Mi primera vez fue con Daniela esa tarde de verano
Hay tardes que uno carga como si fueran un peso secreto. La de aquel viernes de febrero, con el sol todavía rabioso a las cinco, sigue siendo la mía. Iba caminando hacia la casa de Daniela con la camisa pegada a la espalda y un sudor frío en la nuca que no era solo por el calor. Algo me decía, sin que pudiera explicar qué, que esa tarde iba a ser distinta.
Yo acababa de cumplir diecinueve. Llevaba toda mi adolescencia siendo un chico de los que se sientan al fondo del aula y miran sin hablar. Tímido hasta el ridículo. Había besado en alguna fiesta a oscuras, había metido la mano debajo de una blusa sin saber muy bien qué hacer después, pero seguía siendo virgen, y eso me pesaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Por las tardes trabajaba en una librería pequeña que era de una amiga de mi madre, a tres cuadras de la casa de Daniela. Salía a las ocho, y como mi madre no podía pasar a recogerme hasta las nueve, yo cruzaba esas tres cuadras y me quedaba en lo de Daniela esperando el auto. Era una costumbre tan vieja como nuestra amistad: cenaba ahí, jugaba con sus hermanos menores, veía televisión con su padre. Me trataban como un sobrino más. Algún verano me habían invitado a la casa que tenían en la costa.
Daniela y yo nos conocíamos desde los nueve años. La había visto perder los dientes de leche, pasar por su etapa de aparatos, cortarse el flequillo sola con tijeras de cocina. Era flaca, morena, con el pelo negro siempre recogido en una cola de caballo. Tenía los ojos grandes, color café oscuro, y unos labios gruesos que mordía cuando estaba pensando. No era de las que se maquillaban ni se preocupaban por la ropa. Lo suyo era correr. Corría todas las mañanas antes de la escuela y todas las tardes en el parque que quedaba detrás de su casa.
Aquel día llamé al timbre dos veces. No contestó nadie. Iba a marcar al celular cuando escuché el pestillo. Ella abrió la puerta y se me cortó la respiración.
Estaba en top deportivo negro, de esos que apenas son una franja de tela. Y una licra negra, también, ajustada hasta las rodillas. La frente le brillaba de sudor y tenía dos mechones pegados a las sienes. Pasaba mucho tiempo en su casa, pero no recordaba haberla visto así, nunca, en doce años de amistad.
—Pasá —me dijo, sin saludarme—. Esperame en la sala que ya casi termino.
—¿Dónde está todo el mundo?
—Mi mamá llevó a los chicos a lo de mi tía. Mi papá no vuelve hasta las nueve.
Tendría que haberle hecho caso y haberme sentado en el sofá a esperar. En vez de eso, la seguí hasta el patio trasero, donde tenía una colchoneta tirada bajo el alero. Continuó con su rutina de sentadillas como si yo no estuviera. Yo me apoyé en la pared y traté de hacerle conversación.
—¿Cuánto hace que entrenás así?
—Desde que decidí postularme a la beca —respondió sin mirarme, doblando las rodillas—. Si quiero hacer el equipo de atletismo allá, tengo que estar fina.
Cada vez que bajaba, la licra se le tensaba sobre el trasero y dibujaba con una claridad casi cruel la forma de cada cosa. Yo trataba de mirar a otro lado. Miraba el limonero del patio, las baldosas, el cable de extensión que cruzaba el piso. Pero los ojos se me iban solos. Sentí el calor subiéndome por la nuca. Sentí, también, que el pantalón empezaba a ponerse incómodo de una forma que ya no podía disimular.
—Ya está, terminé —dijo, secándose la cara con el dorso del brazo—. Vení, vamos adentro que me muero de calor.
La seguí hasta su cuarto. Era un cuarto que conocía de memoria: el póster torcido de una banda que ya no escuchaba nadie, el escritorio con la lámpara doblada, la cama tendida con el cubrecama azul. Ella me dejó sentado al borde de la cama y se metió al baño que tenía pegado al dormitorio.
—No te muevas, salgo en diez minutos.
Estuve diez minutos mirando el techo, tratando de pensar en cualquier cosa. Escuchaba la ducha y trataba de no imaginarla. No la imagines, me repetía. No la imagines. Cuando salió, traía una toalla blanca enrollada en el pecho y el pelo mojado pegado a los hombros. Se sentó frente al espejo del escritorio y empezó a desenredarse el pelo con los dedos.
—Mirá cómo me dejó la última carrera —me dijo, estirando una pierna y apoyando el pie en la silla—. Tocá, tocá la pantorrilla. Estoy dura como una piedra.
Era una invitación que me hacía cualquier día y no significaba nada. Otras veces, le había apretado el brazo, le había masajeado el hombro cuando se quejaba después de correr. Esto era lo mismo, me dije. Era lo mismo.
Le toqué la pantorrilla. Subí, no sé por qué, hasta el muslo. La piel estaba todavía húmeda del baño y cálida.
—Sí, está dura —dije, con una voz que no me reconocí.
Ella se rió.
—Vos sí que sos tonto. Lástima que tengo las nalgas caídas, ¿no?
Era una broma vieja entre nosotros. Yo le decía siempre que tenía culo de chico, ella se enojaba en serio o se reía, dependía del día. Esta vez se rió.
—Tocalas, dale. Tocalas y vas a ver.
Me levanté de la cama como un sonámbulo. Le puse la mano sobre la toalla, sobre la nalga derecha, y apreté. No estaba caída. Para nada.
Cuando levanté la cabeza, ella ya estaba girando hacia mí. La besé sin pensarlo, sin pedir permiso, con una decisión que en otro contexto me habría aterrado. Ella, durante el primer segundo, puso las manos en mi pecho como para apartarme. Después dejó de empujar. Después me devolvió el beso. Y después fue ella la que me agarró de la nuca para que no me separara.
***
Nos besamos de pie durante lo que pudieron ser dos minutos o veinte. Yo tenía la mano todavía sobre la toalla, ella tenía las suyas debajo de mi camisa. Cuando me dejé caer de nuevo en la cama, ella se sentó a horcajadas sobre mis piernas. La toalla seguía en su lugar por puro milagro.
—¿Sabés lo que estamos haciendo? —me preguntó, con la frente apoyada en la mía.
—Sé que no quiero parar —contesté.
Me tomó la mano y la llevó al cierre de mi pantalón. La dejó ahí, esperando. Yo me bajé el pantalón mirándola a los ojos. Ella sacó mi sexo de los calzoncillos con una decisión que no le había visto nunca, ni siquiera cuando hablaba de la beca, ni siquiera cuando defendía sus tiempos en el cronómetro.
Lo tomó con la mano y empezó a moverla, despacio. Después, sin avisar, se inclinó y se lo metió en la boca. Yo me dejé caer sobre los codos. El techo del cuarto se volvió blanco, los pósters se borraron, el zumbido del ventilador se hizo lejano. Tres minutos, cuatro. No aguanté más. Quise avisarle y no llegué a abrir la boca. Terminé dentro de ella, y vi cómo ponía cara de extrañeza, cerraba los ojos, y tragaba.
—Perdón —dije, idiota—. No sabía cómo decirte.
Ella se incorporó, se limpió la comisura del labio con el pulgar y se rió.
—Está bien. No sabía a qué iba a saber.
La levanté de la cintura y la besé. Sentí mi propio gusto en su lengua y no me importó. Le aflojé la toalla, que cayó al piso entre nosotros, y bajé los labios por su cuello, por la clavícula, por los pechos pequeños y firmes que ella, durante años, había escondido bajo sus camisetas anchas. Tenía los pezones oscuros y duros, y un lunar pequeño en el costado izquierdo que yo no había visto nunca.
Bajé más. Me arrodillé en el piso, le abrí las piernas, y le devolví, lo mejor que pude, lo que ella me había hecho. Yo no tenía idea de cómo se hacía. Recordaba dos o tres cosas que había leído por internet y nada más. Pero ella, a los pocos minutos, empezó a temblarme entre las manos, me apretó la cabeza con los muslos, y dejó escapar un sonido que no se parecía a nada que le hubiera oído antes. Cuando aflojó las piernas, tenía los ojos cerrados y una sonrisa que me dejó orgulloso durante años.
—Vení para acá —me dijo, y me tiró de los brazos hasta tenerme encima.
Me posicioné como pude. Estaba duro otra vez, pero los nervios me jugaron en contra. No lograba acertar. Empujaba con torpeza, sin entender la geografía. Roce, frotamiento, calor. Y, de pronto, la sensación se me adelantó otra vez. Me derramé sobre su vientre antes de haberla penetrado siquiera. Quise meterme debajo de la cama.
—Tranquilo —me dijo, riéndose, acariciándome la mejilla—. Tenemos toda la tarde.
—Daniela, yo nunca…
—Ya sé. Yo tampoco.
Eso me paralizó. La miré.
—¿Vos tampoco?
—Nunca. Hacelo despacio, ¿sí?
Nos quedamos así un rato, abrazados, ella con la cabeza en mi pecho y yo respirando como si acabara de correr la maratón que ella sí estaba entrenando. Sentí que volvía a endurecerme contra su estómago. Ella también lo sintió y se rió en mi pecho.
—Mirá lo que tenemos acá.
Esta vez fui más despacio. Le sostuve la cara con una mano. La miré a los ojos. Empujé con cuidado, encontré el ángulo, y ella tomó aire de golpe cuando entré. Le vi en la cara el mismo cruce que después aprendí a reconocer mejor: dolor y curiosidad, susto y deseo, todo a la vez. Me quedé quieto.
—¿Sigo?
—Sí. Pero despacio.
Avancé centímetro a centímetro. Su calor me rodeaba. No se parecía a nada de lo que había imaginado. La besé en la boca y empecé a moverme apenas. Apenas. Después un poco más. Ella, debajo, había dejado de tener cara de dolor y había empezado a tener otra cosa.
No duré demasiado. Tampoco esperaba durar. Sentí que llegaba y le avisé, esta vez, con tiempo. Ella me apretó las nalgas con las dos manos.
—Adentro —me dijo, y me sostuvo la mirada—. Adentro.
Terminé dentro de ella. Me quedé quieto, apoyado en los codos, con la frente contra la suya, escuchando los dos los latidos del otro. No salí. No me hizo falta. Después de un rato, sin moverme casi, volví a estar listo, y volvimos a empezar.
***
Terminamos los dos en la ducha, una hora después, con el agua corriéndonos por la espalda. Ella se reía mientras me enjabonaba, me decía «mirá cómo nos pusimos, mirá las marcas». Yo le miraba el cuello, los hombros, el pelo mojado, y pensaba que la conocía desde los nueve años y que recién esa tarde, a las seis y media de un viernes cualquiera, la estaba viendo de verdad.
El timbre sonó a las nueve menos cuarto. Era mi madre. Yo me sequé como pude, me puse el pantalón mal abrochado y bajé la escalera intentando que no se me notara nada en la cara. Daniela bajó detrás de mí, en pijama, con el pelo todavía mojado, y la saludó por la ventana como si fuera cualquier viernes. Mi madre no sospechó nada. O, si sospechó, tuvo la buena costumbre de no decirlo.
Esa tarde nos hizo novios sin que ninguno de los dos lo dijera. Estuvimos juntos dos años. Aprendimos juntos casi todo lo que había para aprender, y lo aprendimos como debe aprenderse: con paciencia, con torpeza, riéndonos cuando algo salía mal.
Después llegó la beca. Una universidad en Montreal le ofreció todo lo que ella había estado entrenando para conseguir, y Daniela no era de las que rechazaban eso. Lloramos los dos en el aeropuerto. Prometimos cosas que no podríamos cumplir. Cumplimos otras. Hoy ella vive allá, sigue corriendo, está casada con un canadiense que la quiere. Nos escribimos cada tanto. Cada vez que paso por la cuadra de su casa, me parece verla en la puerta, esperándome con el pelo mojado y una toalla blanca.
A veces pienso que la primera vez de uno define un poco la forma en que va a entender el sexo durante el resto de la vida. Yo tuve suerte. Tuve a alguien que se reía conmigo cuando yo no sabía qué hacer, que me decía «tranquilo, tenemos toda la tarde». Y, sobre todo, tuve la suerte de que ese «tenemos toda la tarde» fuera, esa vez, exactamente verdad.