Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi novia y yo dejamos de ser vírgenes en Halloween

Llevábamos cinco meses saliendo cuando llegó esa fiesta de Halloween. Yo era un chico flaco, de piel trigueña y nervios eternos; ella, Camila, una rubia de ojos avellana que hablaba poco y sonreía mucho. Ninguno de los dos había estado con nadie antes y, sin haberlo dicho con todas las letras, habíamos firmado una especie de pacto silencioso: cuando pasara, pasaría con el otro.

La casa donde se hacía la fiesta era de un compañero de mi clase. La música retumbaba contra las paredes y el patio olía a alcohol barato y a fritanga. Llegamos cada uno por su lado, casi como si quisiéramos cruzarnos por casualidad. Yo me quedé con un grupo de amigos cerca de la mesa de las bebidas y ella se fue al sillón con dos compañeras que la habían maquillado de gata negra.

Durante casi una hora apenas nos miramos. La buscaba con el rabillo del ojo, pero en cuanto ella sentía mi mirada, giraba la cara y se mordía el labio. Era un juego que llevábamos jugando desde el verano y al que nunca le encontrábamos final.

—Anda, vete a hablarle ya —me empujó mi amigo Renzo, harto de aguantarme.

Le hice caso. Atravesé el salón sorteando a un par disfrazados de esqueleto y de novia muerta, y le toqué el hombro a Camila. Se levantó sin decir nada y me siguió a un pasillo lateral, lejos del altavoz, donde la luz era anaranjada y la música llegaba amortiguada.

—Hola —dije, como un idiota.

—Hola.

Nos besamos en cuanto entendimos que no había nadie cerca. Fue un beso largo, distinto a los que nos dábamos en el portal de su edificio cuando la acompañaba después del instituto. Sus manos se me metieron por dentro del cuello de la camisa. Las mías, sin avisar, bajaron por su cintura hasta la curva de sus caderas. Ella respiró fuerte por la nariz y se apretó contra mí.

Esta noche.

Lo pensé sin decirlo. Ella también, porque cuando nos separamos a tomar aire me clavó los ojos y susurró:

—Acá no.

—Tus papás.

—Salieron a cenar. No vuelven hasta tarde.

No hizo falta nada más. Volvimos al salón cada uno por su lado, recogimos nuestras chaquetas y nos cruzamos en la puerta como si hubiéramos hablado durante horas. En la vereda, paré el primer taxi que apareció.

***

El viaje fueron veinte minutos eternos. El taxista era un señor mayor con una radio tropical a medio volumen y un espejo retrovisor que parecía clavado en nosotros. Camila se sentó pegada a mí y me apretó la mano contra su muslo, por debajo de la falda corta del disfraz. Cuando el semáforo se ponía en rojo, ella movía mis dedos un poco más arriba.

—Quieta —le dije por lo bajo, riéndome.

—Pues conduzca más rápido —le pidió ella al taxista, y los tres nos reímos.

Llegamos. Le pagué de más para no esperar el cambio. Subimos en el ascensor del edificio sin hablar. Ella se apoyó contra el espejo del fondo y se rio bajito de los nervios.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—Ahora vamos a ver.

***

El departamento estaba vacío y tibio. Las luces estaban apagadas excepto la lamparita del recibidor. Yo iba directo al sillón, pero ella me detuvo con la palma de la mano.

—Dame dos minutos.

Se metió en su cuarto y cerró la puerta. Yo me senté en el sillón sintiendo los latidos en el cuello. Tenía la boca seca. Me levanté, fui al baño, meé sin mirarme al espejo y volví a sentarme. Aproveché para tantear con el pulgar el condón que llevaba en la cartera desde hacía semanas. Esperaba ese momento desde antes de saber que iba a llegar.

Cuando se abrió la puerta del cuarto, tuve que tragar saliva.

Camila se había cambiado el disfraz. Llevaba un vestido corto, rojo y negro, falda de tul, una diadema con dos cuernitos y un tridente pequeño de plástico que sostenía como si supiera que estaba en una película. Había completado el conjunto con una media de red en cada pierna.

—No me digas nada —avisó.

No le dije nada. Me incorporé despacio y ella avanzó pinchándome el pecho con la punta del tridente, empujándome hacia atrás hasta que me caí sentado otra vez en el sillón. Se acomodó a horcajadas encima de mí, dejó el tridente en el suelo y me besó con esa mezcla de risa y miedo que la noche llevaba puesta desde que salimos de la fiesta.

—Mira cómo me tienes —le dije, apretándola contra mi entrepierna.

Se mordió el labio, se bajó del sillón y se arrodilló entre mis piernas.

***

Me desabrochó el pantalón con dedos torpes. Yo tenía los nudillos blancos de agarrar el borde del sillón. Sacó mi miembro con cuidado, abrió mucho los ojos y soltó una risa floja.

—No es tan grande como decían las chicas —murmuró, intentando hacerse la valiente.

—Diecisiete centímetros, calculé el otro día.

—Cállate.

Lo besó primero, casi pidiéndole permiso. Después empezó a moverlo con la mano, despacio, mirándome para ver si lo hacía bien. Yo apenas podía cerrar la boca. Cuando se animó y se lo metió en la boca a medias, sentí que todo el cuerpo se me agarrotaba. Lo hizo dos o tres minutos, fue acelerando sin querer y de repente me dolió un poco. Le toqué la cabeza para que parara.

—Despacio, despacio —pedí entre dientes.

—Perdón.

—No, está bien, está bien. Ven.

La levanté del suelo, le di un beso largo y la llevé al cuarto.

***

La eché en la cama boca arriba. El cuarto olía a su perfume y a champú. Se quedó ahí, con las piernas estiradas formando una V, mirando al techo como si esperase a que se le ocurriese algo que decir.

—Quítate eso —le pedí, señalando la ropa interior debajo del tul.

—Espera.

Se incorporó sobre los codos y respiró hondo.

—No sé si estoy lista. No sé si lo voy a poder hacer.

Me senté en el borde de la cama. Le aparté el flequillo de la frente y le hablé bajo.

—Yo también estoy muerto de miedo, Camila. Si quieres, paramos. De verdad.

—No quiero parar. Solo quiero que vaya despacio.

—Despacio.

Se puso de pie, se quitó las medias de red ella misma, se bajó la braga y volvió a echarse en la misma postura. Yo me arrodillé entre sus piernas. Empecé a tocarla con los dedos del medio y el anular, despacio, justo como había imaginado mil veces. Ella cerró los ojos. Cada vez que rozaba un punto preciso, se contraía y se le tensaba el muslo contra el mío.

Estuvimos así varios minutos. Cuando empezó a hablarle al techo en voz muy baja, casi pidiendo, supe que era el momento.

—¿Ya? —le pregunté.

—Ya. Pero ponte el condón.

—Sí, sí.

Hice el gesto. Saqué el condón, abrí el envoltorio con los dientes y fingí que me lo ponía mientras le besaba el cuello. Quería sentirla de verdad, aunque fuera un instante. Era una idiotez, una de esas mentiras de chico estúpido que después le confesaría con culpa, pero en ese momento me parecía la cosa más importante del mundo.

—Ponte como gatita —le pedí.

Se giró sobre las rodillas y los codos. La luz de la lamparita del pasillo entraba en franjas por la rendija de la puerta. Le toqué la cintura. Me arrodillé detrás de ella. Acerqué la punta y la moví despacio, frotando, sin entrar.

—Mete ya, por favor —pidió.

—Despacio.

Me chupé los dedos y le pasé un poco de saliva. Empujé un par de centímetros y ella se tensó tan fuerte que tuve que parar. Soltó un quejido que me asustó.

—Duele, duele.

Salí. Bajé de la cama, abrí el cajón de la mesita de noche de sus padres como si fuera un ladrón y encontré un frasquito de lubricante medio escondido detrás de unas cremas. Volví al cuarto.

—Esto va a ayudar.

—¿De dónde sacaste eso?

—No preguntes.

Se rio bajito mientras yo le ponía un poco encima. Esperamos a que la fricción cambiara, hablamos de tonterías durante un par de minutos, ella me besó la mano, y cuando volví a intentarlo, la cosa fue distinta. Entró el primer tramo casi sin resistencia. Camila respiró hondo, soltó un sonido a medio camino entre el dolor y el gusto, y me dijo que siguiera.

Avancé hasta la mitad. Pegó un grito corto que me obligó a quedarme quieto otra vez. La sostuve por las caderas y esperé. Cuando me dijo «sigue», seguí.

Estuvimos casi media hora moviéndonos con cuidado, cambiando de ritmo, parándonos a respirar, riéndonos a veces de los nervios. En un momento aproveché que ella se echó hacia adelante para acomodarse y, antes de que volviera a mirarme, me puse el condón de verdad. Como si lo hubiera tenido todo el tiempo. Esa pequeña traición me la guardé entre los dientes.

***

Llevábamos casi una hora y media cuando oímos la puerta de entrada. Dos voces. Un golpe seco de llaves contra el plato del recibidor.

—Mis viejos —susurró Camila como si la hubieran electrocutado.

—¿No iban a volver tarde?

—Ya es tarde.

Salté de la cama. Recogí mi ropa del suelo de un manotazo, los zapatos en una mano y la camisa hecha un bollo en la otra. Camila me señaló el armario con cara de pánico. Me metí dentro y cerré las puertas dejando una rendija. Ella se puso un suéter enorme que le tapaba hasta medio muslo y se pasó la mano por el pelo a toda velocidad.

Los pasos llegaron al pasillo. Su padre golpeó la puerta del cuarto.

—Camila, ¿estás despierta?

—Sí, papá, estaba durmiendo, ¿qué pasa?

—Volvimos antes. Necesito sacar una cosa del cajón de tu cuarto.

—Ahora la traigo yo, no entren.

—Hija, déjate de pavadas.

Yo escuché todo desde el armario con la espalda apretada contra una columna de pulóveres. El corazón me golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que se iba a oír por encima de la conversación. Hablaron pegados a la puerta, ella aguantó como pudo, su madre se metió en la conversación, hubo un forcejeo verbal corto y al final Camila salió ella misma del cuarto a darles lo que buscaban. Dos minutos eternos. Sentí el clic de una puerta cerrándose al fondo del pasillo.

Salí del armario con las piernas temblando.

—Si me encuentran, me matan —dije.

—A los dos.

Nos echamos boca arriba en la cama y nos reímos sin ruido durante un buen rato. Después de media hora, ella se levantó descalza, fue hasta la habitación de sus padres y volvió diciendo que ya dormían.

Retomamos lo que habíamos dejado a medias. Esta vez fue más lento, con menos miedo, con más boca. Cuando ella terminó, soltó un gemido largo contra mi hombro y se le aflojaron los brazos. Yo aguanté unos minutos más y, antes de venirme, me saqué el condón porque ella me lo pidió y terminé sobre su cara y su pecho con un grito apagado que se me quedó atravesado en la garganta.

***

Nos duchamos juntos en el baño pequeño del pasillo, hablando bajito para no despertar a nadie. Eran las dos y media de la mañana. Le dije que tenía que volverme a mi casa antes de que sus padres se levantaran. Camila me agarró del brazo en la puerta.

—Quédate. Nos despertamos a las seis y te vas antes.

—Si me ven me matan dos veces.

—No nos van a ver.

Le hice caso. Nos quedamos dormidos abrazados como si lleváramos años haciendo esto. A las ocho y media me despertó el ruido de un cajón en la cocina. Le di un codazo a Camila. Era tardísimo.

Cuando salimos del cuarto, sus padres ya estaban sentados a la mesa con las tostadas servidas. Nos miraron en silencio durante un segundo demasiado largo.

—Vino a estudiar anoche —improvisó Camila—. Se le hizo tarde y le dije que se quedara en el sillón.

Su padre me ofreció café como si nada. Su madre me sirvió jugo de naranja. Comimos en un silencio espeso, hablando de la fiesta de Halloween de los vecinos y de la lluvia que se acercaba. Cuando salí del edificio a las diez de la mañana, todavía con olor a champú de Camila en el cuello, supe dos cosas: que mis suegros no se habían tragado una palabra y que me daba exactamente igual.

Valora este relato

Comentarios (4)

CarlosRQ

tremendo relato!!! me enganchó desde el primer párrafo, se nota que está bien escrito

MarisolPqña

Ay por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber como siguió todo entre ellos dos jaja

EstebanF

Jaja la parte del disfraz me mató. Me recordó a una situación parecida que tuve en una fiesta de halloween hace años, son noches que uno nunca olvida

Valentina_M

Me encantó como lo contaste, se siente muy real sin ser burdo. De lo mejor que leí en esta categoria

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.