Lo que escondía la acompañante de mi amante
El viaje se armó de un día para otro. Me avisaron un jueves por la tarde que tenía que estar en Guadalajara el sábado temprano, y a esas alturas no había vuelo ni autobús que me sirviera. No me quedó otra que sacar el coche del estacionamiento, llenar una mochila a las apuradas y manejar yo solo las horas que hicieran falta.
Lo único bueno del asunto fue que mi amante vivía a medio camino. Le escribí esa misma noche para avisarle que pasaría cerca, con la esperanza de robarle aunque fuera una tarde. Mora trabajaba desde casa y podía moverse sin dar explicaciones a nadie, así que la idea le encantó. Pero antes de decir que sí me pidió un favor.
—Tengo un amigo varado en un pueblo que te queda de pasada —me escribió—. ¿Lo recoges y me lo llevas? Te desvía dos o tres horas, nada más. Te prometo que lo voy a compensar.
Conocía esa palabra en su boca. Cuando Mora prometía compensar algo, uno terminaba pagando con gusto el doble de lo que había dado. Acepté sin pensarlo.
El mapa me llevó sin problema hasta la tienda del pueblo donde habíamos quedado. Lo vi de lejos, de espaldas, apoyado en la pared con una bolsa al hombro. Llevaba unos jeans blancos ajustadísimos, una camisa azul pegada al cuerpo y un chaleco del mismo tono. Tardé en reconocer que era él: de espaldas, con esa cintura estrecha y ese trasero redondo, cualquiera habría jurado que era una mujer.
Cuando se giró, sonrió como si me conociera de siempre.
—Tú eres Tomás —dijo—. Me mandó tu foto. —Y antes de que pudiera responder, me dio un abrazo mucho más largo y cálido de lo que esperaba de un desconocido.
—Tranquilo, tranquilo —reí, separándome con suavidad—. Vamos a meter tus cosas a la cajuela.
Se agachó a sacar unos lentes de sol de la maleta, y con el movimiento el pantalón se le deslizó por la cadera. Alcancé a ver una tanga roja de hilos finos, sostenida al frente por un pequeño aro brillante. Aparté la vista, pero ya era tarde: el detalle se me quedó grabado.
—¿Quieres algo de la tienda? —pregunté para disimular.
—Unas mentas y unas cervezas, si no te molesta.
Compré las mentas, una hielera de oferta con doce cervezas, una botella de tequila y algo de botana. Pensé que con eso me ahorraría dar vueltas comprando cosas más adelante. Cuando volví al coche, él ya estaba instalado en el asiento del copiloto, con los zapatos fuera y los pies descalzos sobre el tablero. Las uñas pintadas de rosa pálido, dos pulseras en cada tobillo, cada una con un corazoncito dorado.
—Ay, me puse cómodo —dijo sin pena—. Si te molesta, dime.
—Para nada —contesté, y arranqué.
***
El problema empezó a los veinte minutos. Por no conocer el pueblo tomé la carretera libre en lugar del libramiento que llevaba a la autopista, y para colmo, con las prisas y la desviación, había olvidado llenar el tanque. La aguja marcaba la reserva.
—Oye —dije, intentando que no se me notara la angustia—. Estamos en reserva desde hace rato. Si no encontramos gasolina pronto, nos quedamos tirados, y esta carretera no sé ni a dónde sale.
—Uy, me hubieras dicho —respondió—. En el pueblo todos venden gasolina. Por aquí hay una o dos estaciones más adelante, pero no sé si sigan abiertas. Las cerraron en la época del desabasto.
—Con suerte ya reabrieron.
No reabrieron. Recorrimos el último kilómetro en silencio, despacio, exprimiendo cada gota, hasta que llegamos a una estación vieja con los letreros oxidados y la cortina abajo. Cerrada, como él lo había previsto.
Estacioné de manera que pudiéramos ver la carretera en los dos sentidos, por si pasaba alguien dispuesto a vendernos un poco de combustible. Nos bajamos. Saqué dos cervezas de la hielera y le lancé una.
—Salud. Ya no hay mucho que hacer.
—Salud —respondió.
Me fui a orinar contra el muro de lo que alguna vez fue la tienda. Él se acercó, miró su teléfono y soltó una carcajada.
—¡No tengo señal! Revisa el tuyo.
Y entonces, a unos metros de mí, se giró de espaldas al muro, se bajó el pantalón y la tanga, y se acuclilló para orinar. Al levantarse, sin querer, le vi la entrepierna: el pene depilado, encerrado en una pequeña jaula de acrílico rosa. Por eso lo hacía agachado, entendí. Revisé mi celular para disimular. Tampoco yo tenía señal.
***
Todavía era temprano y el sol pegaba lo suficiente para que las cervezas bajaran solas. La plática fue de lugares comunes —el calor, la carretera— hasta que me preguntó cómo había conocido a Mora.
—Por internet —dije—. Empezamos a platicar, agarramos confianza, nos confesamos algunas fantasías y un día nos animamos a vernos. Vivimos en ciudades distintas y la verdad nos funciona así: la distancia es lo que nos mantiene con ganas.
—¿Y tú a ella? —reviré.
—Bueno, así como me ves de guapo, no siempre fui así —sonrió, y dio un trago largo—. Te voy a confesar un secreto, pero de a poco, para que no te espantes. —Hizo una pausa teatral—. Yo no soy gay.
Se me escapó una risa.
—Perdona, no quiero sonar grosero, pero ya con confianza… traes las uñas de los pies pintadas, esas cadenitas, tanga, y esa cosa en el pene depilado.
—Ja. Sé cómo se ve —admitió—. Mira, me puedo comer a un buen hombre y hasta dejarme coger, pero no soy gay. No sé ni cómo definirlo. —Destapó otra cerveza y me la pasó—. Lo mío es ser sumiso. Me llamo Mauricio, por cierto. Mau.
—Tomás.
—Mora y yo fuimos novios —siguió—. Seguro no te lo contó. Vivimos juntos, casi nos casamos. Yo era un chico fresa y medio despistado; ella, un incendio en la cama. Siempre se quedaba con ganas de más. Así fue como se volvió adicta a los juguetes. Por eso hoy tenemos un negocio de ellos: yo los pruebo y escribo las reseñas.
—¿En serio?
—Un día, sin avisar, metió toda mi ropa interior a lavar. A la hora de salir al trabajo me dijo, con cara de no haber roto un plato, que se le había olvidado tenderla, que me fuera sin nada o me pusiera unas pantaletas suyas. —Sonrió con malicia—. Me dejó elegir cuáles, y me prometió que al volver me iba a comer entero. Yo, molesto al principio, abrí su cajón. Y ese día, sin saberlo ninguno de los dos, empezó una transformación que no imaginábamos.
***
El calor y las cervezas nos iban soltando. Mau me contó cómo, poco a poco, cambió la ropa interior por medias, los zapatos por tacones, y cómo dejó de penetrar a Mora con su pene para hacerlo con arneses y dildos, mientras se dejaba dilatar por ella. Cada recuerdo subía la temperatura entre los dos.
—Esto que traigo es una jaula —explicó, señalándose—. Soy su sumiso, y a ella le encanta feminizarme. Cuando estoy con Mora me visto como una diosa. Hace mucho que no la penetro con esto; lo tengo guardado días enteros y me fascina.
—¿No es peligroso?
—Para nada. Se hace de a poco, con cuidado. Cuando lo libero, tengo una erección normal. —Se inclinó hacia mí—. ¿Quieres verlo?
Yo iba ya por varias cervezas y la curiosidad podía más que la prudencia. Dije que sí. Se hincó en el asiento para quedar a mejor altura, se bajó el pantalón y la tanga, y me mostró el pubis lampiño, suave, con el pequeño pene envuelto en su cápsula rosa, sujeto por un aro a los testículos depilados y cerrado con un candado diminuto.
—¿Y quién tiene la llave?
—Hay tres juegos. Uno lo tiene ella. Otro lo guardo yo, solo para emergencias. Y el tercero queda libre, para quien ella autorice. —Se giró entre los asientos para alcanzar otra cerveza, y al hacerlo me dio una vista completa de sus nalgas desnudas y de una joya brillante que le tapaba el ano.
—¿Y eso?
—Sabía que ibas a preguntar. —Se abrió las nalgas con las dos manos—. Es un plug. Lo uso para estar siempre excitado y siempre dilatado. Este es nuevo; tengo que hacerle la reseña.
Sin pensarlo, le di una nalgada y le pedí los cacahuates. Él se rio, se pasó la lata fría por la nalga que acababa de marcarle y me miró por encima del hombro.
—Tienes buena mano, eh. —Bebió un trago—. ¿Sabes? A quien me trata como hombre, lo trato como amigo. A quien me trata como dama, lo trato como rey. Pero a quien me trata como una zorra, lo trato como un dios.
***
Se quedó sentado con la tanga en los tobillos, sin molestarse en vestirse. Yo no sabía qué hacer con las manos ni con la mirada.
—¿No te vistes? —pregunté.
—Es tu coche, son tus reglas. Y tú pediste ver mi pequeño dulce —respondió, divertido—. No te apures. Aún es temprano y todo puede pasar.
«Todo puede pasar.» La frase me quedó dando vueltas como un eco. Mientras la masticaba, empecé a atar cabos que no encajaban, pero el calor y el alcohol los empujaban al fondo.
Más tarde fui de nuevo hacia el muro. Él me siguió.
—No te asustas si te acompaño, ¿verdad?
—Ya te vi a ti. No tienes nada que esconder —dije.
—Entonces, ¿te puedo ver yo a ti?
No respondí. Cuando llegó a mi lado, se había quitado el chaleco y desabrochado los primeros botones de la camisa, dejando ver dos pequeños senos turgentes que no supe si eran postizos o producto de algún tratamiento. Lucían reales, perfectos sobre su cuerpo delgado.
—Creo que vi una ventana abierta atrás —dijo, señalando el edificio—. Soy más delgado, puedo pasar y abrir desde adentro. Total, llevamos horas aquí y no ha pasado nadie. Esta carretera casi no se usa.
Encontramos la ventana y la forzamos lo suficiente. Mau se coló. Oí un estruendo de cosas cayendo y un grito.
—¿Estás bien?
—Sí, solo me mojé entero.
Minutos después abrió una puerta lateral, escurriendo agua, con una sonrisa de niño travieso. Adentro había una especie de bodega con un cuarto y un baño. Encontré la caja de luz y logré encender un par de focos. Mientras él buscaba con qué cambiarse, yo revisé el resto: velas, vasos, unas chamarras gruesas, latas de comida y, en un rincón, un bidón de veinte litros de gasolina.
Iba a gritarle la buena noticia cuando escuché unos tacones.
***
Salió del cuarto convertido en otra persona. Una peluca negra y lacia con flequillo, los ojos pintados en degradados de negro a lila, los labios apenas rosados y brillantes. Un vestido de lentejuelas color lila, ceñido, con la espalda descubierta y un escote de corazón que enmarcaba aquellos pequeños senos. Y unos tacones altísimos, finos, dorados, que hacían juego con las pulseras de sus tobillos.
Me quedé con la boca abierta. Si lo hubiera cruzado en la calle, jamás habría pensado que era un chico.
—Rey o dios. Tus reglas, tus deseos —dijo, y caminó hacia mí balanceando las caderas.
—Eres una verdadera tentación —fue lo único que atiné a decir.
—¿Y cómo me vas a llamar mientras esté así? Puedes decirme Lulú. O lo que se te antoje.
Tomó el celular, puso unas baladas y me rodeó el cuello con los brazos. Yo la tomé de la cintura. Sirvió dos tequilas, se puso una menta entre los labios y, mientras me besaba apenas, deslizó la mano por encima de mi pantalón. Poco a poco me desabrochó el cinturón, el botón, el cierre.
—Eres el primer hombre con el que estoy de verdad —susurró.
—Pero dijiste que…
—Dije que me como las corridas que dejan otros en nuestras reseñas, y que solo ella me ha penetrado —contestó al oído, masturbándome despacio—. Lo más cerca de una verga fue un día que ella y yo hacíamos un sesenta y nueve mientras un amigo la cogía por detrás. Así que hoy tienes una virgen, por decirlo de algún modo.
Se hincó frente a mí y me lo tomó en la boca con una elegancia que no le había imaginado. El frío de la menta multiplicaba cada sensación. Pasaba la lengua a lo largo, me tomaba entero hasta la base, alternaba lo suave con lo brusco. Cuando le avisé que iba a terminar, no se apartó. Después me acomodó la ropa con calma, se levantó y vació su tequila de un trago.
—¿Te gustan las mentas? —preguntó, lamiéndose el labio.
—No las había probado así. Creo que ahora son mis favoritas.
***
Me quedé frío, sin saber cómo reaccionar.
—Tranquilo —dijo—. También es mi primera vez. No solo con un hombre, sino sin mi ama presente. Ven, vamos a bailar.
Mientras nos mecíamos, mi mente terminó de armar el rompecabezas. No había revisado mi teléfono desde mitad del camino. Las latas tiradas adentro, la cubeta de agua, pero ningún charco. La música salía de una aplicación, no de la memoria del celular. Nunca habíamos perdido la señal de verdad; quizá solo yo, en algún punto. Todo, desde el principio, había estado preparado.
Antes de que pudiera decir nada, llevó mi mano a su pecho y con la otra me apretó contra ella.
—Relájate. Disfruta. Soy tuya.
La besé con ganas. Bajé la mano por su muslo hasta la nalga, apreté su suavidad y mis dedos rozaron el plug. Jugué con él, tirando apenas.
—Despacio —pidió—. ¿Nunca habías jugado con uno?
—No.
Me quitó la camisa. Yo bajé el cierre lateral de su vestido y las lentejuelas cayeron al suelo, dejándola en lencería: una tanga rosa bordada de flores, transparente atrás, y un sostén de media copa que dejaba ver dos piercings diminutos en los pezones.
—Quédate con los tacones —le pedí.
La atraje para besarla de verdad, y al pegarse a mí sentí la jaula de su pene contra el mío. Una sensación nueva me recorrió entero, desconocida y eléctrica.
Y justo entonces escuché una voz que conocía.
Era Mora, entrando al lugar con sandalias negras de tacón y el polvo del camino en las piernas. Un short corto de piel, una blusa tipo corsé blanca de encaje, el pelo negro recogido en una cola de caballo. Sonreía como quien llega a una función montada para ella.
—Así te quería agarrar, zorra —dijo—. Cogiendo con mi hombre. En posición.
Lulú giró sobre los tacones, se arrodilló con las manos atrás y bajó la cara, aunque sin dejar de mirarme a los ojos con esa sonrisa maliciosa.
—Mi amor, qué gusto verte —me dijo Mora, acercándose a besarme—. Veo que esta zorrita ya te sedujo. Es una puta deseosa; seduciría al Papa si pudiera. Pero hoy mando yo. —Apartó a Lulú con la planta del zapato y, sin dejar de mirarme, se desabrochó el short y lo bajó junto con la tanga—. ¿Quieres un culo para coger? Toma el mío. Pero primero —ordenó, señalando a Lulú—, cómele el culo hasta que se venga. Después me lo cojo yo.
Lo que pasó el resto de ese fin de semana, y las otras historias que vinieron, las iré contando poco a poco.