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Relatos Ardientes

Cami eligió mi cumpleaños para nuestra primera vez

Camila y yo nos conocíamos desde antes de tener memoria. Vivíamos en la misma calle de un pueblo chico, jugábamos en la misma vereda, fuimos juntos al jardín, después a la primaria y al secundario sin separarnos ni un curso. Pasamos los últimos diecisiete años caminando hasta la esquina cada mañana y volviendo juntos cada tarde. Cuando llegó el momento de elegir universidad, ella se anotó en odontología en una pública de la capital, y yo en kinesiología en una privada del mismo barrio.

La distancia entre nuestras facultades era de cuatro paradas de colectivo, pero la rutina nos separó. Ella viajaba cada día desde el pueblo y volvía a la noche reventada; yo me quedé a vivir en un dos ambientes que mis viejos tenían vacío en la ciudad. Era un departamento que casi nadie usaba, lo conservaban para escapadas de fin de semana, así que durante la semana lo tenía entero para mí.

Camila venía cada tanto, dormía en el sillón cuando se le hacía tarde estudiando, y al día siguiente se volvía al pueblo. Pero nunca se había quedado más de una noche. Faltaban diez días para mi cumpleaños número diecinueve cuando se me ocurrió proponerle algo distinto.

—Vení una semana entera —le escribí—. Tenemos parciales corridos, podemos estudiar anatomía juntos. Y el viernes festejamos acá.

Tardó tres minutos en contestar.

—Aviso en casa y voy.

Llegó el domingo a la noche con una mochila demasiado grande para siete días. Le mostré el departamento como si no lo conociera, le señalé cuál sería su cuarto, y nos quedamos hasta las dos de la mañana en el living tomando mate y poniéndonos al día. Había algo nuevo en cómo me miraba. O quizás era nuevo en cómo yo la miraba a ella.

Camila tenía la piel muy blanca, el pelo negro cortado más arriba del hombro, y un cuerpo que la obligaba a detenerse en cada vidriera para acomodarse el corpiño. No era flaca, ni le hacía falta. Tenía caderas anchas, una cola que cualquier remera dejaba en evidencia y unos pechos chicos que parecían diseñados para que nadie le reclamara nada. Yo era el típico flaco alto: kinesiología me había hecho prestar atención al cuerpo, y los años de natación me habían marcado sin volverme grande.

Esa primera noche dormimos en cuartos separados, como siempre. Y los días siguientes los pasamos como dos compañeros viejos. Ella se levantaba antes que yo, preparaba café, abría los libros sobre la mesa del comedor y me esperaba a que terminara de bañarme. Estudiábamos hasta el mediodía, almorzábamos cualquier cosa, dormíamos una siesta, y a la tarde repasábamos los temas pendientes. De noche pedíamos algo y mirábamos una película hasta caer rendidos.

Hasta que llegó el viernes.

Me desperté a las cinco y media de la mañana porque ella saltó sobre mi cama gritando. Tenía puesto un pijama corto y el pelo desordenado.

—¡Feliz cumpleaños! —se tiró encima mío y me abrazó tan fuerte que me sacó el aire.

Le devolví el abrazo medio dormido, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío a través de la sábana. Cuando se separó, me dejó la mejilla mojada con un beso largo. Yo le contesté con uno corto en la frente. Los dos nos quedamos en silencio un segundo más de la cuenta antes de que se levantara.

—Hago el desayuno —dijo, y se fue a la cocina.

A las siete tenía clase. Una sola, de hora y cuarto. Ella iba a entregar un trabajo a su facultad y de paso a recordarles a sus amigas que esa noche venían al departamento a festejar conmigo. Quedamos en encontrarnos al mediodía, yo la pasaba a buscar en auto.

La clase se me hizo eterna. Cuando llegué a buscarla, estaba sentada en los escalones de la entrada con dos chicas que después me presentó como Romina y Sol. Las tres bajaron juntas hasta el auto, me saludaron con un beso y se metieron atrás. Camila se sentó adelante. Dejamos a las otras dos en la parada del subte, charlamos un rato, planeamos lo de la noche, y arrancamos para el departamento.

En el camino casi no hablamos. Yo notaba que ella jugaba con la manija de la puerta, abriéndola y cerrándola sin abrirla del todo. Me preguntó dos veces qué quería de regalo y dos veces le dije que no quería nada.

—Algo querés —insistió mirándome de costado.

—Que sigamos siendo amigos a los cuarenta —respondí, y me arrepentí en el acto por sonar a frase hecha.

Ella se rió, pero no dijo nada más.

Subimos al departamento alrededor de la una. Me metí al cuarto a cambiarme: un short viejo y una musculosa blanca. Cuando salí, Camila seguía con el uniforme de la facultad, una camisa celeste por dentro de un pantalón gris, sentada en una de las sillas del comedor con dos libros abiertos y un cuaderno lleno de subrayados.

—Necesito que me ayudes con los músculos del cuello —me dijo sin levantar la vista—. Tenés esa materia aprobada del año pasado, ¿no?

—Esa y la cara entera —contesté.

Se rió y giró la silla para que yo me sentara enfrente.

—¿Y cómo te lo estudio bien?

—Yo aprendí palpando. Si no lo tocás, no se te queda.

Le mostré uno a uno los músculos del lado derecho de mi cuello: esternocleidomastoideo, escaleno anterior, trapecio superior. Ella iba siguiendo mis dedos con los suyos, primero por el aire y después sobre mi piel. Tenía las manos frías. Cada vez que apretaba con cuidado, yo intentaba no pensar en lo cerca que estaba de mí.

Cuando llegamos al trapecio del lado izquierdo, su otra mano subió a mi mejilla y me giró la cara.

—Feliz cumpleaños —dijo bajito, y me besó.

No fue un beso de cumpleaños. Fue uno largo, con la boca abierta, con su lengua buscando la mía como si llevara años esperando esa lección de anatomía para hacerlo. Cuando me soltó, no me dio tiempo de procesar nada: pasó una pierna por encima de la silla y se sentó sobre mí, frente a frente, y siguió besándome como si no hubiera nada más urgente en el mundo.

***

Le bajé las manos por la espalda hasta el final de la camisa. Ella me sacó la musculosa por la cabeza sin separarse del beso. Yo le solté los botones de adelante uno por uno, de abajo hacia arriba, sintiendo cómo respiraba cada vez más entrecortado contra mi cuello. Le besé la clavícula, la base de la garganta, el borde del corpiño negro de encaje que llevaba debajo. Sus pezones se marcaban a través de la tela. No hizo falta que le preguntara nada: me agarró de la nuca y me empujó la cara contra el pecho.

—A la pieza —le dije después de un rato—. No quiero que sea acá.

Asintió sin hablar. Se levantó, me tomó de la mano y caminamos los pocos metros hasta la habitación. Por el camino le terminé de sacar la camisa y le bajé el pantalón. Llevaba una bombacha de encaje del mismo juego que el corpiño, negra, finita, que no escondía nada.

Caímos en la cama y me pasé un rato besándole los pechos, primero uno, después el otro, mientras ella me clavaba las uñas en los hombros. Bajé despacio por el abdomen, le besé el ombligo —siempre me había gustado ese hueco perfecto que tenía— y le saqué la bombacha hasta los tobillos. Camila se tapó la cara con el antebrazo, no por vergüenza sino por nervios.

—Avisame si querés que pare —le dije.

—Ni en pedo —contestó desde abajo del brazo.

La besé entre las piernas con cuidado, primero los labios externos, después busqué el clítoris con la lengua. Estaba mojada. Lo había estado, supongo, desde mucho antes. Le metí un dedo y la sentí cerrarse alrededor con una fuerza que me distrajo un segundo. Seguí ahí abajo un rato largo, hasta que ella me apretó la cabeza con los muslos y se vino con un sonido corto, agudo, que nunca le había escuchado.

Cuando bajó del temblor me miró desde la almohada.

—Ahora vos.

Me empujó hasta dejarme de espaldas y me hizo una primera mamada torpe, con dientes de más y mucha saliva, pero con unas ganas que me hicieron olvidar la técnica. Me tomó los testículos en la boca de golpe, los dos a la vez, y casi termino ahí mismo.

—Pará, pará —le dije, sentándome—. Quiero hacerlo bien.

Los dos sabíamos lo que eso significaba. Los dos éramos vírgenes. Lo habíamos hablado una vez, en una sobremesa cualquiera, riéndonos de no saber por qué no nos había pasado todavía.

—¿Estás segura?

—Si me preguntás de nuevo, te mato.

Le abrí las piernas y la fui penetrando despacio. Estaba demasiado apretada. Vi en su cara la mezcla de dolor y curiosidad que no se actúa. Me detuve cada pocos centímetros, le pregunté con la mirada si seguía, y ella asintió cada vez. Cuando estuve adentro del todo, los dos nos quedamos quietos.

—No te muevas un segundo —pidió.

Conté hasta diez en mi cabeza. Después salí despacio, volví a entrar, y a la tercera o cuarta vez su cara cambió. Empezó a moverse contra mí, primero apenas, después con un ritmo propio que yo me limité a acompañar. Me clavó las uñas en la espalda baja. Le besé el cuello hasta el lóbulo de la oreja, le susurré que la quería, y un rato después se vino otra vez, esta vez con la boca abierta y sin sonido. Yo me corrí adentro de ella, sin pensar, sin avisar, y nos quedamos así un buen rato sin separarnos.

***

Dormimos una hora abrazados. Me desperté con la mano de ella sobre mi pecho y su pelo tapándome media cara. Estaba a punto de cerrar los ojos otra vez cuando sentí que me endurecía apenas se movió.

—¿Otra vez? —murmuró sin abrir los ojos.

—Si me dejás.

—Ahora me toca a mí.

Se sentó arriba mío y se movió a su propio ritmo, agarrándose el pelo con las dos manos como si lo necesitara para no perder el equilibrio. Yo le jugué con los pechos hasta que terminamos los dos casi al mismo tiempo, ella un segundo antes que yo, mordiéndose el labio para no despertar al vecino de arriba.

Cuando se levantó, vi cómo un hilo blanco le bajaba por la parte de adentro del muslo. Eso me prendió todo de nuevo, pero ella ya iba camino al baño.

—Vení —me dijo desde la puerta.

Nos metimos juntos a la ducha. El agua caliente le pegaba en la espalda y rebotaba en mi cara. La levanté contra los azulejos, apoyada en la pared, y entré en ella mientras me mordía el cuello para no gritar. Esta vez fui yo el que llevó el ritmo. Cuando me corrí, ella se bajó al piso de la ducha y me terminó con la boca, llevándose hasta la última gota como si quisiera asegurarse de que no quedaba nada.

A la noche llegaron Romina y Sol con otras dos amigas y un compañero mío de facultad. Festejamos hasta las cuatro de la mañana. Camila no se me despegó ni un minuto, y yo no podía parar de mirarla cada vez que se reía. Cuando se fueron todos, no hizo falta hablar de nada. Ella agarró su mochila del cuarto donde había dormido los primeros cuatro días y la mudó a la mía.

Esa semana de estudio terminó convirtiéndose en seis años. Cami se quedó en el departamento, lo pusimos a nombre de los dos cuando mis viejos lo vendieron, y nunca más volvimos a abrir los libros de anatomía sin que terminaran en el suelo.

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Comentarios (5)

SaraV77

que linda historia!! me llegó al corazón de verdad

viajero_cba

Me recordó una situación parecida que viví hace tiempo. Ese tipo de sorpresas inesperadas son las que mas se recuerdan, sin duda.

DiegoBaires

¿Siguieron viéndose despues? espero que si porque seria una lastima no darle continuacion a esto

SebasH_Cba

el mejor cumpleaños posible jajaja. tremendo relato

Daniela_P

Me encanto como lo contaste, se siente autentico sin ser exagerado. Seguí escribiendo que tenes talento

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