Esperé tres años para esa primera noche con Camila
Camila cumplía dieciocho ese sábado de octubre, y llevaba meses repitiéndome la misma frase: «cuando sea mayor, no antes». Habíamos empezado a salir a los quince, cuando los dos íbamos al mismo curso de pintura del centro cultural. Tres años de cines, plazas y siestas vigiladas por su madre. Tres años de besos largos en el portal y de manos que sabían exactamente dónde no podían bajar.
El plan se había armado solo. Yo había reservado una habitación en un hotel discreto de la zona oeste de Mendoza, lejos del barrio donde su tía atendía la verdulería y donde cualquier vecino podía vernos entrar. Le dije que primero iríamos a cenar y después a bailar a un boliche de la peatonal, y que del resto me encargaba yo.
—¿Estás segura, Cami? —le pregunté en el auto, mientras esperábamos que cambiara el semáforo.
—Si te lo digo de nuevo, me arrepiento —contestó sin mirarme.
Llevaba un vestido negro corto y unas botitas que le había regalado yo en su cumpleaños anterior. Se había maquillado los ojos más fuerte que de costumbre, y cada tanto se mordía el labio inferior, una costumbre que yo conocía de memoria. Cuando se mordía el labio era porque estaba nerviosa y no quería que se notara.
En el boliche tomamos un par de cervezas. Bailamos pegados, ella con la frente apoyada en mi hombro y yo con las manos en su cintura, sintiendo cómo respiraba más fuerte de lo normal. En un momento le apoyé el muslo entre las piernas mientras bailábamos y sentí cómo se le escapaba un jadeo contra mi cuello. No hablamos del hotel, pero los dos sabíamos que era cuestión de minutos. A la una y media le dije al oído que era hora de irnos. Asintió y me apretó la mano.
La recepción del hotel quedaba al final de un pasillo con luz baja. Pagué adelantado, agarré la llave y subimos por una escalera de mármol gastado. Camila no soltaba mi mano. En el rellano del segundo piso se detuvo, respiró hondo y me miró con los ojos brillantes.
—Si en algún momento te digo que pares, paramos —me dijo.
—Paramos —le respondí—. Lo que vos digas, cuando vos lo digas.
Asintió y siguió caminando. Abrí la puerta de la habitación y la dejé pasar primero. Era un cuarto común: una cama grande con sábanas blancas, un sillón en la esquina, una lámpara de pie con luz amarilla. Ella se quedó parada en el medio sin saber qué hacer. Cerré la puerta con llave y me acerqué por detrás. Le aparté el pelo del cuello y le di un beso suave debajo de la oreja.
—Tranquila —le susurré—. No tenemos apuro de nada.
Empezamos por la boca, como siempre. Como en el portal de su casa, como en el cine, como en los cien lugares donde habíamos llegado hasta ese punto y no más. La diferencia esta vez era que mis manos podían bajar, y bajaron. Le acaricié la espalda por encima del vestido, después por debajo. Tenía la piel tibia y el pulso acelerado contra la palma de mi mano. La pegué contra mi cuerpo y ella sintió por primera vez, sin barrera de ropa gruesa, cuán dura la tenía yo apretada contra su vientre. Se sobresaltó un instante y después se apretó más fuerte, como si quisiera comprobar que era eso.
—Mateo —dijo en un murmullo.
—¿Qué?
—Nada. Solo quería decir tu nombre.
***
Le bajé el cierre del vestido despacio, mirándola a los ojos. Cuando la tela cayó al piso, se quedó parada con un conjunto de lencería negra que evidentemente había elegido pensando en esa noche. Los breteles del corpiño le marcaban los hombros, y la bombacha era apenas una franja de encaje. Tragó saliva.
—Lo compré la semana pasada —dijo, intentando sonar firme—. No te rías.
—¿Por qué me iba a reír?
—Por nada. Por nervios. Decí algo, no me mires así.
Me acerqué, le tomé la cara con las dos manos y la besé otra vez. Le desabroché el corpiño y le dejé caer los breteles por los hombros. Le quedaron las tetas al aire, chicas, firmes, con los pezones ya duros de puro nervio. Se los agarré con las manos, se los apreté con cuidado, y bajé la boca a chupárselos. Camila arqueó la espalda y me clavó los dedos en el pelo. Le mordí uno de los pezones apenas, y ella soltó un quejido corto que se cortó a sí misma tapándose la boca.
—No te tapes —le dije—. Acá podés hacer todo el ruido que quieras.
—No me sale.
—Ya te va a salir.
Después la llevé hasta la cama y la senté en el borde. Me arrodillé delante de ella y le saqué las botitas una por una. Le besé el empeine, la rodilla, la parte interna del muslo. Sentí cómo se le aflojaban las piernas y se dejaba caer hacia atrás sobre el colchón.
Le bajé la bombacha con calma, sin hacer espectáculo. Cuando la tuve desnuda del todo, le abrí las piernas con las dos manos y me quedé un segundo mirándole el coño. Tenía apenas una franja fina de pelo prolijo, y estaba ya brillante de mojada. Le pasé los dedos por encima, muy suave, y ella pegó un respingo.
—Estás toda mojada —le dije bajo.
—No digas eso.
—Es lo que hay. Es lo que me estás pidiendo el cuerpo.
Bajé la cara y la besé ahí, con la misma paciencia con la que había empezado por la boca. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, despacio, midiéndole las reacciones. Cuando le encontré el clítoris, le di vueltas alrededor con la punta de la lengua, sin apretar todavía. Camila apretó las sábanas con los puños y echó la cabeza hacia atrás. Le metí un dedo, después dos, curvándolos hacia arriba mientras seguía chupándole el clítoris con la boca. Ella no gemía fuerte; lo suyo era más bien una respiración entrecortada, casi un quejido que se contenía a sí mismo, como si todavía tuviera miedo de que su madre la escuchara desde tres barrios de distancia. Le apreté los muslos para que no cerrara las piernas y le lamí más rápido, más duro, hasta que le sentí el coño temblar contra la boca y las piernas se le pusieron rígidas. Se corrió así, con los dientes clavados en el dorso de la mano para no gritar, mientras yo seguía moviéndole los dedos adentro.
—No sabía que se podía hacer eso —dijo después, cuando volví a subir hasta su cara.
—Hay un montón de cosas que no sabías.
—Mostrámelas todas.
Me quité la camisa y los jeans. Ella me miró el cuerpo con curiosidad, no con miedo. Me tocó el pecho con la punta de los dedos, después el estómago, después bajó hasta la línea del bóxer y se detuvo, indecisa.
—Si querés, no hace falta —le dije.
—Quiero. Es que… ¿lo hago bien o lo hago mal?
—No hay forma de hacerlo mal.
Me bajó el bóxer y se quedó un momento callada, mirándome la verga parada delante de la cara. Después estiró la mano y me la agarró. Su mano era chica, fría por los nervios. Me apretó con más fuerza de la cuenta y dejé escapar una risa contenida.
—Despacio —le dije—. Como si me acariciaras el brazo. De abajo hacia arriba, agarrame bien la base.
Aprendió rápido. Camila siempre había sido así: cuando algo le interesaba, lo agarraba en cinco minutos. Lo que pasaba con la guitarra y con el francés también pasaba en la cama, al parecer. Me la empezó a mover con un ritmo lento y firme, mirándome la cara todo el tiempo para ver qué le funcionaba mejor. Después se inclinó y, sin avisar, me dio un beso ahí mismo, en la punta. Solo un beso, como si todavía estuviera midiendo el terreno. Le acaricié el pelo. Ella abrió la boca y se metió la cabeza de la verga adentro, apenas, con los labios apretados alrededor. Me chupó así, sin animarse a más, moviendo la lengua torpe pero con ganas. Sentí cómo la propia curiosidad la empujaba a bajar un poco más, y un poco más, hasta que le tocó la garganta y se atragantó y se retiró tosiendo bajito.
—Tranquila —le dije, agarrándola de la nuca con suavidad—. No tenés que meterla toda. Con la punta y la mano es más que suficiente.
Volvió a intentarlo, esta vez usando la mano junto con la boca, subiendo y bajando al mismo tiempo. Me la chupó unos minutos así, con una concentración de alumna aplicada que me tenía al borde. Le acaricié el pelo y le dije que no tenía que hacer nada que no quisiera, que si seguía así no iba a llegar a lo otro.
—Otra noche te aprendo mejor —contestó, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Hoy quiero lo otro.
***
La acosté boca arriba en el medio de la cama. Le besé el cuello, las clavículas, los pezones, el ombligo. Volví a subir y me acomodé entre sus piernas, apoyándome en los codos para no aplastarla. Le aparté un mechón de pelo de la cara y la miré a los ojos. Le pasé la verga por encima del coño, sin meterla, arriba y abajo, mojándola con lo que ella misma tenía. Camila se mordió el labio y separó más las piernas.
—¿Estamos bien? —le pregunté.
—Estamos bien.
—Avisame si algo te molesta.
—Vos avisame antes de moverte.
Entré despacio, milímetro a milímetro. Ella cerró los ojos y respiró por la boca. Sentí la resistencia del coño apretado, la piel virgen que se abría a la fuerza, retrocedí, volví a empujar dejando que se acostumbrara. Camila me clavó las uñas en los hombros y abrió los ojos de golpe.
—Esperá —dijo—. Esperá un segundo.
Esperé, con la verga metida hasta la mitad, sin moverme. Le besé la frente, las mejillas, la punta de la nariz. Le hablé al oído sobre tonterías: que la canción del boliche era horrible, que el barman se parecía al cura de su colegio, que íbamos a desayunar churros al volver. Camila se rió bajo, una risa nerviosa que la aflojó por dentro y le aflojó también el coño alrededor de la verga. Entonces empujé otra vez, más decidido, y entré entero. La sentí ceder hasta el fondo, apretándome como un guante caliente.
Ella dejó escapar un quejido corto y se quedó quieta. Yo también me quedé quieto, con la pelvis pegada a la suya, dejándola respirar. Le pasé el pulgar por la mejilla y esperé a que respirara normal otra vez.
—¿Duele? —le pregunté.
—Un poco. Pero no pares. Solo no vayas rápido.
Me moví apenas, en círculos pequeños primero, después con embates lentos y profundos. Le sacaba la verga casi entera y se la volvía a hundir despacio, dejándola sentir cada centímetro. Camila empezó a aflojar las piernas, a soltar los hombros, a respirar con un ritmo distinto. A los pocos minutos me rodeó la cintura con los muslos y me hizo entender, sin decir nada, que ya podía moverme un poco más fuerte. Lo hice. Empecé a cogerla con embates parejos, hondos, y ella enterró la cara en mi cuello y empezó a hacer un ruidito grave, contenido, que no era exactamente un gemido pero que se le escapaba a su pesar. Cada vez que la penetraba hasta el fondo, se le escapaba un «uh» corto contra mi oreja.
—Mateo —dijo otra vez.
—Acá estoy.
—No te vayas a parar todavía.
—No me paro. Tranquila que te tengo horas.
***
Cambiamos de postura varias veces. La puse de costado, con una pierna sobre mi cadera, y la besé en la boca mientras la penetraba despacio desde atrás. Desde esa posición podía meterle la verga hasta el fondo con embates cortos, y le llegaba a un lugar distinto: se lo noté porque se le empezó a escapar un gemido más agudo, uno que no había aparecido antes. Le agarré una teta con la mano de arriba y le pellizqué el pezón sin dejar de moverme.
—Ahí, ahí no pares —me pidió, agarrándome la mano para que se la apretara más fuerte.
La cogí así un buen rato, mordiéndole la nuca y el hombro, hasta que ella misma me pidió subirse arriba. Me acosté boca arriba y la ayudé a montarse a horcajadas. Le agarré la verga con la mano, la sostuve derecha, y ella se la metió sola, bajando despacio con las dos manos apoyadas en mi pecho. Se le escapó un gemido largo cuando se la metió entera.
Le costó al principio: se movía a los saltos, sin ritmo, riéndose de sí misma cuando perdía el equilibrio y la verga se le salía. Le agarré la cintura con las dos manos y le marqué el compás, empujándola hacia adelante y hacia atrás en vez de arriba y abajo. En tres minutos había encontrado su propio ritmo, cabalgándome con las tetas al aire y la boca entreabierta, y de repente la cara que ponía ya no era de novata: era de alguien que estaba descubriendo algo que le gustaba mucho y que pensaba seguir descubriendo.
—No me mires así —me dijo, agitada.
—¿Así cómo?
—Como si fuera otra.
—Sos vos. Solo que hicieron falta tres años para llegar acá.
Se inclinó y me besó largo, profundo, todavía moviéndose encima de mí, con las tetas apretadas contra mi pecho. Le subí las manos hasta los pechos otra vez. Camila siempre había tenido los pezones muy sensibles; lo sabía por arriba de la ropa. Ahora lo confirmé por debajo. Cuando le pasé los pulgares por encima, se le escapó un gemido más fuerte que los anteriores, y se apretó contra mí, clavándose la verga más hondo.
—Creo que me va a pasar algo —dijo, casi como una advertencia.
—Que pase.
—No sé cómo se hace.
—No se hace nada. Pasa solo. Seguí moviéndote así.
Le bajé la mano y le toqué el clítoris en pequeños círculos con el pulgar, sin dejar de moverme debajo de ella, empujando la verga hacia arriba cada vez que ella bajaba. Camila cerró los ojos, se quedó dura, y a los pocos segundos empezó a temblar entera, como si todo el cuerpo se le tensara al mismo tiempo. Le sentí el coño apretarse en espasmos alrededor de la verga, una serie de contracciones fuertes y rítmicas que casi me hacen acabar ahí adentro. Después se aflojó de golpe y se desplomó sobre mi pecho, respirando agitada, con la cara enterrada en mi hombro y la verga todavía adentro.
—Boluda —dijo bajito—. Eso era eso.
Me reí. La abracé y le acaricié la espalda mientras volvía a tomar aire, sintiéndole las últimas contracciones del coño alrededor de la verga cada tantos segundos. Después la di vuelta con cuidado, la acomodé boca arriba otra vez y me puse encima. Le agarré las piernas por detrás de las rodillas y se las abrí bien, doblándoselas contra el pecho, y volví a metérsela. Esta vez sí me dejé llevar un poco más. Embates más firmes, más rápidos, haciendo sonar la pelvis contra la de ella. Ella me clavó los talones en la espalda y me empujó hacia adentro.
—Avisame —me pidió cuando me sintió cerca, sintiendo cómo la verga se me ponía todavía más dura adentro.
—Te aviso.
—Afuera, ¿sí? Afuera.
—Afuera.
Cumplí. Aguanté todo lo que pude, cogiéndola más rápido en los últimos segundos, y cuando sentí que ya no llegaba, me la saqué del coño y me terminé sobre su vientre, corriéndome en chorros calientes que le cayeron desde el pubis hasta debajo de las tetas. Le miré la cara mientras me corría; ella también me miró, sin apartar los ojos, con los labios abiertos y el pecho subiendo y bajando. Camila se quedó quieta después, observándome con una expresión que no le había visto nunca: una mezcla de cansancio, asombro y algo parecido al orgullo. Se pasó dos dedos por la panza, se los miró con la corrida encima, y algo cambió en su cara. Después estiró la mano manchada y me acarició la cara.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por haber esperado. Y por no apurarme tampoco hoy.
***
Nos quedamos abrazados un rato largo, sin hablar. En algún momento se levantó, fue al baño, volvió envuelta en una toalla y se acostó pegada a mí. Le ofrecí un cigarrillo y me dijo que no, que esa noche tampoco. Hablamos en voz baja de cosas tontas hasta que se nos cerraron los ojos. Me despertó a las cinco de la mañana metiéndome la mano en el bóxer, sin decir nada, buscándomela dormida. Se la cogí otra vez, más despacio, en la oscuridad, ella de costado contra mí, sin cambiar de postura, apenas moviéndonos, mientras me pedía al oído que le hablara sucio y yo le decía en un susurro que era mía, que era mi puta, que se había hecho mujer conmigo esa noche. Se corrió otra vez, callada, apretándome la muñeca. A las nueve de la mañana la desperté con un beso en el hombro y bajamos a desayunar a una panadería de la esquina.
Camila pidió un café con leche y dos medialunas. Comió en silencio, mirando por la ventana. Tenía el pelo todavía despeinado y los ojos un poco hinchados de sueño. En algún momento levantó la vista y me sonrió de costado, con esa sonrisa nueva que le había salido durante la noche, y me dijo que quería volver al hotel después de desayunar. Llamé a la recepción y pagué otra noche.
Estuvimos juntos casi dos años más después de aquella primera vez. Después la vida siguió su curso: ella se fue a estudiar a Córdoba, yo me quedé en Mendoza, y de a poco las llamadas se hicieron más cortas y los viajes más espaciados. La última vez que la vi fue en el casamiento de una amiga en común, hace ya bastantes años. Estaba más linda que nunca, con un hombre del brazo y una sonrisa tranquila.
Lo que pasó en aquel hotel de la zona oeste no se lo conté nunca a nadie. Camila tampoco, supongo. Pero a veces, cuando paso en auto cerca de aquel pasillo de luz baja, me acuerdo de su mano apretando la mía en el rellano del segundo piso, y entiendo que algunas noches se quedan a vivir adentro de uno para siempre.