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Relatos Ardientes

Mi primera vez fue en un salón vacío del último piso

Para empezar tengo que aclarar algo: nadie que me conociera en aquella época habría imaginado lo que voy a contar. Yo era la chica que llegaba puntual, la que se sentaba en la segunda fila, la que entregaba los trabajos a tiempo y no se metía en problemas. Vestía siempre con jeans, blusas de cuello cerrado, suéteres anchos y tenis. Nada de escotes, nada de faldas cortas. Lo único que delataba algo distinto debajo de toda esa ropa eran mis pechos, que ya entonces eran grandes y firmes, y que algún brasier discreto siempre se encargaba de sostener.

Tenía dieciocho años, estudiaba el último año del bachillerato y guardaba un secreto que ni mis amigas más cercanas conocían: me obsesionaba el sexo. Lo pensaba todo el tiempo. Leía relatos en mi cuarto con la puerta cerrada, me imaginaba escenas en clase, me tocaba en la ducha. Pero por fuera seguía siendo la chica «correcta», la que sonreía con timidez y bajaba la mirada cuando algún chico le decía un piropo.

Damián era un compañero un año mayor que yo. Repetía materia y por eso compartíamos algunas clases. No era guapo, tampoco popular. Hablaba poco, se sentaba al fondo y casi nunca participaba. Yo apenas había cruzado tres palabras con él en todo el semestre. Por eso me sorprendió que un martes por la noche me llegara un mensaje suyo a través de una amiga en común.

—Quiero probar tus labios —decía el mensaje, así, sin rodeos—. Y, si me dejas, mucho más.

Lo primero que hice fue cerrar la pantalla del teléfono y respirar hondo. Lo segundo fue volver a abrirla y leerlo cinco veces. Lo tercero, tirarme en la cama con el corazón acelerado y meterme la mano debajo del pijama. Le respondí dos horas después con un «ya veremos» que no comprometía a nada y prometía todo.

Durante los días siguientes, Damián me buscó la mirada en los pasillos. No era una mirada bonita ni romántica; era una mirada que sabía cosas, que reconocía cosas. Yo le sostenía la vista unos segundos y después fingía que tenía que apurarme. Pero por dentro, cada vez que me cruzaba con él, sentía que algo se aflojaba debajo del jean.

***

El primer episodio fue un jueves. La profesora de literatura nos dejó salir cuarenta minutos antes y todo el grupo se desbandó hacia la salida. Damián me agarró del codo en el pasillo y me dijo bajito al oído:

—Espérame en el salón. Cinco minutos.

No le contesté. Caminé hacia la cafetería, compré un agua que no quería y dejé pasar el tiempo. Cuando volví al pasillo del segundo piso ya no había nadie. Las puertas de los otros salones estaban abiertas y vacías. La nuestra, entreabierta. Empujé despacio.

Él estaba apoyado contra la pared del fondo, con las manos en los bolsillos y una calma que no le había visto nunca en clase. Le devolví la mirada desde la puerta. El salón era largo, con bancos pegados y ventanas altas que daban al patio interior. Era imposible que alguien se asomara desde afuera. Dejé caer la puerta detrás de mí.

—Pensé que no ibas a venir —dijo.

—Yo también lo pensé.

Solté la mochila en una banca cercana a la esquina. No quería quedarme cerca de la puerta. Él entendió y caminó hasta donde yo estaba. Me arrinconó contra la pared sin tocarme, solo plantándose enfrente. Olía a desodorante barato y a goma de borrar. Me temblaban las manos.

—Estás temblando —dijo, y sonrió por primera vez.

—Es la primera vez que estoy a solas con alguien así.

—Me gusta que tiembles.

Me besó. No fue un beso suave. Fue un beso de alguien que llevaba semanas pensándolo. Me apretó la nuca con una mano y con la otra me sostuvo la cintura. Yo no sabía qué hacer con las mías, así que las dejé caer en sus costillas. Le sentí el corazón debajo de la camisa, latiendo igual de rápido que el mío.

Sus besos bajaron hacia mi cuello. Eran besos largos, lentos, con la lengua marcando el camino. Sentí cómo se le iba endureciendo el cuerpo contra el mío. Me tomó la mano y la guio hasta el bulto de su jean. Estaba duro, completamente duro, y la tela tirante. Yo aparté la mano un segundo por puro reflejo y la volví a poner. Le apreté despacio. Él soltó el aire por la nariz.

—¿Te gusta? —me preguntó.

Asentí sin hablar.

Me apretó los pechos por encima del suéter y después coló una mano dentro, debajo del brasier. Me pellizcó el pezón con la punta de los dedos y a mí se me escapó un gemido que no había planeado. Bajó hasta mi vientre y me metió la mano dentro del jean, dentro del calzón. Yo ya estaba mojada y eso pareció enloquecerlo. Empezó a frotarme el clítoris haciendo círculos lentos, sin prisa, mientras me besaba el cuello.

—Estás empapada —me dijo al oído—. No sabes cuánto tiempo llevo pensando en esto.

Iba a contestar algo, no sé qué, cuando giré un poco la cabeza y lo vi. El profesor de física estaba parado en el marco de la puerta. No hacía ruido, no decía nada, solo nos miraba. No supe cuánto tiempo llevaba ahí.

Me aparté de Damián de un tirón. Agarramos las mochilas y salimos casi corriendo. El profesor no nos detuvo. Solo se quedó observando, con una expresión que era una mezcla de sorpresa y de algo más que no quise descifrar. En el camino a casa pensé en él más de lo que me hubiera gustado admitir.

***

Durante la semana siguiente, Damián me buscaba a cada rato. Me rozaba la mano en los pasillos, me hablaba al oído cuando había mucha gente, me tocaba la cintura cuando pasaba detrás de mí en la fila de la cafetería. Yo me dejaba. Cada roce me dejaba con ganas de más. Le propuse que fuéramos a su casa un sábado, pero su madre no salía. Yo no podía llevarlo a la mía. Así que esperamos.

La oportunidad llegó un miércoles. Faltaron dos profesores seguidos. Yo le dije a mis amigas que tenía que arreglar un pago en la dirección y que se adelantaran. En cuanto las perdí de vista, fui al salón de Damián. Él ya me estaba esperando con la mochila al hombro.

—Conozco un sitio —me dijo—. En el edificio de atrás. El prefecto que vigila esa zona no vino hoy.

Lo seguí en silencio. Cruzamos el patio, subimos tres pisos por una escalera estrecha y entramos al último salón del pasillo. Era un aula igual a las otras, pero con una ventaja: el grupo de al lado estaba en el laboratorio y no volvería hasta dentro de una hora. Damián cerró la puerta con cuidado y comprobó que no se viera nada desde el pasillo.

—Ven aquí.

Caminé hacia él como si fuera otra persona. Como si la chica callada de la segunda fila se hubiera quedado abajo, en el pasillo. Esta era otra. Esta sabía lo que iba a pasar y lo quería.

Me besó contra la pared. Esta vez sin pausa, sin testigos, sin reloj. Le abrí el cierre de la chamarra y me la quité. Yo le quité la suya. Me bajó el suéter por los hombros, me sacó la blusa por la cabeza. Me desabrochó el brasier con torpeza, sin acertar a la primera, y yo me reí bajito mientras le ayudaba. Cuando el brasier cayó sobre la banca, él se quedó un instante mirándome. Volví a ponerme la blusa por encima, pero ahora la tela transparente dejaba ver todo. Eso pareció gustarle aún más que verme desnuda del todo.

Se agachó y me chupó los pechos por encima de la tela. Me succionaba los pezones a través de la blusa, y la mezcla de la saliva con el algodón mojado y el contraste con el aire frío del salón me puso la piel de gallina. Empujé la cabeza contra la pared y se me escapó un suspiro largo.

Me bajó el pants hasta las rodillas y me metió la mano por debajo del calzón. Yo ya estaba más mojada que la vez del salón anterior, mucho más. Agarró la tela con dos dedos y la jaló hasta romperla por el costado. Antes de que pudiera reclamarle, me tenía el calzón en el bolsillo y dos dedos haciendo círculos sobre mi clítoris.

—No pares —le pedí.

No paró. Siguió hasta que se me empezaron a doblar las rodillas, hasta que tuve que sostenerme de sus hombros para no caerme. El orgasmo me llegó de repente, sin aviso, y fue tan fuerte que se me escapó un grito que él ahogó con la boca. Mi cuerpo entero tembló contra el suyo y él me sostuvo riéndose en mi oído.

—Eres una sorpresa —me dijo—. Una completa sorpresa.

Después se sentó en una banca y se sacó el pene. Era la primera vez que veía uno en vivo, así, fuera de una pantalla. Me acerqué despacio. Él me abrió las piernas con suavidad, listo para penetrarme, y entonces lo detuve.

—Espera. ¿Tienes condón?

Buscó en la mochila, buscó en los bolsillos. No tenía. Yo tampoco. Nos quedamos mirándonos un segundo, los dos con las respiraciones cortas y la decepción dibujada en la cara.

—No quiero arriesgarme —le dije—. Hoy no puedo.

—Lo sé. Lo sé.

Pensé que ahí se terminaría todo. Pero él me besó otra vez, despacio, y me dijo al oído que había otra forma si yo quería probar. Me explicó qué era. Yo le dije que nunca lo había hecho, que tenía miedo. Él me prometió que iría despacio, que pararíamos en cuanto yo dijera. Lo pensé unos segundos. Pensé en la chica de la segunda fila y en la otra, la que había aparecido en el aula. Le dije que sí.

Me apoyé contra la pared, de espaldas a él, con las piernas un poco separadas. Lo sentí escupir, sentí sus dedos preparándome, sentí la presión y luego un dolor intenso que me hizo apretar los dientes. Quise decirle algo, pero él se detuvo solo.

—¿Sigo o paro? —me preguntó.

—Espera. Despacio.

Esperó. Me acarició la espalda con una mano, me dio besos en el hombro. Cuando le dije que podía seguir, fue centímetro a centímetro. Me costaba respirar, pero el dolor empezó a transformarse en otra cosa, en una sensación rara que no era placer todavía pero que tenía la promesa de serlo. Aguanté un rato, los suficiente para que él se moviera con cuidado y me apretara los pechos por detrás. Después le dije:

—Mejor paramos. Por hoy.

—Está bien. Está bien, tranquila.

Se apartó enseguida. Me dio media vuelta, me besó la frente y me pasó la chamarra para que me cubriera. Mientras yo me arreglaba la ropa, él se acomodó la suya. No había decepción en su cara, solo una sonrisa cansada y satisfecha. Mi calzón roto se había quedado en su bolsillo y el brasier en su mochila. Le pregunté por ellos, medio en broma, y me contestó que se los llevaba como recuerdo.

***

Salimos del edificio con quince minutos de margen. Nos despedimos en la puerta, lejos de los demás. Me dio un beso largo en la boca y me dijo al oído algo que todavía recuerdo:

—La próxima vez vengo preparado. Y no te voy a soltar tan rápido.

Se me erizó la piel hasta los talones. Subí al autobús y me fui a la última fila, como hacía siempre. Pero esa tarde algo había cambiado. Un hombre de unos cuarenta años se sentó dos filas más adelante y, cuando giró la cabeza, descubrí que tenía los ojos clavados en mis pechos. Me había olvidado de que no llevaba brasier y de que mi blusa, debajo de la chamarra abierta, todavía se transparentaba. Me cerré la chamarra despacio, sin apuro, sosteniéndole un segundo la mirada.

Fue ahí, en ese autobús, mientras volvía a casa con el calzón roto en el bolsillo de Damián, cuando pensé por primera vez que quería probar lo que era estar con alguien con experiencia. Alguien que supiera de verdad lo que hacía. Pero esa, como digo, es otra historia.

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