El hombre maduro del café me reclamó como suya
Trabajaba de cajera en un supermercado del centro, en el turno de la mañana. Tenía veinticuatro años y me gustaba arreglarme aunque solo fuera para pasar productos por el escáner. Me pintaba los ojos, me marcaba los labios, elegía un escote discreto o unos vaqueros bien ceñidos. No lo hacía por nadie en concreto; lo hacía por mí, porque me gustaba sentirme guapa.
Esteban trabajaba en las oficinas de enfrente, cruzando la calle. Entraba cada mañana a comprar su café para llevar, siempre con un traje impecable y esa perilla canosa que le daba un aire de hombre que sabe exactamente lo que quiere. Rondaría los cuarenta y ocho. Cada vez que pasaba por mi caja me soltaba un piropo medido, nunca vulgar, y yo le respondía con una sonrisa y un «gracias» que tampoco significaba nada. O eso creía.
Una mañana, al darle el tique, sacó un bolígrafo, anotó un número en el reverso y me lo deslizó por el mostrador sin decir palabra. Antes de salir, me guiñó un ojo y desapareció entre la gente de la calle.
Terminé el turno con ese papel quemándome en el bolsillo. Me senté en un banco del parque que había un par de calles más arriba y le di vueltas durante un buen rato. ¿Y si lo llamo? ¿Y si me arrepiento? Al final pudo más la curiosidad que la prudencia.
—¿Sí? —contestó al segundo tono.
—Hola… soy Lorena, la cajera del súper.
—Lorena. Tenía la esperanza de que llamaras. Si te di mi número fue porque me gustaría verte. En privado.
—Vale —dije, y me sorprendió lo firme que me salió la voz—. ¿Dónde y a qué hora?
—¿Puedes esta tarde?
—La tengo libre.
—Entonces te espero a las cinco. Calle del Almendro, número tres.
—Ahí estaré.
***
Vivía sola desde los dieciocho, en un piso compartido que me había costado sangre conseguir. No tenía pareja, solo algún amigo con el que coincidía de vez en cuando. Soy una mujer fogosa, me gusta probar cosas nuevas, y algo en la mirada de Esteban me decía que con él iba a probar muchas.
Me duché despacio, repasé la depilación porque me gusta llevarme sin un solo vello, y elegí la ropa con cuidado: un conjunto de encaje negro debajo, falda vaquera, una camiseta de tirantes, una cazadora y las zapatillas. Quería parecer sexi pero casual. No sabía qué me iba a encontrar al otro lado de esa puerta.
El número tres resultó ser un edificio de apartamentos. Llamé al portero automático, contestó él y me abrió. Subí en el ascensor con el corazón golpeándome las costillas. Cuando se abrieron las puertas, allí estaba, esperándome en el umbral con su traje azul marino, la camisa blanca y la corbata aflojada. La perilla, de cerca, le quedaba todavía mejor.
—¿Te costó encontrarlo? —preguntó, apartándose para dejarme pasar.
—Con el metro, ninguna molestia.
—Gracias por aceptar. Tengo curiosidad… ¿por qué lo has hecho?
—Porque yo también la tengo —respondí, sosteniéndole la mirada—. Saber por qué me has invitado a tu apartamento.
—Llevo meses observándote, Lorena. Y perdona que sea tan directo, pero me vuelves loco.
—Pues tú también me llamas la atención. Y creo que sé para qué estoy aquí.
—Chica lista. —Dio un paso hacia mí—. ¿Vas a hacer que esa fantasía se cumpla?
—Lo deseo tanto como tú.
***
No hubo más preámbulos. Esteban me cogió de la nuca con una mano firme y me besó como si llevara meses conteniéndose, que probablemente era lo que pasaba. Me guiaba el ritmo con los dedos enredados en mi pelo, sin brusquedad pero sin dejarme dudar de quién mandaba. Me arrastró hacia el sofá y me sentó a horcajadas sobre él.
Aún vestidos, me deslizó la camiseta por encima de la cabeza y me desabrochó el sujetador de un movimiento.
—A partir de ahora vas a ser mía —murmuró contra mi cuello—. Y tu amo quiere tus pechos.
—Sí, amo —contesté, y la palabra me salió natural, como si llevara tiempo esperando decirla.
Me lamió un pezón mientras con la otra mano apretaba el otro, alternando la presión hasta que el suelo me empezó a faltar bajo los pies. Notaba su erección a través del pantalón y yo ya estaba empapada. Me tumbó en el sofá, me bajó la falda, las zapatillas, la ropa interior, y se quedó mirándome un segundo, saboreando la imagen.
—Ahora este cuerpo me va a entregar todo lo que tiene. Y mientras lo hago, me dices que me amas.
Hundió los dedos en mí a la vez que me lamía el clítoris, sin tregua, y yo obedecí entre jadeos. Cuando sentí que estaba a punto de estallar intenté apartarlo, advertirle, pero él tiró de mis caderas hacia su boca con más fuerza y me corrí contra sus labios sin poder evitarlo.
Se incorporó despacio y volvió a sentarse en el sofá.
—Desabróchame el pantalón —ordenó—. Sácamela y métetela hasta el fondo. Tu amo va a darte de comer.
Lo hice. Le solté el cinturón, le bajé los pantalones y lo tomé en la boca, abarcando todo lo que podía. A veces me atragantaba y se me saltaban las lágrimas, pero me gustaba esa sensación de límite, de estar haciendo algo solo para él. Mientras tanto él se quitó la corbata y la camisa, y me apartó para terminar de desnudarse.
Desnudos los dos, me llevó al dormitorio, me tumbó boca arriba y me penetró de una sola embestida que me arrancó un gemido. Empezó a moverse hondo y lento, besándome, sujetándome el pelo, obligándome con la mirada a repetir una y otra vez que lo amaba.
—Me voy a correr dentro de ti. Eres mía, ¿lo sabes?
—Lo sé, amo.
Y se corrió, caliente, dentro de mí. Después se dejó caer a mi lado y me abrazó como si fuéramos algo más que dos desconocidos de un supermercado.
—Es hora de que vuelvas a casa, pequeña. Te llevo.
—Vale… aunque no me espera nadie.
—A partir de ahora te espero yo.
***
Esa noche, ya en mi habitación, no conseguía sacármelo de la cabeza. Solo de recordarlo volvía a notarme húmeda, los pezones todavía duros y un poco doloridos, y me encantaba. Me llamó antes de dormir para citarme al día siguiente, y acepté sin pensarlo.
La rutina siguió igual en apariencia: yo en mi caja, él cruzando cada mañana a por su café y su guiño correspondiente. Pero por las tardes pertenecía a otra vida. Volví a la Calle del Almendro, y esta vez me recibió con una sonrisa distinta, más intensa.
—Lorena, tú eres de las que les gusta experimentar, ¿me equivoco?
—No te equivocas, amo. Me encanta. Y me encanta estar contigo.
—Bien. Esta tarde vamos a un sitio donde tú serás la consentida y yo me limitaré a mirar. Pero que mires o que te miren no cambia nada: sigues siendo mía. No lo olvides.
—No lo olvido. ¿Adónde vamos?
—Ahora lo verás. Solo quiero que vayas sin ropa interior.
***
Bajamos al aparcamiento, donde tenía un sedán oscuro con las lunas tintadas. Por el camino me acariciaba el interior de los muslos mientras charlábamos y nos reíamos, como si lleváramos años juntos. Llegamos a un local discreto, sin cartel, una de esas direcciones que solo se conocen de boca en boca: un club liberal. Esa tarde la sesión era mixta, y había muchos hombres, casi todos mayores, algunos incluso mayores que Esteban.
Lo vi saludar a las camareras y cruzar un par de palabras con la gente que pululaba por la entrada, con la familiaridad de un cliente habitual. Me condujo a un pequeño vestidor y me ordenó que me quitara la ropa. Obedecí, y el simple hecho de obedecerle ya me ponía.
Desnuda, me llevó de la mano a una sala reservada donde esperaban cuatro hombres de entre cincuenta y sesenta y tantos. Esteban me indicó que me tumbara en el diván del centro, se retiró a un rincón y se cruzó de brazos.
—Disfruta como nunca, pequeña —dijo—. Yo te vigilo.
Lo que vino después fue un torbellino. Tenía una boca en cada pecho, otra entre las piernas y, sobre mí, un cuarto hombre buscando la mía. Me sentía como una gata en celo, incapaz de parar, pidiendo más con el cuerpo aunque no me salieran las palabras. No paraba de correrme, una y otra vez, perdida en aquel exceso de manos y lenguas.
En un momento cambiamos de postura y formamos una especie de cadena: yo a cuatro patas mientras uno me embestía, y los demás encadenados detrás, cada uno entregado al siguiente. Desde su esquina, Esteban grababa con el móvil, excitado, observándolo todo con una calma que me resultaba más morbosa aún que los cuerpos a mi alrededor. Era sucio, era prohibido, y precisamente por eso no podía soportar el placer.
Cuando me corrí por última vez fue a chorros, sin pudor, soltándolo absolutamente todo. Ellos terminaron poco después, uno tras otro, y yo me quedé tendida en el diván, temblando, vaciada y extrañamente feliz.
***
De aquella tarde hace ya tiempo. Hoy Esteban y yo vivimos juntos. Soy su sumisa, me tiene consentida como a una reina, pero a cambio le debo obediencia en todo lo que me pide, y descubrí que no hay nada que me guste más que dársela.
Seguimos visitando aquel club de vez en cuando, y otras tardes nos escapamos a sitios todavía más atrevidos donde el riesgo de que alguien nos vea forma parte del juego. Cada mañana, cuando me besa antes de salir, vuelvo a sentir el mismo vértigo de aquel piropo en la caja del supermercado. Y, como aquel primer día, me dejo llevar.





