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Relatos Ardientes

La cabo de radio cerró el pestillo de mi cabina

Llamé a la puerta del despacho con dos golpes secos y di un paso atrás. La voz del comandante tardó unos segundos en responder desde dentro.

—Adelante.

Entré con paso firme, me detuve a un metro del escritorio y me cuadré. El comandante Eikre seguía leyendo el expediente que tenía abierto frente a él. Apenas alzó la mano para indicarme una silla.

—Descanse, teniente Aaberg. Siéntese.

Obedecí en silencio. Paseé la mirada por las paredes del despacho, llenas de diplomas enmarcados y placas con menciones, mientras intentaba controlar el nudo que se me iba apretando en el estómago. Nunca antes me habían convocado de aquella forma.

Cuando por fin cerró la carpeta, entrelazó los dedos sobre el escritorio.

—Veo en su expediente que todos sus destinos han sido en tierra firme. Nunca ha embarcado.

—Así es, señor. No desde la fase de cadete.

—No me gusta tomar este tipo de decisiones de un día para otro, prefiero acondicionar a mis oficiales con tiempo. No me queda otra opción. Debe usted sustituir al médico del Tritón, evacuado de urgencia hace dos días. El submarino se dirige a las costas del Mediterráneo oriental y la espera amarrado en El Ferrol.

Tragué saliva en silencio. Un submarino. Cuatro meses bajo el agua.

—Tiene cuarenta y ocho horas para incorporarse —añadió, deslizando un dossier sobre la mesa—. Puede marcharse.

—A la orden, señor.

Salí del despacho con las piernas un poco flojas. La medicina militar me había pagado los estudios y un sueldo desde el primer año de carrera. Aquel era el precio. Me lo había repetido tantas veces a lo largo de los años que ya no necesitaba decírmelo otra vez.

***

Cuarenta y ocho horas después, una llovizna fría me golpeaba la cara mientras avanzaba por el muelle. La pasarela del Tritón era estrecha y resbaladiza. Dos soldados la flanqueaban. Les tendí el dossier.

—Permiso para subir a bordo.

—Permiso concedido, teniente. El capitán pidió que se reuniera con él en cuanto llegara. Sala de mando.

Subí por la pasarela despacio. En cuanto puse el pie dentro del casco, el ambiente cambió por completo. El aire era denso, ligeramente metálico, y la luz parecía absorber los colores. Tuve que agacharme para no rozar las tuberías del techo. Las paredes estaban demasiado cerca; ya entendía por qué la gente hablaba del «efecto ataúd».

El capitán Vinter era un hombre seco, de cincuenta y tantos, con la barba recortada y unas manos enormes. Apenas terminé el saludo, dejó el mando a su segundo y me invitó a seguirlo por el pasillo central.

—Es su primera vez en un submarino, ¿verdad?

—Sí, mi capitán.

—Cuatro meses son muchos cuando no se ha hecho antes. Le advierto que el espacio aquí es limitado. Demasiado limitado. La mayoría de la tripulación duerme en sistema de cama caliente, los oficiales tenemos cierto privilegio, pero también una particularidad —se detuvo un instante para mirarme—. A bordo solo hay otra mujer, la cabo Lindgren, operadora de radio. Aunque no es habitual que un oficial comparta cabina con suboficiales, en este caso van a compartirla ustedes dos. Sus turnos son distintos, casi no van a coincidir. Confío en que no le suponga un problema.

—Ninguno, mi capitán.

—Comemos cuando se puede, dormimos cuando se puede y nos ahorramos los saludos. Esto no es un buque de superficie. Sus turnos son de doce horas, pero por ser usted la única médica a bordo, estará siempre de guardia. ¿Entendido?

—Entendido, mi capitán.

Me señaló una puerta estrecha al final del pasillo.

—Esta es su cabina. Acomódese. La cena empieza a las dieciocho y media. Su turno comienza a las veinte cero cero.

Se fue por donde había venido. Yo abrí la puerta y me quedé un instante en el umbral. La cabina era diminuta. Un camastro encajado en la pared, una mesa abatible, una silla y dos taquillas. El olor era una mezcla de aceite y plástico recalentado, con algo más, algo dulce que no supe identificar.

Tardé diez minutos en colgar las dos batas blancas y las tres mudas que llevaba en el petate. Me senté en el camastro, me desabroché las botas y me dejé caer hacia atrás. Cerré los ojos. Cuando estaba a punto de quedarme traspuesta, la puerta se abrió.

—Buenas tardes, teniente.

Me incorporé sobre los codos. Era una chica menuda, de no más de uno sesenta, con un petate pequeño en la mano. Llevaba el cabello recogido en un moño bajo. Era rubio, casi blanco. Los ojos, en cambio, eran grises, casi del color del acero pulido. Tenía la piel tan pálida que las pecas, pequeñísimas y rubias, se confundían con ella.

—Descanse, cabo Lindgren. Si vamos a vivir las dos en este agujero, prefiero que dejemos los saludos. Yo soy Sigrid. ¿Y usted?

—Mareike —sonrió con timidez—. Lamento que tenga que compartir el espacio conmigo. Esta cabina la compartían antes el doctor anterior y su enfermero, el alférez Holm, que ha tenido que mudarse al cubículo de los suboficiales.

—¿Compartía usted antes cabina con cinco hombres?

—No había sitio para un espacio privado. Ahora que somos dos mujeres a bordo es más sencillo.

Me la quedé mirando un par de segundos más de lo debido. Mareike era pequeña pero tenía un cuerpo fibroso, casi de gimnasta. Se movía con una ligereza que en aquel pasillo angosto se notaba todavía más.

—¿Cómo se hace para no volverse loca en un sitio tan agobiante?

—Se acostumbra una. ¿Tiene claustrofobia?

—Que yo sepa, no. Es mi primera vez en un submarino.

—Vamos a estar varios días amarrados antes de zarpar. Le servirá para habituarse poco a poco. Si quiere descansar, hágalo. Yo acabo de salir de turno y voy a comer algo.

—Espere. ¿Puedo acompañarla? Mi turno no empieza hasta dentro de tres horas y sería bueno empezar a familiarizarme con la gente.

—Por supuesto, teniente.

—Sigrid.

—Sigrid —repitió, y bajó la mirada como si decirlo en voz alta le hubiera costado algo.

***

Los dos primeros días los pasé alternando turnos de doce horas en la enfermería con ratos cortos de sueño en aquel camastro. Apenas coincidía con Mareike, salvo en cruces de pocos minutos cuando ella entraba a dormir y yo salía hacia la sala de máquinas, o al revés. Los oficiales me trataban con cortesía, pero con esa distancia que se reserva al recién llegado.

La tercera tarde estaba sentada en el camastro repasando unos protocolos cuando se abrió la puerta. Mareike entraba vestida con el uniforme de paseo, la cazadora azul oscuro abierta y el pelo suelto por primera vez sobre los hombros.

—¿No va a bajar a conocer el puerto?

—No puedo. El capitán me dijo que cuando no estuviera de turno estaría de guardia.

—De guardia, sí, pero no encerrada. Puede salir mientras lleve el teléfono encima y se mantenga a sesenta minutos del puerto. Nadie le ha dicho que se quede aquí dentro a respirar plástico.

—No lo sabía.

—Si le apetece, conozco un poco esta ciudad. Puedo enseñársela.

—Eso sería estupendo. Quince minutos.

—La espero en cubierta.

***

La tasca estaba a tres calles del puerto. Era un local antiguo, con barricas de madera por mesas y carteles amarillentos en las paredes. La mayoría de los clientes eran marineros locales, algunos extranjeros con uniformes que yo no sabía leer. Nos sentamos junto a una ventana empañada por el vapor.

Mareike pidió por las dos. Vino tinto, un par de raciones, pan. Hablaba con el camarero como si lo conociera de antes y luego, cuando volvía la cara hacia mí, lo hacía con otra voz, más suave, más curiosa.

Me sorprendió lo distinta que era fuera del submarino. Dentro del casco se movía con la cabeza baja y la voz contenida, casi como si pidiera disculpas por ocupar espacio. Allí, en cambio, hablaba con las manos, se reía con los hombros y me miraba a los ojos durante un par de segundos de más antes de bajar la vista al vaso.

Yo la observaba sin poder evitarlo. Había algo en la forma en la que se apartaba un mechón rubio detrás de la oreja que me obligaba a desviar la mirada. Nunca había estado con una mujer. Lo había pensado alguna vez, lo había descartado tantas otras. Pero aquella tarde, con el vino subiéndome despacio por las venas y la voz de Mareike contándome anécdotas de patrullas, no podía dejar de imaginar cosas que no debía imaginar. Me la imaginaba desnuda encima de mí, sus tetas pequeñas rozándome la boca, sus dedos metiéndose entre mis piernas. Se me apretaba el coño de solo pensarlo, y noté que me estaba mojando dentro del pantalón de reglamento.

Es la altura, el encierro, el cansancio, me dije. Mañana se me pasa.

—¿En qué piensa, Sigrid? —me preguntó de pronto.

—En nada. En el frío de fuera.

Me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario y volvió a sonreír. No supe leer aquella sonrisa.

Cuando entraron en la tasca dos marineros del Tritón, la saludaron a gritos desde el otro lado del local. Mareike los invitó a sentarse con nosotras. La conversación se llenó de palabras técnicas que yo no entendía, anécdotas de patrullas anteriores, bromas de cuartel. Yo apenas hablé. Solo la miraba a ella.

***

Regresamos al submarino casi tres horas antes de que comenzara su turno. Caminé detrás de ella por la pasarela y luego por el pasillo central. La luz amarilla del techo le caía sobre el pelo suelto. No podía dejar de mirarle la nuca.

Entramos en la cabina y cerré la puerta tras de mí. Mareike dejó la cazadora en el respaldo de la silla. Su camisa blanca, de reglamento, le quedaba un par de tallas grande y se le abría un poco en el cuello al moverse.

Me senté en el camastro y empecé a desabrocharme las botas. Sentía sus ojos siguiéndome. Cuando me incorporé para colgar la guerrera, nuestros movimientos se cruzaron en el espacio mínimo de la cabina y mi brazo le rozó el suyo. Ninguna de las dos se apartó.

—Sigrid —dijo, casi en un susurro—, ¿le importa si cierro el pestillo?

—¿Para qué?

—Para que nadie entre sin avisar.

Asentí. No supe qué otra cosa hacer.

Oí el clic del seguro y, sin volverme, supe que ella se acercaba. Mis manos se quedaron quietas a medio camino de quitarme la camisa. Mareike se detuvo a mi espalda. Sentí su aliento en la nuca antes de sentir sus dedos.

—Si quiere que pare, me lo dice y paro —murmuró—. No tengo intención de meterla a usted en un problema.

—No pare —respondí, sin reconocer mi propia voz.

Sus manos descendieron despacio por mis brazos. Me giró poco a poco. Mareike estaba muy cerca, con esa expresión tranquila y curiosa que tenía en la tasca. Me miró los labios un segundo, dudó y después se inclinó.

El primer roce fue apenas un contacto. Cerré los ojos. La segunda vez, sus labios se apoyaron de verdad sobre los míos y la punta de su lengua me pidió permiso. Lo abrí. No supe en qué momento mis manos terminaron en su cintura.

El beso fue lento, profundo, sin prisa, pero enseguida se le fue de las manos. Su lengua entró en mi boca y empezó a follármela despacio, y yo se la chupé de vuelta como si llevara meses sin besar a nadie. Sentí un escalofrío bajarme por la columna cuando ella deslizó una mano por mi nuca y enredó los dedos en mi pelo, tirando lo justo para hacerme abrir más los labios.

Cuando se apartó, las dos respirábamos rápido. Apoyó la frente en la mía. Yo me tapé la cara con las manos.

—¿Qué me está pasando? —susurré—. ¿Qué estoy haciendo?

Mareike no respondió enseguida. Me apartó las manos de la cara con suavidad y me obligó a mirarla.

—Eso lo decide usted, Sigrid. Yo cerré el pestillo. Pero ahora abro la puerta si me lo pide.

La miré. Pensé en el capitán, en el reglamento, en los cuatro meses que teníamos por delante en aquel casco de acero. Pensé en la cabo de uniforme blanco que me esperaba con la mano todavía en mi pelo. Pensé en todo lo que tenía que perder.

Y, sin embargo, me oí decirle que no abriera.

Mareike sonrió muy despacio, como si acabara de recibir un permiso que había estado esperando toda la tarde. Sin dejar de mirarme, me terminó de desabrochar la camisa. Botón a botón. Cuando me la abrió, me pasó los nudillos por el esternón, entre los pechos, y bajó hasta el ombligo. Yo tenía la piel de gallina y los pezones tan duros que se marcaban debajo del sujetador militar.

—Está temblando —murmuró.

—No es de frío.

Me empujó suavemente hasta que quedé sentada en el borde del camastro. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, en aquel hueco imposible entre la mesa abatible y mis rodillas, y me terminó de sacar la camisa por los hombros. Después me pasó las manos por la espalda y me desabrochó el sujetador con dos dedos, sin dejar de mirarme a los ojos. La prenda cayó al suelo entre nosotras.

Se me quedó mirando las tetas un segundo largo, como si estuviera decidiendo por dónde empezar. Luego se inclinó y me chupó un pezón. No lo tocó con timidez: lo tomó entero con la boca, lo apretó con la lengua contra el paladar, tiró de él con los labios hasta que se me escapó un jadeo. Con la otra mano, me apretaba el otro pecho y me pellizcaba el pezón entre el pulgar y el índice, girándolo hasta que empecé a arquear la espalda.

—Joder —susurré—. Joder, Mareike.

—Chsss. Baja la voz. Las paredes son de acero.

Cambió de pecho. Me chupó el otro pezón con la misma calma metódica, mordisqueándolo apenas con los dientes, y me arrancó otro gemido que tuve que morderme en el hombro para ahogar. Sus manos ya no estaban en mis tetas. Estaban en el cinturón de mi pantalón, desabrochándolo, bajándome la cremallera.

—Levanta el culo.

Obedecí. Me sacó el pantalón y las bragas de una sola vez, deslizándolos por mis muslos, y me quedé desnuda sobre el camastro. Ella seguía vestida, con la camisa blanca de reglamento y el pelo suelto sobre los hombros. Me miró de arriba abajo sin ningún pudor, como se mira un cuerpo que va a ser tuyo un rato.

—Abre las piernas.

Las abrí. Me abrí para ella con una obediencia que no sabía que tenía dentro. Mareike se pasó la lengua por los labios y bajó la cara. Me sopló despacio en el coño antes de tocarlo, y aquel simple soplo me hizo cerrar los puños contra la sábana.

Su lengua entró plana, larga, lamiendo de abajo hacia arriba, desde la abertura hasta el clítoris. Se me escapó un quejido ronco. Repitió el movimiento tres veces, cada vez más despacio, hasta dejarme temblando. Después se concentró en el clítoris. Lo rodeó con la punta de la lengua, dio vueltas alrededor, lo aplastó contra el paladar, lo chupó como si fuera un dulce diminuto.

Yo apretaba los labios para no gritar. Le hundí una mano en el pelo y le empujé la cara contra mi coño sin ni siquiera pensarlo. Ella se dejó. Metió dos dedos dentro de mí, despacio, y yo sentí cómo se me abrían las paredes húmedas para recibirlos. Empezó a follarme con los dedos mientras me chupaba el clítoris, buscando un punto por dentro, curvándolos hacia arriba. Cuando lo encontró, se me escapó un gemido tan largo que tuve que taparme la boca con el brazo.

—Así, quieta —murmuró ella contra mi coño—. Ya casi.

Movía los dedos rápido, sin parar de chupar. Yo sentía el orgasmo subiéndome desde los talones, apretándome el vientre, dejándome las piernas rígidas alrededor de sus hombros. Cuando me corrí, me corrí en su cara, con los muslos temblando, mordiéndome el puño para no despertar al submarino entero. Ella no paró hasta que me quedé floja sobre el camastro, con el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr.

Se levantó del suelo. Tenía la barbilla brillante. Se la limpió con el dorso de la mano y sonrió.

—Ahora yo —dijo.

Me puse de rodillas en el camastro, todavía temblando, y le empecé a desabrochar la camisa blanca con dedos torpes. Ella me ayudó. Debajo llevaba un sujetador deportivo negro que se sacó tirando de él por la cabeza. Sus tetas eran pequeñas, altas, con los pezones rosa muy pálido, casi del mismo color que su piel. Se los chupé enseguida, uno y después el otro, imitando lo que ella me había hecho, y sentí cómo se le endurecían en mi lengua.

—Túmbate —le pedí.

Se dejó caer de espaldas en el camastro. Le bajé el pantalón azul oscuro y las bragas negras al mismo tiempo. Su coño era rubio, con muy poco vello, y tenía los labios finos, muy rosados, brillantes de lo mojada que estaba. Nunca había visto uno tan de cerca que no fuera el mío. Me quedé mirándolo un instante, con la boca seca.

—No hace falta que sepas —dijo, adivinándome—. Solo haz lo que te gustaría que te hicieran a ti.

Me tumbé entre sus piernas. La besé primero por dentro de los muslos, subiendo despacio, y sentí cómo se estremecía cada vez que me acercaba al centro sin llegar. Cuando por fin le pasé la lengua por el coño, ella tuvo que morderse el labio para no gritar. Sabía a sal y a algo más dulce, y estaba tan mojada que se me empapó la barbilla en el primer lametazo.

La chupé como pude, torpe al principio, aprendiendo a leer cómo se movían sus caderas contra mi boca. Cuando bajaba, ella se quejaba en un susurro y me tiraba del pelo para que subiera. Cuando encontré su clítoris y me quedé allí, chupando y dando vueltas con la lengua, se le empezaron a tensar los muslos alrededor de mi cabeza.

Le metí un dedo dentro y sentí cómo se cerraba en mí, apretada, caliente. Metí un segundo. Empecé a follarla con los dedos como ella me había follado a mí, curvándolos hacia arriba, buscando el punto, mientras seguía comiéndole el coño. Mareike se llevaba una mano a la boca para ahogar los gemidos y con la otra me apretaba la nuca contra ella.

—No pares —jadeó—. No pares, Sigrid, joder, no pares.

Aceleré. La lengua, los dedos, todo a la vez. La sentí ponerse rígida un segundo antes de correrse. Se corrió con un gemido largo, ahogado en su propia mano, apretándome la cabeza con los muslos con una fuerza que no parecía tener aquel cuerpo pequeño. Sus paredes internas me apretaron los dedos en oleadas mientras yo seguía chupándole el clítoris hasta que ella me apartó la cara, demasiado sensible ya.

Me dejé caer a su lado en el camastro. Éramos dos cuerpos desnudos apretados en un espacio en el que apenas cabía uno. Su piel estaba caliente, húmeda, olía a vino y a sexo. Me pasó un brazo por debajo del cuello y me atrajo hasta que quedé apoyada en su hombro.

—¿Estás bien? —me preguntó en voz muy baja.

—No sé lo que estoy —contesté.

Me besó en la sien. Nos quedamos así un rato, calladas, escuchando el zumbido sordo del casco. Yo sentía el corazón golpeándome todavía contra las costillas.

Cuatro meses. Cuatro meses en aquel casco de acero, con esta mujer durmiendo en la cama de arriba y el pestillo a un metro de la mano. Cerré los ojos. Ya no pensaba en el capitán ni en el reglamento. Solo pensaba en cuánto faltaba para su próximo turno libre.

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Comentarios(7)

TamaraLv

Tremendo relato, me tuvo pegada hasta el final!!!

SolanaKR

El ambiente que describe es increible, te transporta completamente. Muy bien escrito.

lector_ansioso

Espero que haya segunda parte! La tension del comienzo estuvo perfecta, quede con ganas de mas

MarcelaBA

Jaja ese detalle al principio me mato... y despues ya no hubo risas jajaj. Buenisimo

Rokdr

Muy bueno, diferente a lo habitual. Mas de esto por favor!!

Valdez_GBA

Corto pero intenso, se hizo muy corto queria que siguiera

Carmencita_88

Que bien narrado, se siente que lo vivis mientras lees. Sigue escribiendo!!!

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