La noche que mi jefe me llevó a su casa
No esperaba que tanta gente leyera y disfrutara mi último relato. Me alegra y me excita a partes iguales, así que me siento en el compromiso de contaros otra historia para que la disfrutéis mientras os tocáis conmigo. Hoy os voy a contar cómo mi jefe me llevó a su casa una madrugada y me enseñó, sin pedirme permiso, lo que era de verdad el sexo.
Siempre me había excitado la idea de que me forzaran. De no dar permiso y que alguien decidiera por mí, que me abriera entera sin preguntar. Sé que suena mal escribirlo así, pero a mí me encendía como ninguna otra cosa.
Mi jefe se llamaba Marcelo y me sacaba casi treinta años. Era el dueño del restaurante donde yo trabajaba de recepcionista, y sí, ya sé que la mayoría de mis historias empiezan en el mismo sitio. Por aquel entonces yo tenía veintiún años recién cumplidos y llevaba apenas un mes acostándome con mi novio. El sexo me dolía bastante, porque él casi nunca conseguía que me mojara, pero por alguna razón ese dolor también me gustaba.
Marcelo era guapo de un modo que no encajaba con su edad. Parecía más joven, alto, atlético, divorciado. Alguna vez lo había visto cambiarse en el almacén, poniéndose la camisa del uniforme, y la línea marcada de su vientre me dejaba mirando más de la cuenta.
Aquella tarde estaba en recepción asignando mesas. Cuando bajó la afluencia, se acercó a mí con una sonrisa que ya traía intenciones.
—Hola, princesa —dijo Marcelo.
—Hola. ¿Necesitas algo de mí?
—Muchas cosas —contestó, repasándome de arriba abajo sin disimulo—, pero venía a preguntarte si tu amiga y tú vendréis mañana a la cena de empresa. Me gustaría que estuvierais.
—Ah, por supuesto. ¿Saldremos muy tarde? Le pediré a mi novio que me recoja.
—No hace falta. Yo te llevo a casa —dijo, con una seguridad que no admitía discusión.
Me sorprendió, pero acepté. Tenía novio y no pensaba hacer nada. Fantasear, en cambio, no se lo había prometido a nadie.
***
Al día siguiente empecé a arreglarme horas antes. Me depilé entera por si acaso, aunque dejé los condones en casa, en el cajón, lejos de la tentación. Antes de salir me masturbé. En aquella época usaba el mango de un peine viejo, nada grande, para metérmelo mientras me acariciaba el clítoris. Estaba tan cerrada que me dolía, pero lo hacía a diario para poder soportar las relaciones con mi novio. Me corrí, me mojé los muslos, me sequé con un par de pañuelos y salí.
Llegamos al restaurante mi amiga y yo. Yo iba con una falda blanca larga y un top que dejaba ver bastante, como de costumbre sin sujetador. Llevaba un tanga de hilo que me marcaba el culo y casi no se notaba bajo la tela.
Me senté al lado de Marcelo y la cena transcurrió con normalidad. Alguna mano en el muslo un poco más larga de lo decente, poco más. Él llevaba una camisa azul con los primeros botones abiertos y un pantalón ajustado que marcaba lo que ya sospechaba que escondía. Bebimos, charlamos animados toda la velada, hasta que dieron la una de la madrugada. Entonces me cogió de la mano.
—Princesa, mañana tengo una reunión importante. Deberíamos ir yendo.
Mi amiga lo vio venir. Me pidió que la acompañara al baño y bajamos las escaleras casi corriendo.
—Oye, ¿piensas acostarte con Marcelo o qué? —dijo encerrándome en el baño.
—¡No! ¿Estás loca? Tengo novio.
—Marcelo es guapísimo, pero es muchísimo mayor. Aunque esté separado, estaría mal, lo sabes, ¿no?
—Me negaré, te lo prometo. Además no llevo preservativos —dije, casi con pena.
—Así me gusta. Que te deje rápido en casa y me escribes al llegar.
Salimos del baño y acompañé a Marcelo al coche. Iba más borracha de lo que me habría gustado admitir, pero todavía pude abrir la puerta yo sola.
***
El viaje empezó tranquilo, con una conversación que debería haberme avisado de todo.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —dijo entrando en la autopista hacia mi casa.
—Claro.
—Con tu novio… ¿ya te has acostado? No es por morbo. Tengo una hija de tu edad y no sé si es momento de darle ciertas charlas.
—Pues… sí. Hace solo un mes, aunque no me gustó demasiado. Me duele bastante, y las dos veces que lo hicimos sangré después.
—Eso es porque no te ha abierto del todo. Sigues medio virgen. Seguro que estás muy apretada.
Se hizo un silencio incómodo. Me mojé solo de imaginarlo abriéndome del todo. Me puse roja. ¿Cómo le he contado eso a mi jefe? Agaché la cabeza y entonces lo vi: ese bulto enorme tensando la tela del pantalón. Se había puesto cachondo.
—¿Le eres fiel a tu novio?
—¡Claro! Nunca se me ocurriría estar con otro —dije, un poco molesta.
—Perdona, lo decía para recomendarte que con los demás uses protección.
—Con mi novio uso protección.
Noté un frenazo. Me miró sorprendido y siguió.
—Perdona, se me caló el coche. ¿Dices que nunca se te han corrido dentro?
—No… no tomo pastillas. Sería peligroso.
—Bueno, no siempre te quedas embarazada. Y el riesgo también es morboso, ¿no crees?
Otra vez el silencio. Estaba empapada. Nos miramos fijamente y de pronto salió por un desvío. Me dijo que pasaríamos antes por su casa, que necesitaba ir al baño con urgencia. Asentí. El resto del trayecto lo hicimos callados, mientras yo sentía cómo me mojaba más y más. Con mi novio nunca había notado nada parecido; siempre necesitaba lubricante.
***
A los quince minutos llegamos. Era una casa grande y lujosa, en un barrio apartado y caro. Aparcó en la puerta y me pidió que bajara a esperarlo dentro. Dije que prefería quedarme en el coche, pero insistió. Al levantarme del asiento lo vi: una mancha de mi humedad había quedado marcada en la tapicería. Maldito tanga de hilo. Él también la vio, y sonrió.
Fue entonces cuando me cogió de la cintura y me acercó a su boca.
—Has mojado mi coche —susurró a un centímetro de mis labios.
—Yo… no sé cómo… de verdad que no… lo siento, pagaré la limpieza —dije, muerta de vergüenza.
—No te preocupes. Entra en casa, anda.
Dejé el bolso en la entrada y esperé de pie a que fuera al baño. La casa me dejó sin palabras: moderna, luminosa, con un jardín precioso al fondo. Caminé un poco por el recibidor mirando los cuadros. Oí un ruido y, de golpe, sentí una presión metálica en las muñecas. Unas esposas. Me giré sin entender nada y entonces lo vi.
Marcelo estaba desnudo, con el miembro al aire, mucho más grande de lo que había imaginado. Me sonreía. No pude evitarlo. Me arrodillé sin decir nada, con su sexo a la altura de mi cara, y me lo metí en la boca. No me cabía. El de mi novio no tenía nada que ver con aquello. Con las manos esposadas a la espalda no podía ayudarme, así que solo me quedaba la lengua. Él gimió, sorprendido.
—Qué ganas tenía —dijo—, pero no, preciosa. Hoy yo no voy a buscar mi placer. Hoy vas a aprender cómo se folla de verdad.
—No, espera. No podemos llegar a la penetración, por favor. Tengo pareja.
No me escuchó. Intenté resistirme, pero me bajó la falda y la cremallera del top y me dejó solo con el tanga de hilo, que de tan empapado ya se me había metido entre los labios.
—Eres mía. Esta noche vas a disfrutar, quieras o no —dijo, apartando el hilo con una delicadeza que no pegaba con sus palabras.
Acercó dos dedos, me separó con cuidado y empezó a hacer círculos sobre mi entrada. Estaba tan mojada que él lo notaba en cada roce.
—No, por favor —insistí—. Siempre me duele, necesito mucho lubricante… no lo hagas.
—Eso es porque él no sabe hacerlo.
***
Me cogió en brazos y me llevó a la cama. Para entonces ya estaba resignada a mi suerte, deseando que acabara cuanto antes. No tenía ni idea de lo mucho que iba a disfrutar.
Pensaba que sería como con mi novio: un poco de saliva y una embestida torpe. En cambio me tumbó boca arriba y me besó. Le seguí el beso hasta que sentí cómo se escapaba de mi boca y bajaba despacio, dejando un rastro de besos por mi cuello, por el vientre, hasta llegar entre mis piernas. Me arrancó el tanga con los dientes y dejó mis labios a la vista. Hundió la cara y empezó a beber de mí. Se me escapó un gemido.
Empezó suave, dibujando círculos sobre el clítoris, y luego bajó a lamerme entera. Nunca me lo habían comido. Gemí y arqueé la espalda contra el colchón. Separó la boca un instante.
—¿Quieres que pare? —preguntó, con una media sonrisa.
—Por favor, sigue —le supliqué, con los ojos vidriosos.
—Vas a tener tu primer orgasmo de la noche.
Su boca volvió. Succionó el clítoris y metió un dedo dentro, despacio, marcando un ritmo que yo no controlaba. Me corrí con un temblor que me recorrió de los pies a la nuca. Él bajó la boca para recoger todo y subió de nuevo a besarme.
—Por favor, no me hagas nada más —dije, sabiendo que mentía.
—Vas a disfrutarlo. Y sí que estás apretada, sí.
—¿Tienes… tienes condones? —pregunté.
—No vamos a usar nada. Tú decides si me corro dentro. Si te quedas embarazada, yo me hago cargo.
—Por favor, lléname —me sorprendí diciendo, sin reconocer mi propia voz.
***
Me giró boca abajo, con las muñecas todavía atadas a la espalda, y me pidió que levantara un poco las caderas.
—Relájate. Va a doler un poco, pero es para abrirte bien de una vez. Te prometo que vas a disfrutar.
Sentí la punta apoyándose en mi entrada. Su otra mano fue al clítoris y empezó a tocarme mientras presionaba milímetro a milímetro. No se parecía en nada al tacto del preservativo. Notaba la forma exacta, el calor, la textura de su piel. Grité de dolor y le rogué que parara, pero no lo hizo. Siguió empujando. Me eché a llorar de un dolor que, poco a poco, se iba volviendo otra cosa. Lo sentía todo. Me sentía tan suya que solo quería entregarme.
Siguió tocándome y entrando con pequeñas embestidas. «Lo siento, princesa, es que nunca te habían abierto bien. Esta es la primera vez de verdad», me dijo al oído. Cuando quise darme cuenta, notaba su cuerpo pegado al mío por completo. Entonces dejó de masturbarme, se apoyó con los dos brazos a los lados de mi cuerpo, sacó casi todo y volvió a hundirse. Gemí tan fuerte que me ardió la garganta. Estuvo así un rato largo, con embestidas firmes y rápidas.
De pronto salió. Me quejé sin entender por qué se detenía, y me giró para dejarme cara a cara. Ahora podía mirarlo a los ojos mientras me follaba. Me puso las piernas sobre sus hombros y entró de nuevo. Estaba tan mojada que resbalaba sola. Por fin entendí lo de abrirme bien: ya no me dolía cuando entraba.
—Dios, sigue, por favor —dije, sin creérmelo.
—Te dije que lo disfrutarías —jadeó, esforzándose—. Y siento decirte que no voy a durar mucho. Estás demasiado apretada.
—Córrete dentro, por favor —pedí.
***
Un par de embestidas más fuertes y lo sentí. El mayor placer que había experimentado nunca, mi sensación favorita desde aquella noche. Algo caliente y líquido brotando dentro de mí mientras su sexo se contraía. Me estaba llenando entero. En ese instante lo único que pensé fue que ojalá lo hiciera, ojalá ese calor que sentía me mantuviera unida a él durante los meses que vinieran. Me corrí yo también, con el orgasmo más fuerte de mi vida, sintiendo cómo mi cuerpo lo atraía hacia dentro. Me besó. Corrernos a la vez fue algo que no sabía que existía.
Cuando se separó comprendí que era suya. Que lo sería durante mucho tiempo, porque me había hecho el mayor regalo: enseñarme lo que mi cuerpo podía sentir.
Salió, nos limpiamos y me besó otra vez. Me dijo que podía dormir con él si quería. Avergonzada, lo abracé, y dormimos desnudos hasta la mañana. Al despertar me arrepentí, pero ya era tarde. Así que lo repetimos. Desde entonces tuve varios encuentros con él, y aún hoy son lo que más recuerdo.
Escribidme si queréis que os los siga contando. A mí me da mucho placer hacerlo, porque me masturbo una o dos veces mientras escribo. Ojalá alguien vuelva a llenarme pronto. Os seguiré contando.
Hasta la próxima.