Busqué un albañil maduro para mucho más que el techo
Buenas, sea la hora que sea cuando me estén leyendo. Es la primera vez que me animo a escribir algo así y, la verdad, lo hago con una mezcla rara de nervios y ganas. Quiero que este sea mi rincón secreto, el único lugar donde puedo decir todo lo que pienso sin que nadie me mire raro.
Lo que les voy a contar pasó de verdad. No exagero ni invento nada para que suene mejor. Es la primera vez en mi vida que hago algo parecido, y todavía me cuesta creer que me atreví a tanto. Porque sí, se los adelanto: terminé follando como una perra en celo, con la boca llena de semen y el culo abierto por más de una verga.
Me llamo Daniela, aunque casi nadie me dice así. Mis amigas me dicen Dani. Tengo veintitrés años, soy bajita, de cuerpo lleno en los lugares que importan, tetas grandes que se me salen de cualquier corpiño y un culo redondo y parado que siempre me llamó más la atención a mí que a cualquier otro. Vivo en una ciudad chica del sur, de esas donde todo el mundo se conoce y por eso una aprende a guardarse las cosas.
Tengo una particularidad que voy a confesarles de entrada, porque es la clave de todo lo que sigue: me gustan los hombres mayores. Mucho mayores. No me interesa la pinta, ni el gimnasio, ni la ropa de marca. Me gusta la experiencia, las manos grandes y ásperas, la voz pausada de alguien que ya vivió, y sobre todo me gusta imaginarme una verga gruesa de esas que solo un tipo curtido sabe usar. Mis amigas no lo entienden y se burlan, pero a mí qué me importa lo que opinen.
Todo empezó un lunes en que amanecí con una calentura que no me dejaba pensar en otra cosa. Hacía meses que no cogía con nadie, y esas ganas se van acumulando hasta que una ya no sabe dónde meterse. Me había masturbado esa misma madrugada, dos veces, con dos dedos hasta el fondo del coño, y ni así se me pasaba. Me despertaba con las bragas empapadas y los pezones duros rozando la sábana. El problema es que vivo con mis padres, así que traer a alguien a casa o salir a buscarlo es prácticamente imposible. Tampoco soy de las que se acuestan con cualquiera; me gusta elegir, estudiar a mi presa, esperar el momento.
El destino, o lo que sea, me dio la excusa perfecta. El fin de semana había llovido fuerte y las goteras del techo, que ya venían molestando, se volvieron un desastre. Manchas de humedad por todos lados, agua filtrándose, el techo a punto de ceder en una esquina.
Esa mañana escuché a mis padres hablar del tema desde la sala.
—Amor, hay que hacer algo urgente con estas goteras —dijo mi mamá.
—Tenés razón —contestó mi papá—. Si sigue así, se nos viene abajo el techo entero.
Mi papá trabaja toda la semana fuera de la ciudad y solo vuelve los fines de semana, así que esas cosas siempre quedan a medias. Y entonces, escuchándolos, se me ocurrió una idea que me hizo apretar los muslos ahí mismo en la cama.
—Pa, ma —dije asomándome, tapándome con una remera larga porque debajo no tenía nada—, ¿y si yo me encargo? Puedo preguntarle a mis amigas si conocen a alguien de confianza. Como ustedes trabajan, yo me quedo en casa mientras hacen el arreglo. Además se vienen más lluvias, mejor estar listos.
Los dos se quedaron pensando. Mi historial de hija tranquila, la que nunca da problemas, jugó a mi favor.
—Me parece buena idea —dijo mamá.
A papá también le gustó, así que no hubo nada más que discutir. Mi misión era clara: conseguir a alguien que tapara las goteras y arreglara el techo, buen trabajo y buen precio. La mía, en cambio, era otra: conseguir vergas.
Me despedí de mi papá por videollamada, mamá agarró su bolso y se fue al trabajo, y yo me quedé sola con la casa y con la tarea.
Me senté en el sofá con el celular y empecé por Marketplace, guardando números de gente que ofrecía arreglos. Después se me ocurrió buscar grupos de albañiles en Facebook. Había decenas de publicaciones: maestros, plomeros, gente ofreciendo trabajo y gente buscándolo. Yo mandaba mensajes preguntando precios y, mientras tanto, me metía a mirar los perfiles.
Y ahí, de tanto mirar, empezó a pasarme algo que no esperaba.
Me estaba calentando. En serio. Cada foto de un hombre grandote, de manos gastadas y mirada seria, me prendía un poco más. Sin darme cuenta ya tenía una mano metida entre las piernas, restregándome el clítoris por encima del short. Estaba mojada, empapada, y el olor a coño en calor se me subía a la nariz cada vez que movía las caderas. No sé en qué momento dejé de buscar a alguien que arreglara el techo y empecé a buscar otra cosa: vergas grandes, hombres que supieran cogerme como se debe.
¿Y si me animo? ¿Y si hago mi propio experimento?
La idea me dio vueltas en la cabeza hasta que la dejé crecer. Ya no se trataba solo del trabajo, sino de la persona. De ver hasta dónde podía llegar. Revisé muchísimos perfiles y, de unos cien, elegí a cuatro. Los elegí por cómo se veían, por algo en la mirada, por una sensación difícil de explicar. Los cuatro tenían pinta de hombres de barrio, mayores, curtidos, de esos que a una la agarran del pelo y la ponen en cuatro sin preguntar.
Lo bueno es que casi todos dejaban su número en la misma publicación, así que no tenía que andar pidiéndolo. Agendé los cuatro y empecé a escribir.
Al primero le mandé algo sencillo y formal.
—Buenos días, vi su anuncio en Facebook y me gustaría reparar unas goteras en mi casa.
Me contestó con un audio. Una voz grave, tranquila, con ese acento de la gente que trabaja con las manos. Al escucharla se me erizó toda la piel y sentí un latido en el coño, como si me hubieran metido un dedo de golpe.
—Buenos días, señora. Sí, reparamos goteras con membrana asfáltica y todo eso. ¿Qué necesita más o menos? Mándeme una foto a ver.
Esa voz me prendió de inmediato. Tan obediente como me pidió, le mandé las fotos de las goteras. Pero decidí agregarle algo. Algo que pareciera un descuido.
Cinco fotos del techo. Y una sexta que no era del techo. Una foto frente al espejo, mostrando el culo desnudo, en tanga, con la espalda arqueada para que se me marcara el arco de la cintura y el redondo de las nalgas. Una imagen que había guardado para mí y que jamás pensé que iba a usar para esto.
Apreté enviar antes de arrepentirme. Y me quedé mirando la pantalla con el corazón a mil y la mano otra vez debajo del short, dos dedos frotándome el clítoris hinchado, tan mojada que se me escurría el flujo por la raja del culo hasta la tela del sofá.
***
Mientras esperaba la respuesta del primero, abrí el chat del segundo. Con él decidí hacerlo todo formal, como una clienta cualquiera. Le pasé las fotos de las goteras, sin trampas, y le pedí que viniera a verlas para cotizar. Me dijo que le mandara la ubicación y que pasaría esa misma tarde. Confirmé con mi mamá por mensaje.
—Avisame qué te dicen y cuánto sale, hija. Te quiero.
Me reí sola pensando en lo que le diría si supiera que su hijita adorada estaba con las tetas al aire y los dedos hundidos en el coño mientras contestaba «te quiero, mami».
Con el tercero fui mucho más atrevida. Apenas vi que estaba en línea, le escribí rápido.
—Buenas tardes, disculpe, tengo unas goteras para reparar. ¿Usted podría?
—Le mando la foto y me dice si puede, gracias.
Aproveché que respondía al instante y le mandé una foto que, en teoría, tenía que ser la del techo. Pero era la de mi culo. La leyó en el acto. Yo, fingiendo pánico, la eliminé enseguida y escribí.
—Ay, señor, mil disculpas, esa no era. De verdad lo siento muchísimo.
—Esta era la foto —agregué, mandando ahora sí la gotera.
Tardó unos segundos en contestar. Cuando lo hizo, casi se me corta la respiración.
—Páseme la ubicación para ir a ver la gotera y cotizarle. Y no se preocupe, mamita, que tiene un culito precioso, de esos que dan ganas de morder. Yo llego rápido, tranquila.
Leerlo me encendió de una forma que no había sentido en mucho tiempo. Me quedé con el celular en la mano, las piernas apretadas, el coño palpitando, sintiéndome una gata en celo. Ya me lo imaginaba entrando a la casa con esas manos de albañil, agarrándome del pelo y metiéndome la verga en la boca antes de decir hola. Sin pensarlo dos veces le pasé la dirección. Dijo que me avisaba cuando estuviera viniendo.
Aproveché el impulso y me metí la mano al short de una vez. Tenía el coño chorreando, los labios hinchados, el clítoris duro como una piedrita. Con dos dedos empecé a frotármelo en círculos mientras releía los mensajes del albañil. «Culito precioso, de esos que dan ganas de morder.» Se me escapó un gemido bajito. Me llevé la otra mano a una teta, me pellizqué el pezón fuerte, retorciéndolo como me gusta, y me imaginé al tipo con la boca ahí, chupándome, mordiéndome. En menos de dos minutos ya estaba temblando, con las caderas levantadas del sofá, corriéndome de solo pensar en lo que se venía. Me metí los dedos empapados en la boca, los chupé despacio y suspiré. Todavía faltaba el cuarto.
A él le escribí lo mismo de siempre.
—Buenas tardes, maestro. Tengo un trabajo de tapar unas goteras. ¿Cuándo podría venir, por favor?
Me mandó un audio, otra voz grave que se me clavó en la nuca.
—Señorita, buenas tardes. ¿Por dónde queda su casa? ¿Qué goteras son? ¿Tiene fotos?
—Sí, señor, aquí están —respondí, y le mandé todas las fotos del techo más una mía, la misma del espejo, con el culo apuntando a la cámara y la tanga metida entre las nalgas.
Para mi sorpresa, siguió escribiendo como si no hubiera visto nada raro. O se hacía el desentendido, o estaba esperando tenerme cerca para no perder el tiempo con palabras. Las dos opciones me gustaban.
—Listo, señorita. Voy a su casa para ver bien esa gotera y poder taparla. Le aviso cuando salga.
Me imaginé a ese tipo callado llegando a la casa, mirándome de arriba a abajo sin decir nada, agarrándome de la cintura y dándome vuelta contra la pared para bajarme el short de un tirón. Volví a apretar los muslos. Estaba tan mojada que ya me molestaba la tela.
Y así terminó la primera parte de mi experimento. Cuatro hombres mayores, cuatro mensajes, una sola intención disfrazada de problema de plomería. Me sentía la niña buena que se porta bien y, al mismo tiempo, la puta más caliente del pueblo.
***
Tenía buenas noticias para mi mamá, así que la llamé. Me pasé una mano por el pelo, respiré hondo para que no se me notara la voz jadeante, y atendí como si nada.
—Hola, ma. Ya hablé con unos albañiles. Me dijeron que para darme un presupuesto tienen que venir a la casa a verme… digo, a ver las goteras. Y después me pasan el precio.
—Perfecto, hija. Cualquier cosa me avisás. Y de paso que revisen qué más hace falta arreglar, así hacemos todo de una. Preguntales si te pueden pintar el cuarto también.
—Dale, mami. Te quiero mucho, nos vemos.
Corté y me quedé un rato en silencio en medio de la sala, con la mano todavía metida entre las piernas, mirando la mancha de humedad en el techo como si fuera la cosa más interesante del mundo. Misión cumplida. Tenía la casa para mí sola toda la tarde y cuatro hombres en camino, cada uno convencido de que venía a hacer un trabajo distinto del que yo tenía en mente.
Me di una ducha larga. Bajo el chorro caliente me enjaboné despacio, dedicándole tiempo a las tetas, apretándomelas, pellizcándome los pezones hasta ponerlos duros. Después me pasé la mano por el coño, me abrí los labios con los dedos y me lavé bien por dentro, imaginándome que era la mano áspera de uno de esos tipos. Se me escapó otro gemido bajo el agua. Salí, me sequé, y elegí ropa a conciencia: una musculosa blanca finita, sin corpiño, para que se me marcaran los pezones, y un short de algodón cortito que me apretaba el culo y se me metía en la raja. Nada abajo. Si el primero quería mirar, iba a tener mucho que mirar.
Me senté a esperar. El celular vibró. Era el primero, avisando que ya estaba saliendo.
El corazón me dio un salto y el coño me apretó, mojándome la tela del short en el acto. Ya empezó, pensé.
En la siguiente parte les voy a contar, con todo detalle y sin guardarme nada, cómo me fue con cada uno de ellos. Cómo entró el primero, cómo se me quedó mirando las tetas, cómo terminé de rodillas con su verga entera en la boca. Y después el segundo, y el tercero, y el cuarto. Lo que pasó esa tarde superó cualquier cosa que hubiera imaginado mientras revisaba perfiles en el sofá.
Con mucho cariño, Dani.





