Mi prima durmió en mi cama y todo cambió
El día que mis padres me anunciaron que Mariela vendría a quedarse con nosotros en la ciudad, casi se me cayó el tenedor sobre el plato. Mi prima del pueblo. La de las trenzas y los vestidos largos que nunca le pedí, la que apenas conocía de tres veranos sueltos en casa de la abuela.
—Tu tía Esther está desesperada —explicó mi madre—. Mariela anda saliendo con un tipo casado, mucho mayor que ella, y hay que sacarla de allá un tiempo.
—¿Cuánto es un tiempo?
—Lo que haga falta.
Lo peor no era el tiempo. Lo peor era que mi cuarto era el único disponible y mi cama era de plaza y media. Compartiríamos las dos cosas. A mis veintiún años, con la universidad consumiéndome los días y las noches dedicadas a un par de costumbres muy personales, la idea me sublevó. Me masturbaba casi todas las noches, a veces con la computadora encendida y los auriculares puestos. ¿Cómo iba a hacer eso con mi prima a treinta centímetros de mi cuerpo?
Pero Mariela llegó un martes a media tarde, y la mujer que se bajó del taxi no se parecía en nada a la niña que recordaba. Tenía diecinueve años, el pelo negro suelto hasta media espalda y un par de tetas que cualquier blusa trataba de contener sin éxito. Me quedé mirándola más tiempo del que correspondía.
—¿Te estorbo mucho? —preguntó al verme cargar su maleta hacia el cuarto.
—No —mentí—. Para nada.
***
Los primeros días fueron de tanteo. Mariela hablaba poco, comía menos y dormía de lado contra el borde de la cama, como si temiera ocupar más espacio del estrictamente necesario. Yo me dormía con el cuerpo tenso, atenta a cada respiración suya, esperando el momento en que se entregara al sueño para poder relajarme.
Al tercer día encontré la grieta. Estábamos tiradas en mi cama una tarde de domingo, viendo una serie tonta en mi computadora, cuando ella se rió de un comentario mío y se puso colorada. Aproveché para hacer una pregunta absurda.
—¿Sabes cuál de las dos tiene las tetas más grandes? —dije, riéndome también—. Apuesto a que tú.
—¡Estás loca! —protestó, tapándose con el almohadón.
—En serio. Muéstrame las tuyas y te muestro las mías. Apostamos un helado.
Le tomó cinco minutos de negociación. Después, en silencio, se sentó frente a mí, se sacó la remera y desabrochó el sostén. Y madre mía, qué tetas. Pesadas, firmes, con los pezones grandes y oscuros, respondiendo a la temperatura del cuarto. Yo me saqué la mía también, sin la solemnidad que ella había puesto.
—Ganaste —admití.
Ella se rió, todavía colorada, pero no se cubrió enseguida. Se quedó así un rato más de lo necesario, dejándome mirar, dejándose mirar.
***
Esa misma noche, después de apagar la luz, Mariela empezó a contarme. Hacía meses que andaba con Aníbal, el hombre del pueblo del que mi tía la quería separar. Treinta y ocho años, divorciado, dos hijos. La había manoseado en el galpón de su casa hasta dejarla mojada y temblando, pero nunca habían llegado a más porque siempre los interrumpía algo: un vecino, un perro, una llamada inoportuna.
—Y todavía eres virgen —dije, más afirmación que pregunta.
—Sí. Y lo detesto. Tengo diecinueve años y siento que me estoy perdiendo todo.
—No te pierdes tanto.
—¿Y tú? ¿Cómo lo hiciste la primera vez?
Le conté de Sebastián, el chico con el que me acostaba desde hacía un año. Le conté que era brusco, que le gustaba decirme cosas mientras me cogía, que a veces me trataba como a una cualquiera y que a mí me encantaba que lo hiciera. Mariela escuchaba en la oscuridad, y yo podía sentir su respiración acelerándose contra mi hombro.
—Me gustaría conocerlo —dijo finalmente.
—¿Para qué?
—Para sacarme las ganas, prima. Para dejar de ser virgen de una vez.
***
Organicé todo para el sábado siguiente. A mis padres les vendí una fiesta de la facultad, y mi madre, encantada de que Mariela conociera gente de su edad, solo nos pidió que volviéramos antes de las tres. Le presté ropa: una falda corta verde, una camisa negra semitransparente, conjunto de tanga y sostén negros debajo, sandalias bajas. La maquillé yo misma, mientras ella miraba al techo y respiraba hondo.
—¿Estás segura? —le pregunté con el delineador en la mano.
—Estoy segura.
Sebastián nos pasó a buscar en la esquina y, cuando vio a Mariela, soltó un silbido bajo.
—Hermosas las dos —dijo.
En su departamento ya estaba todo listo: música suave, tragos preparados, una bandeja de quesos. Charlamos un rato, ella tensa al principio, después aflojándose con cada vaso. Cuando crucé una mirada con Sebastián, él entendió que era el momento.
—Mariela —dije, agarrándole la mano—, este es el tipo del que te hablé. El que te puede sacar las ganas. Si quieres.
Ella lo miró, después a mí, después otra vez a él. Asintió.
Lo que vino fue rápido y sucio, tal como yo se lo había prometido. Sebastián la besó hasta dejarla sin aire, le abrió la camisa con dos dedos, le hizo cosas con la lengua que la sacudieron entera. La cogió en el sillón, en el suelo y contra la pared, mientras yo le acariciaba el pelo y le susurraba que dijera todo lo que sentía. Mariela gritó, pidió más, dijo palabras que no sabía que conocía. Pero cuando él terminó y se desplomó a su lado, fue a mí a quien buscó con la mirada, agotada y eléctrica al mismo tiempo.
—Quiero ducharme contigo —me dijo, en voz tan baja que Sebastián no la oyó.
***
Volvimos a casa antes de las tres, como habíamos prometido. Mis padres dormían. Subimos a mi cuarto en puntas de pie y la metí directamente a la regadera. Le quité la falda y la camisa con la naturalidad de quien desviste a una hermana, pero el cuerpo se lo lavé despacio, demorándome en lugares donde una hermana no se demoraría. Mariela apoyó la frente contra los azulejos y se dejó hacer.
—Gracias, prima —dijo cuando salimos, envuelta en mi toalla.
Esa noche dormimos abrazadas, ella con la cara metida contra mi cuello, las piernas enredadas con las mías. No pasó nada más, porque las dos estábamos rotas de cansancio. Pero en el silencio del cuarto, con su respiración golpeándome la piel, supe que algo había quedado abierto y que ninguna de las dos lo iba a cerrar.
***
Nos despertamos pasado el mediodía. Había una nota sobre la mesa de la cocina: mis padres se habían ido a almorzar con unos amigos y no volverían hasta tarde. Comida en el refrigerador. Pórtense bien.
Mariela leyó la nota por encima de mi hombro y se rió bajito.
—¿Portarnos bien? —dijo.
Me di vuelta y nos miramos. Ella seguía con mi camiseta vieja puesta, sin nada debajo. Tenía los ojos hinchados de sueño y la boca un poco hinchada también, no sé si de los besos de la noche anterior o de mordérsela mientras dormía. Le puse una mano en la cintura, despacio, y la tela se le levantó con el movimiento.
—Anoche te dije que ese tipo te podía sacar las ganas —murmuré—. Y te las sacó. Pero hay cosas que él no te puede enseñar.
—¿Como qué?
—Como lo que se siente cuando es otra mujer la que te toca.
Mariela tragó saliva. No dijo que no. No dijo nada.
La llevé a mi cuarto otra vez. La acosté en mi cama, en el mismo lugar donde había dormido pegada a mí, y me puse encima de ella sin desnudarme todavía. La besé en la boca con calma, sin la urgencia del hombre, y sentí que abría los labios y me dejaba entrar como si llevara meses esperándolo.
—¿Te gusta? —pregunté contra su mejilla.
—No sabía que era así.
—¿Cómo creías que era?
—Más raro.
Me reí y le subí la camiseta. Tenía las tetas que ya había visto el día de la apuesta, pero ahora pude tocarlas como había querido tocarlas desde entonces. Las besé despacio, le pasé la lengua por los pezones uno a uno, le mordí los costados hasta hacerla arquearse. Mariela me agarraba la cabeza, me empujaba contra su pecho, me pedía que siguiera.
Le bajé la mano por el vientre, por el ombligo, por el borde del calzón. Cuando le metí los dedos entre las piernas estaba empapada, todavía hinchada de la noche anterior pero pidiendo más. La toqué despacio, dibujando círculos, mirándole la cara mientras lo hacía. Ella cerraba los ojos y abría la boca y respiraba como si se estuviera ahogando.
—Quiero probarte —le dije.
—Hazlo.
Me arrastré hacia abajo por la cama, le saqué el calzón y le abrí las piernas con suavidad. Era la primera vez en mi vida que tenía a otra mujer así, y por un segundo me quedé mirando, aprendiendo. Después bajé la cabeza y la besé donde nadie la había besado todavía. Mariela gritó tan fuerte que tuve que detenerme un instante y pedirle que bajara la voz, que los vecinos.
—No puedo —se quejó—. No puedo.
Seguí. La lamí despacio al principio, después con más insistencia, descubriendo qué movimientos la sacudían más. Ella me agarraba el pelo, me empujaba contra su sexo, levantaba las caderas para encontrarme. Cuando se vino, fue largo y entero, el cuerpo temblándole de punta a punta, una mano apretándome la cabeza y la otra mordida hasta dejarse marca de los dientes.
Subí otra vez por su cuerpo y la besé en la boca, para que sintiera su propio sabor. Mariela me devolvió el beso con una intensidad que no esperaba, y un segundo después estaba ella encima de mí.
—Ahora yo —dijo, y la mirada que tenía no era la de la prima tímida del pueblo. Era la mirada de alguien que acababa de descubrir algo y no estaba dispuesta a soltarlo.
***
Mariela se quedó tres meses más en mi cuarto, y todas las noches encontramos algo nuevo. Lo de Sebastián no se repitió, no hizo falta. Lo que ella había venido a buscar a la ciudad, sin saberlo, lo encontró en la cama de su prima.
Cuando volvió al pueblo, mi tía Esther me llamó por teléfono para agradecerme.
—Está cambiada —me dijo—. Más segura, más mujer. No sé qué le hicieron en tu casa, pero te juro que la salvaron.
Le contesté que no había sido nada, que solo le habíamos dado cariño. Y colgué con una sonrisa que mi tía nunca podría entender.