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Relatos Ardientes

Camila cumplió diecinueve y me esperó en su cuarto

Llegué tarde aquella noche. El turno en la tienda donde trabajaba se había alargado más de la cuenta y, cuando entré al jardín de la casa de Camila, la fiesta llevaba ya un par de horas en marcha. Vasos de plástico por todas partes, el parlante escupiendo reguetón viejo y un grupo de muchachos que no conocía riéndose demasiado cerca de mi novia.

Camila cumplía diecinueve. Yo tenía veintiuno y llevaba meses esperando esa noche, aunque ella no lo supiera del todo. Era morena, de pelo largo hasta la cintura, espalda angosta y unas piernas que en esa minifalda parecían no terminarse nunca. Llevábamos casi un año saliendo y, hasta entonces, cada vez que las cosas se ponían serias entre nosotros, ella encontraba la forma de frenarme antes de tiempo.

—Pensé que no venías —me dijo, abrazándome por el cuello.

Olía a perfume dulce y a cerveza. Hablaba un poco más rápido de lo normal, con esa risa floja que le salía cuando se había tomado dos o tres copas de más. Me di cuenta enseguida.

—¿Cuántas llevas? —pregunté, intentando que no sonara a reproche.

—Pocas, te lo juro. Tenía calor.

—Y los que te están mirando desde el otro lado, ¿también tenían calor?

Se rio y me besó en la comisura de los labios, sabiéndose en falta. Yo dejé que me besara, pero no le devolví el gesto. Quería que se quedara con ganas. Más que celos, lo que tenía era un plan.

***

Durante el resto de la fiesta hice el papel del novio enojado. No le contesté las preguntas, le sonreí a una de sus amigas a propósito, me senté en el sillón con un vaso en la mano y la miré desde lejos. Camila se me acercaba cada tanto, se sentaba en mis piernas, me agarraba la cara para obligarme a mirarla, y yo apenas le devolvía la mirada.

—Andrés, no seas así.

—No estoy siendo de ninguna manera.

—Estás muy raro.

—Estoy cansado, nada más.

Lo que estaba era calculando el momento.

Cada vez que ella se levantaba y se iba a bailar, yo me aseguraba de mirar hacia otra parte. Cada vez que volvía buscando consuelo, yo me hacía el digno. La conocía lo suficiente para saber que, cuando se sentía culpable, era capaz de cualquier cosa para arreglar las cosas. Y esa noche, con el cumpleaños, las copas y la presión de los amigos viéndola fracasar, tenía todas las cartas a mi favor.

Los invitados se empezaron a ir cerca de las dos de la mañana. Sus padres habían pasado un rato corto al principio, habían comido con nosotros y se habían retirado temprano a su habitación, en el primer piso. La música ya estaba bajita. Quedábamos cinco o seis, todos cansados, y Camila me agarró del brazo en la cocina.

—Ven afuera un segundo.

Salimos al patio. La luz estaba apagada y solo nos iluminaba el reflejo amarillo de una ventana del vecino.

—¿Qué te pasa? —me preguntó, ya sin la sonrisa.

—Nada.

—Dímelo de una vez.

—No me pasa nada, Camila. Si no quieres que esté aquí, me voy y listo.

—¿Que te vayas? Es mi cumpleaños.

—Ya te divertiste bastante sin mí, ¿no?

Le solté la mano y caminé hacia la puerta. No tenía ninguna intención real de irme, pero necesitaba que ella creyera que sí. Funcionó. Apenas di tres pasos, escuché sus tacones sobre las baldosas y la sentí agarrarme la camiseta por la espalda.

—No te vayas. Por favor.

—Suéltame.

—Andrés, te amo. No me hagas esto hoy.

Me di vuelta. Tenía los ojos brillosos, mitad por el alcohol y mitad porque se le habían acumulado las lágrimas en las pestañas. Sentí algo parecido a la culpa, pero lo guardé enseguida.

—Tú eres la que no me deja estar contigo —le dije bajito, mirándola fijo—. Con cualquier otro estarías sin pensarlo, y a mí me tienes con la traba siempre.

—Eso no es así.

—Eso es así.

Se mordió el labio. Miró hacia la ventana del primer piso, donde la luz del cuarto de sus padres llevaba un buen rato apagada. Después me miró a mí.

—Espera a que se duerman bien. Subimos a mi cuarto.

***

Cuando el resto de los chicos se fue, ayudamos a recoger los vasos por puro disimulo. Caminamos descalzos hasta la escalera y subimos contando los escalones para no pisar los que crujían. La casa estaba en silencio total. Desde el pasillo se escuchaba la respiración pesada del padre de Camila al otro lado de una puerta cerrada.

Su habitación estaba al fondo, con una sola ventana que daba al jardín de atrás. Tenía la cama contra la pared, un escritorio lleno de cuadernos y un peluche enorme apoyado contra la almohada. Ella cerró la puerta con cuidado, le puso el seguro y se quedó parada en el medio, descalza, mirándome.

—Sin ruido —murmuró.

Asentí. Me acerqué despacio. La tomé de la cintura y la besé como no la había besado en toda la noche, ese tipo de beso que se siente en el estómago y obliga a abrir la boca. Camila se aflojó contra mí. Le pasé las manos por la espalda, por debajo de la blusa, y sentí cómo se le erizaba la piel.

—Espera —dijo en mi oído—. Tengo miedo.

—¿De qué?

—De todo. De que me duela. De que nos escuchen. De arrepentirme.

La miré. Le aparté un mechón de la cara y le sostuve el mentón con el pulgar.

—Si quieres que pare, paramos. Pero si seguimos, vas a tener que confiar.

Asintió sin decir nada. Le saqué la blusa por la cabeza y la dejé sobre el escritorio. Tenía un sujetador blanco, simple, con un moño chiquito en el centro. La empujé suavemente hasta sentarla en el borde de la cama y me arrodillé entre sus piernas.

—Quédate quieta —susurré.

Le besé el cuello, el hueco de la clavícula, el medio del pecho por encima de la tela. Camila aguantaba la respiración como si soltarla pudiera traicionarla. Le subí la falda hasta la cintura y le pasé la palma abierta por la cara interna de los muslos. Tenía la piel tibia y vibraba como si tuviera frío.

—Mis padres —dijo otra vez.

—No nos van a escuchar. Confía.

***

Le bajé la ropa interior despacio, deslizándola por las piernas hasta los tobillos. Cuando levanté la cara, ella se tapaba con las dos manos y miraba al techo, las mejillas rojísimas. Le aparté las manos con suavidad y le abrí las rodillas.

—Mírame —le pedí.

Bajó la vista. Le sostuve la mirada mientras le pasaba la lengua por la cara interna del muslo, subiendo de a poco. Camila se mordió el dorso de la mano para no hacer ruido. Cuando llegué adonde quería llegar, la primera lamida la hizo arquearse entera. Le tapé la boca con la palma sin pensarlo, y ella asintió, como diciéndome que siguiera así.

Empecé suave. Con la punta de la lengua le recorría los pliegues, primero por afuera, después acercándome al centro. Camila tiraba las caderas hacia adelante sin querer, buscándome. La agarré de los muslos para mantenerla quieta. Cuando empecé a chuparle el clítoris, sentí un temblor que le subía desde los pies y se le frenaba en la garganta antes de salir como gemido.

—Andrés —susurró, casi sin voz—, así no puedo aguantarme.

—Entonces no te aguantes —le dije bajito—. Muerde la almohada.

Agarró el peluche enorme y se lo apretó contra la cara. Volví a bajar. Esta vez no fui delicado: la chupé con ganas, despacio pero firme, alternando la lengua con la presión de los labios. La sentí mojarse contra mi boca, y cuando le metí un dedo, primero uno solo, hasta la mitad, los músculos de adentro se le cerraron alrededor con un apretón que no esperaba.

—Espera, espera —jadeó—. Es mucho.

Me detuve. Subí a besarla. Tenía la cara colorada y los ojos cerrados.

—¿Quieres que pare?

—No. Pero ven arriba.

***

Me saqué la camiseta y el pantalón en silencio, dejando todo amontonado en el piso. Cuando me bajé el bóxer, ella abrió los ojos un segundo y los volvió a cerrar enseguida, como si no hubiera querido mirar. La risita nerviosa se le escapó igual.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada. Es que… te miro y me da vergüenza.

—Es la misma de siempre, tonta.

—No es lo mismo así.

Me subí a la cama, encima de ella, apoyándome en los codos para no aplastarla. Le besé el cuello, le pasé la lengua por la oreja. Camila me agarró la nuca y me apretó contra ella.

—Despacio —dijo—. Por favor, despacio.

Le abrí las piernas con la rodilla. Bajé una mano y me acomodé en la entrada. La rocé apenas, ida y vuelta, mojándome con ella, para que no fuera de golpe. Cuando empujé, lo hice de a poco, casi sin moverme. Camila clavó las uñas en mis hombros y abrió la boca sin emitir sonido.

—Respira —le dije al oído—. Suelta el aire.

Lo hizo. Empujé un poco más. Sentí la resistencia, después un cedimiento corto, y supe en ese segundo que algo se había abierto adentro de ella. Camila apretó los ojos y se le escaparon un par de lágrimas hacia las sienes.

—Me duele —murmuró—. Quédate quieto un segundo.

Me quedé quieto, hundido apenas. Le besé los párpados, las mejillas, la punta de la nariz. Le acaricié el pelo. La sentí respirar hondo dos veces, después tres, hasta que la tensión empezó a aflojarle el cuerpo. Cuando me hizo un gesto chiquito con la cabeza, me moví otra vez, todavía más despacio.

***

El dolor se le fue convirtiendo en otra cosa con cada vaivén. Primero un fastidio que le arrugaba la frente, después un asombro que se le notaba en la boca entreabierta, finalmente un placer nuevo que ni siquiera sabía cómo manejar. Movió las caderas para acompañarme y la respiración se le aceleró.

—No grites —le recordé.

—No puedo, ay, Andrés…

Le tapé la boca con la mano otra vez. Ella me besó la palma, me mordió suave. Me empujé un poco más adentro y aceleré el ritmo, todavía con cuidado, pero ya buscando lo mío. La cama no hacía ruido. Lo único que se escuchaba era nuestra respiración y un crujido bajito de la madera cada vez que yo me apoyaba con todo el peso.

—Voltéate —le dije al oído.

—¿Cómo?

—Boca abajo. Ven.

La ayudé a girar y le pasé una almohada por debajo de la cadera. Camila enterró la cara en el peluche. Me arrodillé detrás de ella, le acaricié la espalda de arriba abajo, le agarré las caderas y volví a entrar. Desde ese ángulo la sentía distinta, más cerrada, más caliente. Empujé un poco más fuerte y ella respondió con un sonido ahogado contra la tela.

—Así, así —murmuró—. No pares.

—¿Te gusta?

—Sí. Sí. No pares.

Me incliné sobre su espalda y le pasé un brazo por debajo del estómago. La levanté apenas, la sostuve contra mí, y la moví yo, marcando un ritmo más firme. Camila apretaba los puños contra las sábanas. Le pasé la mano libre por el pecho, por el cuello, le puse dos dedos en la boca, y los chupó sin abrir los ojos.

***

No iba a aguantar mucho. La sensación me venía subiendo desde antes y, con cada empuje, se hacía más difícil disimular. Saqué los dedos de su boca, le agarré las dos caderas y aceleré.

—Camila —le dije bajito—, me voy a venir.

—Sácala —jadeó—. Sácala, por favor.

Tuve el reflejo justo. Me retiré de un movimiento y terminé sobre la curva de su espalda, una línea tibia que se le resbaló hacia el costado. Me dejé caer al lado de ella, agitado, los dos respirando como si hubiéramos corrido una cuadra.

Camila se quedó así, boca abajo, sin moverse, un buen rato. Después giró la cabeza hacia mí y me miró por debajo del pelo despeinado.

—¿Y eso? —murmuró, con una sonrisa chiquita.

—¿Y eso qué?

—Todo ese teatro del enojado. Era para esto, ¿verdad?

—Tal vez.

Me dio un manotazo flojo en el brazo y se rio contra el peluche, ahogando el sonido. Después se hizo un ovillo a mi lado y se quedó callada, mirando el techo, como si todavía estuviera procesando todo lo que acababa de pasar.

***

Cuando me empezó a costar mantener los ojos abiertos, ella ya dormía. Me incorporé despacio, junté la ropa del piso y me vestí en el pasillo, sin prender ninguna luz. Bajé descalzo hasta la cocina, me calcé los zapatos y me fui por la puerta de atrás, saltando la verja del jardín para no hacer ruido con el portón.

Camila y yo seguimos varios meses más después de esa noche. Me parecía que algo había cambiado, que ahora estábamos más juntos, que ya no había una pared entre nosotros. Y por un tiempo fue así. Hasta que ella, una tarde cualquiera, me encontró saliendo de un café con otra chica, y todo terminó de un portazo.

Pasaron años. Hoy, si la pienso, no me acuerdo de cómo discutimos, ni de las cosas que nos dijimos al final, ni de lo idiota que fui las últimas semanas. Me acuerdo, sobre todo, de esa madrugada en su habitación, con sus padres durmiendo a metros de distancia, y de cómo me miró cuando todo terminó, todavía con los ojos brillosos y el peluche apretado contra el pecho.

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Comentarios (4)

Ramiro27

Excelente!!! de lo mejor que lei en esta seccion, ojalá haya mas

Valentina_77

Esa tension de tener a los padres durmiendo tan cerca... se siente en cada parrafo. Muy bien logrado

ClaudioMZA

Me hizo acordar algo parecido que me paso hace unos años, jaja, esa mezcla de nervios y emocion no se olvida facilmente. Relato muy lindo

Lau_Nocturna

Por favor una segunda parte!!! quede con ganas de saber como siguio todo

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