Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche de luna roja con mi musa virtual

Conocí a Camila hacía poco más de un año, sin saber siquiera cómo era su voz. Apareció en mi pantalla una tarde cualquiera, con una foto de perfil borrosa y el pelo castaño cayéndole sobre los hombros. Empezamos a hablar de tonterías —música, libros, lo aburrido del trabajo de oficina— y en cuestión de días yo ya no podía dormir sin abrir antes nuestra conversación.

Era distinto a todo lo que había sentido antes. Yo apenas había tocado a otras chicas. Tres, quizá cuatro, en encuentros torpes que terminaron sin saber muy bien qué hacer con las manos. Era novata en eso de salir con mujeres y lo admitía sin pudor. Camila, en cambio, parecía saber lo que quería. O al menos lo escribía con esa seguridad que a mí me temblaba en los dedos.

—¿Sabes que pienso en ti antes de dormir? —me escribió una noche.

Me quedé mirando la pantalla con el corazón a destiempo. Tardé tres minutos en responder algo que no fuera una estupidez.

—Yo también —puse al final, y borré dos veces el emoji que iba detrás.

A los pocos días caímos en una rutina que ninguna de las dos pensaba romper. Hablábamos hasta tarde, a veces hasta las cuatro de la madrugada, y cuando ella se quedaba dormida sin avisar, yo seguía escribiéndole monólogos enteros que aparecían como mensajes sin leer al despertar. Le contaba lo que había soñado, lo que me había pasado en el día, lo que me había imaginado mientras ella dormía. Ella se reía. Decía que era la única persona que le hablaba sola.

Una tarde, después de volver del trabajo y meterse en la ducha, me escribió.

—Acabo de salir del agua. Tengo el pelo mojado y un frío que no se quita.

—Ponte algo —contesté, intentando parecer normal.

—Eso intento.

Quince minutos después llegó la foto.

Estaba de espaldas, en puntillas, con el trasero levantado como si buscara algo en el último estante del armario. Llevaba una tanga negra que se le hundía un poco en la cadera y, en lugar de sostén, una camiseta gris de pijama que apenas le cubría los pechos. Se le veían los hombros, la nuca, la curva exacta donde la espalda empieza a hundirse antes de subir al trasero. Y se le marcaban los pezones a través de la tela.

Me quedé mirando la foto un tiempo que no me atrevo a calcular.

—¿Esto es buscar algo en el armario o buscar otra cosa? —escribí por fin.

—Tú dirás.

Le di la vuelta al teléfono. Lo apoyé en la mesa con la pantalla hacia abajo, como si así pudiera fingir que no había pasado. Pero a los diez segundos lo volví a coger.

—¿Más fotos así y me prohíben dormir esta noche? —escribí.

—Te las mando si tú me dices qué harías si estuviera aquí.

Y ahí empezó todo.

Le escribí lo primero que me vino a la cabeza, sin pensarlo demasiado, porque pensarlo me daba miedo. Le conté que la miraría fijo un rato, sin tocarla, solo para ver si seguía aguantando esa postura. Le dije que me arrodillaría frente a ella. Que le separaría las piernas despacio, primero con las manos y después con los dientes en el borde de esa tanga. Que le bajaría la ropa interior con la punta de los dedos, sin prisa, hasta que cayera al suelo. Que le levantaría una pierna y me la pondría sobre el hombro para tener su sexo justo a la altura de mi boca.

—Sigue —escribió.

Yo nunca había escrito algo así. Y sin embargo, las palabras me salieron como si las hubiera ensayado mil veces.

Le dije que le besaría primero el interior del muslo. Que iría subiendo despacio, dejando marcas pequeñas con los labios, sin morder, hasta llegar al pliegue. Que la respiraría antes de tocarla. Que dejaría que me sintiera muy cerca, tanto que mi aliento ya sería un roce, antes de pasarle la lengua por primera vez.

—Estoy temblando —contestó.

—¿Sentada o de pie?

—De pie. Apoyada en la pared del armario. No me preguntes por qué.

Me reí sola en mi cama, con la luz apagada y el teléfono iluminándome la cara. Era la primera vez en mucho tiempo que algo me parecía absurdo y serio al mismo tiempo. Le escribí que la lamería despacio, que la dejaría sentir cada movimiento, que no la dejaría correrse a la primera. Que le haría sostener su propio peso contra esa pared hasta que las piernas le fallaran.

—¿Y si me fallan, qué? —escribió.

—Te sostengo yo.

***

Pasaron semanas así. Cada noche un nuevo escenario, una nueva foto, una frase nueva que ninguna de las dos se atrevía a decir en voz alta. Le pedí una vez que me grabara un audio diciendo mi nombre y ella tardó tres días en mandarlo. Cuando llegó, lo escuché tantas veces que terminé borrándolo por miedo a que se me gastara.

Camila tenía una manera de escribirme que no se parecía a nada. Un día me decía cosas absolutamente sucias, sin filtro, sin pudor; y al día siguiente me preguntaba si me había acordado de comer. Era esa mezcla la que me tenía atrapada. Yo, que nunca había sabido bien lo que era querer a una chica, empecé a entender que el deseo no era solo eso de tocarse en la oscuridad. Era también esto: esperar todo el día un mensaje suyo, releer los antiguos, dormir con el teléfono en la mano por si sonaba.

Hasta que llegó la noche de la luna roja.

Lo supe esa misma mañana, por una noticia tonta que me apareció en el teléfono. Eclipse total visible en gran parte del continente. Iba a salir tarde, alrededor de las once. Le mandé el enlace a Camila sin decir nada más.

—Lo voy a ver desde mi ventana —contestó—. Sola.

—Yo desde la mía.

—¿Y si la vemos juntas?

Nos pusimos de acuerdo en la hora. A las once y media abriríamos la videollamada, las dos asomadas a la ventana, las dos viendo la misma luna teñida de rojo desde dos ciudades distintas. Sonaba inocente. Las dos sabíamos que no lo era.

Llegó la hora.

Camila apareció en la pantalla con una sudadera enorme y el pelo recogido en un moño desordenado. Tenía la cara recién lavada, sin maquillaje, y a mí me pareció más bonita así que en cualquiera de las fotos que me había enviado nunca. Levantó la cámara y me enseñó la luna, ya alta sobre los edificios, ya con ese color de óxido que solo dura unos minutos.

—Es brutal —susurró.

—Lo es.

Nos quedamos calladas un rato, mirando la luna cada una desde su lado. Era la primera vez que veía su cara en movimiento. La primera vez que la oía respirar. Pensé en todas las cosas que le había escrito esas semanas y me dio una vergüenza nueva, distinta, mucho más profunda que la de pantalla.

—¿Estás sola en casa? —preguntó al rato.

—Sí.

—Yo también.

Se hizo un silencio largo. La luna, encima de nosotras, seguía sangrando.

—Camila —dije.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre en voz alta. Sonó raro en mi habitación, raro y definitivo.

—Dime.

—Quiero verte.

—Me estás viendo.

—Sabes a qué me refiero.

Tardó dos segundos. Solo dos. Se separó un poco de la cámara, dejó el teléfono apoyado en algo, y se quitó la sudadera por encima de la cabeza. Debajo no llevaba nada. La luz de la ventana le caía oblicua sobre el pecho, sobre el vientre, sobre el dibujo apenas marcado de las costillas. Tenía un lunar pequeño justo debajo del pezón izquierdo. No me lo había imaginado.

Me senté contra el cabecero. Me bajé el tirante del pijama. Después el otro. La camiseta cayó hasta la cintura y me quedé también desnuda de la cintura para arriba. No dije nada. Ella tampoco.

—¿Qué harías si estuviera ahí? —preguntó al fin.

—Lo que llevo semanas diciéndote.

—Quiero oírlo otra vez. Pero en voz alta.

Y entonces se lo dije. Despacio, con la voz un poco rota, le repetí lo de arrodillarme frente a ella, lo de los muslos, lo de subirle la pierna al hombro, lo de no dejarla correrse a la primera. Camila me miraba sin parpadear. En algún momento se metió una mano debajo del pantalón sin dejar de mirarme.

Yo hice lo mismo, casi sin pensarlo.

—No cierres los ojos —le pedí.

—No los voy a cerrar.

Las dos nos movíamos despacio. Las dos respirábamos cada vez más fuerte, cada una en su ciudad, cada una bajo la misma luna roja. Yo veía cómo se le tensaban los músculos del cuello, cómo se le entreabrían los labios, cómo el pelo se le iba escapando del moño y le caía sobre la cara. Ella veía lo que yo le quisiera enseñar.

—No pares —murmuró—. Ahí, así.

—Tú tampoco.

Se mordió el labio y echó la cabeza hacia atrás. Apreté el teléfono entre las dos manos para que no se me cayera. Y entonces, con el eclipse a medio camino y el silencio de la madrugada metido en mi cuarto, nuestros cuerpos cedieron casi al mismo tiempo. Yo la oí. Ella me oyó. Y por un instante no hubo pantalla, ni cables, ni dos ciudades distintas: hubo solo eso, ese temblor pequeño y compartido, esa rendición.

***

Después nos quedamos un rato sin hablar. La luna ya empezaba a recuperar su color normal. Camila se tapó con la sudadera de nuevo, sin prisa, y yo me subí el tirante del pijama. Ninguna de las dos sonreía todavía. Las dos estábamos en ese punto extraño en el que todo lo que se podía decir sonaba a poco.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—Ahora —dijo— deberíamos vernos en persona.

—¿En serio?

—Mañana mismo me miro pasajes.

Me reí bajito. Ella también. La luna ya casi no era roja. Pero entre las dos, en alguna parte, esa luz seguía encendida, esperando.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (5)

Valentina_33

increible!! uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

SoniaMR

Que relato... me quede sin palabras. Hermoso de verdad.

CuriosaEnLaNoche

Por favor continua la historia!! quede con unas ganas enormes de saber que paso despues de esa noche. Necesito la segunda parte jaja

GabiMrn

Me recordo a una situacion que tuve hace años con alguien que conocí por mensajes. Nunca llegamos a vernos pero habia algo muy especial, difícil de explicar. Este relato me trajo todo eso de vuelta de golpe.

PattyLeeds

Me encanto como lo narraste, cada una en su ciudad y aun asi tan conectadas. Se siente muy real sin ser exagerado. Sigue escribiendo!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.