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Relatos Ardientes

La inquilina quería probar su primera vez por detrás

Conocí a Camila dos semanas antes de aquel encuentro, cuando vino con una amiga mayor a recorrer la casa que yo tenía en alquiler. Aquella vez la amiga llevaba la voz cantante: preguntaba por los metros cuadrados, por el barrio, por el estado de las cañerías. Camila apenas hablaba; se limitaba a recorrer las habitaciones con los ojos muy abiertos y a sonreírme cuando creía que la otra mujer no la veía.

En aquella primera visita no hubo coqueteos abiertos. O al menos no de los que se nombran. Sí hubo, en cambio, una química que reconocí al instante, esa corriente seca que pasa entre dos personas cuando ambas saben que les gustaría estar a solas. Pero estaba la amiga, y yo soy un hombre que respeta las formas.

La cita para firmar el contrato la fijamos para el sábado siguiente, a mediodía. La esperaba en el patio frontal con dos botellas de champán enfriándose en una hielera de aluminio y un fajo de papeles bajo el brazo. Cuando la vi cruzar la verja de hierro, supe que no había venido sola únicamente para hablar de fianzas y meses de depósito.

Llevaba un vestido de seda en verde limón, ceñido al cuerpo, con una falda que terminaba dos dedos por encima de la rodilla. Zapatos blancos de tacón, una cadena de oro larga y fina que le caía justo entre los pechos. Y nada más. Nada debajo. Lo confirmé en el primer abrazo de saludo, cuando me dio un beso en la mejilla y sentí, a través de la tela, los dos pezones erectos rozándome la camisa.

—Pasa —le dije—. Hace un calor de mil demonios.

—Pesado —contestó ella—. Pesado y húmedo, lo peor.

Caminó delante de mí hacia la puerta y la observé. No pude evitarlo. Las caderas le bailaban a un ritmo que no era casual. La tela del vestido marcaba, con una precisión casi cruel, el contorno de una prenda diminuta. Calzoncito blanco, deduje. Casi nada.

La casa llevaba dos semanas cerrada y el aire de adentro estaba viciado, espeso, demasiado caliente para respirarlo sin esfuerzo. Le propuse seguir hacia el patio trasero, donde la piscina y la sombra de los álamos hacían más soportable la tarde. Aceptó con un gesto cansado y un suspiro que sonó a alivio.

Nos sentamos bajo el toldo. Crucé las piernas; ella cruzó las suyas. Y al hacerlo, el bajo del vestido se le subió un palmo, lo justo para confirmarme lo del calzoncito blanco. No sé si lo hizo a propósito. Sospecho que sí. Camila tenía veinticinco años recién cumplidos y cursaba el segundo año de un máster en literatura comparada. Pero lo que la convertía en peligrosa no era la edad ni los estudios: era esa forma de mirar a los ojos sin parpadear, como si estuviera leyendo en voz baja cada uno de mis pensamientos.

Le serví champán. Brindamos por los dos años de contrato. Hablamos de la facultad, de una novela uruguaya que ella estaba leyendo, de los caprichos de mi gato persa. Reímos. El termómetro digital del muro marcaba treinta y cuatro grados a la sombra, y el sol pegaba en el agua de la piscina como sobre un espejo.

—Cómo se me antoja meterme a esa piscina —dijo, mirando el agua azul como quien mira una salida de incendios.

—Pues métete. Desde hoy esta es tu casa.

—Lástima que no traje malla.

—¿Y desde cuándo se necesita una malla para darse un chapuzón?

Me miró por encima de la copa. Una sola ceja levantada. El gesto duró un segundo, no más, pero alcanzó para decirme todo.

—Si usted lo hace, yo le sigo —murmuró.

No lo dudé. Me puse de pie, me quité la camisa de lino y los pantalones color arena, y me quedé en un bóxer azul oscuro. Caminé hasta el borde y me lancé. El agua estaba más fresca de lo que esperaba, lo suficiente para arrancarme un quejido cuando rompí la superficie.

Cuando saqué la cabeza, Camila ya se había puesto de pie. Y empezaba.

Primero los zapatos. Después la cadena, que dejó con cuidado sobre la mesa. Por último el vestido, que se le deslizó por el cuerpo como si fuera agua. Como sospechaba, no había sostén. Pero sí un calzoncito blanco, mínimo, casi una pieza decorativa, que se quitó sin pudor y dobló junto al vestido como si fuera un mantel.

Quedó desnuda, recortada contra la luz blanca del mediodía. Tatuajes que yo no había visto: una rama con notas musicales en lugar de hojas, bajo el pecho izquierdo; un símbolo pequeño en la cadera derecha. La piel clara con un leve dorado. Pechos firmes, las puntas oscuras, el vientre plano, las caderas anchas para su talla. Un cuerpo trabajado a conciencia.

—Espero que no le moleste —dijo, sin esperar respuesta.

Y se lanzó.

***

Estuvimos un rato hablando entre brazadas, como si lo más natural del mundo fuera mantener una charla sobre Cortázar mientras los dos flotábamos desnudos a un metro de distancia. Pero los dos sabíamos para qué estábamos ahí. Ella lo sabía y yo lo sabía, y cualquier exceso de pudor habría sido un insulto a la inteligencia del otro.

Fue ella la que se acercó primero, pidiéndome que le ayudara a desabrochar la cadena que se había vuelto a poner antes de nadar. La toqué en la nuca y le rocé el cuello con los labios. No se apartó. Le pregunté por el tatuaje de las notas musicales y se inclinó hacia mí para mostrármelo de cerca. Le dije que era hermoso y le besé el pecho, despacio, sin urgencia. Camila contuvo el aire un segundo y después me empujó suavemente para sentarme en el primer escalón de la piscina.

—Ahora le toca a usted —dijo—. Quítese eso.

Le sostuve la mirada y le señalé el bóxer.

—Si quieres, hazlo tú.

Se acercó. Me hizo levantar las caderas y me bajó el bóxer hasta los muslos, después hasta los pies, y lo dejó flotando en el agua como un trapo más. Me miró fijo. No dijo nada por unos segundos. Luego, casi en voz baja:

—Tiene un cuerpo bonito. Espalda, hombros, todo. Pero lo que tiene entre las piernas es una belleza absurda.

—Define «absurda».

—Esto —dijo, y me la rodeó con la mano—. El grosor. El largo. La forma del glande. Las venas. Y abajo, lo otro. Es un conjunto perfecto. Es lo que cualquier mujer imagina cuando se está tocando sola en la oscuridad.

—¿Tú me has imaginado en la oscuridad?

—Desde el día que vine con mi tía —admitió—. Aquel día llevaba usted traje. Le miré la espalda cuando se quitó el saco y supe cómo era el resto, sin verlo.

—¿Y qué más imaginaste?

—Imaginé esto. Más o menos esto. Aunque la realidad va a ser mejor, creo.

Tiré de ella hacia mí y la senté a horcajadas sobre mis muslos. Le besé los labios, el cuello, los hombros. Le mordí los pezones con cuidado, despacio, sin prisa. Ella era extraordinariamente sensible ahí: bastaba un roce de lengua para que se le quebrara la respiración. Mientras le besaba el pecho izquierdo, le metí dos dedos entre los muslos y le encontré el clítoris hinchado, palpitante, casi rogando que lo tocaran. No tardó ni dos minutos en cerrar los muslos contra mi mano y soltar un quejido largo, ahogado, contra mi cuello.

—Llevaba media hora a punto —me dijo, casi avergonzada—. Esa conversación me dejó al borde.

***

Subimos a la casa con las toallas en la cintura. El cuarto de baño principal tenía una bañera blanca, ancha, de patas de hierro, y un espejo enorme apoyado contra la pared opuesta. Era el espacio más fresco de toda la casa. Cerré la puerta y abrí la ducha solo para hacer ruido y disimular cualquier sonido que se nos escapara.

Camila me miró desde el centro del baño, con las piernas un poco abiertas, las manos atrás. Una pose que parecía estudiada y que probablemente lo era. Yo me acerqué, la besé y la giré hacia el espejo. Quería que se viera mientras le besaba el cuello, mientras le mordía el hombro, mientras le ponía las manos en las caderas y se las apretaba con firmeza.

Se arrodilló en la alfombra del baño y me hizo una mamada lenta, atenta, de las que duran y se sienten hasta el final. Después me empujó suavemente hacia atrás y se metió en la bañera vacía, en cuatro, ofreciéndose de esa manera tan precisa, tan deliberada, que tienen las mujeres que saben exactamente lo que quieren.

—Te quiero —dijo, mirándome por encima del hombro—. Te quiero adentro.

Entré despacio, por delante. Estaba mojadísima, ardiendo, y el primer empuje me sacó un gemido a mí también. La tomé por las caderas, la sostuve por la cintura, le acaricié la espalda baja. Pero mientras me movía, no podía dejar de mirar lo otro: el otro lugar, el que ella aún no había ofrecido. Le pasé el pulgar por el centro, despacio, sin presionar. Camila tensó la espalda y se arqueó.

—Marcos —dijo, casi sin aire.

—Dime.

—Nunca lo he hecho.

—¿Por ahí?

—Nunca. Por ahí, nunca.

Me quedé quieto. Le pasé la mano por la espalda baja, le besé el omóplato.

—Si no quieres, no.

Tardó un momento en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó distinta, más grave, como si la pregunta la hubiera obligado a decidirse por algo que llevaba años posponiendo.

—Quiero probar. Contigo, quiero probar.

***

Salí de su cuerpo y me arrodillé detrás de ella. Le besé las nalgas, la base de la espalda, el surco. Le pasé la lengua despacio, sin urgencia, escuchando cómo la respiración se le iba volviendo entrecortada. Camila se aferró al borde de la bañera y dejó escapar un sonido nuevo, distinto a los de antes: más íntimo, más vulnerable.

—Despacio —murmuró—. Por favor, despacio.

Le mojé el dedo índice y se lo apoyé en el centro. Apenas presioné. Esperé. Cuando la sentí ceder un milímetro, empujé otro milímetro. Y así durante varios minutos, hasta que el dedo entró del todo y ella suspiró, ya más relajada. Después dos dedos. Después la lengua otra vez. Tomé mi tiempo, todo el que hizo falta. No tenía prisa, y ella tampoco.

Cuando me incorporé, le apoyé la punta y esperé. No empujé. La dejé a ella decidir cuándo, cuánto.

—Voy a entrar —le avisé—. Despacio. Si te duele, me sales.

—Está bien —dijo, con los ojos cerrados—. Está bien.

La primera vez fue media pulgada, no más. Camila contuvo el aire, apretó los dientes, soltó el aire, asintió. La segunda vez, un poco más. La tercera, lo suficiente para que la mitad de mí estuviera dentro. La sentí muy estrecha, muy caliente, y tuve que detenerme un momento entero para no acabar ahí mismo, como un adolescente en su primer encuentro.

—¿Te duele? —le pregunté.

—Un poco. Pero es más fuerte la idea de tenerlo ahí adentro que el dolor. ¿Sabes a qué me refiero? Es como… como un morbo. Una cosa de la cabeza.

—Lo entiendo.

—¿A ti te gusta? —preguntó, con la voz más baja todavía.

—Como nunca me ha gustado nada —contesté.

Camila se rió, una risa corta y nerviosa, y después contrajo los músculos a propósito, apretándome.

—¿Así te gusta?

Le di un azote suave en la cadera y los dos nos reímos. Después nos pusimos serios otra vez. Empujé un poco más adentro, esperé, y empecé a moverme. Despacio al principio, casi sin retirarme, solo balanceándome. Después un poco más rápido. Después un poco más profundo. Camila tenía la cara apoyada contra el fondo de la bañera y respiraba en ráfagas cortas.

Bajé una mano y le busqué el clítoris. Estaba durísimo, palpitante. Empezó a gemir en cuanto lo toqué. Tuve que pausar las embestidas porque no me daban las manos para todo: o la follaba con ritmo o la acariciaba con precisión, las dos cosas a la vez no me salían. Opté por lo segundo. Le di al clítoris hasta que la sentí cerrar los muslos contra mi mano y temblar entera, de pies a cabeza.

El orgasmo fue distinto a los otros dos. Lo vi en su cara cuando giró la cabeza: tenía los ojos vidriosos, casi como si llorara, y la boca abierta sin sonido. Le duró más, mucho más. Y cuando empezó a moverse otra vez ella sola, pidiéndome ritmo, supe que ya no podía detenerme. Me corrí adentro, profundo, con una intensidad que casi me hizo perder el equilibrio.

***

Después nos duchamos. En silencio al principio, con esa timidez nueva que aparece cuando dos personas han llegado más lejos de lo que esperaban. Yo le enjaboné la espalda. Ella me enjabonó el pecho. Nos besamos bajo el chorro de agua tibia, sin urgencia, casi con ternura.

Mientras nos vestíamos, Camila se quedó callada un rato largo, peinándose con los dedos frente al espejo del baño. Después me miró por el reflejo y dijo:

—No sé cómo explicar lo de hace rato.

—¿El último?

—Sí. Fue distinto. No fue como los otros. Fue… —se quedó buscando la palabra—. Lo sentí en otro lugar. Empezó en el pubis y se me fue hacia abajo, hacia el perineo, y desde ahí me subió por la columna como una ola. Nunca había sentido nada así. Solo se me parece al primero que tuve cuando aprendí a tocarme, a los trece. Esa sensación de descubrir algo nuevo, ¿sabes? Como entrar a una habitación que no sabías que existía.

Me quedé mirándola desde el marco de la puerta. Tenía los ojos brillantes y un mechón húmedo pegado a la sien.

—Bienvenida a la habitación —le dije.

Se rió, esta vez fuerte, sin contención. Vino hasta mí y me besó.

***

Firmamos el contrato esa misma tarde, después de la segunda copa de champán. La tinta de mi pluma le manchó un dedo y ella me miró como si la mancha fuera una marca, una promesa. Vivió en aquella casa los dos años completos del contrato, sin un día menos. Y en esos dos años bajé muchas veces a comprobar el estado del aire acondicionado, de la calefacción, de las cañerías. A veces hasta había algo que arreglar.

Yo tenía cuarenta y cuatro entonces. Camila, veinticinco recién cumplidos. La diferencia de edad no fue un problema un solo día. Lo que descubrimos aquella primera tarde fue mucho más viejo que los dos juntos, y mucho más nuevo también.

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Comentarios (5)

CarlaGdl

Buenísimo!! me encantó la tensión desde el principio, muy bien logrado

LunaSur19

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas!! no puede terminar asi

TomásHdz

me recordó a una situacion que tuve hace un tiempo jaja, estas cosas pasan mas seguido de lo que uno cree

SuSan_Lec

La narrativa está muy buena, me metio de lleno en la escena. Sigue así!

NocheFelina

jajaja lo del contrato me causó gracia, muy original el arranque

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