Lo que el viejo Ramiro le enseñó esa tarde de calor
Don Ramiro tenía sesenta y seis años y vivía solo en una casona antigua, al final de una calle sin salida en las afueras del pueblo. La propiedad era conocida en el barrio por una sola cosa: la piscina. Un rectángulo de agua quieta y cristalina, rodeado de baldosas color turquesa, con una cascada falsa que caía desde una roca artificial y luces sumergidas que la hacían brillar incluso de noche. Viudo desde hacía doce años, Ramiro repartía sus días entre el jardín y el agua, pero su verdadera afición era otra. Las mujeres.
Tenía la paciencia de un viejo zorro. Sabía leer el deseo en una mirada que se sostenía medio segundo de más, sabía rozar un brazo sin parecer un atrevido y sabía, sobre todo, esperar. Nunca apuraba. Dejaba que la otra persona diera cada paso creyendo que lo daba sola.
Era una tarde de enero abrasadora. El sol caía a plomo sobre los techos de chapa y el aire estaba tan denso que respirar costaba trabajo. Beatriz volvía de la verdulería con una bolsa colgando del codo. Tenía treinta y nueve años, dos hijos casi adultos y un matrimonio que se había vuelto silencioso. Llevaba una remera fina de algodón pegada al cuerpo por el sudor y una pollera corta que dejaba ver los muslos.
Hacía meses que su marido apenas la miraba. Se acostaba de espaldas, encendía el televisor pequeño de la cómoda y se dormía antes del primer corte comercial. El calor y el aburrimiento la tenían en un estado raro, a flor de piel, como si cualquier cosa pudiera prenderla.
Al pasar frente a la casona, se detuvo. El agua de la piscina brillaba al otro lado de la reja, fresca, imposible de ignorar. Don Ramiro estaba sentado bajo la sombra del quincho, con un mate en la mano y una calma de domingo.
—Buenas tardes, Beatriz. Hace un calor de morirse, ¿no? —dijo con esa voz grave que parecía no apurarse nunca.
Ella se acercó a la reja y se secó la frente con el dorso de la mano.
—Ni me diga, don Ramiro. No se aguanta. Esa pileta suya debe ser una gloria con este sol.
El viejo sonrió apenas, como quien ya sabe cómo termina la historia.
—Está limpia y fresquita. Si querés, entrá y date un chapuzón. No hay nadie, estoy solo.
Beatriz dudó. Era plena tarde, la podía ver cualquiera, era una mujer casada. Pero el calor la estaba matando y el agua era una tentación demasiado directa.
—No traje malla —dijo, casi como excusa para que él insistiera.
—No hace falta —respondió él, encogiéndose de hombros—. Entrás en ropa interior y listo. Y si te da vergüenza, me doy vuelta. Soy un viejo inofensivo.
Ella se rio, nerviosa, pero las ganas pudieron más. Empujó la reja y entró.
—Un ratito nada más. Para refrescarme.
Se quitó la remera y la pollera con cierto pudor, quedando en bombacha y corpiño negros. El encaje apenas contenía sus pechos. Don Ramiro la miró sin disimulo pero sin grosería, como quien observa algo que le gusta y tiene todo el tiempo del mundo.
—Estás hermosa, Beatriz. El agua te va a caer regio.
Ella se metió despacio y dejó escapar un suspiro cuando el frescor le subió por las piernas. Nadó un par de largos, sintiendo cómo se le iba el agobio del cuerpo. Ramiro se sentó en el borde, con los pies dentro del agua, mirándola moverse.
—Vení, descansá un rato acá. Te traigo algo fresco.
Le alcanzó un vaso de cerveza helada. Beatriz se apoyó en el borde, con los brazos cruzados sobre el pecho mojado, y conversaron de cosas comunes: el barrio, la sequía, los hijos que ya casi no paraban en casa. Pero los ojos del viejo volvían una y otra vez a la curva de sus caderas bajo el agua, y ella lo notaba. Lo peor era que no le molestaba que la mirara así.
Cuando salió, media hora después, el corpiño se le había vuelto casi transparente y se le marcaban los pezones endurecidos por el frío. Él le ofreció una toalla.
—Gracias, don Ramiro. Me salvó la tarde.
—De nada. ¿Querés secarte adentro? La casa está fresca, tengo aire. Y tengo una baraja, si te animás a unas manos para hacer tiempo.
Beatriz sabía que tenía que irse. Lo sabía con total claridad. Y, sin embargo, asintió.
—Bueno. Un rato corto.
***
El living era amplio y estaba en penumbra, con las persianas bajas contra el calor. Ramiro le prestó una camisa vieja para que se cubriera y se sentaron a la mesa del comedor. Barajó con manos firmes, de dedos largos.
—Jugamos a la escoba. El que pierde una mano se saca una prenda. ¿Te animás?
Ella se rio, convencida de que era un juego tonto de viejo.
—Dale. Pero le aviso que soy un desastre.
La primera mano la perdió ella. Se quitó la camisa prestada y quedó otra vez en ropa interior. La segunda también cayó de su lado, y se sacó el corpiño. Sus pechos quedaron al aire, pesados, con los pezones oscuros y todavía duros. Don Ramiro los miró con un hambre tranquila, sin apuro, y siguió repartiendo.
—Tenés un cuerpo precioso, Beatriz. De mujer hecha. De esos que no se ven todos los días.
Ella se cubrió a medias con el brazo, pero el cumplido le bajó directo al vientre. Sintió la humedad entre las piernas y supo que ya no había marcha atrás.
La tercera mano también la perdió. Se sacó la bombacha y quedó desnuda frente al viejo, que la observaba como quien contempla un premio largamente esperado. Él se levantó sin prisa, rodeó la mesa y le rozó un pezón con la yema del dedo.
—Mirá cómo estás. ¿Hace cuánto que nadie te trata como te merecés?
Beatriz tembló, pero no se apartó.
—Mucho —admitió en voz baja—. Mi marido casi no me toca.
—Entonces dejame a mí —dijo él, y le tendió la mano.
***
La llevó al dormitorio, una habitación de techos altos y sábanas blancas que olían a limpio. La acostó despacio, sin brusquedad, y le abrió las piernas con una calma que la puso más nerviosa que cualquier urgencia.
—Primero esto —murmuró—. Quiero que te vengas antes de que pase nada más.
Se arrodilló entre sus muslos y la lamió con una lengua que parecía conocer el camino de memoria. Empezó lento, casi perezoso, y fue subiendo el ritmo a medida que ella se arqueaba. Beatriz se agarró de las sábanas y dejó escapar un gemido largo.
—Así, don Ramiro… qué lengua tiene… no pare, por favor…
Él le metió dos dedos mientras seguía con la boca, curvándolos hasta dar con el punto exacto. Beatriz se vino con un temblor que le sacudió las piernas, mojándole la barba al viejo.
—Eso es —dijo él, ronco—. Ya está. Ahora viene lo demás.
Se puso de pie y se bajó el pantalón sin teatro. A pesar de la edad, la tenía dura y firme, gruesa, con la cabeza hinchada. Beatriz se mordió el labio al verla.
—Tranquila, que va a entrar toda —dijo él, y se acomodó entre sus piernas.
La puso boca arriba, le levantó las caderas y empujó despacio, centímetro a centímetro, dándole tiempo a abrirse. Cuando la sintió ceder, la llenó hasta el fondo de una sola vez. Beatriz gritó, más de placer que de otra cosa.
—Cógeme, don Ramiro… fuerte… hace meses que no siento algo así —le pidió, clavándole las uñas en los hombros.
Él se movió con un ritmo profundo y constante, sin desesperarse, clavándosela entera en cada embestida. Sus pechos saltaban con cada golpe. Le hablaba al oído mientras la cogía, con palabras sucias dichas en voz baja, casi tiernas en su crudeza.
—Sentí cómo te lleno. Tu marido no te coge así, ¿verdad?
—No… ni cerca… —jadeó ella—. Más fuerte. No pares.
La cogió largo rato en esa posición, hasta hacerla venirse otra vez. Después la giró y la puso en cuatro, le acarició la espalda con una mano y con la otra la guio.
—¿Querés probar de otra manera? —preguntó, apoyándose contra ella—. Despacio, te lo prometo.
Beatriz, perdida ya del todo, asintió contra la almohada.
—Sí. Hacelo despacio.
Él la preparó con paciencia, con los dedos primero, sin apurar nada, hasta que la sintió relajarse. Después la penetró de a poco, atento a cada gemido. Beatriz soltó un quejido largo que se fue volviendo otra cosa a medida que el cuerpo cedía. Cuando él empezó a moverse con cuidado, las nalgadas suaves sonaban en el cuarto en penumbra.
—Así, tranquila… —murmuraba—. Vos mandás.
Ella se vino una vez más, temblando entera sobre las sábanas revueltas. Don Ramiro se hundió hasta el fondo y se dejó ir con un gruñido contenido, abrazado a su espalda. Se quedaron así un rato largo, jadeando, pegados por el sudor.
—Esto recién empieza —dijo él al fin, con la voz ronca—. La tarde es larga.
Beatriz, con el cuerpo flojo y la respiración entrecortada, se rio bajito contra la almohada.
—Mientras dure el calor —contestó.
***
Y duró. El viejo la cogió de nuevo cuando recuperó el aliento, esta vez con ella encima, marcándole el ritmo a él, las manos de Ramiro en sus caderas guiándola. La hizo venirse tantas veces que perdió la cuenta, usando la boca, los dedos y lo que hiciera falta. Cuando el sol empezó a bajar y la luz del cuarto se volvió anaranjada, Beatriz se vistió con dificultad, el cuerpo marcado y las piernas que apenas le respondían.
Antes de irse, él la besó en la boca, sin prisa.
—Volvé cuando quieras. La pileta siempre está fresca.
Ella salió a la calle con las piernas flojas y una culpa que se mezclaba con un placer hondo, de esos que no había sentido en años. Esa noche, acostada al lado de su marido que roncaba sin enterarse de nada, no pudo evitar tocarse recordando la tarde entera. Se vino en silencio, mordiendo la almohada, prometiéndose que no volvería.
***
El verano fue implacable. Tres días después, el calor era peor todavía. Beatriz pasó otra vez frente a la casona, sin que nadie la obligara, y la piscina brillaba bajo el sol como una promesa. Don Ramiro estaba en el mismo lugar, con el mate en la mano, como si la hubiera estado esperando.
—Buenas tardes, Beatriz —dijo con esa voz que ya le aceleraba el pulso—. Veo que el calor no afloja. ¿Te refrescás?
Ella se detuvo apenas un segundo. Esta vez no esperó la invitación completa. Empujó la reja y, junto a la pileta, se quitó la remera y la pollera sin pudor, quedando en una bikini pequeña que se había comprado esa misma mañana sin querer admitir para qué.
—Te queda muy bien esa malla —dijo él, recorriéndola con la mirada—. Aunque sospecho que te quedaría mejor sin nada.
Beatriz no contestó. Entró al agua, lo dejó acercarse por la espalda mientras se apoyaba en el borde, y no lo apartó cuando le rozó la cintura.
—Pensaste en mí estos días, ¿no? —susurró él cerca de su oído.
—No paré de pensarlo —admitió ella, con la voz tomada.
—Entonces vamos adentro. Hoy nada de cartas.
***
Esta vez no hubo juego ni preámbulo largo. La llevó al dormitorio, le sacó la bikini con cuidado y la recostó en la cama grande. La preparó con la boca otra vez, lento y minucioso, hasta dejarla temblando, y recién entonces la penetró, atento siempre a su ritmo, cambiándola de posición sin brusquedad cuando la sentía pedir más. La cogió de costado, abrazándola por detrás; después boca arriba, mirándola a los ojos; después con ella sentada encima, dueña del compás.
—Decime que vas a volver —le pidió hacia el final, con la voz quebrada por el esfuerzo.
—Voy a volver —jadeó ella—. Todas las veces que quieras.
Cuando terminaron, el sol ya se hundía detrás de los techos. Beatriz se vistió despacio, el cuerpo marcado y la mente en blanco. Él la acompañó a la puerta y la besó.
—La pileta y la casa siempre están abiertas para vos —dijo—. Y la próxima vez, si querés, te presento a un amigo que también sabe tratar a una mujer como vos.
Beatriz, con las piernas todavía débiles, lo miró un instante largo. No dijo que sí. Tampoco dijo que no.
—Tal vez —murmuró—. Si el calor sigue así.
Salió a la calle sabiendo que algo en ella había cambiado para siempre. Don Ramiro, solo otra vez en su casona enorme, se sirvió un whisky y sonrió satisfecho. Sabía que Beatriz volvería pronto. Y sabía, por experiencia, que el verano siempre le traía exactamente lo que esperaba.