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Relatos Ardientes

La primera vez con la joven que vino a dormir

Hace dos años que Renata y yo vivíamos en la casa nueva, y desde el primer mes mantuvimos la costumbre de invitar a su gente a quedarse a dormir cuando había cena los sábados. Liliana era una de sus amigas más antiguas, del colegio, y siempre venía con su hija Valentina, una chica de diecinueve años que estudiaba diseño de modas y trabajaba los fines de semana como promotora en eventos. Yo la conocía desde que era una nena flaca y desgarbada, pero entre una cena y la siguiente había pasado algo que no podía dejar de mirar: se había convertido en mujer.

Esa noche en particular Liliana llegó pasada de copas, así que le ofrecimos el cuarto de huéspedes para ella sola y a Valentina le armamos un colchón en el living. Renata se acostó cerca de las once con dolor de cabeza. Le dejé un vaso de agua en la mesita y bajé a apagar las luces. Liliana ya dormía profundo. Valentina seguía despierta en el sofá, con el celular iluminándole la cara.

—¿No tenés sueño? —le pregunté, parándome en el marco de la puerta.

—No me da. Cuando salgo a hacer eventos termino tan acelerada que después no me puedo dormir hasta tipo las cuatro.

—Te puedo ofrecer algo. Hay té. Vino también, pero capaz no es la mejor idea.

Se rio. Tenía una risa baja, sin esfuerzo. —Un té estaría perfecto.

Me siguió a la cocina. Llevaba una remera larga que le tapaba apenas las piernas, sin corpiño, y un short de algodón gris que se le subía cada vez que se sentaba. Me obligué a no mirar y puse la pava al fuego. Saqué dos saquitos de manzanilla y dos tazas. Ella se sentó en la isla, en el banco alto, y se acomodó el pelo detrás de la oreja con un gesto que era de mujer adulta y que no le había visto nunca.

—Sos un buen anfitrión, Andrés.

—Es lo mínimo. Tu vieja se durmió antes que los chicos.

—Mi vieja se duerme con dos copas. Yo aguanto más.

—Eso es porque sos joven.

Me miró fijo un segundo más de lo necesario. —Vos tampoco estás tan viejo.

Algo se movió en el aire de la cocina. La pava empezó a chillar. La saqué del fuego y serví el agua, primero su taza, después la mía. Cuando volví a girar ella me estaba mirando con una sonrisa contenida, como si estuviera por decir algo y se lo guardara.

—¿Qué? —le dije.

—Nada. Pensaba que me parece raro tutearte después de tantos años de tratarte de usted.

—Tenés diecinueve. Podés tutearme.

—¿Cualquier cosa que se me ocurra?

Tragué saliva. La cocina estaba en penumbra, solo la luz baja de la campana extractora encendida. La casa entera dormía. Le respondí con cuidado.

—Eso depende de lo que se te ocurra.

Bajó la mirada a la taza. Sopló el té. Después levantó los ojos otra vez.

—Hace como un año que te miro distinto. No sé si te diste cuenta.

No me había dado cuenta. O sí, pero no me había permitido pensarlo en voz alta ni en mi propia cabeza. Y ahora ella lo decía con la naturalidad de quien comenta el clima. Apoyé las manos en la mesada y respiré despacio.

Esto no se hace, pensé. Esto no se puede hacer.

—Valentina, no.

—No qué.

—No lo que estás pensando.

—¿Y qué estoy pensando?

***

Lo que pasó después no lo decidí yo. O sí, pero no del modo en que uno decide las cosas importantes. Me acerqué porque ella se inclinó hacia adelante y de pronto teníamos la cara a quince centímetros. Le toqué la mandíbula con un dedo y se le cortó la respiración. La besé sin pensar. Tenía el sabor dulce de la manzanilla y otra cosa abajo, algo más urgente.

—Acá no —murmuré contra su boca—. Acá no.

La tomé de la mano y la llevé al cuarto del fondo, el que usábamos como depósito y tenía un sillón cama plegado contra la pared. Cerré la puerta despacio. El cuarto estaba a oscuras. Cuando prendí la lamparita de la mesa ella ya estaba parada en el medio, mirándome, con la remera a medio levantar.

—Sacátela —le dije.

Se la sacó por la cabeza, en un movimiento limpio. No tenía nada abajo. Las tetas chicas, firmes, los pezones erguidos por el frío del cuarto o por los nervios o por las dos cosas. La miré entera sin tocarla, dejándola sentirse observada. Ella aguantó la mirada.

—¿Estás segura?

—Hace meses que estoy segura.

—Decímelo igual.

—Sí.

Me acerqué y le pasé la mano por el cuello, después por el esternón, después por debajo de una teta. Le pellizqué suave el pezón y se le escapó un sonido bajito desde la garganta. La empujé despacio hacia el sillón cama y la senté ahí. Me arrodillé entre sus piernas y le bajé el short de un tirón. Tenía una bombacha blanca, simple, ya manchada en el medio. Se la corrí a un costado con dos dedos y le pasé la lengua despacio. Se agarró del sillón con las dos manos.

—Andrés…

—Callate.

Le abrí más las piernas. La lamí sin apuro, con la punta de la lengua primero y después con toda la boca, hasta que la sentí temblar. Le metí un dedo. Estaba tan estrecha que tuve que parar un segundo para no hacerle doler. Subí la cabeza.

—¿Es tu primera vez?

Asintió.

—¿Con todo?

—Hasta acá llegué con otros. Más no.

—Bueno.

Volví a bajar. Le pasé la lengua por el clítoris en círculos cerrados mientras le movía el dedo adentro, despacio, dejando que se acostumbrara. La sentí ceder de a poco, el cuerpo abriéndose al ritmo de mi mano. Cuando empezó a empujar la cadera contra mi cara supe que estaba lista. Me levanté.

***

Me saqué la ropa de pijama parado al lado del sillón. Ella miraba sin disimular, con los ojos muy abiertos, el labio de abajo metido entre los dientes. No dijo nada cuando me vio entero, pero tragó saliva fuerte.

—¿Te asusta?

—Un poco.

—Vamos despacio.

Me arrodillé otra vez en el sillón, encima de ella, y la besé en la boca mientras me apoyaba sin entrar. La punta nada más, rozándola, untándola con su propia humedad. Ella se aferró a mi espalda.

—Ahora —dijo.

Empujé un centímetro y paré. Empujé un poco más y paré otra vez. Ella tenía los ojos cerrados y la boca abierta. Le di un beso en el cuello mientras la abría de a poco. Sentí cuando cedió, cuando el cuerpo de ella decidió dejarme pasar. Hizo un gesto breve de dolor y enseguida se relajó. Quedé adentro, quieto.

—¿Estás bien?

—Sí. Quedate así un cachito.

Me quedé. Le besé los párpados, la frente, la punta de la nariz. Cuando sentí que respiraba normal empecé a moverme, despacio al principio, sin sacar mucho, dejando que se fuera acostumbrando al ritmo. Ella empezó a mover la cadera para encontrarme. Aceleré apenas. Las uñas se le clavaron en mi espalda.

—Así —susurró—. Así, así.

—¿Te gusta?

—Más. Dame más.

Le hice caso. Me apoyé en los brazos y empujé más fuerte, más profundo, mirándole la cara para asegurarme de no pasarme. Ella tenía la boca abierta y los ojos clavados en los míos. No miraba para otro lado. No se escondía. Esa entrega, más que cualquier otra cosa, fue lo que me terminó de soltar.

La di vuelta y la puse encima. Le tomé las caderas y la guie hasta sentarla sobre mí. Se hundió con un quejido largo, hasta abajo. Quedó pegada a mi pubis, agarrada de mis hombros, respirando contra mi cara.

—Movete vos —le dije—. Como vos quieras.

Empezó tímida, subiendo y bajando apenas. Después agarró confianza. Las tetas le bailaban con cada movimiento y yo se las agarré con las dos manos, apretándole los pezones entre los dedos. Ella echó la cabeza hacia atrás y aceleró sola. Sentí que se le acababa la respiración.

—Voy a… —jadeó.

—Sí.

Se tensó entera. La cadera se le contrajo en espasmos cortos y empezó a apretarme tan fuerte adentro que casi me termina ahí mismo. Le tapé la boca con la palma para que no gritara. Mordió la palma. Cuando el orgasmo se le pasó cayó hacia adelante, contra mi pecho, transpirada.

—Dios mío —dijo.

—Tranquila.

—Otra.

—¿Otra?

—Otra vez. No me dejes ir todavía.

***

La acosté boca abajo en el sillón y me puse atrás. La levanté apenas de la cadera para tener mejor ángulo y entré de nuevo. Ella enterró la cara en el almohadón y gimió contra la tela. Le agarré el pelo con una mano, sin tirar fuerte, solo para tenerla. La otra mano se la metí entre las piernas para encontrarle el clítoris. Empecé a moverme en serio.

—Andrés —dijo, ahogada—. Andrés, Andrés.

—Acá estoy.

—No pares.

No paré. Empujé más fuerte, marcando un ritmo que la hacía rebotar contra mí. El sillón crujía. La casa estaba en silencio salvo por nosotros. Sentí que se le venía la segunda vez antes que a ella, por cómo se le apretaba todo. Cuando empezó a temblar me retiré apenas a tiempo y terminé sobre la parte baja de su espalda, en chorros largos. Apoyé la frente contra su nuca y respiré.

Quedamos los dos tirados sin movernos. Le pasé la mano por el pelo. Ella tenía la mejilla pegada al sillón y los ojos cerrados, con una media sonrisa.

—¿Cómo estás? —pregunté.

—Bien. Mejor que bien.

—¿Te dolió?

—Al principio. Después no.

Le traje una toalla del placard. Se limpió sin pudor, parada, mientras yo me ponía el pantalón. Después se vistió ella también, despacio, como si quisiera estirar el rato.

—Tengo que volver al living —dijo.

—Sí.

—¿Mañana hacemos como si nada?

—Mañana hacemos como si nada.

Me dio un beso corto en la boca y salió del cuarto. Yo me quedé un minuto más, sentado en el borde del sillón, intentando entender qué acababa de hacer.

***

Cuando subí a la pieza, Renata estaba despierta. Tenía la luz de la mesita encendida y un libro apoyado en las rodillas que no estaba leyendo.

—Tardaste —dijo.

—Estaba apagando todo.

Me miró desde arriba del libro. Tenía esa cara que pone cuando sabe algo y no va a soltarlo.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Andrés.

Me quedé parado al lado de la cama. No supe qué decir.

—Bajé al baño hace media hora —dijo ella, despacio—. La puerta del cuarto del fondo estaba entreabierta.

Sentí que se me caía algo por dentro. No hablé. Ella cerró el libro y lo dejó en la mesita.

—Vení.

Me senté en el borde de la cama. Me agarró la mano y me la puso entre las piernas, debajo de la sábana. Estaba mojada.

—No te enojes conmigo —murmuré.

—No estoy enojada.

—¿No?

—Me quedé un rato mirando. Después subí.

—¿Mirando?

—Mirando. Y pensando que hacía mucho que no te veía así.

Me tiró encima suyo y me besó como hacía mucho que no me besaba. De la cocina, del cuarto del fondo, de Valentina, no dijimos una palabra más esa noche. Renata terminó debajo de mí con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, y cuando se quedó dormida me dejó la mano abierta sobre el pecho, como si quisiera asegurarse de tenerme ahí.

De Valentina, en realidad, no hablamos en muchos meses. Pero esa es otra historia.

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Comentarios (4)

GonzaOK

buenisimo!!! se siente demasiado real

NocheProfunda44

Por favor que haya segunda parte, quedé con muchisimas ganas de saber qué paso después

SolMendez

Me recordó a una situación parecida que viví hace años... ese silencio cargado que lo dice todo sin decir nada. Muy bien escrito.

AlvaroR_85

tremendo relato, 5 estrellas y porque no hay mas

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