Me acosté con el novio maduro de mi mejor amiga
Hay decisiones que una toma en cuestión de segundos y que después le pesan durante años. La mía fue así: rápida, imprevista y caliente como pocas. Pasó una sola vez, nunca se repitió, y todavía hoy, cuando lo recuerdo, se me seca la boca y se me humedece el coño al mismo tiempo. Voy a contarlo tal como ocurrió, sin adornos, porque la verdad es bastante más sucia que cualquier cosa que pudiera inventar.
El hombre se llamaba Esteban, aunque en mi cabeza siempre fue «el novio de Lucía». Era bastante mayor que nosotras, un señor de unos cuarenta y tantos, de carácter fuerte, de esos que entran a un lugar y hacen que todos bajen un poco la voz. Antes de salir con mi mejor amiga, me había pretendido a mí. Nunca pasó nada entre los dos, pero la tensión estuvo siempre ahí, latente, como una brasa que nadie se anima a pisar del todo.
Cuando empezó a salir con Lucía me enteré tarde, casi de casualidad, en una de esas noches en que salíamos los tres juntos. Eran citas extrañas: ellos cada vez más en serio, y yo siempre terminando la velada con algún desconocido mientras ellos se iban juntos a casa. Me hacía la desentendida, pero la mirada de Esteban me seguía cruzando la mesa de tanto en tanto, y yo dejaba que lo hiciera.
***
El cumpleaños de Lucía lo cambió todo. Alquiló el salón de su edificio, puso luces, una playlist interminable y demasiado alcohol. La fiesta salió perfecta: bailamos, jugamos a esos juegos de previa que siempre terminan en confesiones a medias, y bebimos mucho más de la cuenta. Esteban también, y el alcohol lo soltó.
Empezó a lanzarme comentarios al oído, aprovechando el ruido y los cuerpos apretados de la pista, en voz tan baja que nadie alrededor podía escucharlos.
—Estás para comerte —me dijo, rozándome la cintura al pasar—. Siempre me gustó tu cuerpo, ya lo sabés. Me imagino cogiéndote hace meses.
—Pará ahí —le contesté, apartándole la mano—. Sos el novio de Lucía. ¿Estás loco? ¿Querés que le cuente?
—Decime que no te gusta que te lo diga —insistió, sin alejarse ni un centímetro—. Antes te encantaba. Y me quedé con las ganas de metértela, ¿sabés?
Ese cruce de palabras me retumbó en la cabeza el resto de la noche. Soy una basura por estar pensando esto, me repetía, y aun así no podía dejar de mirarlo. Cuando bailábamos, dejaba que su mano bajara hasta el nacimiento del culo, y solo a veces se la apartaba, más por costumbre que por convicción. En una de esas vueltas sentí su bulto durísimo apretándome contra el vestido, y se me escapó un suspiro que él escuchó de sobra.
La madrugada nos fue dejando solos. Los invitados se despidieron de a poco, hasta que en el salón quedamos únicamente Lucía, Esteban y yo. Mi amiga había bebido tanto que se quedó dormida en un sillón, derrotada, con la copa todavía en la mano. Esteban la cargó en brazos con cuidado y la llevó al departamento, a la cama. Yo me quedé sola, bastante ebria, con el corazón golpeándome las costillas, las bombachas empapadas y aquellas frases dándome vueltas como un eco que no se apagaba.
***
Pensé que tardaría en volver, que se acostaría con ella y ahí terminaría la noche. Me equivoqué. Volvió a los pocos minutos, y volvió sin nada de ropa.
Me quedé sin aire. Estaba parado en el umbral, seguro de sí mismo, con la verga ya hinchada, gruesa, apuntando hacia arriba, y unos huevos pesados que se le movían al caminar. Me miró como quien ya sabe cómo termina la historia.
—Está dormida, no se va a despertar hasta el mediodía —dijo con calma—. Si le querés contar, contale. Acepto las consecuencias. Pero si no, que esto quede entre nosotros. No puedo dejar de pensar en vos desde hace meses, y esta es la única noche que vamos a tener.
Tendría que haberme levantado. Tendría que haber agarrado mi cartera y haberme ido. En cambio me quedé sentada, mirándole la polla, con una calentura que no sentía hacía años subiéndome por el estómago y bajándome directo al coño. La parte de mí que sabía distinguir el bien del mal ya había perdido la discusión.
Me arrodillé sin decir una palabra. Le agarré la verga con las dos manos, sorprendida de lo caliente y dura que estaba, y le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, despacio, saboreando cada centímetro. Él dejó escapar el aire despacio cuando por fin lo tomé con la boca, y yo me entregué a eso como si llevara semanas esperándolo. Lo chupé despacio primero, hundiéndolo hasta donde podía, sacándolo con un hilo de saliva colgando de mi barbilla, con los ojos clavados en los suyos.
Le lamí los huevos uno por uno, se los metí en la boca mientras le seguía haciendo la paja con la mano, y él tuvo que apoyarse en la pared para no caerse. Volví a la verga y esta vez la mamé sin piedad, tragándomela hasta la garganta, dejando que se me llenaran los ojos de lágrimas y el mentón de saliva. De a ratos la soltaba solo para hablarle bajito, con la punta rozándome los labios hinchados.
—No le podés decir nada a Lucía —murmuré, escupiéndole encima de la polla y esparciéndole la saliva con la mano—. Pero ella no te la chupa así, ¿verdad?
—No —respondió con la voz quebrada, una mano enredada en mi pelo y la otra empujándome la cabeza—. Nadie me la chupó nunca como vos. Sos una hija de puta, mamás como una diosa.
Esa confesión me prendió fuego. Se la volví a meter entera, apreté los labios y empecé a moverme rápido, dejando que él me cogiera la boca a su ritmo, sintiendo cómo la punta me golpeaba el fondo de la garganta. Lo escuché contener un gemido, sentí cómo le temblaban las piernas y las venas de la verga latiéndome contra la lengua, y me di cuenta de que tenía el control absoluto de aquel hombre que en cualquier otro contexto imponía respeto. Me la saqué de la boca de golpe, le di un beso húmedo en la punta chorreante, lo miré desde abajo y él entendió que era su turno.
Me levantó del piso casi en vilo, me arrancó el vestido por arriba de la cabeza y me dejó en bombacha y sin corpiño. Se agachó y me chupó una teta entera, mordiéndome el pezón con la fuerza justa para que yo tuviera que taparme la boca con la mano. Después me arrancó la bombacha empapada y la tiró al piso. Me tiró sobre el sillón de la sala, ese mismo donde minutos antes había estado durmiendo su novia. Me abrió las piernas con las dos manos, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y bajó la cabeza.
Yo ya estaba chorreando, lo había estado toda la noche, y cuando su lengua me encontró los labios del coño arqueé la espalda y me mordí la mano para no hacer ruido. Me lamió lento, de abajo hacia arriba, apartándome los labios con los dedos y clavando la lengua adentro, chupándome el clítoris con los labios como si fuera una fruta madura. Me metió dos dedos y los curvó, mientras seguía mamándome el clítoris, y yo sentí un primer orgasmo temblarme en las piernas casi de inmediato.
—Despacio —le pedí en un susurro, ahogando el gemido—, la vas a despertar.
—Para alguien que dijo que no quería —respondió contra mi piel, con el mentón brillante de mis jugos—, estás chorreando como una perra. Sos terrible.
—Sí —admití, sin un gramo de vergüenza, agarrándolo del pelo y empujándole la cara contra mi coño—. Soy una mala amiga. Pero esta noche es mía. Seguí chupándome, no pares.
Me comió el coño hasta que me corrí en su boca por segunda vez, apretándole la cabeza con los muslos, mordiéndome el antebrazo para no aullar. Cuando levantó la cara tenía toda la barba brillando y una sonrisa de hijo de puta que me terminó de derretir.
***
No hubo más preámbulos. Se acomodó sobre mí, se pasó la punta de la verga por los labios del coño empapado un par de veces, jugando, y entró de una sola vez, hasta el fondo, y tuve que apretar los labios para no gritar. Era grande, más grueso y más largo de lo que había imaginado en todos esos meses de fantasear con él, y sentí cómo me abría entera. El dolor de los primeros segundos se transformó enseguida en algo que me nublaba la cabeza por completo.
—Más despacio —le pedí entre dientes, aunque mi cuerpo le suplicaba lo contrario.
—No quiero ir despacio —dijo, y empezó a cogerme con fuerza, hundiéndomela hasta los huevos en cada embestida, con esa seguridad de hombre que sabe lo que hace—. Esperé demasiado esto. Te voy a coger como corresponde.
El sillón crujía bajo nuestros cuerpos y yo le clavaba las uñas en los hombros, mordiéndome el labio cada vez que un gemido amenazaba con escaparse. Me agarró las dos piernas y me las puso sobre sus hombros, doblándome, y así pudo entrar todavía más profundo. Cada golpe de sus caderas me sacaba el aire. Podía sentir los huevos golpeándome el culo con cada embestida, húmedos por mis propios jugos.
La idea de Lucía durmiendo a unos metros, ajena a todo, en lugar de frenarme me encendía más. Era horrible y lo sabía, y precisamente por eso no podía parar. Cada vez que pensaba en ella dormida del otro lado de la pared, mi coño se apretaba alrededor de su verga y él soltaba un gruñido ahogado.
—Sos muchísimo mejor que ella —me dijo al oído, agitado, sin dejar de embestirme—. Estás más apretada, mojás más, mamás mejor. Hace meses que me imagino esto.
—Callate —le respondí, tirándole del pelo y apretándole el coño alrededor de la polla a propósito—. No la nombres. Esta noche soy yo, solo yo. Cogeme más fuerte.
Cambiamos de posición varias veces, buscando hacer el menor ruido posible, conteniéndonos como dos adolescentes con miedo a que los descubran. Me sentó a horcajadas sobre él y yo cabalgué su verga despacio, meneando las caderas en círculos, con sus manos apretándome las tetas y sus dientes clavándome el cuello. Después me puso boca abajo sobre el sillón y se me subió encima, con el peso de todo su cuerpo, cogiéndome en un ángulo que me hacía ver luces cada vez que tocaba el fondo.
Esa contención lo volvía todo más intenso: cada gemido tragado, cada movimiento medido, cada vez que nos quedábamos quietos al escuchar un crujido del departamento y nos mirábamos con el corazón en la garganta antes de seguir cogiendo como dos animales en silencio.
Cuando sentí que él estaba cerca, que la verga se le hinchaba todavía más adentro mío, lo frené con una mano en el pecho.
—Todavía no —le dije, jadeando—. Quiero que termines en otro lado.
Me di vuelta, me puse en cuatro apoyándome sobre el respaldo del sillón, y le mostré el culo, separándome yo misma una nalga con la mano para que viera bien lo que le estaba ofreciendo. Nunca se lo había ofrecido a nadie en una primera vez. Él entendió el mensaje y se le escapó un quejido ronco.
—Lucía nunca me dejó meterla ahí —murmuró, casi incrédulo, acariciándome la espalda y bajando la mano hasta el culo.
—Yo no soy Lucía —contesté mirándolo por encima del hombro—. Escupime ahí y metémela.
Se escupió en la mano, me la untó bien en el agujero, me metió primero un dedo, después dos, aflojándome despacio mientras con la otra mano me seguía frotando el clítoris chorreante. Cuando apoyó la punta de la verga contra el culo y empezó a empujar, entró lento, muy lento, y el dolor y el placer se mezclaron de una manera que me hizo morder el almohadón para no gritar. Avanzó con paciencia, centímetro a centímetro, atento a cada reacción mía, y cuando por fin lo tuve por completo, con los huevos pegados a mi coño, me dejé ir, abandonada a una sensación que me recorría entera y me hacía olvidar dónde estaba y con quién.
—Me estás matando —le dije con la voz entrecortada, apretando el respaldo con las manos—. Seguí, no pares. Cogeme el culo bien.
No paró. Empezó a moverse, primero con cuidado, y después cada vez más rápido, agarrándome de las caderas y empujándome hacia atrás para meterla hasta la base en cada embestida. Con dos dedos me llenó el coño mientras me la metía en el culo, y yo sentí un tercer orgasmo subirme desde las piernas y estallarme en la cabeza, tan fuerte que se me nubló la vista. Grité contra el almohadón, ahogada, con el cuerpo temblando entero.
No tardó en terminar él tampoco. La sacó a último momento, me tiró en la espalda y en el culo una cantidad de leche caliente que me chorreó por los costados, sosteniéndome de las caderas, ahogando su propio gemido contra mi nuca para no despertar a la mujer que dormía del otro lado de la pared. Sentí cada latido de la verga vaciándose sobre mi piel y me mordí los labios para no gemir yo también.
***
Después quedamos los dos tirados, agitados, mirando el techo del salón hecho un desastre. Mi espalda pegajosa, el sillón con manchas, mi ropa desparramada por el piso. No nos dijimos casi nada. Me limpié como pude con una servilleta, junté mi ropa en silencio, me vestí sin bombacha —esa quedó tirada en un rincón, seca ya no estaba— y me fui antes de que amaneciera del todo, con las piernas temblando, el culo ardiéndome y una mezcla rara de culpa y satisfacción que no sabía dónde poner.
Al día siguiente Lucía me escribió, resacosa y contenta. Me preguntó cómo había terminado mi noche. Le mentí sin pestañear: le dije que me había ido con Tomás, uno de los amigos que habían pasado temprano por la fiesta.
—Jaja, bien ahí —me contestó—. Así se hace. Hay que disfrutar, amiga, es lo único importante. Hay que aprovechar cada vez que se pueda.
Si supieras que anoche me cogió tu novio en tu sillón mientras vos dormías al lado, pensé, y me odié un poco por la sonrisa que se me dibujó sola.
Lo que más morbo me da, todavía hoy, es que Esteban y Lucía siguen juntos. Se los ve felices. Nadie sospecha nada, y aquel secreto quedó enterrado entre los dos, en una madrugada que nunca volvió a repetirse y que ninguno de los dos se animó a mencionar jamás.
No estoy orgullosa de lo que hice. Fui desleal, fui egoísta, fui exactamente la clase de amiga que una nunca quiere tener. Pero sería mentir si dijera que me arrepiento del todo. Hay una parte de mí, la más oscura, la que solo aparece de madrugada y con unas copas de más, que volvería a arrodillarme sin pensarlo, a chupársela otra vez, a dejar que me la meta donde quiera. Y esa parte, lo confieso, es la que más se parece a mí.





