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Relatos Ardientes

Lo que mi compañera callada no se animaba a decir

Volver a la universidad a los veintisiete fue como entrar en un cuarto que no terminaba de ser mío. Mis compañeros, casi todos más jóvenes, se movían con una sincronía que me resultaba ajena: llenos de planes, de prisa, de futuros por estrenar. Yo, en cambio, cargaba con unos años de pausa, de rodeos, de buscar mi lugar sin encontrarlo del todo. Cada mañana sentía que me desbordaban. Pero en medio de esa marea había alguien a quien no podía dejar de mirar: Bianca.

Bianca no era como las demás. Se sentaba siempre al final del aula, inmóvil, como si el resto fuera un paisaje que podía observar sin obligación de pertenecerle. Tenía la espalda tan recta que parecía desafiar el cansancio. Su rostro mostraba una serenidad casi impenetrable, y su forma de vestir era sobria, sin un solo adorno de más. Algo en ella me atraía de un modo que no sabía explicar. Tal vez fuera su acento italiano, grave y suave a la vez, o quizá ese aire de secreto que la envolvía. Lo cierto es que no dejaba de preguntarme qué se escondía detrás de esa fachada tan calma.

Nos emparejaron para el trabajo grupal de Estética. Yo estaba acostumbrada a ser la extrovertida, a hablar de más, a intentar conectar con todo el mundo. Pero Bianca era otra cosa. Nuestra comunicación era cien por ciento formal. Apenas contestaba mis correos. Cuando nos juntábamos en la biblioteca, la sentía todavía más lejana, hundida en su libro, sin ganas de interactuar. Era como si yo me estuviera entrometiendo en un espacio privado que ella no pensaba compartir.

Intenté romper el hielo varias veces. Le hablaba del trabajo, de las lecturas, de lo que creía que debíamos hacer, pero ella solo asentía en silencio, sin emoción aparente. A veces, en su mirada, alcanzaba a ver algo que no entendía: una quietud profunda, y al mismo tiempo una barrera invisible que no sabía cómo cruzar.

Una tarde, al terminar una de esas largas sesiones, decidí que tenía que intentarlo, aunque fuera torpe. No podía seguir con esa sensación de desconcierto. Mientras juntábamos nuestras cosas, le dije, un poco insegura:

—Bianca, creo que, a pesar de todo, ha sido bueno trabajar contigo.

Era un intento de aliviar la tensión. Pero algo me impulsó más allá. Sin pensarlo, me acerqué, la miré a los ojos y la saludé con un beso en la mejilla. Fue tan automático que casi no me di cuenta. Para mí era un gesto común, parte del saludo de siempre. Su reacción, en cambio, me desarmó.

Se quedó rígida, como si el roce la hubiera tomado por asalto. No movió un músculo, y sus ojos se abrieron apenas, sorprendidos. Por un segundo, el aire entre nosotras se llenó de una quietud extraña.

Me aparté rápido, con la sangre subiéndome a la cara y el corazón desbocado. Pensé que había cometido un error, que había invadido un terreno que no me correspondía. Busqué sus ojos esperando un reproche.

Pero Bianca, lentamente, dejó escapar una sonrisa tímida, apenas perceptible. Y por fin habló, con ese acento suyo, esta vez con un leve temblor:

—No esperaba esto… Mariana.

No sonó a reclamo, sino a sorpresa pura.

—Lo siento, no quería incomodarte —respondí, más nerviosa que nunca.

Inclinó la cabeza, como sopesando mis palabras, y murmuró:

—Está bien. No es eso. Es solo que no estoy acostumbrada a estos gestos. No tan de cerca, y menos contigo, que apenas me conoces.

Me quedé callada, con una mezcla de alivio e incomodidad. No era la reacción que había temido. Al menos no la había espantado del todo.

—Lo entiendo. No se repetirá —dije, sin saber bien cómo seguir.

Ella recogió sus cosas y, al levantarse, me dedicó una mirada distinta. Más cálida, aunque también más cuidadosa.

—Supongo que es un primer paso para entendernos mejor —añadió, más para sí misma que para mí.

Mientras me alejaba, me quedé con la certeza de que algo se había movido. Una grieta diminuta en su coraza. No sabía qué podía significar, pero sí que había abierto una puerta que ya no se podía cerrar.

***

Unos días después de aquel beso inoportuno, me encontré en una situación incómoda. Estaba en la sala común de la facultad, esperando a Bianca para revisar unas lecturas, cuando se me acercó una chica que apenas conocía: Camila. Morena, de acento arrastrado, de esos que delatan a quien viene del interior. Me contó que se había mudado hacía poco y que, por llegar tarde al semestre, ningún grupo la había incluido en el trabajo.

—Escuché que ustedes son solo dos. ¿Crees que podría sumarme? No quiero reprobar, y ya nadie me acepta —me dijo, con una sonrisa que mezclaba nervios y dulzura. Y, hay que decirlo, la chica era muy bonita.

Dudé. Pensé en Bianca, claro. Pero me pareció injusto dejarla afuera. Se notaba que tenía ganas de salir adelante. Así que acepté.

—Claro, no hay problema. Todavía estamos leyendo. Súmate a la próxima reunión.

Camila me agradeció dos o tres veces de más y se fue aliviada. Por dentro, yo ya sabía que había metido la pata, aunque no podía explicar por qué. Lo confirmé esa misma tarde, cuando se lo conté a Bianca y algo cambió en su cara.

Estábamos en la biblioteca, en la mesa de siempre junto a la ventana. Bianca llegó puntual, con su carpeta impecable y una lapicera que parecía de otra época. Le hablé con naturalidad.

—Hoy se nos suma alguien más. Camila. Viene de lejos y no tenía grupo. Le dije que se uniera.

Bianca no respondió enseguida. Cerró su carpeta con una lentitud casi teatral. Luego me miró con esa expresión sutil que aprendí a reconocer: no estaba enojada, estaba desplazada.

—¿Le preguntaste a alguien más si estaba de acuerdo? —dijo en voz baja, pero con un filo en la entonación.

—Bianca, solo es un trabajo. No me pareció tan grave —intenté justificarme.

—No es grave —respondió, encogiéndose de hombros—. Es solo que funciona distinto con más gente. Se pierde la concentración.

Hubo un silencio. Volvió a abrir su carpeta, pero no anotó nada. Sus dedos tamborileaban con una paciencia contenida. Y por primera vez desde que empezamos, no me miró a los ojos en toda la tarde.

Cuando Camila llegó, se presentó con la calidez que la caracterizaba, hablando con soltura, con una energía amable. Intenté incluir a las dos, pero la dinámica se tensó. Bianca casi no hablaba. Asentía de vez en cuando, corregía con elegancia cuando Camila se iba de tema, y cada tanto me lanzaba una mirada fugaz, como preguntándome en silencio qué estaba pasando.

Cuando Camila se fue, después de agradecer una vez más, Bianca recogió sus cosas sin apuro.

—Sé que fue una buena acción. No estoy en contra de la solidaridad —hizo una pausa, bajó la mirada y añadió—. Solo que pensé que con lo que avanzábamos las dos era suficiente.

No lo dijo como una recriminación, sino como alguien que se había sentido reemplazada. Y aunque no lo admitiera, había celos en su voz. No del tipo dramático. Algo más hondo, más callado: el miedo a perder un espacio que hasta entonces era solo nuestro.

***

Después de aquella reunión tensa, y cansada de coordinar todo por correo, armé un grupo de WhatsApp. Lo llamé «Trabajo Estética» y agregué a las dos. Pensé que serviría para compartir lecturas y organizar encuentros, pero con los días los mensajes tomaron otro tono.

La primera en cambiar el ritmo fue Camila. Empezó a escribir cosas que ya no eran sobre el trabajo: «¿Quién de ustedes es más fan del café? Necesito una buena excusa para hacer pausas entre tanta filosofía». O: «Mari, eres la más organizada. ¡Necesito que me adoptes como asistente personal!».

Yo contestaba con risas y algún emoji, sin pensarlo mucho. Nunca supe si lo hacía en broma o si de verdad estaba coqueteando. Lo que sí noté fue que Bianca no se lo tomaba con ligereza. Sus respuestas se volvieron más breves, más medidas. A veces ni siquiera respondía.

Lo curioso fue que, en persona, Bianca empezó a comportarse distinto. No de forma obvia. Seguía siendo discreta. Pero se quedaba un poco más después de las reuniones. Me preguntaba si había dormido bien, si había comido. Empezó a traerme café con leche, justo como me gustaba. Al principio pensé que era un gesto amable, hasta que entendí que esos detalles eran solo para mí.

Una tarde, mientras Camila hablaba con seguridad de Schopenhauer —haciéndolo sonar como el filósofo del siglo, cosa que tenía poco sentido, pero que afirmaba con tal aplomo que costaba contradecirla—, Bianca apoyó suavemente su mano sobre mi brazo para mostrarme una frase subrayada en su libro. No fue un gesto casual. Fue delicado, casi íntimo. Me congelé por dentro. No porque me incomodara, sino porque Bianca nunca había sido tan expresiva. Y ahora lo era, justo frente a Camila.

Esa misma noche recibí un mensaje suyo: «Bianca es muy seria. A veces siento que, si respiro fuerte, me saca del grupo, jaja. Menos mal que tú eres más accesible». Y otro: «Igual no me molestaría hacer otro trabajo, pero solo contigo. Para variar».

Me quedé mirando la pantalla con el corazón acelerado. No supe si reír, ignorarlo o mostrárselo a Bianca, aunque jamás lo haría. Lo dejé sin responder.

Al día siguiente, Bianca apareció con una bufanda azul oscura que no le había visto. Me dijo que era de su madre, traída de Italia hacía años. Me la ofreció para que me abrigara, porque, según ella, yo «siempre parecía vestida para la primavera, aunque hiciera frío».

Reí, algo nerviosa.

—No es común verte tan atenta —le dije, sin ocultar la curiosidad.

Bajó la mirada un instante y luego me sostuvo los ojos con una firmeza suave.

—Tal vez me estoy acostumbrando a ti.

No dijo nada más. No hacía falta. Por primera vez sentí que Bianca estaba compitiendo, a su manera. No con emojis ni dobles sentidos en el grupo, sino marcando su presencia con una taza de café, con una bufanda heredada, con una mano ligera sobre mi brazo.

***

A partir de ahí, algo cambió en mí. No de golpe. Fue como una cuerda que empezó a tensarse, casi imperceptible, pero cada vez más presente. Bianca seguía siendo tan contenida como siempre, pero sus silencios y su manera cuidadosa de estar cerca me afectaban de un modo que no sabía nombrar.

Una vez me prestó su cuaderno de notas, lleno de anotaciones de letra delicada. Entre las citas y los esquemas, descubrí una frase en italiano escrita al margen: «Non è la paura di cadere, è la paura di essere tenuta». No es miedo a caer, es miedo a ser sostenida. No se lo mencioné, pero esa línea me persiguió durante días. Sin decirlo, Bianca me estaba mostrando algo de sí misma que no enseñaba a cualquiera.

Con Camila, en cambio, todo era más simple. Más físico. Cuando me mandaba un chiste fuera de lugar o un guiño sugerente, sentía ese cosquilleo que recuerda que una sigue siendo joven. Hubo momentos en que fantaseé con su boca, con sus curvas, con esa energía que era como fuegos artificiales. Pero después de esos pensamientos siempre venía un vacío. Como si supiera que eso no me iba a sostener, que ella buscaba un juego, y que yo tal vez ya no quería jugar.

Una noche lluviosa, mientras caminábamos a la parada, Camila me escribió: «¿Y si un día hacemos un receso filosófico y nos vamos tú y yo a tomar algo? Solo por placer. Nada de Schopenhauer, te lo juro».

Le sonreí al teléfono. Era tentador. Era fácil. Pero justo entonces Bianca me ofreció compartir su paraguas. Estábamos muy cerca. Su perfume era tenue, casi imperceptible, y aun así me pareció el aroma más sereno del mundo.

—No me molesta la lluvia —dije casi sin pensar.

—A mí sí me molesta verte mojada —respondió, sin dramatismo, sin seducción, con una sinceridad que me paralizó.

Seguí caminando bajo su paraguas, con el mensaje de Camila esperando una respuesta que, por primera vez, no tenía urgencia de dar.

***

Después de semanas de lecturas, reuniones y silencios largos, terminamos el trabajo. Lo presentamos ante el profesor con un resultado más que digno. Me sentí orgullosa, aunque más por haberlo logrado entre nosotras que por el contenido.

Al salir al pasillo, Camila no esperó ni un segundo. Caminaba a mi lado, entusiasmada, y de pronto me tomó ambas manos, apretándolas con esa emoción tan suya.

—¡Lo hicimos, Mariana! ¡Nos salió increíble! —dijo con una sonrisa amplia, casi infantil—. ¿Viste? Éramos un buen equipo.

Sus manos cálidas sobre las mías me tomaron por sorpresa. Me reí, un poco incómoda, no porque me molestara el gesto, sino porque sentí otra mirada clavarse en nosotras.

Bianca. Estaba a pocos pasos, junto a la pared, con su bolso cruzado al cuerpo. En cuanto vio las manos de Camila sobre las mías, su rostro cambió con una rapidez casi imperceptible. No fue enojo. Fue algo más complejo: se cerró, como una flor que se repliega al atardecer. Su postura se tensó y no dijo una palabra.

Camila siguió hablando, soltando una de mis manos pero dejando la otra entre las suyas. Bianca solo se acomodó la bufanda azul y murmuró:

—Creo que ya tienes con quién celebrar.

Y se fue, con esa elegancia distante que era tan suya, pero que esa vez dolió.

Me solté con suavidad de Camila, inventando una excusa torpe, algo sobre haber olvidado un cuaderno en la biblioteca. Ella frunció los labios, con esa mezcla de decepción y resignación de quien sabe que está quedando en segundo plano. Le sonreí con culpa y me alejé antes de que dijera algo más. Porque en ese instante entendí algo: lo que Camila me ofrecía era entusiasmo. Lo que Bianca me daba era significado.

***

La encontré en un banco cerca del jardín, sentada muy derecha, las manos cruzadas sobre el regazo. El viento le movía el cabello, y la bufanda azul bailaba apenas sobre su pecho. Estaba sola, ensimismada. Aun así, me acerqué.

Respiré hondo. El aire frío me ardía en el pecho, como si el cuerpo supiera que estaba por cruzar una línea invisible.

—Bianca —dije, y mi voz salió más suave de lo que esperaba—. No sé cuándo empezó. Si fue el café que me ofreciste sin decir nada, o cuando me cubriste del viento sin un solo comentario. O cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta. Pero empecé a sentir algo.

Ella giró apenas el rostro, sin hablar, con toda su atención puesta en mí.

—No es ni parecido a lo que me pasa con Camila —hice una pausa—. Con ella hubo deseo, sí. Me halaga, me agita. Pero contigo es distinto. Es más profundo. Me llenas de calma. A mí me dan miedo los silencios… pero los tuyos no.

—Tú me asustas, Mariana —dijo con una honestidad que me desarmó—. Porque contigo no puedo esconderme. Porque me miras como si supieras lo que no me animo a decir.

—Y sí lo sé —respondí sin pensarlo—. Pero no quiero que lo digas antes de tiempo. Solo quiero estar cerca cuando lo estés.

Bianca sonrió. No con esa media sonrisa educada de siempre, sino con una lenta, sincera, como si algo por fin se permitiera florecer dentro de ella. Con timidez, extendió la mano y la apoyó sobre la mía. No la apretó. Solo la dejó ahí, compartiendo el calor. En ese gesto silencioso supe que no hacía falta decir nada más.

—¿Te gustaría ir al parque que está cruzando la avenida? —pregunté al fin—. Es tarde, pero creo que todavía queda algo de sol.

Me miró como si nadie la hubiera invitado nunca a salir sin pretextos. Luego asintió. Solo eso. Fue suficiente para que el corazón me diera un salto.

El parque estaba casi vacío. El sol bajaba lento y la luz anaranjada se filtraba entre las ramas. Nos sentamos en un banco de hierro, juntas, sin urgencia.

—Nunca me imaginé caminando así con alguien —dijo Bianca, mirando los árboles—. Pensé que ya no me iban a pasar estas cosas. Que no le iba a importar a nadie de esta forma.

La miré como se mira a alguien que ha dicho algo profundamente valiente. Me acerqué un poco. Ella no se apartó.

—A mí sí me importa. Mucho. Llegaste a un lugar de mí al que nadie más había llegado.

Volvió la mirada hacia mí, y en ese instante supe que estaba lista. No porque lo dijera, sino por la forma en que me sostuvo los ojos sin parpadear, con la vulnerabilidad tan a flor de piel que casi dolía. Me incliné despacio y rocé su mejilla con la mía. Bianca cerró los ojos. Entonces nuestras bocas se encontraron, lentas, como si se descubrieran por primera vez. No fue un beso urgente. Fue de esos que se construyen con respiraciones entrecortadas y años guardados en silencio.

***

Cuando nos separamos, ninguna habló. Caminamos un rato más, las manos rozándose, midiendo el mundo nuevo que acabábamos de abrir. Fue ella quien rompió el silencio.

—No quiero que esto quede flotando, como algo que fue y no vuelve a pasar.

—Entonces ven a casa —le dije, sin rodeos. No con urgencia ni promesas. Solo con verdad.

Dudó un segundo, no de mí, sino del peso del gesto. Después asintió. Subimos al colectivo en la última luz del día. Nos quedamos de pie, una frente a la otra, sosteniéndonos la mirada entre la gente, yo con una mano en el pasamanos y la otra apenas tocando su muñeca. Esa cercanía me encendía, pero de un modo distinto: era deseo, sí, y también cuidado, pertenencia, ganas de hacer bien las cosas.

Mi departamento era pequeño, ordenado, con libros por todos lados. Encendí una luz tenue. Bianca se quedó junto a la ventana.

—¿Quieres algo? ¿Té, café? —pregunté por reflejo.

Negó con la cabeza y se volvió hacia mí.

—Solo quiero estar contigo.

Me acerqué despacio. Le tomé el rostro entre las manos, con calma, como si fuera algo frágil. Ella apoyó su frente en la mía.

—No tienes que demostrarme nada —susurré—. Solo estar aquí. Eso basta.

Abrió los ojos y los clavó en los míos.

—¿Y si quiero darte más?

—¿Estás segura? —pregunté por última vez.

—Te parecerá raro, pero es mi primera vez —respondió, y algo en su voz tembló.

No le contesté con palabras. La besé, esta vez con decisión, con el peso de todo lo que veníamos conteniendo. Sus manos buscaron mi cintura; las mías, su espalda. La llevé a la habitación sin dejar de mirarla. La desnudé con calma, como si deshacer cada botón fuera un acto sagrado.

Su cuerpo era delgado, grácil, en contraste con el mío, de contextura más ancha. Esparcí entre mis dedos su pelo negro ondulado. Tenía los labios rosados y carnosos, tan dulces que me hice adicta a ellos con solo besarlos. Llevaba un sostén sin armadura, de lencería negra y coqueta, que hacía un contraste fascinante con su piel clara. Mientras le besaba el cuello, la sentía estremecerse. Empecé a besarle los pezones a través de esa tela finísima, y sus quejidos sensuales me enloquecían.

Se me ocurrió masajearle la espalda con aceite, para que se relajara. Le pedí que se diera vuelta. Mis manos desprendieron el sostén y empezaron a recorrerla despacio, mientras le susurraba al oído lo hermosa que era. Luego la hice ponerse de frente otra vez, y dejé caer el aceite sobre esos senos pequeños que tanto me gustaban. Se los pellizcaba apenas, y ella se retorcía de placer.

—Tócame más, tócame más —pedía.

—¿Puedo quitarte el pantalón?

—Sigue, por favor. Me encanta lo que me haces.

Sin apresurarme, le quité el pantalón y la ropa interior negra. Su sexo, pequeño y de escaso vello, parecía sacado de un cuadro antiguo.

—¿Te gustaría que mis besos bajen un poco más? —pregunté, para no hacer nada que ella no consintiera.

—Sí, sí, adelante.

Su clítoris se había erguido apenas, y ahí supe que la última barrera había caído. Empecé a estimularlo con besos ligeros, atenta a lo que le gustaba, y de a poco fui subiendo el ritmo, probándola entera. Ella gozaba sin oponer resistencia. Yo sabía que ese momento era solo suyo, para satisfacerla. Se vino pronto en mi boca, y me quedé recibiendo su placer como quien recibe algo precioso.

Hicimos el amor como quien se confiesa. Como quien entrega su historia en gestos, en respiraciones, en miradas que lo dicen todo. Fue dulce, fue profundo, fue real. Hubo nervios, sí, pero también risas breves y suspiros compartidos, y momentos en que sentí que el mundo entero se reducía a su cuerpo junto al mío.

Después nos quedamos abrazadas en la oscuridad, con las sábanas tibias enredadas entre nosotras. Bianca apoyó la cabeza en mi pecho, y yo le acariciaba el cabello. La sentía respirar, y eso, en ese instante, era todo lo que necesitaba.

—Gracias —murmuró, apenas audible.

—¿Por qué? —pregunté.

—Por no tener miedo de mí… cuando yo sí lo tenía.

La abracé más fuerte.

—Ahora ya no estamos solas —le dije.

Y no lo estábamos. Por primera vez, lo sabía con certeza.

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Comentarios (5)

GabrielaRS

increible!!! me quede sin palabras, en serio.

NocheYLetras

Por favor seguila, quede con muchisimas ganas de saber que pasa despues entre ellas.

Carmela_Rd

Muy bien contado, se nota que tiene buen pulso para la narrativa. Sigue escribiendo!

Vale_Quilmes

Me recordo a algo que me paso hace unos años con una compañera de facultad, increiblemente parecido jaja. Muy bueno.

Naty2024

La tension del principio esta perfecta, no se hace pesada. Y el final... tremendo.

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