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Relatos Ardientes

Lo que mi compañera callada no se animaba a decir

Volver a la universidad a los veintisiete fue como entrar en un cuarto que no terminaba de ser mío. Mis compañeros, casi todos más jóvenes, se movían con una sincronía que me resultaba ajena: llenos de planes, de prisa, de futuros por estrenar. Yo, en cambio, cargaba con unos años de pausa, de rodeos, de buscar mi lugar sin encontrarlo del todo. Cada mañana sentía que me desbordaban. Pero en medio de esa marea había alguien a quien no podía dejar de mirar: Bianca.

Bianca no era como las demás. Se sentaba siempre al final del aula, inmóvil, como si el resto fuera un paisaje que podía observar sin obligación de pertenecerle. Tenía la espalda tan recta que parecía desafiar el cansancio. Su rostro mostraba una serenidad casi impenetrable, y su forma de vestir era sobria, sin un solo adorno de más. Algo en ella me atraía de un modo que no sabía explicar. Tal vez fuera su acento italiano, grave y suave a la vez, o quizá ese aire de secreto que la envolvía. Lo cierto es que no dejaba de preguntarme qué se escondía detrás de esa fachada tan calma.

Nos emparejaron para el trabajo grupal de Estética. Yo estaba acostumbrada a ser la extrovertida, a hablar de más, a intentar conectar con todo el mundo. Pero Bianca era otra cosa. Nuestra comunicación era cien por ciento formal. Apenas contestaba mis correos. Cuando nos juntábamos en la biblioteca, la sentía todavía más lejana, hundida en su libro, sin ganas de interactuar. Era como si yo me estuviera entrometiendo en un espacio privado que ella no pensaba compartir.

Intenté romper el hielo varias veces. Le hablaba del trabajo, de las lecturas, de lo que creía que debíamos hacer, pero ella solo asentía en silencio, sin emoción aparente. A veces, en su mirada, alcanzaba a ver algo que no entendía: una quietud profunda, y al mismo tiempo una barrera invisible que no sabía cómo cruzar.

Una tarde, al terminar una de esas largas sesiones, decidí que tenía que intentarlo, aunque fuera torpe. No podía seguir con esa sensación de desconcierto. Mientras juntábamos nuestras cosas, le dije, un poco insegura:

—Bianca, creo que, a pesar de todo, ha sido bueno trabajar contigo.

Era un intento de aliviar la tensión. Pero algo me impulsó más allá. Sin pensarlo, me acerqué, la miré a los ojos y la saludé con un beso en la mejilla. Fue tan automático que casi no me di cuenta. Para mí era un gesto común, parte del saludo de siempre. Su reacción, en cambio, me desarmó.

Se quedó rígida, como si el roce la hubiera tomado por asalto. No movió un músculo, y sus ojos se abrieron apenas, sorprendidos. Por un segundo, el aire entre nosotras se llenó de una quietud extraña.

Me aparté rápido, con la sangre subiéndome a la cara y el corazón desbocado. Pensé que había cometido un error, que había invadido un terreno que no me correspondía. Busqué sus ojos esperando un reproche.

Pero Bianca, lentamente, dejó escapar una sonrisa tímida, apenas perceptible. Y por fin habló, con ese acento suyo, esta vez con un leve temblor:

—No esperaba esto… Mariana.

No sonó a reclamo, sino a sorpresa pura.

—Lo siento, no quería incomodarte —respondí, más nerviosa que nunca.

Inclinó la cabeza, como sopesando mis palabras, y murmuró:

—Está bien. No es eso. Es solo que no estoy acostumbrada a estos gestos. No tan de cerca, y menos contigo, que apenas me conoces.

Me quedé callada, con una mezcla de alivio e incomodidad. No era la reacción que había temido. Al menos no la había espantado del todo.

—Lo entiendo. No se repetirá —dije, sin saber bien cómo seguir.

Ella recogió sus cosas y, al levantarse, me dedicó una mirada distinta. Más cálida, aunque también más cuidadosa.

—Supongo que es un primer paso para entendernos mejor —añadió, más para sí misma que para mí.

Mientras me alejaba, me quedé con la certeza de que algo se había movido. Una grieta diminuta en su coraza. No sabía qué podía significar, pero sí que había abierto una puerta que ya no se podía cerrar.

***

Unos días después de aquel beso inoportuno, me encontré en una situación incómoda. Estaba en la sala común de la facultad, esperando a Bianca para revisar unas lecturas, cuando se me acercó una chica que apenas conocía: Camila. Morena, de acento arrastrado, de esos que delatan a quien viene del interior. Me contó que se había mudado hacía poco y que, por llegar tarde al semestre, ningún grupo la había incluido en el trabajo.

—Escuché que ustedes son solo dos. ¿Crees que podría sumarme? No quiero reprobar, y ya nadie me acepta —me dijo, con una sonrisa que mezclaba nervios y dulzura. Y, hay que decirlo, la chica era muy bonita.

Dudé. Pensé en Bianca, claro. Pero me pareció injusto dejarla afuera. Se notaba que tenía ganas de salir adelante. Así que acepté.

—Claro, no hay problema. Todavía estamos leyendo. Súmate a la próxima reunión.

Camila me agradeció dos o tres veces de más y se fue aliviada. Por dentro, yo ya sabía que había metido la pata, aunque no podía explicar por qué. Lo confirmé esa misma tarde, cuando se lo conté a Bianca y algo cambió en su cara.

Estábamos en la biblioteca, en la mesa de siempre junto a la ventana. Bianca llegó puntual, con su carpeta impecable y una lapicera que parecía de otra época. Le hablé con naturalidad.

—Hoy se nos suma alguien más. Camila. Viene de lejos y no tenía grupo. Le dije que se uniera.

Bianca no respondió enseguida. Cerró su carpeta con una lentitud casi teatral. Luego me miró con esa expresión sutil que aprendí a reconocer: no estaba enojada, estaba desplazada.

—¿Le preguntaste a alguien más si estaba de acuerdo? —dijo en voz baja, pero con un filo en la entonación.

—Bianca, solo es un trabajo. No me pareció tan grave —intenté justificarme.

—No es grave —respondió, encogiéndose de hombros—. Es solo que funciona distinto con más gente. Se pierde la concentración.

Hubo un silencio. Volvió a abrir su carpeta, pero no anotó nada. Sus dedos tamborileaban con una paciencia contenida. Y por primera vez desde que empezamos, no me miró a los ojos en toda la tarde.

Cuando Camila llegó, se presentó con la calidez que la caracterizaba, hablando con soltura, con una energía amable. Intenté incluir a las dos, pero la dinámica se tensó. Bianca casi no hablaba. Asentía de vez en cuando, corregía con elegancia cuando Camila se iba de tema, y cada tanto me lanzaba una mirada fugaz, como preguntándome en silencio qué estaba pasando.

Cuando Camila se fue, después de agradecer una vez más, Bianca recogió sus cosas sin apuro.

—Sé que fue una buena acción. No estoy en contra de la solidaridad —hizo una pausa, bajó la mirada y añadió—. Solo que pensé que con lo que avanzábamos las dos era suficiente.

No lo dijo como una recriminación, sino como alguien que se había sentido reemplazada. Y aunque no lo admitiera, había celos en su voz. No del tipo dramático. Algo más hondo, más callado: el miedo a perder un espacio que hasta entonces era solo nuestro.

***

Después de aquella reunión tensa, y cansada de coordinar todo por correo, armé un grupo de WhatsApp. Lo llamé «Trabajo Estética» y agregué a las dos. Pensé que serviría para compartir lecturas y organizar encuentros, pero con los días los mensajes tomaron otro tono.

La primera en cambiar el ritmo fue Camila. Empezó a escribir cosas que ya no eran sobre el trabajo: «¿Quién de ustedes es más fan del café? Necesito una buena excusa para hacer pausas entre tanta filosofía». O: «Mari, eres la más organizada. ¡Necesito que me adoptes como asistente personal!».

Yo contestaba con risas y algún emoji, sin pensarlo mucho. Nunca supe si lo hacía en broma o si de verdad estaba coqueteando. Lo que sí noté fue que Bianca no se lo tomaba con ligereza. Sus respuestas se volvieron más breves, más medidas. A veces ni siquiera respondía.

Lo curioso fue que, en persona, Bianca empezó a comportarse distinto. No de forma obvia. Seguía siendo discreta. Pero se quedaba un poco más después de las reuniones. Me preguntaba si había dormido bien, si había comido. Empezó a traerme café con leche, justo como me gustaba. Al principio pensé que era un gesto amable, hasta que entendí que esos detalles eran solo para mí.

Una tarde, mientras Camila hablaba con seguridad de Schopenhauer —haciéndolo sonar como el filósofo del siglo, cosa que tenía poco sentido, pero que afirmaba con tal aplomo que costaba contradecirla—, Bianca apoyó suavemente su mano sobre mi brazo para mostrarme una frase subrayada en su libro. No fue un gesto casual. Fue delicado, casi íntimo. Me congelé por dentro. No porque me incomodara, sino porque Bianca nunca había sido tan expresiva. Y ahora lo era, justo frente a Camila.

Esa misma noche recibí un mensaje suyo: «Bianca es muy seria. A veces siento que, si respiro fuerte, me saca del grupo, jaja. Menos mal que tú eres más accesible». Y otro: «Igual no me molestaría hacer otro trabajo, pero solo contigo. Para variar».

Me quedé mirando la pantalla con el corazón acelerado. No supe si reír, ignorarlo o mostrárselo a Bianca, aunque jamás lo haría. Lo dejé sin responder.

Al día siguiente, Bianca apareció con una bufanda azul oscura que no le había visto. Me dijo que era de su madre, traída de Italia hacía años. Me la ofreció para que me abrigara, porque, según ella, yo «siempre parecía vestida para la primavera, aunque hiciera frío».

Reí, algo nerviosa.

—No es común verte tan atenta —le dije, sin ocultar la curiosidad.

Bajó la mirada un instante y luego me sostuvo los ojos con una firmeza suave.

—Tal vez me estoy acostumbrando a ti.

No dijo nada más. No hacía falta. Por primera vez sentí que Bianca estaba compitiendo, a su manera. No con emojis ni dobles sentidos en el grupo, sino marcando su presencia con una taza de café, con una bufanda heredada, con una mano ligera sobre mi brazo.

***

A partir de ahí, algo cambió en mí. No de golpe. Fue como una cuerda que empezó a tensarse, casi imperceptible, pero cada vez más presente. Bianca seguía siendo tan contenida como siempre, pero sus silencios y su manera cuidadosa de estar cerca me afectaban de un modo que no sabía nombrar. Y de noche, en mi cama, me descubría metiéndome la mano entre los muslos pensando en ella, imaginando cómo sería abrirle las piernas y comerle el coño hasta que se corriera contra mi boca.

Una vez me prestó su cuaderno de notas, lleno de anotaciones de letra delicada. Entre las citas y los esquemas, descubrí una frase en italiano escrita al margen: «Non è la paura di cadere, è la paura di essere tenuta». No es miedo a caer, es miedo a ser sostenida. No se lo mencioné, pero esa línea me persiguió durante días. Sin decirlo, Bianca me estaba mostrando algo de sí misma que no enseñaba a cualquiera.

Con Camila, en cambio, todo era más simple. Más físico. Cuando me mandaba un chiste fuera de lugar o un guiño sugerente, sentía ese cosquilleo que recuerda que una sigue siendo joven. Hubo momentos en que fantaseé con su boca, con sus tetas grandes y morenas, con esas caderas anchas y ese culo que se le marcaba en los jeans cada vez que se agachaba a buscar un libro. Me imaginaba metiéndole dos dedos hasta el fondo y haciéndola gritar en algún baño de la facultad, con la mano tapándole la boca. Pero después de esos pensamientos siempre venía un vacío. Como si supiera que eso no me iba a sostener, que ella buscaba un juego, que quería una polla o una lengua rápida, y que yo tal vez ya no quería jugar.

Una noche lluviosa, mientras caminábamos a la parada, Camila me escribió: «¿Y si un día hacemos un receso filosófico y nos vamos tú y yo a tomar algo? Solo por placer. Nada de Schopenhauer, te lo juro».

Le sonreí al teléfono. Era tentador. Era fácil. Pero justo entonces Bianca me ofreció compartir su paraguas. Estábamos muy cerca. Su perfume era tenue, casi imperceptible, y aun así me pareció el aroma más sereno del mundo.

—No me molesta la lluvia —dije casi sin pensar.

—A mí sí me molesta verte mojada —respondió, sin dramatismo, sin seducción, con una sinceridad que me paralizó.

Seguí caminando bajo su paraguas, con el mensaje de Camila esperando una respuesta que, por primera vez, no tenía urgencia de dar. Y con la certeza, muy adentro, de que la única persona a la que quería empapada esa noche era a Bianca, pero de sudor y de mi saliva, no de lluvia.

***

Después de semanas de lecturas, reuniones y silencios largos, terminamos el trabajo. Lo presentamos ante el profesor con un resultado más que digno. Me sentí orgullosa, aunque más por haberlo logrado entre nosotras que por el contenido.

Al salir al pasillo, Camila no esperó ni un segundo. Caminaba a mi lado, entusiasmada, y de pronto me tomó ambas manos, apretándolas con esa emoción tan suya.

—¡Lo hicimos, Mariana! ¡Nos salió increíble! —dijo con una sonrisa amplia, casi infantil—. ¿Viste? Éramos un buen equipo.

Sus manos cálidas sobre las mías me tomaron por sorpresa. Me reí, un poco incómoda, no porque me molestara el gesto, sino porque sentí otra mirada clavarse en nosotras.

Bianca. Estaba a pocos pasos, junto a la pared, con su bolso cruzado al cuerpo. En cuanto vio las manos de Camila sobre las mías, su rostro cambió con una rapidez casi imperceptible. No fue enojo. Fue algo más complejo: se cerró, como una flor que se repliega al atardecer. Su postura se tensó y no dijo una palabra.

Camila siguió hablando, soltando una de mis manos pero dejando la otra entre las suyas. Bianca solo se acomodó la bufanda azul y murmuró:

—Creo que ya tienes con quién celebrar.

Y se fue, con esa elegancia distante que era tan suya, pero que esa vez dolió.

Me solté con suavidad de Camila, inventando una excusa torpe, algo sobre haber olvidado un cuaderno en la biblioteca. Ella frunció los labios, con esa mezcla de decepción y resignación de quien sabe que está quedando en segundo plano. Le sonreí con culpa y me alejé antes de que dijera algo más. Porque en ese instante entendí algo: lo que Camila me ofrecía era entusiasmo, un polvo y a otra cosa. Lo que Bianca me daba era significado.

***

La encontré en un banco cerca del jardín, sentada muy derecha, las manos cruzadas sobre el regazo. El viento le movía el cabello, y la bufanda azul bailaba apenas sobre su pecho. Estaba sola, ensimismada. Aun así, me acerqué.

Respiré hondo. El aire frío me ardía en el pecho, como si el cuerpo supiera que estaba por cruzar una línea invisible.

—Bianca —dije, y mi voz salió más suave de lo que esperaba—. No sé cuándo empezó. Si fue el café que me ofreciste sin decir nada, o cuando me cubriste del viento sin un solo comentario. O cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta. Pero empecé a sentir algo.

Ella giró apenas el rostro, sin hablar, con toda su atención puesta en mí.

—No es ni parecido a lo que me pasa con Camila —hice una pausa—. Con ella hubo deseo, sí. Me halaga, me agita. Pero contigo es distinto. Es más profundo. Me llenas de calma. A mí me dan miedo los silencios… pero los tuyos no.

—Tú me asustas, Mariana —dijo con una honestidad que me desarmó—. Porque contigo no puedo esconderme. Porque me miras como si supieras lo que no me animo a decir.

—Y sí lo sé —respondí sin pensarlo—. Pero no quiero que lo digas antes de tiempo. Solo quiero estar cerca cuando lo estés.

Bianca sonrió. No con esa media sonrisa educada de siempre, sino con una lenta, sincera, como si algo por fin se permitiera florecer dentro de ella. Con timidez, extendió la mano y la apoyó sobre la mía. No la apretó. Solo la dejó ahí, compartiendo el calor. En ese gesto silencioso supe que no hacía falta decir nada más.

—¿Te gustaría ir al parque que está cruzando la avenida? —pregunté al fin—. Es tarde, pero creo que todavía queda algo de sol.

Me miró como si nadie la hubiera invitado nunca a salir sin pretextos. Luego asintió. Solo eso. Fue suficiente para que el corazón me diera un salto.

El parque estaba casi vacío. El sol bajaba lento y la luz anaranjada se filtraba entre las ramas. Nos sentamos en un banco de hierro, juntas, sin urgencia.

—Nunca me imaginé caminando así con alguien —dijo Bianca, mirando los árboles—. Pensé que ya no me iban a pasar estas cosas. Que no le iba a importar a nadie de esta forma.

La miré como se mira a alguien que ha dicho algo profundamente valiente. Me acerqué un poco. Ella no se apartó.

—A mí sí me importa. Mucho. Llegaste a un lugar de mí al que nadie más había llegado.

Volvió la mirada hacia mí, y en ese instante supe que estaba lista. No porque lo dijera, sino por la forma en que me sostuvo los ojos sin parpadear, con la vulnerabilidad tan a flor de piel que casi dolía. Me incliné despacio y rocé su mejilla con la mía. Bianca cerró los ojos. Entonces nuestras bocas se encontraron, lentas, como si se descubrieran por primera vez. No fue un beso urgente. Fue de esos que se construyen con respiraciones entrecortadas y años guardados en silencio. Pero cuando su lengua se metió tímida entre mis labios y yo la chupé despacio, sentí que se me humedecía el coño de golpe, como si el cuerpo ya supiera lo que venía después.

***

Cuando nos separamos, ninguna habló. Caminamos un rato más, las manos rozándose, midiendo el mundo nuevo que acabábamos de abrir. Fue ella quien rompió el silencio.

—No quiero que esto quede flotando, como algo que fue y no vuelve a pasar.

—Entonces ven a casa —le dije, sin rodeos. No con urgencia ni promesas. Solo con verdad.

Dudó un segundo, no de mí, sino del peso del gesto. Después asintió. Subimos al colectivo en la última luz del día. Nos quedamos de pie, una frente a la otra, sosteniéndonos la mirada entre la gente, yo con una mano en el pasamanos y la otra apenas tocando su muñeca. Esa cercanía me encendía, pero de un modo distinto: era deseo, sí, era ganas de arrancarle la ropa y meterle la lengua entre las piernas ahí mismo, pero también cuidado, pertenencia, ganas de hacer bien las cosas.

Mi departamento era pequeño, ordenado, con libros por todos lados. Encendí una luz tenue. Bianca se quedó junto a la ventana.

—¿Quieres algo? ¿Té, café? —pregunté por reflejo.

Negó con la cabeza y se volvió hacia mí.

—Solo quiero estar contigo.

Me acerqué despacio. Le tomé el rostro entre las manos, con calma, como si fuera algo frágil. Ella apoyó su frente en la mía.

—No tienes que demostrarme nada —susurré—. Solo estar aquí. Eso basta.

Abrió los ojos y los clavó en los míos.

—¿Y si quiero darte más?

—¿Estás segura? —pregunté por última vez.

—Te parecerá raro, pero es mi primera vez —respondió, y algo en su voz tembló—. Nunca me ha tocado nadie. Ni un hombre, ni una mujer. Nadie.

No le contesté con palabras. La besé, esta vez con decisión, con el peso de todo lo que veníamos conteniendo. Le mordí el labio de abajo despacio, se lo chupé, y sentí su respiración quebrarse contra mi boca. Sus manos buscaron mi cintura; las mías, su espalda. La llevé a la habitación sin dejar de mirarla, con el pulso golpeándome entre las piernas. La desnudé con calma, como si deshacer cada botón fuera un acto sagrado, pero por dentro yo ya estaba mojándome los muslos, ansiosa por verla toda.

Su cuerpo era delgado, grácil, en contraste con el mío, de contextura más ancha, de tetas grandes y caderas llenas. Esparcí entre mis dedos su pelo negro ondulado y tiré apenas para inclinarle la cabeza hacia atrás. Le mordí el cuello despacio, dejándole marca, y ella soltó un gemido bajo, sorprendida por su propia voz. Tenía los labios rosados y carnosos, tan dulces que me hice adicta a ellos con solo besarlos. Llevaba un sostén sin armadura, de lencería negra y coqueta, que hacía un contraste fascinante con su piel clara. Le empecé a lamer el borde del encaje, siguiendo con la lengua la curva del pecho, y le fui bajando el tirante con los dientes. Mientras le besaba el cuello, la sentía estremecerse contra mí, arqueándose como si no supiera qué hacer con tanto contacto. Empecé a chuparle los pezones a través de esa tela finísima, mordiéndolos apenas, humedeciendo el encaje con la saliva hasta que se le transparentaba, y sus quejidos sensuales me enloquecían.

—Dios, Mariana… —susurró, apretando los muslos—. No sabía… no sabía que se sentía así.

—Todavía no viste nada, mi amor —le dije al oído, y le mordí el lóbulo—. Voy a chuparte entera. Voy a hacerte gritar tan despacio que no te vas a dar cuenta cuándo empezó.

Se me ocurrió masajearle la espalda con aceite, para que se relajara. Le pedí que se diera vuelta. Mis manos desprendieron el sostén y empezaron a recorrerla despacio, hundiéndose en cada nudo de tensión, mientras le susurraba al oído lo hermosa que era, lo mucho que la deseaba, cómo llevaba meses imaginando ese momento. Me senté a horcajadas sobre su culo, con mis pechos rozándole la espalda desnuda, y le lamí la nuca. Ella gimió, apretando la cara contra la almohada. El aceite le brillaba en la piel, y yo le pasé la lengua por el hombro, siguiendo una gota que le bajaba por la columna. Luego la hice ponerse de frente otra vez, y le dejé caer el aceite sobre esos senos pequeños que tanto me gustaban, viéndolo escurrir en hilos brillantes hasta el vientre. Se los pellizcaba apenas, los amasaba en círculos, se los chupaba hasta dejarme el aceite en la boca, y ella se retorcía de placer, arqueando la espalda para ofrecérmelos.

—Tócame más, tócame más —pedía, y me clavaba las uñas en los hombros.

—¿Dónde? —le pregunté, sonriendo contra su pezón—. Decime dónde. Quiero oírtelo pedir.

—Ahí… más abajo… no aguanto —gimió, cerrando los ojos, colorada de vergüenza y de calentura.

—¿Puedo quitarte el pantalón?

—Sigue, por favor. Me encanta lo que me haces.

Sin apresurarme, le quité el pantalón y la ropa interior negra, tirando del encaje despacio con los dientes, arrastrándolo por sus piernas mientras le besaba la cara interna de los muslos. Su sexo, pequeño y de escaso vello, parecía sacado de un cuadro antiguo. Los labios estaban ya hinchados, brillantes de humedad, y un hilo transparente le corría hasta el pliegue del culo. Se lo abrí con dos dedos, muy despacio, y ella se estremeció al sentir el aire fresco sobre esa piel virgen. El olor me golpeó de lleno: dulce, íntimo, cargado, y sentí cómo se me contraía el propio coño de ganas.

—Sos hermosa acá abajo —le dije, mirándola a los ojos desde entre sus piernas—. Toda rosada, toda mojada por mí. ¿Te das cuenta de lo empapada que estás?

—No me digas eso… me da vergüenza —tartamudeó, tapándose la cara con el brazo.

—No te tapes. Quiero verte cuando te haga acabar.

—¿Te gustaría que mis besos bajen un poco más? —pregunté, para no hacer nada que ella no consintiera.

—Sí, sí, adelante.

Su clítoris se había erguido apenas, rosado y brillante, y ahí supe que la última barrera había caído. Empecé a estimularlo con besos ligeros, con la punta de la lengua, en círculos lentísimos, atenta a lo que le gustaba. Al principio ella se sobresaltaba con cada roce, apretando las piernas contra mi cabeza, sin saber si empujarme o retenerme. Le abrí los muslos con las manos, se los sostuve firmes contra la cama, y me hundí a lamerla entera, de abajo hacia arriba, desde la entrada hasta el clítoris, chupándole todo el jugo como si me estuviera muriendo de sed.

—Ay, dios, Mariana, dios mío… —gemía, arqueando la espalda—. ¿Qué me estás haciendo…?

De a poco fui subiendo el ritmo, probándola entera, metiéndole la lengua entre los labios, dando lametones largos y planos, luego apretando el clítoris entre los labios y chupándolo suave. Ella empezó a mover las caderas contra mi boca, tímida al principio, después con hambre, buscando más presión, más lengua. Le subí una mano por el vientre hasta un pecho y le pellizqué el pezón con dos dedos, mientras con la otra mano le acariciaba la entrada, tanteando esa carne apretada y virgen.

—¿Puedo meterte un dedo? —le pregunté con la boca pegada a su coño—. Solo uno. Despacio.

—Sí… sí, por favor… quiero sentirte adentro.

Le metí el dedo del corazón muy lento, hasta el nudillo, y la sentí cerrarse alrededor mío, apretadísima, caliente. Se le escapó un grito ahogado. Empecé a moverlo hacia adelante y hacia atrás, buscando ese punto rugoso justo detrás del hueso, mientras seguía chupándole el clítoris con la lengua plana. Ella gozaba sin oponer resistencia, moviendo las caderas contra mi cara, con los dedos enredados en mi pelo, empujándome contra ella.

—No pares, no pares, por favor no pares —me suplicaba, con la voz cortada—. Se siente… se siente demasiado…

Yo sabía que ese momento era solo suyo, para satisfacerla. Le metí un segundo dedo y curvé los dos hacia arriba, apretando ese punto interno mientras le chupaba el clítoris cada vez más fuerte. Bianca empezó a temblar de las piernas para arriba, con la boca abierta, sin voz, muda de placer. La sentí contraerse alrededor de mis dedos, una vez, dos, tres, en oleadas cada vez más fuertes, y de golpe se le escapó un grito largo, agudo, italiano, algo así como «ti amo, ti amo, cazzo, ti amo», mientras se corría en mi boca. Me llené los labios y el mentón de su corrida, chorreando tibia, y no aparté la cara: me la tragué, la lamí, seguí chupándola despacio para prolongarle el orgasmo hasta que ella misma me empujó la cabeza hacia arriba, sensible, sin poder más.

Subí por su cuerpo dejándole un rastro de besos húmedos, el vientre, entre las tetas, el cuello, y cuando llegué a su boca la besé de lleno para que se probara. Al principio se sobresaltó, después me chupó la lengua con hambre, gimiendo dentro de mi boca al saberse en mí.

—¿Así que ese es mi sabor —susurró, colorada, riéndose sin aliento.

—Ese es tu sabor. Me lo voy a acordar toda la vida.

Se quedó un rato tratando de recobrar el aire, con los pezones todavía duros y las piernas abiertas, temblando. Yo me acomodé a su lado, apoyada en un codo, y le pasé la mano por el vientre, por la cadera, disfrutándola. Entonces, con una audacia que no le conocía, ella se dio vuelta hacia mí y me puso una mano tímida en el pecho, por encima de la blusa.

—Yo también quiero… —dijo, sin terminar la frase—. Quiero probarte. Enseñame.

Me quité la ropa yo misma, para que no se pusiera nerviosa. Cuando se me cayó el corpiño y le quedaron mis tetas grandes al alcance, se le abrieron los ojos como si nunca hubiera visto unas de cerca. Me las tocó con las dos manos, las sopesó, se acercó despacio y empezó a chuparme un pezón con una torpeza tan tierna que me hizo gemir de golpe. Le acaricié la nuca.

—Así, mi amor, así… mordelo apenas… un poco más fuerte… ay, sí.

Se envalentonó. Empezó a pasar de un pecho al otro, chupando, lamiendo, mordisqueando, y su mano bajó insegura hasta mi coño, ya empapado. Le tomé la mano y se la guie, le abrí los labios con sus propios dedos, le mostré dónde estaba mi clítoris, cómo moverse en círculo, cómo entrar despacio con dos dedos. Aprendía rápido. Los ojos le brillaban de concentración, como cuando leía filosofía, y eso me daba más calentura todavía.

—¿Puedo… puedo con la boca? —preguntó, con una vergüenza deliciosa.

—Vení, bajá. No hay apuro.

Se acomodó entre mis piernas y las miró un rato, respirando fuerte, memorizándome. Después bajó la cara y me dio un primer lametón largo, tímido, del perineo al clítoris, y yo me arqueé entera. Otro, más firme. Otro. Enseguida agarró ritmo, y cuando cerró los labios alrededor de mi clítoris y empezó a chuparlo, se me escaparon las palabras.

—Ay, Bianca, mi vida, así, así, no pares… metéme la lengua, sí, sí, más adentro…

Ella gemía contra mi coño, y esa vibración me atravesó el vientre. Me hundió la lengua entre los labios, la sacó, volvió al clítoris, y todo el tiempo me miraba desde abajo, buscando aprobación. Yo la agarré del pelo, con cuidado, y le marqué el ritmo, moviéndole la cabeza contra mí. Le metí una pierna sobre el hombro para abrirme más. Sus dedos entraron con torpeza al principio, después con más confianza, y encontraron ese punto por instinto o por suerte.

—Ahí, ahí, no te muevas de ahí, seguí chupando, mi amor, me voy a correr, me voy a correr en tu boca…

Me vine con un grito que no me reconocí, agarrada de las sábanas, apretándole la cabeza contra mí, mientras las piernas me temblaban solas y una ola caliente se me escurría en su lengua. Ella no aflojó hasta que yo, riéndome y jadeando, la tuve que subir por los brazos para besarla.

—Sos una tramposa —le dije contra sus labios, sintiendo mi propio sabor en su boca—. Dijiste que era tu primera vez.

—Y lo es —susurró, con una sonrisa nueva, casi orgullosa—. Pero llevaba meses imaginándomelo. Contigo.

Todavía nos quedaba noche. Nos abrazamos, húmedas y calientes, y volvimos a empezar más despacio. Le hice descubrir la sensación de tenerme encima, tijera contra tijera, los coños pegados, resbalando uno contra el otro en el aceite y en nuestros propios jugos. Le enseñé a moverse en círculo, a apretar el clítoris contra el mío, y nos vinimos de nuevo, esta vez juntas, mirándonos a los ojos, con las bocas abiertas sin poder ni gemir. Le lamí un pecho, ella me lamió el mío. Metió la cara entre mis muslos otra vez, ya sin vergüenza, y me hizo acabar una tercera vez con dos dedos adentro y la lengua bailándome sobre el clítoris, hasta que le tuve que suplicar que parara, que no aguantaba más.

Hicimos el amor como quien se confiesa. Como quien entrega su historia en gestos, en respiraciones, en miradas que lo dicen todo. Fue crudo, fue profundo, fue real. Hubo nervios, sí, pero también risas breves y suspiros compartidos, y momentos en que sentí que el mundo entero se reducía a su coño palpitando contra mi boca, a mis tetas mojadas contra su cara, a nuestras manos empapadas de la otra.

Después nos quedamos abrazadas en la oscuridad, con las sábanas tibias enredadas entre nosotras, pegajosas de aceite y de sexo. Bianca apoyó la cabeza en mi pecho, y yo le acariciaba el cabello. La sentía respirar, con la mano todavía descansando sobre mi vientre desnudo, y eso, en ese instante, era todo lo que necesitaba.

—Gracias —murmuró, apenas audible.

—¿Por qué? —pregunté.

—Por no tener miedo de mí… cuando yo sí lo tenía.

La abracé más fuerte, sintiendo cómo su pezón todavía tibio me rozaba la piel.

—Ahora ya no estamos solas —le dije.

Y no lo estábamos. Por primera vez, lo sabía con certeza.

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Comentarios(8)

GabrielaRS

increible!!! me quede sin palabras, en serio.

NocheYLetras

Por favor seguila, quede con muchisimas ganas de saber que pasa despues entre ellas.

Carmela_Rd

Muy bien contado, se nota que tiene buen pulso para la narrativa. Sigue escribiendo!

Vale_Quilmes

Me recordo a algo que me paso hace unos años con una compañera de facultad, increiblemente parecido jaja. Muy bueno.

Naty2024

La tension del principio esta perfecta, no se hace pesada. Y el final... tremendo.

lectorx77

la callada por la callada jajaj, buenisimo

MirnaRosario

De los mejores relatos que lei en mucho tiempo. Me gusto que no sea todo tan directo, que haya esa tension acumulada antes de que pase algo. Se hizo cortisimo, quiero mas!!!

CelesteOk22

Es autobiografico o es ficcion? porque se siente muy real, muy creible todo.

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