La rubia madura que me esperaba en el baño del bar
Tenía dieciocho años recién cumplidos cuando conocí a Carolina, aunque entonces ninguna de las dos sospechaba que aquella noche iba a quedárseme grabada como una marca. Hoy, con veintidós, todavía vuelvo a esa escena cuando me toco. La cuento porque me apetece, no porque tenga moraleja.
Fue en un local de la zona vieja, uno de esos sitios donde mezclan a chavalas como nosotras con gente bastante más mayor. Mis amigas habían insistido durante semanas. Yo aceptaba porque quería ver de qué iba el ambiente, aunque la idea de bailar con tipos de cuarenta años no me hacía especial ilusión.
Llevaba un vestido negro corto, sin medias, y el pelo recogido en una coleta alta. Sin maquillaje exagerado, sin perfumes potentes. Mi único accesorio era un anillo de plata en el pulgar que mi hermana me había regalado el año anterior.
Sara, una de mis amigas, me pidió que le pillara una copa en la barra mientras ella se quedaba cuidando los bolsos. Acepté sin pensarlo. Crucé la pista entre cuerpos que sudaban más de lo decente y me apoyé en la madera mientras esperaba a que el barman se acordara de mí.
—¿Tú no eres demasiado joven para estar aquí?
La voz vino desde mi izquierda. Giré la cabeza despacio, sin prisa, y la vi por primera vez. Rubia, con el pelo cortado por debajo de la mandíbula, un piercing pequeño en el ala derecha de la nariz y un colgante con una cruz de oro que descansaba justo en la separación de sus pechos. Llevaba un vestido también negro, todavía más ajustado que el mío. Me miraba con la cabeza ligeramente ladeada, divertida, como si yo fuese un cachorro perdido en una autopista.
—He venido con unas amigas —contesté, intentando sonar más segura de lo que estaba.
—Ya. Normalmente este sitio se llena de gente de treinta para arriba. Tú no llegas a los veintidós, ¿no?
—Dieciocho. ¿Y tú?
—Treinta y cuatro. Y no me hables de usted, te lo pido por favor, que ya me sobran las arrugas.
—No tienes ninguna —dije, y me arrepentí de la respuesta solo medio segundo, porque vi cómo se le abrió la sonrisa.
—¿Eso es un piropo?
—Puede ser. Me llamo Lucía.
—Carolina. Encantada.
El barman me dejó la copa delante. Yo no la cogí. Carolina removía la suya con una pajita, mirándome los hombros desnudos, después los labios, después otra vez los hombros. No disimulaba lo más mínimo, y eso me ponía nerviosa de una forma agradable.
—¿Has venido buscando algo concreto? —preguntó.
—Pasarlo bien. Nada más.
—Buena respuesta. La mayoría que viene aquí dice eso y luego mira al primer tío que pasa.
—Yo no miro tíos.
Lo solté así, sin pensarlo demasiado, y vi cómo movió la cabeza un milímetro hacia mí. Estábamos jugando, las dos lo sabíamos.
—Ah. Entonces somos parecidas.
—Bisexual —aclaré—. Pero esta noche no estoy de humor para hombres.
—Yo solo mujeres, y muy pocas me sirven —dijo encogiéndose de hombros—. Tú tienes pinta de servir.
Me reí porque no supe qué otra cosa hacer. Le pasé mi Instagram apuntado en el dorso de su mano con un boli que le pedí prestado a una camarera. Ella hizo lo mismo en la mía. Yo cogí la copa y me la llevé a Sara, que me estaba esperando con cara de pocos amigos.
—Tía, tardas un siglo.
—Acabo de conocer a alguien.
—¿A quién?
—A esa rubia. La del vestido negro.
Sara miró por encima de mi hombro. Carolina seguía en la barra, ahora dándonos la espalda, hablando con dos amigas suyas. Sara me apretó el brazo.
—Lucía, esa mujer te dobla la edad.
—Ya lo sé.
—Vale. Pues a por ello.
Esa era Sara, siempre.
El resto de la noche no fui capaz de prestar atención a nada que no fuera Carolina. La buscaba con la mirada cada dos canciones y, sin falta, ella ya me estaba mirando. Movía las caderas despacio, se pasaba las uñas por el escote como sin querer, se mordía el labio inferior. Yo respondía bailando para ella, sabiendo que me observaba. Nunca había hecho eso por nadie. No con esa intención tan clara.
Hacia la una de la madrugada me hizo un gesto hacia el pasillo de los baños. Le dije a mis amigas que me cubrieran y la seguí.
El baño era pequeño, con tres cabinas y un espejo largo encima de los lavabos. Carolina estaba de pie frente al espejo, retocándose un labial granate. Cuando entré, ladeó la cara y me sostuvo la mirada en el reflejo. No dijo nada. No hizo falta.
Me acerqué por detrás y le puse las manos en las caderas. Ella se giró, me cogió la cara con las dos manos y me besó. Fue un beso corto, casi tímido, como si quisiera asegurarse de que yo quería antes de seguir. Yo quería.
—Ven —dijo bajito.
Tiró de mí hacia la cabina del fondo y echó el pestillo. Se sentó en el inodoro cerrado y yo me senté a horcajadas encima de ella. Le metí las manos por debajo del vestido. Ella me levantó el mío hasta la cintura y deslizó las palmas por mis muslos con una calma que me hizo temblar. No tenía prisa. Esa fue la primera diferencia que noté con cualquier otra persona con la que me había liado: Carolina no tenía la más mínima prisa.
Me bajó los tirantes y me dejó los pechos al aire. Acercó la boca y me chupó un pezón sin morder, solo con la lengua, durante lo que me pareció un minuto entero. Yo le agarré el pelo y aspiré por la nariz como si me faltara el aire. Después se apartó, me miró desde abajo y se bajó ella misma el escote del vestido. Tenía piercings en los dos pezones, dos anillos finos de plata. Le besé uno y noté el sabor metálico contra la lengua, mezclado con el de su perfume.
—Vamos a mi casa —murmuró cuando se le pasó la primera oleada—. Aquí no quiero terminar.
—Está bien.
Me bajé del regazo, nos colocamos los vestidos como pudimos y salimos del baño una detrás de la otra con cinco segundos de diferencia. Le dije a Sara que me iba. Me preguntó si estaba segura. Le dije que sí. Me apuntó la dirección de Carolina en un papel y me hizo prometerle que le escribiría en cuanto llegara.
El Uber nos dejó delante de un bloque sin portero, en una calle estrecha del barrio de Mendoza. Subimos los tres pisos a pie, sin hablar. Yo iba detrás, mirándole las pantorrillas y la espalda y pensando que esto no se parecía a nada que hubiera hecho hasta entonces.
***
Su piso olía a sándalo y a ropa limpia. Encendió una lámpara de mesa y la luz se quedó baja, color miel. Me quitó el vestido en el recibidor, sin permitirme dar más de tres pasos. Yo le bajé el suyo por la cintura. Quedamos las dos desnudas en el pasillo, descalzas sobre el parquet, mirándonos.
—Tienes el cuerpo precioso, Lucía.
—Tú también.
Me arrinconó contra la pared y me besó como no me había besado en el bar. Sin tanteo. Le sostuve la nuca con una mano y le agarré una nalga con la otra. Ella deslizó dos dedos entre mis piernas y comprobó lo que ya sabía. Sonrió contra mi boca.
—Estás empapada.
—Cállate.
Se rio y se arrodilló. Me separó las piernas con suavidad, me echó la pelvis hacia delante con una mano en mi cadera y empezó por dentro de los muslos. Lamía, soplaba, mordía justo lo necesario para que yo soltara aire. Cuando por fin llegó al centro, lo hizo con la lengua plana y lenta, recorriéndome de abajo hacia arriba un par de veces antes de concentrarse en un solo punto.
Yo me agarré a sus hombros para no caerme. Mi cabeza chocó contra la pared. No va a parar hasta que termine, pensé, y la idea me provocó un cosquilleo nuevo, parecido al pánico pero mejor.
Me metió primero un dedo, después dos. Movía la lengua a una velocidad que yo no había sentido nunca, ni en mí misma ni en otra boca. Sin perder el ritmo levantó la vista para mirarme. Esa mirada fue lo que acabó conmigo. Las piernas me empezaron a fallar, le apreté la cabeza contra mí casi sin querer y cuando terminé empapé el suelo del pasillo con un chorro corto que me sorprendió hasta a mí. Nunca me había pasado.
Carolina se incorporó, me lamió los labios con la lengua todavía mojada de mí y se rio.
—Eso ha sido bonito.
—No sé qué ha pasado.
—Has acabado fuerte, eso ha pasado.
Me cogió de la mano y me llevó a su habitación. Caí sobre el edredón sin fuerzas. Ella se tumbó a mi lado y empezó a acariciarme el pelo. Tardé un par de minutos en recuperar el aliento. Cuando lo hice, me giré hacia ella y le besé el cuello, después el pecho, después el estómago. Quería devolverle lo que me había hecho.
Bajé despacio. Carolina se abrió de piernas con la naturalidad de quien sabe lo que quiere. La probé con la punta de la lengua, sin entrar todavía, recorriendo el contorno con calma. Me metí en la boca el clítoris y empecé a mover la lengua en círculos pequeños mientras le introducía dos dedos. Ella suspiró, después gimió, después me apretó la cabeza igual que yo había hecho con la suya. Me gustó saber que iba bien.
Le hice subir el ritmo poco a poco, mirándola desde abajo. Tenía los pechos moviéndose con su respiración, los pezones tirantes con los aros de plata atrapando la luz. Aceleré los dedos. Ella se arqueó, me agarró del antebrazo y terminó con un gemido que me retumbó en el pecho. Mojó la palma de mi mano, y cuando me la llevé a la boca para probarla, ella me cogió la muñeca y se la lamió antes que yo.
—Ven aquí.
Subí por su cuerpo y nos volvimos a besar. Era un beso distinto al de la pared. Más calmado, casi agradecido.
***
No paramos ahí. Carolina abrió un cajón de la mesilla y sacó dos juguetes. Uno morado, más flexible, y uno negro, más grande. Me preguntó cuál quería. Yo le dije que los dos a la vez. Vi cómo se le abrieron los ojos un segundo antes de sonreír.
—Eres una sorpresa, niña.
Me puso a cuatro patas sobre el edredón. Sacó lubricante de la misma mesilla y dejó caer un hilo frío sobre mi espalda que se deslizó hasta donde tenía que llegar. Me masajeó con dos dedos, sin prisa, hasta que noté que el cuerpo entero se relajaba. Después me preguntó cuál quería atrás. Yo le dije el grande, porque a esas alturas ya no podía decir otra cosa.
Entró primero por delante con el morado, despacio. Cuando me adapté, empezó con el otro detrás, todavía más lento. La sensación fue distinta a todo lo que había probado antes. Estaba llena de los dos lados y aun así seguía queriendo más. Carolina cogió ritmo. Yo agarré el edredón con las dos manos y la dejé hacer. De vez en cuando me palmeaba el culo y yo le pedía más fuerza sin reconocerme la voz.
Cuando me llegó el segundo orgasmo, me derrumbé hacia delante con la cara contra la almohada. Carolina sacó los juguetes con cuidado, los dejó en la mesilla y se acostó sobre mi espalda. Estuvimos así un rato largo. No dijimos nada. Yo notaba su corazón contra mis omóplatos.
—Duerme aquí —dijo después.
—Sí.
Me quedé dormida con su brazo cruzándome la cintura.
***
Me desperté antes que ella. La luz entraba por la persiana en franjas. Carolina dormía bocarriba con un brazo doblado sobre la cabeza, los pechos al aire, los aros de plata atrapando el amanecer. La miré un rato sin moverme. Era guapísima. Daba un poco de miedo pensar que esa mujer existía y que yo no lo sabía hacía doce horas.
Le di un beso en el hombro y se despertó despacio.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Has dormido bien?
—Mejor que nunca.
—Te creo. ¿Te duele algo?
—Un poco el culo —contesté riéndome—. Pero ha merecido la pena.
—Esto es tu segunda casa, Lucía. Quiero que lo sepas.
—Gracias.
Nos duchamos juntas. Me lavó el pelo con sus dedos y me masajeó el cuero cabelludo durante diez minutos enteros, sin decir una palabra. Después me preparó café y una tostada con aguacate. Me dejó en casa de Sara con su coche, un Mini blanco que no le pegaba nada y a la vez le pegaba mucho.
Antes de bajarme, me besó por última vez aquella mañana.
—Escríbeme.
—Tranquila.
Y le escribí. Sigo escribiéndole. Han pasado cuatro años y de vez en cuando nos vemos, sin compromiso, sin etiquetas, sin promesas. Hablamos casi todos los días. No es novia, no es amiga, es Carolina.
Y Carolina, por si lo dudabas, tampoco se llama así.