Mi primera revisión ginecológica como hombre trans
Ernesto llevaba más años ejerciendo de ginecólogo de los que tenía cuando empezó. Era un hombre mayor, con gafas de leer siempre a media nariz, la piel curtida por el tiempo y una mata de pelo blanco que peinaba hacia atrás. En la consulta era impecable, todo profesionalidad y manos firmes, pero tampoco era de piedra. Había días en que pasarse la jornada entera examinando cuerpos le dejaba una pesadez tibia entre las piernas que no se le iba ni con café.
Su mujer lo había dejado años atrás, y desde entonces resolvía sus necesidades pagando, lo mismo con hombres que con mujeres. A veces pensaba, con cierta sorna, que lo único que lo salvaba de perder las formas en el trabajo era que la mayoría de quienes pasaban por su camilla eran señoras de mal genio que entraban con una queja en la boca y salían con otra.
Esa tarde estaba especialmente inquieto. Había atendido a un par de chicas jóvenes, muy resueltas, que le hablaron de tú a tú y a las que trató con todo el respeto del mundo. Pero no podía evitarlo: algo del calor de esas consultas se le había quedado pegado al cuerpo, latiéndole bajo el pantalón el resto de la jornada.
Le quedaba un solo nombre en la lista. Tuvo que leerlo dos veces para convencerse de que no era un error administrativo: Mateo Ríos. Ginecología. Pulsó el botón del aviso, intrigado, y a los pocos segundos vio entrar por la puerta a un chico joven, bajo y delgado, con una barba rala que apenas le sombreaba la mandíbula y una cara de apuro que daba ternura.
—Buenas tardes, Mateo. Siéntese y cuénteme —dijo Ernesto, que ya intuía por dónde iba el asunto.
—Hola, buenas. Pues… verá. Yo soy un hombre trans, llevo poco más de un año con la testosterona, y me han derivado para que me hagan una revisión, a ver si todo va bien por… por ahí abajo.
Mateo habló rápido, atropellado, sin levantar la vista del suelo, con las orejas encendidas. A Ernesto le pareció encantador de inmediato. Sabía perfectamente qué era un hombre trans; viejo no significaba cerrado, y más de una noche había acabado masturbándose con vídeos de cuerpos que no encajaban en las casillas de siempre. El chico era guapo, y aunque a primera vista no lo habría notado, había algo dulce en su rostro bajo la barba: los ojos grandes, la voz un punto aguda, los labios carnosos. Y sin embargo, todo en él decía «hombre». Ernesto se recolocó con disimulo la entrepierna en la silla, porque la cosa se le había vuelto a despertar.
—Muy bien. Hay que comprobar que las hormonas no te estén dando guerra. Veo que eres un chico responsable, eso me gusta —dijo con una sonrisa, y vio cómo Mateo aflojaba un poco los hombros—. Desvístete de cintura para abajo y túmbate en la camilla, que en un momento te miro.
El chico asintió y desapareció tras la cortina. Cuando, un minuto después, Ernesto rodeó la tela, lo encontró tumbado boca arriba, la vista clavada en el techo, las piernas separadas y los puños cerrados a los costados. El médico tuvo que morderse el labio antes de carraspear y sentarse en el taburete de exploración.
***
Se acomodó entre las rodillas de Mateo, con su sexo entreabierto a un par de palmos de la cara. Sé profesional. Mira, palpa, despídete. Pero la sangre le golpeaba abajo con tanta fuerza que casi la oía, y lo único que cabía en su cabeza era la imagen de esa cara barbuda y nerviosa deshecha de gusto.
—Te voy haciendo unas preguntas mientras tanto. Es rutina, no basta con ver el estado de la zona, también tengo que conocer tus hábitos —dijo.
—¿Ah, sí?
—Claro, hombre. La primera: ¿mantienes relaciones con penetración, y con qué frecuencia?
—Yo… no. Nunca —respondió Mateo con un hilo de voz, otra vez rojo hasta la raíz del pelo.
—Vaya. No lo habría dicho. ¿Así que todo esto lo tienes sin estrenar?
Mateo dio un respingo y lo miró, descolocado.
—¿Qué?
—No te lo tomes a mal, chaval, es una broma para romper el hielo. Bien, voy a hacer la exploración previa. Te voy a introducir un dedo. Como no lo usas, iré despacio y con cuidado, ¿de acuerdo?
El chico, mudo de vergüenza, asintió. Ernesto se inclinó hasta dejar la cara a un palmo de aquel sexo. El clítoris, crecido por un año de testosterona, asomaba rosado y redondeado, casi como un pene en miniatura. Desde tan cerca le llegaba el olor, y notó la primera mancha tibia extenderse en su ropa interior.
Se puso un poco de lubricante directamente en el dedo, sin guante, confiando en que el chico no lo advirtiera, y lo entibió con la otra mano antes de apoyarlo en la entrada. La sintió contraerse al primer contacto.
—Voy entrando, pero tienes que relajarte. No me estás dejando pasar. Si te tensas, no puedo revisarte bien.
—Perdón —susurró Mateo, con los ojos apretados.
—No, no pidas perdón, no pasa nada. Es normal que al principio resulte raro. Y tú no estás acostumbrado a que te metan nada, ¿verdad? Me has dicho que está todo virgen. Tranquilo. Respira hondo, que avanzo.
El chico tomó aire y Ernesto empujó un poco más, hasta hundir el dedo casi hasta la mitad. Era de lo más estrecho que había palpado en años, las paredes apretándole la falange con una fuerza que le hizo pensar, de golpe, en lo que sería terminar ahí dentro. Había leído que la testosterona estrechaba los tejidos, pero no imaginaba que tanto.
—Ya estoy dentro, Mateo. No te pongas nervioso. Ahora unos palpamientos.
Sin esperar respuesta, empezó a sacar y meter el dedo, girándolo con dificultad por lo cerrado que estaba todo. El chico seguía con los párpados sellados, inmóvil, pero Ernesto vio cómo el clítoris se hinchaba un poco más, irguiéndose. ¿Será que él también?
En ese instante el médico pensó que, si no se lanzaba, le iban a doler los testículos hasta llegar a casa.
***
—Te noto demasiado tenso. Voy a hacer algo para que aflojes —dijo, y antes de que Mateo pudiera procesarlo, cerró los labios alrededor de su clítoris y empezó a succionar.
—¿Qué hace? Déjeme… ¡ah, joder!
Mateo se incorporó a medias, pero una oleada de placer lo tumbó de nuevo contra la camilla. La boca de Ernesto apretaba aquel pequeño botón mientras la lengua lo recorría sin tregua, de plano y luego con la punta, arrancándole jadeos que el chico intentaba tragarse. El dedo que antes apenas pasaba ahora resbalaba con facilidad en una humedad creciente.
—Prepárate, que ahora va otro dedo.
—No, eso es demasiado, pare…
—Hazme caso, que de esto sé un rato. Soy ginecólogo, ¿o no? Tú necesitas que te abran un poco. Mira —dijo, y sacó el índice para volver a entrar acompañado del corazón. Mateo lo miró a los ojos por primera vez, los labios entreabiertos, conteniendo un gemido mientras el puño del médico llegaba al tope—. ¿Ves, tonto? Te entran perfectos.
—Esto no… esto no es una revisión. Yo no…
—¿Tú no qué? ¿No lo estás disfrutando, acaso? Anda, déjate llevar.
Ernesto no le dio margen a responder. Volvió a devorarlo, lamiéndole el clítoris hasta dejarlo enrojecido e hipersensible, mientras su saliva se mezclaba con todo lo que el chico no podía dejar de soltar. Cuando Mateo se corrió, se mordió el puño para no gritar; la camilla tembló con sus espasmos y un par de gotas salpicaron hasta los cristales de las gafas del doctor.
Se quedaron quietos unos segundos, jadeando. Cuando el chico empezó a incorporarse, Ernesto se puso de pie entre sus piernas todavía abiertas y le apoyó una mano en el pecho, frenándolo.
—¿Adónde te crees que vas, jovencito? ¿No piensas en los demás? Mira cómo me has dejado —dijo, agarrándose el bulto por encima del pantalón, duro como un mango de madera.
—¿Y qué quiere que haga con eso? No me va a caber.
—¿Cómo que no? ¿Qué clase de médico sería si te dejara marchar con la zona inservible? Has venido a que te examine, y mi diagnóstico es que aquí falta uso. Está todo cerrado, atrofiado; necesitas que te abran bien, que te follen hasta que se te olvide la vergüenza. Y sé que te gusta, aunque no lo quieras admitir. Yo te lo voy a demostrar.
Se bajó la cremallera con una mano y se sacó la polla, venosa y pesada, el glande brillante de líquido.
—Vaya con cuidado, por favor —pidió Mateo, sintiendo aquella punta presionar la entrada.
—Siempre, guapo. Soy un caballero —respondió Ernesto.
***
Le tomó la nuca y lo besó con una mezcla de ternura y firmeza, recorriéndole los labios con la lengua y acariciándole los muslos mientras, muy poco a poco, se iba hundiendo en él. El chico gemía bajito, un sonido a medio camino entre el dolor y el gusto, agarrado a la espalda del médico como si fuera a caerse. Cuando Ernesto llegó al fondo, soltó el aire despacio.
—¿Ves cómo sí entraba entera? Estás muy estrecho, pero también empapado. Te he preparado bien, ¿eh?
—Sí… muy bien —contestó Mateo, las piernas temblando.
—Eso es la experiencia, chaval. Tengo más años que el diablo. He pasado por unos cuantos, pero el tuyo es de lejos el más dulce.
Con una risa baja, empezó a moverse, bombeando en aquella estrechez que lo apretaba como si quisiera retenerlo. Al principio fue lento, midiendo cada empuje para no hacerle daño, pero los gemidos del chico pronto le quitaron la paciencia. Entraba y salía casi por completo, en golpes profundos, sin apartar la mirada de esa cara que se mordía los labios con cada embestida.
—¿Te gusta cómo te follo? Dímelo. Dime que te gusta.
—S-sí. Me gusta.
—Dime que te gusta ser mío.
—Me gusta… me gusta ser suyo.
Ernesto se rió, más excitado de lo que recordaba haber estado en años, viendo a ese chico barbudo deshacerse bajo su cuerpo. La voz se le agudizaba a Mateo cuanto más fuerte le metía.
—Así me gusta. Que disfrutes de que te llenen como Dios manda. Espero que no te importe, porque tal como me has puesto, va a salir mucho.
—¡No! No te corras dentro…
—¿Por qué no? Qué cosas tenéis.
—Me puedo… me puedo quedar…
—¿Embarazado? ¿Con la cantidad de hormonas que te metes? Anda, no digas tonterías.
—Espera… —empezó Mateo, pero Ernesto lo acalló llevando los dedos otra vez a su clítoris, frotándolo hasta arrancarle un gemido que no pudo controlar.
Los espasmos del segundo orgasmo del chico le estrujaron la polla con una fuerza nueva, oleadas que lo atrapaban y tiraban de él hacia dentro. Con una última embestida, el médico se hundió hasta el fondo y, con un gruñido sordo, se vació en chorros largos y calientes.
***
Se quedaron así casi un minuto, todavía unidos, mientras Ernesto recuperaba el aliento. Cuando salió, se limpió con unos pañuelos y le tendió otros a Mateo, que se secó lo que le resbalaba por el muslo. Las gafas del doctor seguían salpicadas; las limpió despacio mientras observaba al chico vestirse en silencio.
—Oye, estaba pensando —dijo Ernesto, abrochándose el pantalón—. Lo he pasado muy bien, y se nota que tú también, pero al final no te he hecho la prueba que tocaba. ¿Por qué no vuelves mañana a la misma hora? Te la hago y… vemos qué pasa.
Mateo se puso colorado y caminó hacia la puerta. Ernesto ya daba por hecho que se marchaba sin decir nada cuando, con la mano en el picaporte, el chico se giró un momento.
—¿Mañana a la misma hora? —preguntó.