuando me contó que estaba casado.

***

Me sentó como una patada, no lo voy a negar. Y aun así, la idea de ser penetrada por un maduro que pertenecía a otra me daba un morbo que no había sentido nunca. Me notaba mojada, casi tanto como ahora mismo mientras escribo esto. Si os estáis masturbando al leerme, sabed que yo lo hago al contarlo. Solo por fuera, eso sí: es uno de mis trucos para seguir estrecha, reservarles ese privilegio de estar dentro de mí únicamente a los hombres. Por eso los deseo tanto.

Pero mis principios pudieron más, o eso creí. Dejé de hablarle y seguí con mi trabajo. Quien ha estado detrás de una barra sabe que, en cuanto te tomas un chupito con un cliente, acabas tomándote uno con cada mesa. Para cuando estaban cerrando, yo iba bastante perjudicada y mi turno había terminado.

Acompañé a una amiga al baño sin saber que él nos seguía. Al girarme para cerrar la puerta lo vi ahí, apoyado en el marco, guapísimo y con una cara de querer comerme que me dejó sin defensas. Y entonces lo hizo: me besó. No sé si fue el alcohol o las ganas acumuladas de toda la noche, pero decidí que me daba exactamente igual que estuviera casado. Esa noche iba a ser suya.

Como siempre, le dije que era virgen y le pedí que fuera cariñoso conmigo.

—No me lo creo —murmuró contra mi cuello—. Y no pienso ser cariñoso. Te voy a destrozar.

La verdad es que jamás me había visto tan mojada. Con cuatro besos más y un movimiento de sus manos, los pantalones y el tanga me cayeron a la vez hasta los tobillos. Mi amiga, que entendió todo a la primera, salió a fumar y nos dejó el baño para nosotros.

Sus dedos fueron directos. Me separó con dos dedos y empezó a dibujar círculos sobre el clítoris con una precisión que solo da la experiencia. Gemí, y él siguió, mirándome a los ojos en el espejo. No aguantaba más. Le cogí la muñeca y le susurré al oído una sola palabra.

—Entra.

Lo sentí enseguida: dos dedos abriéndose paso dentro de mí. Arqueé la espalda contra él. Que te abran de esa manera es una sensación que no se parece a nada.

***

Mis manos buscaron su bragueta casi solas. Le bajé los pantalones y él salió un momento de mí para deshacerse de los calzoncillos. Sin pensarlo me giré hacia la pared, levanté el culo y arqueé la espalda, dejándole el camino libre. No le había visto el sexo todavía, así que mi primera impresión fue el grosor que noté cuando lo apoyó en mi entrada. Era grande, mucho más ancho que el de cualquiera de los chicos con los que había estado.

—¿Estás segura? —preguntó, agarrándome del pelo.

—Soy tuya. Date placer, por favor.

Mi interior, caliente, recibió su empuje. Era grueso y largo, y lo sentí entero en una sola embestida. Gemí de placer y de dolor a partes iguales. Empezó con golpes secos y profundos, y yo le pedía más entre jadeos. Después se sentó en la tapa del váter y yo me dejé caer sobre él de espaldas, cabalgándolo mientras me acariciaba el clítoris con dos dedos.

Normalmente me gusta el sexo suave y rápido, pero esa noche solo quería correrme pronto y sentir cómo me llenaba. No sé si es algo raro, pero me pone muchísimo la idea de quedarme embarazada en un descuido. Creo que si un hombre, mientras me embiste, me dijera al oído «quizá te dejo preñada, pero me da igual», me correría en el acto.

Al rato mi cuerpo se adaptó a él y tuve que cambiar de postura. Me cogió en brazos y me apoyó otra vez contra la pared, esta vez cara a cara, con mis piernas alrededor de su cintura. Luego volvimos a la tapa, ahora de frente. Llevábamos ya media hora y ninguno de los chicos de mi edad había aguantado tanto. Notaba que me rompía por dentro y me daba igual: era su muñeca, su juguete, y lo estaba disfrutando como una loca.

—Me voy a correr —me avisó.

—Dentro —le supliqué—. Córrete dentro, lléname.

—No.

Y entonces, a traición, sacó el sexo de mí y vi cómo mi recompensa se derramaba fuera, lejos de donde yo la quería. Furiosa, me lo volví a meter de un movimiento. Me miró alucinado.

—¿No has llegado?

—No. Y como tú te has corrido fuera, no vas a parar hasta que yo acabe.

—Está bien —se rió—. Aguantará empalmado unos minutos más, y después te masturbo hasta que llegues. Te prometo el mejor orgasmo de tu vida.

***

Siguió dentro de mí con embestidas rápidas. Mi mano voló a mi clítoris para ayudarme, pero él me la apartó.

—Déjame enseñarte algo mejor.

Se escupió en la mano y deslizó un dedo por mi culo. Empezó a moverlo despacio mientras seguía embistiéndome. Nunca me habían tocado ahí, y no entendía de dónde salía tanto placer.

—¿Qué es esto? —pregunté con la voz quebrada.

—Te gusta, ¿verdad? Nunca lo habías sentido.

—No —susurré entre gemidos.

Saqué su sexo de mi coño e intenté metérmelo por detrás, pero ya no estaba lo bastante duro. Le pedí que, la próxima vez que volviera a mi ciudad, me enseñara el sexo anal. Me dijo que no lo dudara, que entonces sí se correría dentro, pero que ahora me tocaba a mí.

Usó tres dedos repartidos entre mis dos agujeros mientras yo me frotaba el clítoris, y me corrí como nunca. Fue un río, una descarga larga que me hizo doblar las rodillas y agarrarme a él para no caer. Nos vestimos en silencio, riéndonos como críos, y salimos del baño con la promesa de volver a vernos.

Desde aquella noche no dejo de pensar en hombres mayores, a poder ser solteros la próxima vez. Tengo unas ganas locas de probar el sexo anal y muchas cosas más. Cuando lo haya hecho, me encantaría atreverme con una doble penetración. Hay tanto por explorar todavía.

Me siento un poco mal por su mujer, no lo niego. Pero algo me dice que no soy la primera ni seré la última, y eso, en lugar de frenarme, me calienta más. De vez en cuando nos escribimos, y estoy deseando que el trabajo lo traiga otra vez a mi ciudad.

Espero que mi historia os haya gustado. Yo he vuelto a correrme mientras la contaba. Ojalá vosotros también.

Hasta la próxima.

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Comentarios (5)

RoccoLector

Tremendo relato, se hizo cortísimo. Quede con ganas de mas!!

Celeste_cba

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi jaja

PatoMagallanes

Muy bueno. El detalle de la apuesta le da un toque diferente, eso me gusto mucho.

MarcelaCBA

Me recordo a algo parecido que me paso hace años jajaja. Muy bien escrito, se siente autentico.

Tino_lecturas

excelente!!!

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