Renata me eligió para su primera vez antes de irse
Reviso mi bandeja privada por costumbre, casi por descarte, porque casi nadie tiene esa dirección. Por eso me llamó la atención que entre los correos de trabajo apareciera uno con asunto sugerente, firmado por alguien que se hacía llamar Renata. Pensé en uno de esos engaños masivos, en una pasarela de damas de compañía o en un perfil falso para sacarle plata a desprevenidos. Lo borré sin abrir. A la semana siguiente había otro. Y luego otro más.
Cuando por fin los leí, descubrí que la chica escribía con una mezcla rara de timidez y descaro. Decía que me había escuchado dar una charla en su colegio, que tomó una tarjeta del atril cuando bajé del escenario y que tardó semanas en rastrear esta segunda dirección, la que casi nadie conoce. Yo no recordaba a ninguna Renata. Doy charlas en muchos colegios y en cada uno hay decenas de chicas de uniforme escuchándome desde la tercera fila. Ninguna me había escrito jamás.
—Mire —le respondí al fin, después de tres correos suyos sin contestar—, yo tengo cuarenta y nueve años. Usted es una chica de dieciocho. No hay nada que pueda salir bien de esto. Por favor, busque a alguien de su edad.
Pensé que con eso bastaba. Al día siguiente había otro correo, esta vez con una fotografía. Renata aparecía sentada en el borde de su cama, con un pantalón vaquero ajustado, una blusa blanca abierta hasta el segundo botón y el pelo rubio cayéndole en ondas hasta más abajo de la cintura. No era una foto comprometedora; ninguna lo fue durante los dos meses que duró el intercambio. Pero sí eran imágenes calculadas. Renata sabía exactamente qué mostrar, qué insinuar y qué dejarme imaginando.
Tardé en convencerme de responder con algo más que un consejo paternal. Y cuando lo hice, el tono ya había cambiado.
***
El último correo, antes de que aceptara verla, decía algo así:
«Señor Aldama, sé que usted cree que no le hablo en serio. Le aseguro que los chicos de mi edad no me llaman la atención: hablan de fútbol y de fiestas. Cuando lo escuché en aquella charla, supe que iba a hacer lo necesario para llegar hasta usted. Me pidió que me animara con una foto más atrevida y la respuesta es no, no la voy a hacer. En tres semanas me voy a la universidad, a otra ciudad, y no quiero irme sin haberlo conocido. Si solo se queda en un beso, por mí está bien. Pero quiero ese beso».
La invité a cenar la noche siguiente. Reservé en un restaurante tranquilo, con luz baja y mesas separadas, en una zona donde nadie iba a reconocerme. Renata llegó con media hora de retraso. Me escribió desde el coche: la habían atrasado en la estética con las uñas.
—Disculpame, te juro que salí corriendo —dijo al sentarse, y soltó esa risita pequeña con la que parecía pedir permiso para todo.
—Valió la pena la espera.
Y era verdad. Llevaba un vestido verde esmeralda, ajustado al cuerpo, con un escote en pico que terminaba justo donde debía. Los hombres de la barra giraban la cabeza con un disimulo que no engañaba a nadie. Tampoco a ella. Renata se acomodó frente a mí, cruzó las piernas y dejó que un mechón le cayera sobre el ojo derecho.
Pedimos vino blanco. Hablamos de su carrera —arquitectura, en una universidad del sur—, de la ciudad a la que iba a mudarse, de la madre con la que vivía. Mientras conversábamos, su mano tropezaba con la mía sobre el mantel y se quedaba ahí un segundo más de lo necesario. Yo conocía esa coreografía. Renata también. La diferencia es que en su caso, por más que disimulara, todavía se le veía la cuerda.
—¿Vamos al cine? —propuse a la hora del postre, más por probar que por otra cosa.
—¿De verdad querés ir al cine? —contestó, y la sonrisa que se le formó era todo menos inocente.
—¿Tenés otra idea?
—Llevame donde quieras. Lo único que quiero es estar con vos.
—¿Te parece el Silvestre?
El Silvestre es uno de esos hoteles de paso a los que se entra y se sale sin que nadie en la ciudad pregunte qué pasó. Renata se mordió el labio antes de contestar.
—Me parece muy bien.
***
Antes de llegar paré en una farmacia de turno. Renata me esperó en el coche con la cabeza apoyada contra la ventanilla. Yo no suelo comprar preservativos: no los uso desde hace años, no con las mujeres con las que suelo verme. Esta vez sí. En el auto, antes de bajar, ella me había agarrado la mano y me había dicho, casi sin voz, que era virgen. Yo asentí como si le creyera. La gente miente sobre estas cosas todo el tiempo. Igual, compré tres condones.
El Silvestre, a diferencia de otros moteles, tiene fachada de hotel boutique. Está en una zona arbolada, con una recepción discreta y empleados que no levantan la vista. Pedí una habitación con jacuzzi, pagué en efectivo y volví al auto. Renata estaba pálida.
—¿Estás bien?
—Sí —y me apretó los dedos—. Es la primera vez que entro a uno.
La habitación era de planta baja, con una cama amplia y un ventanal que daba a un patio interno con plantas. Cerré la puerta detrás de nosotros. Renata se quedó parada en el medio del cuarto, sin saber qué hacer con las manos. Le acaricié la mejilla con el pulgar y le di el primer beso de verdad. El de la cena había sido un saludo. Este no.
Su boca temblaba. Le pasé una mano por la nuca y la otra le bajó despacio por la espalda hasta apoyarse en uno de sus glúteos. Renata se dejó hacer. Le besé el cuello y noté cómo se le erizaba la piel, cómo me clavaba las uñas en los hombros casi sin darse cuenta.
—Me gustás —le dije.
—Vos también.
—¿De verdad querés hacer esto?
—Estoy nerviosa, pero no tengo dudas. Quiero hacerlo con vos, Bruno.
***
Le bajé el cierre del vestido despacio, mirándola a los ojos. La tela cayó al suelo formando un círculo verde alrededor de sus tobillos. Debajo llevaba un conjunto de lencería blanca, simple, sin encajes complicados. La piel le brillaba con la luz tibia de la lámpara del rincón.
Le desabroché el sostén. Sus pechos eran pequeños y firmes, con los pezones rosados y endurecidos por el frío del aire acondicionado. Acomodé su ropa sobre la silla del escritorio, no por orden, sino para darle tiempo a respirar. Me saqué la camisa, los zapatos, el pantalón, y me quedé en bóxer. Renata me miraba con la respiración entrecortada. Cuando me bajé la última prenda, sus ojos se quedaron clavados un par de segundos y no supo qué decir.
—¿Estás bien? —le pregunté, porque la sentía a un paso de salir corriendo.
—Sí. Es que… no me imaginé que iba a ser así.
La llevé a la cama. Dejé los condones sobre la mesita de luz, al alcance de la mano. Le besé el cuello, los pechos, le pasé la lengua por el esternón y bajé despacio por el abdomen, demorándome en el ombligo. Renata respiraba en bocanadas cortas. Su bombacha blanca tenía una mancha de humedad oscura en el centro. Le mordí la cadera y ella soltó un quejido que no parecía suyo.
Le saqué la bombacha. Estaba completamente depilada y sus muslos brillaban. Pegué la cara a su pubis y empecé a recorrerla con la lengua.
—No, Bruno, así no —dijo, intentando cerrar las piernas.
—Dejame intentarlo. Te va a gustar.
—Me da cosquillas, te lo juro.
—Aguantá un segundo. Si no te gusta, paro.
Al principio dio dos saltos, como si fuera a salir corriendo de la cama. Luego se quedó quieta. Después se entregó. Le hice un masaje lento con la punta de la lengua sobre el clítoris, alternando con pasadas largas que la hacían arquear la cadera. Renata empezó a respirar con la boca abierta, una mano agarrada al cabecero y la otra hundida en mi pelo. Yo subía y bajaba el ritmo, calculando. Cuando la sentí muy cerca, me detuve y subí a besarle los pechos.
—No pares, no pares —decía bajito, casi rogando.
Me puse el condón frente a ella, sin apuro. Renata abrió las piernas sin que se lo pidiera. La penetré despacio, milímetro a milímetro, mirándole la cara para leerle cualquier señal de dolor. Soltó un grito corto cuando entré del todo. Se le contrajo el cuerpo y se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no me pidió que parara.
—Quedate quieta un segundo —le dije, y me apoyé sobre los codos para no aplastarla.
Esperé. Le besé la frente, los párpados, la comisura de la boca. Cuando sentí que se relajaba, empecé a moverme con suavidad. Al principio se quejaba, pero pronto los quejidos cambiaron de tono. La cadera de Renata empezó a buscarme. Su respiración se acompasó a la mía. Mientras yo me movía, le chupaba los pezones con cuidado, después con más ganas. Renata gemía con la boca pegada a mi cuello.
—Bruno, qué rico, me vengo —dijo, casi en un susurro.
La sentí cerrarse en torno a mí con una fuerza inesperada. Eso fue lo que me terminó. Me quedé en ella unos segundos, con el condón conteniendo todo. Cuando me retiré, vi el preservativo manchado de sangre. Miré entre las piernas de Renata: un hilo fino le bajaba por el muslo y se mezclaba con su propia humedad.
—Me decías la verdad —le dije.
—Te lo dije.
***
Pensé, por un instante, que quizá había sido la regla. Lo descarté pocos días después: nos vimos una semana más tarde y me explicó, riéndose, que justo le había bajado. Sí, era virgen. Y me alegré de haberla tratado como la traté: con la calma de quien le hace el amor a una chica de la que se está enamorando, no con la urgencia de quien aprovecha una oportunidad.
Esa noche nos quedamos en la habitación hasta las cuatro de la mañana. Usamos los tres condones que había comprado. Ella, además, me probó por primera vez con la boca. Se notaba que nunca lo había hecho. La guié con paciencia, le indiqué la presión, el ritmo, lo que tenía que tapar con la mano. Renata era de las que aprenden rápido y tienen ganas de aprender más.
Hablamos de muchas cosas tirados en la cama. Me confesó que sus amigas le habían hablado del sexo oral y del anal. Le respondí con honestidad: lo primero era casi siempre rico, lo segundo pedía paciencia y confianza. Esa noche no probamos lo segundo, pero unas semanas después, en otra habitación de otro hotel, sí. Le besé las nalgas como no se las había besado a nadie, le pasé la lengua despacio por donde nadie todavía la había tocado, y ella terminó pidiéndome más. Se fue del hotel sin poder caminar derecho y con una sonrisa que todavía no se me borra.
***
Renata y yo nos seguimos viendo durante todo aquel año. Cada vez que volvía a la ciudad por las vacaciones, me escribía. La universidad la cambió: la hizo más segura, más curiosa, más exigente. Eventualmente la relación se fue desinflando sola, sin pelea, simplemente porque la distancia siempre gana. Conoció a alguien de su edad, me lo contó por correo, y le dije que me parecía bien. Cerramos sin drama.
Hoy me llegó otro correo de ella. Lo leo y reconozco el mismo tono que me cazó hace tres años, pero pulido por la edad. Renata está por recibirse en mayo. Tiene veintiún años. Y me escribe:
«Bruno, me gustaría volver a estar con vos en una habitación del Silvestre. Sos un gran hombre y, para mí, el mejor. Me hiciste sentir, en esos meses, la mujer más deseada del mundo. No me arrepiento de haberte entregado lo que te entregué. Cuando te vi en aquella charla, yo estaba con mi primer novio del colegio y él me lo insinuaba todo el tiempo, pero nunca dejé que pasara: todo en mí se inclinaba hacia vos. Pensé que era imposible, pero si lograba llegar a vos, quería ser tuya. Contigo aprendí a hacer el amor. Quiero volver a sentir cómo me llenás. De solo recordarlo se me eriza la piel».
Le voy a contestar que sí. Que la espero la semana que viene. Que reserve el día. Y le voy a recordar, por mensaje, lo que me dijo aquella primera vez al salir del Silvestre, después de buscar la bombacha entre las sábanas y no encontrarla, y de darse cuenta de que se iba sin ella.
—Me siento desnuda sin bombacha —me había dicho, riéndose contra mi cuello en el coche—. La próxima vez voy a traer un par de repuesto.