La primera mujer que me hizo gozar fue la madre de él
Camila era la novia de Andrés y, casi sin que nadie lo decidiera, se había convertido en algo parecido a la hija de Lorena. Pasaba más tiempo en el apartamento de su suegra que en su propia casa, y eso era exactamente lo que Lorena quería. La relación entre ellas dos era mil veces mejor que la que el chico tenía con su madre. Lorena era su confidente: no había nada en la vida de Camila que ella no supiera, hasta los detalles más íntimos de lo que pasaba a puerta cerrada con su hijo.
Desde el primer día la había recibido con los brazos abiertos. Al principio Camila iba poco, de tanto en tanto, pero cada vez que llegaba Lorena la colmaba de atenciones y de halagos. La invitaba a quedarse a dormir, le mostraba dónde estaba cada cosa sin moverla nunca de su sitio, para que la tomara ella misma como en su propia casa. Tardó unos meses en educarla, pero al final lo consiguió: no quería una invitada, quería que entendiera que aquella también era su casa.
—Acostúmbrate a tener dos casas —le decía, y se reía.
A la hora del almuerzo la atendía igual que a Andrés. Le llevaba el plato al comedor, le lavaba la ropa, paraba lo que estuviera haciendo para dedicarle toda su atención cuando se quedaban solas. La única excepción era cuando cocinaba, porque eso no se podía interrumpir; entonces le acercaba una silla y le hablaba mientras pelaba papas. Camila terminó por enamorarse de esa casa, de esa mujer, de esa manera de ser tratada. Tenía las llaves. Entraba cuando quería. Dormía hasta en la cama de Lorena si le apetecía.
Lo que Camila jamás se habría imaginado era que Lorena estaba enamorada de ella desde la primera vez que la vio.
***
A Lorena le gustaban las mujeres. Por eso se había separado tan joven, porque no estaba dispuesta a vivir el resto de su vida al lado de un hombre por el que no sintiera nada. Solo le llevaba dieciséis años a Camila, los mismos que tenía cuando nació su hijo. Pero lo importante no era la cuenta de los años, sino que amaba a aquella muchacha con una intensidad serena, sin rabia y sin pelea. Uno no elige de quién se enamora, y a ella le había tocado con la novia de Andrés.
No lloraba por no poder tenerla. No guardaba rencor porque le perteneciera a su hijo. Se desahogaba de noche, sola en su habitación, fantaseando con ella mientras se tocaba. Y tenía con qué fantasear, porque a Camila le encantaba andar en ropa interior por la casa, igual que hacía en la suya. Cada vez que la veía cruzar el pasillo medio desnuda, algo se encendía dentro de Lorena, algo que llevaba años guardando bajo vestidos anchos y un pelo sin peinar.
Porque Lorena, debajo de toda esa discreción, escondía a otra mujer. De joven, antes de ser madre, había aprovechado las ausencias de su marido comerciante para meter mujeres en su cama y entregarse a lo que de verdad deseaba. Fueron tantas que perdió la cuenta. Cuando nació Andrés decidió que tendría que reprimir todo aquello para dedicarse a criarlo. Pero esa parte de ella nunca murió del todo. Seguía ahí, agazapada, esperando. Y Camila, paseándose semidesnuda por el apartamento, la había despertado.
A sus treinta y ocho años, Lorena todavía conservaba un cuerpo que ocultaba con esmero: alta, delgada sin ser flaca, la piel blanca, el pelo rojizo y ondulado hasta media espalda, los ojos de un azul claro. Camila tenía veintidós y era pelirroja como ella, un poco más baja, la piel pálida salpicada de pecas que le cruzaban la nariz y los hombros, los ojos verdes enormes. De esa muchacha estaba enamorada Lorena. Y de esa muchacha se mojaba cada tarde sin que ella lo supiera.
***
Llevaban ya una semana solas. Andrés estaba fuera del país y Camila se había mudado al apartamento para hacerle compañía a su suegra hasta que él volviera. Aquella tarde la ropa interior de Camila era transparente, y el día se le había hecho eterno a Lorena de tantas veces que tuvo que apartar la mirada. Estaba sentada en la cama, a punto de tocarse, cuando la puerta se abrió.
—Hoy voy a dormir contigo. Me siento sola y quiero compañía —anunció Camila.
—Claro, mi amor. Mi cama es tuya, ya lo sabes —respondió Lorena, y le temblaba la voz sin que la otra lo notara.
Camila se subió a la cama con esa ropa interior y nada más. Empezaron a hablar como siempre. Lorena, al verla tendida a su lado, sintió que el corazón le golpeaba en los oídos. Lo que no había advertido durante el día era que la tela transparente también dejaba ver el pecho, sin necesidad de esforzarse. Iba a levantarse a apagar la luz cuando Camila apoyó la cabeza sobre sus piernas.
—Mímame un poco. Me siento rara, seguro que con tus caricias se me pasa.
Qué más podía pedir Lorena. Empezó por los brazos, despacio, descubriendo al fin cómo era esa piel bajo sus dedos. Camila se acurrucó contra ella y suspiró.
—Mejor siéntate entre mis piernas, así te abrazo y te mimo bien —propuso Lorena, recostándose contra el espaldar.
—Buena idea, así también me abrazas —dijo Camila, sin imaginar nada.
***
Lorena le recorrió los brazos con la yema de los dedos. Después la rodeó por la cintura y, con un descaro que ella misma no se reconocía, dejó las manos justo bajo el pecho. Camila no dijo nada. Le apartó el pelo y le besó el cuello, una vez, otra, una tercera para estar segura. No me detiene, pensó. Bajó las manos por los muslos, los acarició, los fue acercando despacio hacia donde ardía, y la muchacha seguía quieta, como si nada ocurriera, acariciándole a su vez las piernas.
No quedaba nada más atrevido que un beso. Lorena la recostó contra su pecho, le tomó la barbilla y posó los labios sobre los suyos. Camila se giró, le devolvió el beso con una urgencia que lo decía todo, y mientras se besaban Lorena le desabrochó el sostén. La muchacha bajó los brazos para dejarlo caer. Mi fantasía se hizo real, fue lo último que pensó con claridad.
Camila estaba excitada de un modo nuevo. Nunca había estado con una mujer, nunca lo había imaginado siquiera, pero lo que sentía en ese momento era demasiado delicioso para detenerse. Le daba un morbo enorme que fuera precisamente con ella, con la madre de su novio. Y se preguntaba, con el corazón acelerado, si sería capaz de probar a otra mujer. La curiosidad le quemaba tanto como el deseo.
—Quiero que me hagas tuya —le susurró al oído.
Aquellas palabras encendieron a Lorena por completo, porque eran las mismas que tantas noches había imaginado. Dejó que la mujer que reprimía desde hacía años tomara el control. La recostó en la cama, le besó el cuello y notó cómo Camila suspiraba al contacto de su lengua. No tenía ninguna prisa. Iba a darle placer despacio, punto por punto, hasta enseñarle lo que era el deseo de verdad.
***
Lorena le recorrió el cuello con la lengua sin dejar de acariciarle el pecho, y Camila empezó a respirar con fuerza, a gemir sin control. Era uno de sus puntos más sensibles y ella lo había adivinado en seguida. La muchacha apretaba las sábanas entre los dedos, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera ese placer que le subía por la espalda. Una idea le cruzaba la mente una y otra vez, sucia y deliciosa: estaba en la cama de su suegra, dejándose dominar por la mujer que la había tratado como a una hija.
Lorena bajó hasta el pecho y se entretuvo allí un buen rato, lamiendo y mordiendo apenas, mientras le apretaba las nalgas con las manos. Después le buscó los pies, pequeños, y los recorrió con la lengua dedo por dedo, escuchando cómo los gemidos de Camila se volvían más altos cada vez. Le encantaba tomarse su tiempo, demorarse en cada rincón, escuchar el efecto de cada caricia.
—Es la primera vez que alguien me hace sentir así —jadeó Camila, y era verdad. Nadie se había detenido nunca tanto en darle placer sin tocarle siquiera el centro.
Lorena empezó a subir la lengua por las piernas. Camila temblaba. Llegó a los muslos y le dio pequeños mordiscos, y con cada uno la muchacha se retorcía como si la electricidad le recorriera el cuerpo. Le quitó la última prenda y Camila, llevada por un impulso, abrió las piernas de par en par. Lorena se tomó un instante para mirarla, para grabarse esa imagen que tantas veces había imaginado a oscuras. Después bajó la cabeza y la hizo suya con la boca.
Camila se arqueó por completo. El placer le estallaba en oleadas y no sabía si todas las mujeres harían lo mismo que Lorena; solo sabía que nadie la había hecho sentir así. Se sentía la mujer más atrevida del mundo, gimiendo bajo la lengua de su suegra, y cuanto más lo pensaba más se entregaba. Lorena no quería parar nunca. El sabor, el calor, los gemidos de la muchacha que amaba en silencio: era todo lo que había deseado durante años, concentrado en una sola noche.
Cuando subió hasta el clítoris y lo succionó, Camila ya no pudo aguantar. El orgasmo la sacudió largo y violento, el mejor de su vida, y la dejó temblando hasta los labios, jadeando, incapaz de mover el cuerpo. Lorena se incorporó y la besó, y Camila sintió en esa boca su propio sabor, y aquello volvió a encenderla.
***
—Ahora te toca a ti —murmuró Camila, empujándola con suavidad sobre la cama.
Ya había sido dominada. Ahora quería el placer de descubrir ese otro cuerpo. Le besó el cuello, le acarició el pecho y bajó la mano hasta encontrarla mojada, mucho más de lo que esperaba. La curiosidad se le convirtió en deseo. Le quitó la última prenda y, dejándose llevar por el instinto, posó la lengua entre sus piernas por primera vez en su vida. El olor, el sabor, la sensación de tener a su suegra entregada bajo su boca: todo la enloquecía.
Lorena gemía y suspiraba al mismo tiempo, ahogándose en sus propios sonidos. Hacía demasiado que no estaba con nadie, y que fuera Camila, justo la mujer que amaba, quien le diera ese placer, lo multiplicaba todo de un modo que no había previsto.
—No te imaginas lo que me estás haciendo sentir —dijo, y se aferró a las sábanas mientras la espalda se le arqueaba sola.
Camila la miró fijo a los ojos sin dejar de moverse, y esa mirada le arrancó a Lorena un temblor que recorrió todo su cuerpo. No quería detenerse, no quería perder esa boca, pero ya no pudo controlarse y se vino con un orgasmo que la dejó deshecha. Cuando por fin relajó el cuerpo, Camila se sentó encima de ella y la besó despacio.
—¿Te gustó? —preguntó la muchacha, con una sonrisa.
—Más de lo que puedas imaginar. ¿Y a ti?
—Más de lo que puedas imaginar —repitió ella, riéndose.
***
Lorena la sentó otra vez entre sus piernas, contra su pecho, y empezó de nuevo: la lengua en el cuello, una mano en el pecho y la otra bajando despacio hasta hundirle los dedos. Camila se recostó con fuerza contra ella y volvió a perderse. Lo que más la había encendido desde el principio era justo eso, estar sentada entre sus brazos, rodeada, mientras Lorena combinaba tres cosas a la vez como si le leyera los pensamientos.
—Qué manos tienes —alcanzó a susurrar, con el cuerpo bañado de placer.
Sentía como si quisiera fundirse en ella, meterse dentro de su cuerpo, un deseo que nunca antes había tenido por nadie. Empujaba las caderas hacia atrás buscándola, y Lorena disfrutaba cada empujón. No dejó de besarle el cuello ni de moverle los dedos hasta que Camila, incapaz de soportar un instante más, se vino otra vez, perdiéndose en uno de los mejores orgasmos de su vida.
Cuando terminó, le tomó las manos y se las puso sobre el vientre. Giró la cara y la besó.
—Fue algo mágico lo que me hiciste sentir esta noche.
—También lo fue para mí, hermosa —dijo Lorena, apretándola contra su pecho.
—¿Lo volverías a hacer? —preguntó Camila, con una voz muy tierna.
—Todas las veces que quieras.
Y así se quedaron, hablando de una cosa y de otra como hacían siempre, hasta que el sueño las venció y Camila se durmió acurrucada en los brazos de la mujer de la que, sin saberlo, también se había enamorado.