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Relatos Ardientes

Para sobrevivir tuve que convertirme en mujer

La carpeta pesaba más de lo que debería. Era solo papel y unas fotografías, pero cuando Daniel la sostuvo entre sus manos —manos que todavía temblaban por el insomnio acumulado—, sintió como si contuviera algo vivo, algo que respiraba y amenazaba con escapar si la abría del todo. La agente Salas lo observaba desde el otro lado de la mesa con una paciencia pétrea que parecía ser su estado natural. El hombre que la acompañaba, todavía sin presentarse, había tomado posición junto a la puerta, ocupando el espacio de una manera que sugería que salir no era una opción. Al menos no todavía.

—Antes de que diga nada más —empezó Salas, con esa voz modulada de quien ha dado este discurso muchas veces—, quiero que entienda algo. Lo que voy a proponerle no es un castigo ni una humillación. Es, simplemente, la opción con mayor probabilidad de mantenerlo vivo durante los próximos seis meses. Puede rechazarla. Pero entonces las alternativas son mucho menos prometedoras.

Daniel bajó la mirada hacia la carpeta cerrada, sintiendo el borde de cartulina contra sus dedos. Había algo casi obsceno en la normalidad de ese objeto, en su mundanidad de oficina, cuando el contenido prometía ser cualquier cosa menos mundano.

—Belmonte busca a un hombre —continuó Salas, y cada palabra caía en el silencio como una piedra en agua estancada—. Tiene su descripción memorizada: altura, peso, rasgos. Tiene gente buscándolo en cada estación, en cada aeropuerto, en cada hotel. Busca a Daniel Arce, contable, treinta y cuatro años, varón. Y mientras siga siendo ese hombre, no hay escondite lo bastante seguro.

—Déjeme terminar —dijo ella, levantando una mano cuando él abrió la boca para protestar—. Los tres testigos anteriores contra Belmonte fueron escondidos con protocolos estándar: cambio de ciudad, cambio de nombre. Los tres eran hombres. Los tres aparecieron muertos en menos de cuatro meses. Un incendio que fue «accidente eléctrico». Un atropello cuyo coche nunca se encontró. Una sobredosis que llamaron suicidio, aunque el hombre acababa de reservar las vacaciones del verano.

Las palabras golpearon a Daniel con la fuerza de puñetazos. Había sabido, en abstracto, que estaba en peligro. Pero escuchar los detalles transformó ese conocimiento en algo visceral, algo que le retorció las entrañas y le dejó un sabor metálico en la boca.

—Lo que tienen en común, además de estar muertos, es que todos fueron buscados como hombres —dijo Salas—. La red de Belmonte es eficiente, pero limitada. No busca lo que no espera encontrar.

Finalmente, Daniel abrió la carpeta. Las fotografías estaban organizadas en pares: antes y después. Cada par contaba una historia de transformación tan completa que costaba creer que fueran la misma persona. Un hombre de mandíbula cuadrada convertido en una mujer de rasgos suaves y pelo en ondas. Un tipo calvo y corpulento transformado en una señora de mediana edad con gafas finas y aire de bibliotecaria. Cada imagen era un truco de magia ejecutado con maquillaje, pelucas y algún conocimiento que él no poseía pero que claramente existía, funcionaba.

—Estos casos funcionaron —dijo Salas—. Estas personas vivieron como mujeres durante meses, algunas durante años. Ninguna fue detectada. Ninguna fue encontrada por quienes las buscaban.

Daniel llegó a la última página. El hombre de la imagen «antes» era joven, de rasgos delicados. La mujer del «después» era hermosa de una manera que cortaba la respiración: ojos enormes, cabello negro cayendo en cascada, una sonrisa que prometía secretos. Debajo, una nota escrita a mano: «Testimonio completado. Reintegración exitosa. Actualmente vive en el perfil por elección propia».

—Por elección propia —repitió Daniel en voz alta, sin darse cuenta.

—A veces sucede —dijo Salas, y por primera vez algo parecido a una emoción cruzó su rostro—. Vivir de otra manera cambia a las personas. A veces descubren cosas sobre sí mismas que no sabían.

—¿Por qué yo? —preguntó él, con la voz ronca—. ¿Por qué creen que esto funcionaría conmigo?

El hombre junto a la puerta se movió por primera vez. Caminó hacia la mesa con pasos sorprendentemente silenciosos para su tamaño y, cuando habló, su voz era más suave de lo esperado, con un acento del este difícil de ubicar.

—Porque he visto sus fotografías —dijo, sentándose con un movimiento fluido—. Y sé reconocer el potencial cuando lo veo.

***

El hombre se presentó como Adrián, sin apellido, sin título. Pero había algo en la manera en que Salas lo trataba —con un respeto que bordeaba la deferencia— que sugería que era exactamente quien necesitaba ser para este trabajo. Sus manos, cuando las apoyó sobre la mesa, eran largas y elegantes, manos de cirujano. Sus ojos tenían esa cualidad evaluadora que Daniel había visto en sastres y escultores, en quienes saben mirar más allá de la superficie.

—Necesito hacerle algunas preguntas que pueden parecerle extrañas —dijo Adrián, sacando un pequeño cuaderno de cuero—. Le pido honestidad. Nada de lo que diga saldrá de esta habitación.

Las preguntas empezaron por lo mundano: altura, peso, talla de calzado. Daniel respondía mecánicamente. Uno setenta y cinco. Setenta kilos, quizá menos ahora. Cuarenta y dos. Pero luego se volvieron más específicas: contorno de pecho, de cintura, de caderas. Longitud de brazos y piernas. Adrián anotaba cada número con una meticulosidad que sugería que armaba un rompecabezas en su mente.

—Ahora algo más personal —dijo, cerrando el cuaderno sin guardarlo—. ¿Ha tenido alguna vez contacto con ropa de mujer? No me refiero a llevarla. Comprar un regalo, lavar la ropa de una compañera de piso, cualquier cosa.

Daniel sintió el calor subir a su rostro.

—Una novia —dijo al fin—. Hace años, dejó cosas en mi piso cuando lo dejamos. Las guardé en una caja durante meses antes de devolvérselas.

No mencionó que había abierto esa caja una noche, una sola vez, y había pasado los dedos por la seda de un camisón sin entender del todo por qué lo hacía, sin querer examinar la sensación que aquello le producía. Tampoco mencionó que se lo había puesto, que se había mirado al espejo con la polla dura tensando la tela de aquel camisón, que se había masturbado hasta correrse en su interior manchando la seda con lechazos espesos que después había lavado a mano en el lavabo con las mejillas ardiendo de vergüenza.

—¿Le han confundido alguna vez con una mujer? ¿Por teléfono, de espaldas, en cualquier circunstancia?

Daniel vaciló. Había una respuesta honesta que nunca había compartido con nadie, porque la vergüenza era demasiado profunda, arraigada en años de comentarios que pretendían ser bromas pero cortaban como cuchillos. Adrián esperaba con paciencia infinita.

—Por teléfono, a veces —admitió—. Cuando era más joven. Y una vez, en un bar, de espaldas, un hombre me tocó el hombro pensando que era una mujer. Se disculpó al verme la cara. Pero esa confusión, antes de girarme... duró más de lo que debería.

Adrián no sonrió, no mostró juicio. Simplemente asintió y guardó el cuaderno.

—Señor Arce, voy a ser directo. Llevo más de quince años trabajando en transformaciones como esta. He visto hombres físicamente ideales que carecían de la flexibilidad mental para llevarlo a cabo, y hombres que parecían imposibles y resultaron ser los más convincentes de todos. Usted tiene potencial. Más del que cree, probablemente más del que quiere admitir. Sus rasgos son suaves, su estructura ósea es fina, su voz tiene un timbre que puede modularse con entrenamiento.

Daniel no sabía qué decir. Eran halagos de una clase extraña, cumplidos sobre cualidades que se había pasado la vida intentando esconder. Y, sin embargo, en esta habitación, eran exactamente lo que necesitaba para sobrevivir.

—¿Y si no funciona? —preguntó—. ¿Si alguien se da cuenta?

—Si no funciona —respondió Salas, y algo en su voz se endureció—, probablemente morirá. No este mes ni el siguiente, pero Belmonte lo encontrará, como encontró a los demás.

El silencio que siguió fue denso. Daniel pensó en el callejón, en el cuerpo en el suelo, en la mancha oscura que se extendía. Pensó en Belmonte, en esos ojos que lo habían visto y memorizado. Y entonces, con una claridad que lo sorprendió, pensó en la última fotografía: la mujer hermosa de cabello negro, la nota que decía «por elección propia». De alguna manera, esa idea era menos aterradora que el fuego, el impacto o la oscuridad de una sobredosis forzada.

—De acuerdo —dijo, antes de poder arrepentirse—. Cuéntenme cómo funcionaría.

***

Salas retomó el control con la eficiencia de quien ha esperado exactamente este momento.

—El proceso tiene fases —dijo—. La primera, unas dos semanas, es preparación física. Depilación permanente del vello, cuidado de la piel, ajustes en la dieta para refinar su silueta. A la vez empezará el entrenamiento de voz y las primeras sesiones de movimiento.

Daniel escuchaba, pero las palabras parecían flotar a cierta distancia, como si pertenecieran a otra conversación sobre otra persona. Cada término era un ladrillo en un muro que lo separaría de quien había sido.

—La segunda fase es la transformación —siguió ella—. Maquillaje, estilismo, vestuario. Aprenderá a ponerse una peluca de manera convincente, a caminar con tacones, a sentarse y a ocupar espacio como lo haría una mujer de su edad.

—La tercera es la integración —intervino Adrián, inclinándose hacia adelante con un brillo en los ojos, como si esa fuera la parte que más le interesaba—. No basta con parecer una mujer. Hay que vivir como una. Aprenderá a responder a un nombre nuevo, a una historia nueva, hasta que dejen de ser un disfraz y se conviertan en una segunda naturaleza.

Daniel intentó imaginarlo y su mente se resistió. Se vio con peluca, con maquillaje, con vestido, y la imagen era tan absurda que casi soltó una risa histérica que tuvo que tragarse. ¿Él, caminando con tacones? ¿Él, respondiendo a un nombre de mujer como si fuera el suyo? Era ridículo. Era imposible.

Era su única opción.

—¿Cómo me llamaré? —preguntó. No sabía por qué esa era la pregunta que había elegido, entre cientos más urgentes. Pero de alguna manera era la puerta que debía cruzar antes de enfrentar todo lo demás.

Adrián sonrió, y fue la primera sonrisa genuina que Daniel veía desde que la pesadilla empezó.

—Hemos pensado en varios. El que mejor encaja con su documentación es Lucía. Lucía Sandoval.

El nombre flotó en el aire, extraño y familiar al mismo tiempo. Daniel pensó en la luz, en algo que se abre paso entre las sombras.

—Lucía —repitió, probando cómo se sentía en su boca—. Lucía Sandoval.

—Le queda bien —dijo Adrián, y había algo en su tono que sugería que veía un futuro que Daniel todavía no podía ver.

***

Lo trasladaron esa misma noche a un piso franco distinto de los anteriores. Más grande, con un salón amplio y luminoso, paredes de un blanco cálido y espejos de cuerpo entero en rincones inesperados que lo obligaban a verse cada vez que se movía. El baño tenía una bañera profunda y un tocador iluminado con bombillas, como un camerino de teatro. Cuando abrió el armario, encontró hileras de perchas vacías esperando ser llenadas con ropa que aún no existía.

Adrián lo acompañó durante el traslado.

—Mañana vendrá Irene. Será su guía durante las primeras fases. Es la mejor en lo que hace; nunca conocí a nadie con su capacidad para extraer de las personas lo que ni siquiera saben que tienen.

Cuando Adrián finalmente se fue, Daniel se quedó solo. El silencio era distinto aquí: no el silencio opresivo de los pisos anteriores, sino algo expectante, como si el espacio esperara a que alguien llegara para llenarlo. Caminó por las habitaciones, tocando superficies, abriendo cajones vacíos. El tocador lo atrajo especialmente. Se sentó frente a él, bajo esa luz que no perdonaba nada, que mostraba cada poro y cada año acumulado en su rostro.

—Lucía —dijo en voz alta, probando el nombre en el silencio—. Me llamo Lucía.

Las palabras sonaban falsas, como un actor ensayando un papel que no ha terminado de aprender. Pero debajo de la falsedad había algo más, una semilla de posibilidad que todavía no había germinado.

Fue al dormitorio y encontró sobre la cama una bolsa de papel sin marcas que no había notado antes. Era ligera. Dentro había solo dos cosas: un sujetador color burdeos con formas de silicona integradas y unas bragas a juego, de un material que resbalaba entre sus dedos como agua. Una nota pegada al sujetador, con la caligrafía elegante de Adrián: «Para esta noche. Familiarícese con las sensaciones. Mañana empezamos en serio».

Daniel se quedó mirando las prendas largos minutos, sintiendo cómo su corazón latía más rápido de lo que debería, cómo algo en su estómago se retorcía con una emoción que no supo nombrar. Miedo, quizá. Vergüenza. O algo que se escondía en los rincones de su mente y se negaba a ser examinado. Pero no había vuelta atrás. Lentamente, con dedos que temblaban más de lo que quería admitir, empezó a desvestirse.

***

El baño quedó iluminado solo por las bombillas del tocador, un resplandor cálido que suavizaba los bordes de todo. Desnudo frente al espejo de cuerpo entero, Daniel se miró con una intensidad que nunca había aplicado a su propio cuerpo. Hombros estrechos. Pecho casi lampiño. Caderas angulares que descendían hacia piernas delgadas. Pero también había otras cosas que normalmente ignoraba: la suavidad de la piel en el interior de los brazos, la curva sutil de la cintura, la ausencia de esa musculatura que parecía venir de serie con otros hombres pero que a él siempre le había eludido. Su polla colgaba entre sus muslos, blanda, ajena, un apéndice que en ese momento parecía no encajar con el resto de la imagen que empezaba a formarse en el espejo.

Las bragas fueron primero. El tejido era más suave que cualquier ropa interior que hubiera llevado, con un brillo que captaba la luz y la devolvía transformada. Cuando pasó los dedos por la superficie, el material se deslizó bajo su tacto con una fluidez que le produjo un escalofrío que bajó por su columna y se instaló en algún lugar debajo del ombligo. Se las puso con movimientos torpes, sintiendo cómo el tejido ascendía por sus muslos, cómo la seda le lamía la piel recién depilada de las pantorrillas y de los muslos internos. Tuvo que reacomodarse, esconder la polla entre las piernas, echarla hacia atrás y apretarla contra el perineo hasta que la tela del frente quedó plana, engañosamente lisa. La presión del tejido contra los huevos era una caricia constante, insistente, y cuando bajó la mirada y vio la superficie lisa donde antes había un bulto evidente, sintió un vértigo que no era del todo desagradable. Al contrario: su polla, apretada y contenida por la seda, empezó a hincharse en su encierro, a llenar el poco espacio que las bragas le concedían, y la humedad que empezó a manar de la punta manchó de una gota clara y brillante el tejido burdeos.

El sujetador fue más complicado. Durante varios minutos intentó ponérselo como una camiseta, pero los cierres se le escapaban y la frustración empezaba a convertirse en algo más oscuro. Entonces recordó algo: una imagen de hace años, de una vida que ahora parecía de otra persona. Verónica, su novia de la universidad, vistiéndose una mañana. La manera en que abrochaba el sujetador por delante y luego lo giraba antes de subir los tirantes. Un truco nacido de años de práctica, algo que nunca pensó que necesitaría saber.

Lo intentó. Cierres primero, en el pecho, donde podía verlos. Los ganchitos eran pequeños, diseñados para dedos más pacientes, pero tras varios intentos consiguió engancharlos. Giró el sujetador hasta que el cierre quedó en la espalda y subió los tirantes a sus hombros, uno a la vez, con un cuidado que bordeaba lo reverencial.

Las formas de silicona descansaron contra su pecho con un peso extraño pero no incómodo, un peso que cambiaba su centro de gravedad de maneras sutiles. Y cuando se miró en el espejo, algo dentro de él se desplazó, se reordenó, encontró una configuración nueva que no sabía que existía. El cuerpo del reflejo no era masculino. No era exactamente femenino tampoco, no con su pelo corto y su rostro sin maquillar. Pero era algo distinto, algo que existía en el espacio entre lo que había sido y lo que pronto sería. El sujetador creaba la ilusión de un pecho pequeño pero presente; las bragas alisaban la silueta de sus caderas y ocultaban por completo el hecho de que debajo de la seda seguía habiendo una polla que ahora latía dura contra el tejido, presionando hacia arriba, hacia el ombligo, marcando una línea vertical que traicionaba lo que las bragas fingían esconder.

Se veía posible, pensó, y la idea le produjo una mezcla de terror y algo que se parecía peligrosamente a la excitación.

Pasó las manos por su cuerpo, explorando las nuevas formas. El encaje raspaba ligeramente contra sus palmas. Cuando llegó a los pechos falsos, los sostuvo con un gesto que había visto hacer a las mujeres mil veces, sintiendo el peso, la ilusión de algo que no estaba ahí pero que ahora, de alguna manera, sí lo estaba. Los apretó suavemente, y aunque no tenía nervios propios en la silicona, la presión se transmitía al tejido del sujetador, y el tejido del sujetador rozaba contra sus pezones reales, contra esos pezones pequeños y sensibles que se habían endurecido sin permiso y que ahora enviaban corrientes eléctricas directamente a su bajo vientre. Su respiración se había vuelto más rápida y superficial, como si su cuerpo respondiera a algo que su mente todavía no había procesado.

Volvió a mirarse. La polla dura, atrapada bajo la seda, dibujaba ahora una curva imposible de ignorar, un bulto que la tela ya no lograba disimular. Se llevó una mano al pecho falso y otra al frente de las bragas, y cuando sus dedos rozaron el tejido húmedo por encima de su polla, un gemido se le escapó de los labios, un sonido agudo que no reconoció como propio. Se quedó quieto, escuchando el eco de aquel gemido en el silencio del baño, y algo se rompió dentro de él —o quizá se soltó por primera vez.

Se sentó en el taburete del tocador con las piernas ligeramente abiertas, y su reflejo lo miró desde el espejo con una expresión que no era del todo suya. Bajó la mano derecha hasta el frente de las bragas y apretó la palma contra la polla dura, sintiendo cómo palpitaba a través de la seda. La otra mano se deslizó por dentro del sujetador y pellizcó uno de sus pezones, y el placer que le atravesó el cuerpo fue tan agudo y tan nuevo que las caderas se le levantaron solas del asiento.

—Joder —susurró, y la voz le salió rota, aguda, casi como si empezara ya a modularse en algo distinto.

Empezó a masturbarse por encima de las bragas, con movimientos lentos que arrastraban la seda contra la piel de la polla, y cada roce era una tortura suave, un latigazo de placer amortiguado por la tela. La punta empezó a soltar más líquido preseminal, empapando la seda burdeos, y la mancha se extendía formando un círculo oscuro y brillante justo sobre el glande. No se atrevía a sacarse la polla. No quería. Quería correrse así, atrapado dentro de las bragas de mujer, sin ver la polla, sintiendo solo la fricción de la tela y el peso de los pechos falsos y la caricia del sujetador contra los pezones.

Con la otra mano tiró de una copa del sujetador hacia abajo, exponiendo un pezón real que había estado empujando la silicona. Se lo pellizcó fuerte entre el pulgar y el índice, y el dolor y el placer se mezclaron en una descarga que le hizo tensar los muslos y apretar aún más la polla contra su vientre. Nunca se había tocado los pezones así. Nunca había sabido que podían responderle de esa manera. Los tiraba, los retorcía, y cada pellizco le arrancaba un jadeo agudo que rebotaba contra los azulejos del baño.

Su mano derecha frotaba con más fuerza ahora, dos dedos apretando el glande contra la seda empapada, el pulgar deslizándose por debajo del elástico para acariciar la piel tensa del bajo vientre justo por encima del pubis lampiño. La depilación reciente hacía que la piel estuviera hipersensible, y cada roce de sus propios dedos le hacía retorcerse en el taburete.

Se miró en el espejo. Vio a una figura ambigua, con pechos de silicona ligeramente descolocados, un pezón asomando por encima de la copa desplazada, la mano metida en unas bragas burdeos oscurecidas por la humedad. Vio los muslos temblando, la boca entreabierta, los ojos vidriosos. Vio a Lucía, quizá, por primera vez, o al menos a algo que empezaba a parecerse a ella.

—Lucía —dijo en voz alta, mirándose fijamente—. Me llamo Lucía.

Y esta vez el nombre no sonó falso. Sonó como una orden, como una llave, como un permiso. Y algo cedió por completo. Las caderas le empezaron a moverse solas, follando su propia mano a través de la seda, y los espasmos comenzaron desde los pies y le subieron por las pantorrillas y los muslos hasta explotar en el bajo vientre. La corrida llegó de repente, sin aviso, más violenta que ninguna que recordara. La polla se sacudió atrapada bajo la tela y disparó chorro tras chorro de semen espeso contra la seda burdeos, empapando las bragas por completo, mojándolas hasta que sintió el líquido caliente resbalar por el perineo hacia atrás, hacia el culo, hacia el taburete. Se le escapó un gemido largo, agudo, ahogado, mientras seguía frotándose por encima de la tela, exprimiendo cada última gota de la corrida, aplastando el glande sensible contra la seda mojada hasta que el placer se volvió casi doloroso y tuvo que parar.

Se quedó quieto, jadeando, con la mano temblorosa todavía apoyada sobre el bulto húmedo y palpitante entre sus piernas. Las bragas estaban pegadas a la piel, empapadas de semen y de sudor, y el olor —el olor íntimo, animal, propio— llenaba el baño mezclándose con el perfume tenue del tejido nuevo. Se llevó los dedos manchados a la boca casi sin pensar, y probó el sabor salado de su propia corrida con una curiosidad que también era nueva, que también pertenecía a alguien que no era del todo Daniel.

El reflejo del espejo lo miraba con las mejillas coloradas y una expresión que él no había visto nunca en su propia cara: algo parecido al reconocimiento.

Se metió en la cama sin quitarse la ropa interior, porque Adrián había dicho que debía familiarizarse con las sensaciones, y las órdenes eran más fáciles de seguir que pensar por sí mismo. Las bragas empapadas se enfriaron contra su piel, la seda pegajosa se aferraba a la polla ya blanda, y en lugar de repugnancia sintió una especie de intimidad extraña, como si su propio cuerpo lo abrazara desde dentro de la ropa. Las sábanas eran suaves contra más piel de la que normalmente exponía al acostarse. El sujetador lo abrazaba con su presión constante; las bragas mojadas susurraban cada vez que movía las piernas. Todo era nuevo, extraño y abrumador.

Antes de dormirse, con una mano deslizada de nuevo dentro de las bragas empapadas y la otra acariciando distraídamente uno de los pechos de silicona a través del sujetador, se corrió una segunda vez, más despacio, más silenciosamente, meciéndose contra su propia mano hasta que un orgasmo lento y largo lo dejó vacío y flotando. Los dedos se le quedaron pegajosos, atrapados entre la tela y la piel, y no hizo nada por moverlos.

Durmió, eventualmente. Y en sus sueños no fue Daniel quien caminaba por paisajes que no reconocía, quien hablaba con voces que no entendía, quien habitaba un cuerpo distinto de maneras que no podía nombrar. En sus sueños fue Lucía, y en sus sueños unas manos ajenas —manos de hombre, grandes, oscuras— le abrían las piernas y le arrancaban las bragas y le follaban un coño que aún no tenía pero que su cuerpo dormido ya sabía imitar apretando los muslos, arqueando la espalda, gimiendo contra la almohada nombres que jamás había pronunciado despierto.

Cuando despertó, con la luz del sol filtrándose por las persianas y el peso del sujetador todavía en su pecho, lo primero que hizo fue mirarse las manos. Eran las de siempre: los mismos dedos, las mismas cicatrices de cortes olvidados. Pero bajo la luz de esa mañana parecían diferentes. Más suaves. Más pequeñas. Más suyas.

Fue al baño, donde el tocador lo esperaba con sus bombillas apagadas. Se quitó las bragas endurecidas de semen seco solo para lavarlas a mano en el lavabo, con movimientos cuidadosos, casi tiernos, y luego se puso el par limpio que también había en la bolsa. No se planteó ni por un segundo pasar la mañana sin ropa interior. No podía. Ya no.

En algún lugar del apartamento, alguien llamó a la puerta. Daniel supo que era Irene, que era el comienzo, el primer paso de un viaje cuyo final no podía imaginar. Respiró hondo, sintiendo cómo el sujetador se ajustaba a su pecho con la expansión de sus pulmones, y fue a abrir.

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Comentarios(8)

Torrente_93

Tremendo relato!!! Me engancho desde el primer parrafo, no pude soltar el celular hasta terminar. Esperando la continuacion

LectoraAnsiosa

Buenisimo, se hizo cortisimo. Por favor seguilo, quede con muchas ganas de saber como termina todo

TomasRdz_Mx

Me quede con la duda de quien dejo la bolsa esa jaja... esperando la proxima parte

ElNocturno_Mx

Me encanto como describis la transformacion, se siente tan real y creible. Uno de los mejores relatos que lei en mucho tiempo, espero que tenga continuacion

Valentina_ok

genial!!!

Maty_Cba

Muy bien narrado, se nota que sabes escribir. Sigue subiendo mas!

NadiaV

La nota del sujetador me mato jajaja que detalle tan perturbador. Muy bueno

Sole_BA

Me recordo a una situacion que mejor no cuento jajaja. Muy bueno el relato, saludos desde BA!

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