Le desabotoné el camisón mientras su madre dormía
Han pasado años y todavía recuerdo el calor pegado a la espalda esa noche, el aire detenido contra la pared y el zumbido constante del ventilador del pasillo. Era pleno enero en el sur del país, y la madera de la casa crujía cuando el termómetro bajaba un grado. Esa casa de fin de semana olía a sal, a jazmín y a algo más que esa noche aprendí a reconocer.
Ahí estaba Mariela, recostada de lado sobre la sábana, con su camisón blanco estampado en flores de lavanda. La tela apenas le pasaba la cadera, y el dobladillo se había subido un poco al doblar la pierna. Por debajo se le marcaba una braguita de algodón verde menta, con un diseño tan ingenuo que contrastaba con la sombra del vello que se intuía detrás. Sus piernas eran largas, morenas por el verano, con una capa fina de transpiración que les daba un brillo de bronce húmedo.
Por encima de la braguita el vientre se le movía al ritmo de una respiración que no lograba calmar. Subía y bajaba demasiado rápido, como si llevara un rato esperándome sin decir nada. Más arriba, dos pechos grandes empujaban contra el algodón, repartidos por la postura, y los pezones marcaban dos puntos endurecidos a través del estampado. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo, brillantes; los labios apretados, como conteniendo cualquier sonido. En la habitación contigua dormía su madre y la pared compartida era apenas una lámina de yeso que dejaba pasar hasta el chasquido de un interruptor.
—¿Estás segura? —pregunté en un susurro.
Asintió sin mirarme. Esa fue toda la respuesta que necesité.
Pasé el pulgar por el primer botón del camisón y lo solté. El segundo. Ella cerró los ojos. El tercero. El nacimiento de sus pechos quedó descubierto, una piel de mestiza tostada por el sol, con un par de gotas finísimas de sudor anidadas en el surco. Hice una pausa. Acerqué la mano por encima de la tela y la apoyé sobre uno de los senos; era firme y al mismo tiempo cedía bajo la palma, como si el algodón lo estuviera presionando y mi mano viniera a liberarlo.
—Seguí —pidió, casi sin voz.
Le pellizqué el pezón izquierdo a través del algodón y lo sentí crecer entre los dedos. Bajé la cabeza para confirmar con la boca lo que ya sabían mis manos. El cuarto botón, el quinto. La areola apareció primero, más oscura que el resto del pecho, y después el pezón en sí, de un café tan profundo que parecía negro a la luz amarilla del velador. Tendría el tamaño de un hueso de aceituna, pensé, y no me molesté en disimular la mirada.
No me lo van a creer si lo cuento.
Bajé la cabeza y se lo besé. Después abrí la boca y lo tomé entero, lo chupé como si quisiera arrancarle algo. Su mano me agarró el pelo con una fuerza que no esperaba. Ella mordió la almohada para no hacer ruido. Yo cambié al otro pecho y repetí; quería grabarme la textura de cada uno, el modo en que la lengua se enredaba en el pezón duro, el calor que se le subía al pecho cada vez que tomaba aire.
Solté el último botón sin separar la boca. El camisón quedó abierto de lado a lado, dos paneles de tela caídos a los costados del cuerpo, como cortinas. Me incorporé un segundo para mirarla. Estaba ahí entera, expuesta hasta la cintura, con la respiración rota y los ojos vidriosos, y todavía me faltaba la mejor parte.
***
Bajé hasta quedar de rodillas entre sus piernas. La braguita verde menta era ahora un mapa de mi siguiente movimiento. Los labios se le marcaban de tal forma a través del algodón que parecía mojado en el centro. Había una mancha más oscura, redonda, justo en el medio. Acerqué la nariz y la apoyé sobre la tela.
El olor me golpeó como una bofetada. No era perfume ni jabón. Era ella, pura, fermentada en horas de espera y deseo. Se me cerraron los ojos solos. La lengua se me adelantó al cerebro y lamí la tela. Sentí su sabor a través del algodón, salado y vivo. Por reflejo Mariela arqueó la cadera y dejó escapar un gemido demasiado largo. Le tapé la boca con la mano libre.
—Tu mamá —susurré.
Apretó los labios y asintió, los ojos llenos de un pánico cómplice.
Le seguí el contorno de los labios con el índice, todavía por encima de la tela. Con la otra mano me apreté el bulto a través del pantalón del pijama, no por placer, sino para que el cuerpo entendiera que tenía que aguantar. Sabía que iba a costarme.
—¿Te la saco? —pregunté.
Volvió a asentir. Tenía el pecho enrojecido a manchas, como cuando se reía mucho. Tomé los elásticos a la altura de las caderas y empecé a bajarle la braguita con una lentitud que me sorprendió a mí mismo. Quería que durara. Sabía que esa noche no iba a repetirse igual nunca más, y prefería desnudarla en un siglo a desnudarla de un tirón.
El vientre. El primer vello, ralo y oscuro, como el comienzo de un dibujo. Bajé un poco más y el pubis se abrió ante mí, tupido, prolijo, con esa forma de corazón invertido que tiene una piel que se hizo mujer hace poco. La tela siguió cediendo. Cuando llegué al borde superior de los labios, ella tomó aire de golpe y se quedó sin soltarlo. Me detuve. El sexo estaba brillante. Un hilo cristalino se estiraba desde el centro hasta el algodón verde menta, como si la tela se resistiera a soltarla.
Bajé la braguita un poco más. Otra pausa. Después hasta la rodilla, hasta los tobillos, y por fin la sacó pateando con suavidad para no rozar la pared.
—Abrí —le pedí.
—Me da vergüenza.
—Nadie te está mirando más que yo.
Tardó en hacerme caso. Empezó a separar las piernas un par de centímetros, después otro par. Cuando llegó a unos cuarenta y cinco grados se detuvo y se cubrió la cara con el antebrazo, roja hasta el cuello. Yo me acomodé entre sus piernas. La vista era exactamente la que me había imaginado y, al mismo tiempo, nada se le parecía. Los labios eran gruesos, oscuros, casi violetas en el borde, y se cerraban sobre un rosa profundo, brillante de humedad propia.
***
Acerqué la boca y se la besé como si fuera un beso de los otros, en los labios, lento, con todo el contacto que pudiera. La oí ahogar un grito contra el brazo. La probé. Tenía un gusto difícil de describir, mezcla de algo metálico y algo dulce, con un fondo amargo que me hizo querer más. Le pasé la lengua a lo largo, de abajo hacia arriba, y la metí ahí donde se abría más, donde estaba más caliente. Le di vueltas con la punta. Su mano se cerró en mi pelo. La otra siguió tapándole la boca.
Subí al clítoris. Lo busqué con la lengua chata primero, lo encontré y lo dejé un segundo en paz. Después lo presioné con la punta. Después lo chupé. Cada cosa la hacía sufrir un sacudón distinto. Mariela respiraba por la nariz, agitada, intentaba contenerlo todo, y yo sentía cómo el cuerpo se le iba acalambrando por la concentración del esfuerzo de no gritar.
Mientras tanto le subí una mano y le agarré un pecho. Lo apreté. Le pellizqué el pezón sin pedir permiso. Ella se vino contra mi cara antes de que pudiera prepararme. Sentí los labios pulsando contra mi boca. Después salió un chorro caliente, demasiado, como si hubiera estado guardando esa respuesta durante años. Tragué lo que pude. Lo demás me empapó el mentón y el cuello.
Pulsó dos veces más, tres, cuatro. Yo no separé la boca. No quería que se acabara y, al mismo tiempo, me daba un orgullo idiota haberla puesto así. Cuando por fin se relajó, le besé el interior del muslo y subí despacio, sin limpiarme la cara, recorriéndole el vientre, esquivando los pechos para no excitarla otra vez de inmediato, hasta acostarme sobre ella.
—Esto no me lo voy a olvidar nunca —dije.
—Falta —contestó.
***
Tenía razón. El bulto en mi pantalón llevaba un rato pidiendo aire, y yo lo había ignorado porque la prioridad había sido ella. Me bajé el pijama hasta las rodillas y la tuve afuera. Estaba demasiado dura, ya con una gota gruesa de líquido transparente colgándole de la punta. Mariela se incorporó sobre los codos y me miró. Después estiró la mano y me agarró.
—Vení —dijo.
Me guió. La punta apenas tocó la entrada y yo ya estaba temblando. El calor era una cosa irreal. El paso siguiente era empujar y dejar que el cuerpo hiciera el resto. Empecé a empujar.
No alcancé.
Su mano me dio dos movimientos de arriba abajo, supongo que para acomodarme la posición, y eso fue todo lo que necesitó mi cuerpo después de tanta acumulación. Sentí ese tirón seco de cintura para arriba que avisa que ya no hay vuelta atrás. Intenté pensar en otra cosa. No tenía sentido. Me vine en su mano, en su vientre, en el algodón ya arrugado del camisón, en todos lados menos donde debería haberme venido.
Apreté los ojos. Sentí la cara caliente, no de placer, sino de vergüenza.
—Perdoname —murmuré.
Ella se rio sin sonido, una vibración suave en el pecho, y me tiró de los hombros para que la abrazara. Me hundí contra su cuello. Olía a transpiración y a su propio cuerpo, todo mezclado.
—No importa —me susurró al oído—. Vos vas a ser igual mi primera vez. Mañana lo intentamos de nuevo.
Me quedé un rato apoyado sobre ella, sin decir nada, escuchando cómo del otro lado de la pared la madre se daba vuelta en la cama. La luz del velador hacía que el camisón abierto pareciera una flor de lavanda gigante extendida sobre la sábana, con ella en el medio. Mañana, había dicho. Mañana habría una segunda noche, y una tercera. Pero ninguna de esas iba a ser ésta.