La noche que mi primo se quedó a solas con mi madre
Adrián despertó con la casa en silencio y la cama de su primo vacía. Siguió los jadeos hasta el baño y lo que vio por la rendija lo dejó clavado al suelo.
Adrián despertó con la casa en silencio y la cama de su primo vacía. Siguió los jadeos hasta el baño y lo que vio por la rendija lo dejó clavado al suelo.
Yo no esperaba mucho de aquella aplicación esa noche, pero su perfil apareció a doscientos metros y, sin saber por qué, fui yo quien dio el primer paso.
Cuando entendí que lo que me calentaba no era mirar sino que me mirasen, busqué el galpón vacío detrás de mi casa una Nochevieja, y dejé caer las bragas a propósito.
A las siete de la tarde del 31 de diciembre no quería volver al hotel a estar solo. Recordé el lugar de cabinas a tres calles y empujé la puerta sin pensarlo dos veces.
Ella tenía 67 años y la sonrisa de quien ya lo ha visto todo. Cuando la llevé a la cama esa noche de nochevieja, no calculé que me quedaría mirándola durante horas.
Llevar tres sillas plegables a un callejón de madrugada fue idea de ella. Lo que pasó después me dejó mirando desde afuera, con la boca seca y el corazón acelerado.
Llevábamos años evitándonos la mirada en cada cena familiar. Esa Nochevieja, cuando todos cayeron dormidos, ella dejó las copas y me besó en la cocina sin decir nada.
La música sonaba lejos, la familia brindaba abajo y yo seguía sentada en la cama, sin entender en qué momento sus besos habían dejado de ser un juego.
Éramos cuatro travestis en nochevieja, sin familia, sin pareja. Nadie esperaba que la noche terminara así. Sofía menos que nadie.
Matías me penetraba despacio mientras yo intentaba no hacer ruido. Entonces escuché la puerta abrirse y supe que ella había vuelto antes de lo previsto.
Subí al hotel con un conjunto de encaje rojo bajo el vestido que él aún no había visto. Llevábamos siete meses esperando ese momento.
Llevaba medias de red y una faldita negra. Me quedé a dos metros haciéndome el desconocido mientras él la devoraba con los ojos desde el suelo.
Subí a la habitación con el corazón en la garganta y un conjunto de encaje rojo bajo el vestido. Diego ya no era una voz al teléfono.