Me refugié de la lluvia en un bar de mujeres
Todavía recuerdo cada detalle de aquella noche, fría y lluviosa, un viernes cualquiera. Salí del trabajo agotada, con el traje de ejecutiva pegado al cuerpo por el agua, y busqué refugio en el primer local que vi con las luces encendidas. No me fijé en el cartel. Solo quería entrar en calor y esperar a que escampara.
Me senté en la barra y pedí un whisky doble para entrar en calor cuanto antes. Cogí el vaso y me lo bebí de un trago, dejando que el ardor me bajara por la garganta. Recién entonces levanté la vista y miré a mi alrededor.
Había un grupo de mujeres charlando en una mesa, otras dos jugando al billar, y en un rincón, una pareja de chicas que se besaba sin ninguna prisa. Me quedé un poco sorprendida.
¿Me había metido en un bar de lesbianas?
Volví a recorrer el local con la mirada. Una mujer se acercó a la barra a pedir una cerveza y, sin mirarla directamente, noté que ella sí me miraba a mí. Le preguntó algo a la camarera, señaló mi vaso vacío y pidió otra ronda. Después acercó una copa hasta mi lado.
—Esta la invito yo —dijo, y se fue con sus amigas antes de que pudiera responder.
Fue halagador, aunque un poco atrevido. Sonreí desde la barra en señal de agradecimiento y aproveché para observarla mejor mientras se alejaba. Tenía un cuerpo atlético, era alta y de hombros firmes. Vestía una minifalda blanca de látex que abrazaba cada curva como una segunda piel, tacones de aguja y un top transparente que dejaba adivinar la forma de sus pezones. Los labios pintados de un rojo intenso. Sería más o menos de mi edad, quizás un poco mayor, y tenía los músculos bien trabajados. Se la veía peligrosamente atractiva.
Me bebí la copa de un sorbo y el calor me inundó el cuerpo otra vez. Volví a mirar, y la verdad es que varias chicas me estaban comiendo con los ojos.
Definitivamente había acabado metiéndome en un club de lesbianas.
Tenía dos opciones: seguir bebiendo o salir por la puerta y enfrentarme de nuevo a la lluvia con la ropa empapada. Me giré hacia la camarera y pedí lo mismo otra vez. Ya me había mojado suficiente por esa noche; esperaría dentro hasta que la tormenta pasara.
Quince minutos después, la mujer volvió a acercarse. Esta vez me preguntó si tenía fuego para su cigarro. Saqué el encendedor, encendí el mío y luego el suyo. Me preguntó mi nombre y si me había gustado la copa.
—Me llamo Marina —le dije—. Gracias, aunque fuiste un poco atrevida.
—Soy Daniela. Encantada —respondió, sin disculparse en absoluto.
Se sentó en el taburete de al lado y me preguntó si pensaba quedarme un rato. Le dije que sí. Cruzó las piernas despacio, y el movimiento dejó ver un instante la lencería blanca que se escondía bajo el látex. Nos pusimos a charlar. Quiso saber qué hacía sola y tan arreglada un viernes por la noche, y le conté que solo buscaba escapar de la lluvia, tomar algo y escuchar música.
—¿Y te gusta el ambiente que hay aquí? —preguntó ella.
—No está mal. Es distinto a lo que conozco, pero la música me encanta —respondí.
Entonces empezó a contarme su historia. Me dijo que había salido con sus amigas porque estaba separada desde hacía varios meses. Que después de diez años de relación, él había decidido tener una aventura de una sola noche, y que cuando ella se enteró de todo, lo mandó a la mierda sin pensarlo dos veces.
—Lo siento mucho —le dije.
—Gracias. Ya casi no me duele.
Le confesé que yo estaba soltera y que no quería complicarme la vida con una relación, que por eso no me comprometía con nadie. Me dijo que era afortunada, que disfrutara de esa etapa, y bajando un poco la voz añadió que aprovechara para disfrutar del sexo, porque cuando una se ata a alguien eso se vuelve raro.
Me reí. Tenía un par de copas encima y no me sonó atrevido, solo gracioso. Me dijo que había tenido suerte de cruzarse conmigo y poder hablar con alguien esa noche. Le respondí que no había problema, que podía confiar en mí y contarme sus penas.
—Vamos a una disco donde se pueda bailar y dejar lo malo atrás —propuso de repente.
Salimos del bar. La lluvia ya había parado. Fuimos hasta una discoteca cercana y nos colocamos junto a la barra. Pidió un trago para mí y ella siguió con cerveza. Sonaba salsa al principio, después bachata, y para entonces yo había terminado dos copas más. Salimos a bailar.
Estuvimos mucho rato muy juntas, una pegada a la otra, hasta que fue inevitable que nuestros cuerpos se rozaran. No sé si fue por cómo me caía la ropa mojada o por el alcohol, pero sentí que sus manos me sujetaban la cintura y me acercaban a ella. Mis manos se aferraron a sus hombros, sus caderas se frotaron contra las mías. Notó mi muslo apretado contra el suyo y se apartó un poco.
—Perdón —murmuró.
Me puse roja y le dije que no se preocupara. Vi otra vez ese gesto de incomodidad, y las cervezas la hicieron sincerarse.
—Soy lesbiana, y hace un mes que no estoy con nadie —confesó—. Bailar con una mujer tan guapa como tú me ha puesto a mil. Lo siento.
Me quedé impactada, pero no de mala manera.
—Mejor me voy a descansar a casa —dijo—. Te dejo de paso donde vivas.
Acepté y salimos. Al subir al taxi noté cómo me miraba el cuerpo sin disimulo. Me pidió mi dirección, pero le dije que mejor la dejaba a ella primero. Le dio al conductor la dirección de su departamento. El viaje fue silencioso, cargado de algo que ninguna de las dos se atrevía a nombrar.
***
Al llegar, ella se bajó y yo me asomé por la ventanilla.
—¿Quieres que te acompañe hasta tu puerta? Por todo lo que has bebido.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Claro. Después bajo y tomo otro taxi.
Subimos. Frente a la puerta del departamento se giró para despedirse, pero le pedí permiso para retocarme el maquillaje un momento. Sorprendida, me dijo que sí. Supongo que no esperaba que yo tomara la iniciativa, aunque las dos sabíamos perfectamente hacia dónde iba todo aquello.
Pasé directa al baño, me arreglé un poco frente al espejo y salí. Cuando volví a la habitación, la encontré sentada en el borde de la cama, con una tanga blanca diminuta y sin sujetador, mirándome con una cara de deseo que me volvió loca. Me mordí el labio al verla.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dije.
—Dispara.
—¿Cómo es estar con una mujer?
—Ser lesbiana tiene sus complicaciones sociales que una persona hetero no se encuentra, pero…
—No, no me refiero a eso —la corté—. ¿Qué se siente? El sexo, digo.
Soltó una risa baja.
—Te diré una cosa. El día que besé a otra mujer por primera vez, supe que jamás volvería a estar con un hombre.
—Enséñame —le pedí, y mi propia voz me sorprendió.
—Solo un beso. No quiero meterme en nada serio.
Se levantó rápidamente y me besó. No me resistí. Abrí la boca y dejé que su lengua entrara, nuestras lenguas se movían juntas mientras sus manos recorrían mi cuerpo por encima de la ropa. Las deslizó hasta mi trasero y me confesó al oído que se había pasado toda la noche mirándomelo.
Me desabotonó la camisa y me la quitó. Me levantó para sacarme los tacones y la falda. Al ver mi tanga roja sonrió y me dijo que me quedaba demasiado bien. Yo ya estaba completamente mojada.
Me tendió boca arriba en la cama. No me quitó la ropa interior; solo la apartó a un lado con un dedo y empezó a pasarme la lengua entre las piernas, lenta, insistente, subiendo y bajando.
—Dios mío —gemí—. Me encanta, no pares.
—Sabes muy bien, mi amor —murmuró sin levantar la cabeza.
Después de unos minutos se incorporó, se quitó la tanga y sacó de un cajón un arnés con dos extremos. Se ajustó uno dentro y apretó la correa alrededor de las caderas. Me puso a cuatro patas, dejándome a su disposición, lubricó bien con saliva y de una sola embestida me la metió entera.
—¡Así! —grité—. Qué rico.
Gemía fuerte con cada envión. Su pelvis chocaba contra mí, y el sonido de su cadera contra mis nalgas retumbaba en la habitación.
—¿Te gusta cómo te entra? —dijo, sujetándome del pelo.
—Sí, mi amor, sigue, sigue.
Estaba tan excitada que apenas podía pensar. El vaivén era fuerte, profundo, y yo lo recibía todo.
—¿Te gusta esto? —insistió.
—Me vuelve loca…
Luego se echó en la cama boca arriba y me pidió que me subiera encima. Me coloqué sobre ella, a horcajadas, y empecé a moverme.
—Muévete así, qué rico —jadeó.
—Daniela, vas a hacer que me corra —respondí entre gemidos.
Ella empujaba hacia arriba con más fuerza. Yo gemía sin control, con las manos sobre sus pechos mientras las suyas me sujetaban la cintura y marcaban el ritmo.
Después cambiamos a la última postura: yo de espaldas y ella encima de mí, esa pose clásica que parece simple y lo es todo. Cuando entró otra vez, se sintió tan bien que mis manos volaron a su espalda y le clavé las uñas. Aquello la encendió todavía más y empezó a embestirme con fuerza. Estaba húmeda, desesperada por complacerla.
—Imagina que te corres dentro de mí —le susurré—. Échalo todo adentro, por favor.
Sentí toda su fuerza en cada golpe, y ella soltó un grito de placer.
—Dios mío, sí… qué rico.
—Yo también me voy a correr —gemí—. Ya, ya…
Acabamos juntas, las dos sudadas y sin aliento. Se salió despacio y se dejó caer a mi lado, agotada. Yo estaba feliz. Fue uno de los mejores polvos de mi vida.
—Esto fue increíble, Daniela.
—Fue buenísimo —respondió—. Buen sexo del de verdad.
***
Cuando se durmió, me vestí y me fui sin despertarla. No me había dado su número, así que pensé que ahí terminaba todo. Pero a la semana siguiente la vi en una plaza, caminando de la mano con otra mujer. No me incomodó en absoluto. Nos saludamos, me presentó a su acompañante y, antes de irnos, intercambiamos los teléfonos para repetirlo alguna vez las tres juntas. Pero esa ya es otra historia que les contaré más adelante.