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Relatos Ardientes

Mi amiga de la facultad me pidió quedarme esa noche

Me llamo Mateo y tenía veinte años cuando ocurrió. Estudiaba ingeniería en una ciudad pequeña del interior, lejos de mi casa, y rentaba un cuarto en una casa de estudiantes a tres cuadras del campus. Era flaco, alto, no feo pero tampoco el galán de la promoción. Tímido sobre todo, esa clase de timidez que te paraliza cuando una mujer linda te sostiene la mirada más de dos segundos.

A Lucía la conocí en una materia del segundo semestre. Tenía mi misma edad, era bajita, apenas un metro cincuenta y ocho, con caderas marcadas y unos pechos pequeños que se le notaban por encima de cualquier playera. No era el tipo de chica que pasa desapercibida. Era coqueta, lo sabía, y jugaba con eso. Había estado con varios compañeros de la facultad —besos en fiestas, manoseos en el patio trasero, una vez con uno de tercer año en el baño de la biblioteca, según contó ella misma muerta de risa una tarde— y a mí me veía solo como un amigo más, alguien con quien podía hablar de exámenes y de la novela que estaba leyendo.

Yo quería otra cosa.

Empecé a visitarla por las noches en su departamento. Vivía sola en uno chico que le pagaba el padre, a dos cuadras de mi casa de estudiantes. Las primeras veces iba con la excusa de estudiar; después ya no hizo falta excusa. Nos sentábamos en su cama, ella con la espalda contra la pared y yo en el borde, y hablábamos durante horas de cualquier cosa. De política, de los profesores que odiábamos, de las series que mirábamos cada uno por su cuenta para después comentarlas.

Y mientras hablábamos, yo la miraba.

Lucía se vestía en su casa como si esperara visita pero sin esperarla. Faldita corta, escote que dejaba ver el sostén deportivo, una playera blanca que se transparentaba contra la luz de la lámpara. Cuando se estiraba para alcanzar algo del estante alto, la falda se le subía y se le veía la tanga. A veces creo que lo hacía a propósito. A veces creo que no, que simplemente estaba cómoda y yo era el idiota que no podía dejar de mirar.

Salía de su departamento cada noche con una erección que no podía disimular y caminaba las dos cuadras hasta mi cuarto con las manos en los bolsillos para que no se notara. Apenas entraba me tiraba en la cama y me masturbaba pensando en ella, en su olor a champú de coco, en la manera en que se mordía el labio cuando se reía. Estaba seguro de que iba a pasar. No sé de dónde sacaba esa certeza, pero la tenía. Tan seguro estaba que empecé a cargar un condón en el bolsillo trasero del pantalón. Lo había comprado en una farmacia lejos de la facultad, muerto de vergüenza. Pasaron tres meses y el condón seguía intacto, gastando los bordes contra la cartera.

Hasta que una noche.

***

Era jueves, hacía frío, llovía despacio sobre el techo de su edificio. Habíamos cenado pasta con mantequilla en su cocina diminuta y nos habíamos quedado mirando una película vieja en su computadora, los dos en la cama, cada uno con su almohada. La película terminó pasada la medianoche.

—Bueno, Lu, me voy a dormir —dije, parándome y buscando mi chaqueta.

—Mateo.

Me di vuelta. Estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas, abrazando la almohada contra el pecho.

—¿Qué pasa?

—Tengo miedo esta noche. No sé por qué. ¿Te quedas conmigo? Solo a dormir.

La miré. Hablaba en serio. O al menos lo decía con esa cara que ponía cuando hablaba en serio.

—Eh, sí, claro. Si no te molesta.

—No me molesta.

—Yo duermo en bóxer —dije, y apenas lo dije me arrepentí. Sonó a chiste estúpido, a torpe queriendo hacerse el listo.

—Yo también duermo con poca cosa —contestó ella, sin sonreír.

Se metió al baño con una pila de ropa y cerró la puerta. Yo me quité el pantalón y la playera, me quedé en bóxer y en una camiseta blanca, y me metí debajo de la sábana del lado de la pared. Me sudaban las manos. El corazón me golpeaba contra las costillas como si quisiera salirse.

Cuando ella salió del baño, casi me muero.

Tenía puesto un short minúsculo, de algodón fino y casi transparente, que dejaba ver la tanga verde agua de abajo. Arriba, un top corto que le terminaba justo debajo de los pechos, sin sostén. Se le marcaban los pezones contra la tela, no sé si de frío o de algo más. Caminó hasta el interruptor con esa naturalidad de quien no sabe el efecto que produce —o de quien lo sabe perfectamente y lo finge.

Apagó la luz. Me dio la espalda al meterse en la cama. Y entonces, despacio, empujó las caderas hacia atrás hasta que sus nalgas tocaron mi entrepierna.

Me quedé duro como una estaca. Literalmente. Y, como el idiota que era, traté de retroceder los milímetros que me quedaban contra la pared para que no sintiera la erección.

Estuve así un rato largo, con el corazón en la garganta, antes de armarme de valor. Le pasé un brazo por encima, despacio, esperando que me lo sacara de un manotazo. No me lo sacó. Le besé el cuello, debajo de la oreja, un beso suave que apenas le rozó la piel. Ella suspiró bajito.

Eso fue todo lo que necesité.

***

Le besé los hombros, el cuello otra vez, la espalda por encima del top. Le metí la mano por debajo de la tela y le subí la prenda hasta dejarle los pechos al aire. Eran pequeños pero firmes, los pezones duros bajo la yema de mi pulgar. Ella se dio vuelta para quedar frente a mí y me dejó que se los besara, que se los chupara con esa torpeza de quien hace algo por primera vez y reza para que salga bien.

Bajé la mano. Le saqué el short despacio, después la tanga. Estaba mojada. Tan mojada que cuando le pasé los dedos por encima me los manché hasta la palma. No me animé a meter ningún dedo adentro, solo la acariciaba por afuera, suave, mientras le besaba el cuello.

—Mateo, ¿qué te pasa? ¿Por qué tiemblas? —dijo ella en voz baja.

—Estoy nervioso.

—¿Nervioso? —Su mano bajó hasta mi bóxer y me apretó por encima de la tela, fuerte, casi con bronca—. Esto no parece de nervios.

Me quedé sin aire.

—¿Me quieres coger? —preguntó.

—Sí.

Lo dije con un hilo de voz, casi pidiéndolo. Y apenas lo dije, ella se me tiró encima como si hubiera estado esperando esa palabra toda la noche.

Me sacó la camiseta de un tirón. Me besó la boca con la lengua entera, me mordió el labio, después el cuello, después el pecho. Sentí sus dientes en mi clavícula, sus uñas en mi espalda. Se sentó a horcajadas sobre mi entrepierna sin quitarse el top enrollado en la cintura, y empezó a moverse contra mi bóxer en círculos lentos primero, después más rápidos, después otra vez lentos. Yo no podía hacer nada más que mirarla.

—Quiero que me la metas —dijo, jadeando—. Pero no tengo condón.

—Yo tengo. En el pantalón.

Se quedó quieta encima de mí. Después me miró con los ojos entrecerrados.

—Hijo de puta —dijo, y me dio dos cachetadas suaves, una en cada mejilla, sin dejar de sonreír—. Ya sabías a lo que venías.

No supe qué contestar. Me reí, nervioso. Ella se bajó de la cama, encendió la lámpara de la mesita y me tiró el pantalón en la cara. Yo saqué el condón del bolsillo trasero, el mismo que llevaba conmigo desde hacía tres meses, y traté de abrir el sobre con las manos temblando. Tardé casi un minuto. Ella me miraba acostada de lado, apoyada en un codo, con una sonrisa burlona y la tanga ya tirada en el piso.

—Apúrate, ingeniero.

***

Cuando por fin me lo puse y me acomodé entre sus piernas, casi me vengo en el primer movimiento. No estoy exagerando. Apreté los dientes, cerré los ojos, intenté pensar en cualquier otra cosa: en la lista de derivadas del parcial de la semana siguiente, en el autobús que tenía que tomar a la mañana, en el ruido de la lluvia contra el techo.

Ella se dio cuenta enseguida.

—Quédate quieto. Yo lo hago.

Me sacó de adentro, me empujó para que me acostara boca arriba y se subió encima. Empezó a moverse con esos círculos lentos que había practicado contra mi bóxer un rato antes, pero ahora con todo el peso, apoyándose con las manos en mi pecho. Sentía cómo me apretaba, cómo se movía mojadísima sobre mí, cómo bajaba la cabeza para morderme el cuello cada tanto. La lámpara de la mesita le iluminaba la espalda y le dibujaba la sombra de los hombros contra la pared.

La escuché jadear, después contener el aire, después un gemido bajito que le salió desde el fondo. Su cuerpo se sacudió encima del mío en pequeños espasmos. Le clavé las manos en las caderas para retenerla, aterrado de que con cualquier movimiento extra yo también me viniera y todo terminara antes de empezar.

Cuando se calmó, se levantó, fue hasta el rincón donde tenía un taburete alto al lado de la mesada y se sentó ahí, abriendo las piernas.

—Ven.

Me paré al lado del taburete. La altura era exacta. Me clavó las manos en la nuca y me atrajo. La penetré así, parado, mientras ella se sostenía con una mano del borde y con la otra me arañaba la espalda. Le miré la cara entera por primera vez en toda la noche: la boca entreabierta, los ojos cerrados, una mecha de pelo pegada a la frente sudada. Era hermosa. Era espantosamente hermosa.

Vino una segunda vez, más fuerte, con la espalda arqueada y un grito que tuvo que ahogar contra mi hombro porque los vecinos dormían a un metro. Yo apreté los dientes, contuve la respiración y resistí. No iba a quedar mal. No esa noche.

—Suficiente —dijo, todavía agitada—. Dos en una noche. Suficiente.

Me quedé pasmado.

—¿Cómo suficiente?

—Suficiente. Ya está. Vete a dormir.

—Pero la tengo todavía…

—La tienes y te vas. En tu cuarto te la jalas.

Me la quedé mirando, sin entender. Ella se bajó del taburete, recogió la tanga del piso, se la puso, agarró el short y se fue a la cama como si nada. Apagó la lámpara.

—Lu.

—Mañana hablamos. Vete.

Me vestí en la oscuridad, sin decir una palabra más. Caminé las dos cuadras hasta mi casa de estudiantes bajo la lluvia, con la bronca y el orgullo y la calentura mezclados en una sola cosa que no sabía dónde poner. Apenas llegué a mi cuarto, me quité el pantalón y me masturbé en la cama, los ojos cerrados, repasando cada segundo de las últimas dos horas. Cuando terminé estaba feliz. Estaba furioso. Estaba enamorado. Tres cosas a la vez.

***

Al día siguiente me la crucé en el comedor de la facultad. Estaba con dos amigas. Me hizo un gesto con la cabeza para que me acercara y me presentó como si nada. Después, cuando las otras se fueron, me agarró de la manga y me llevó hasta un rincón.

—Mateo, era tu primera vez, ¿verdad?

—¿Cómo te diste cuenta?

—Por todo. Por cómo temblabas, por cómo me agarrabas, por la cara que ponías. Por el condón guardado tres meses.

Me puse colorado hasta las orejas. Ella se rió y me dio un beso corto en la boca, frente a todo el comedor.

—Entonces eres mío. Te voy a enseñar. Todo.

Y así fue. Los meses que siguieron fueron una larga, lenta, paciente clase nocturna. Lo que sé hoy se lo debo a ella. Mi esposa —que apareció años después, que no tiene nada que ver con esta historia y a quien quiero con toda mi vida— se beneficia, sin saberlo, de cada cosa que Lucía me enseñó en aquel departamento de estudiantes con olor a pasta con mantequilla y a champú de coco.

Algún día, si tengo ganas, cuento alguna de las otras noches.

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Comentarios (4)

FranMDP

buenisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Ramiro_BA

Que tension al principio... lo lei de un tiron sin darme cuenta. Tremendo

DiegoMdq88

Me recordó a una situacion parecida que tuve yo en la facu, nunca lo olvidé. Esa incomodidad inicial que te paraliza lo describis perfecto. Saludos desde Mar del Plata!

Nati_Mdp

segunda parte por favor!!! me quede con ganas de mas

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